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Días de marmota y pescadilla

Elena G. Antón | 2 de marzo de 2009 a las 15:38

Las despedidas casi nunca son agradables. Al final, aún las más oportunas y/o necesarias, terminan dejando algún vestigio de nostalgia en las partes que se dicen adiós. Aunque sea temporal.

Será por eso que, pese a la necesidad imperiosa que clamaban mi mente y cuerpo de volver a la “normalidad” previa al 23 de enero, también siento cierta pena al pensar que, tras este intenso mes, el Carnaval se aleja contoneando cadenciosamente su mano abierta. (Aunque el fin de semana que viene vuelva fugazmente, como el que llama al timbre a los 30 segundos de haber salido de casa, porque ha olvidado algo).

Por tener una opinión más global, durante esta última semana decidí acumular las experiencias para poder hacer un balance completo del Carnaval en la calle. Al final, mientras escribo hoy, me doy cuenta de que podría haber escrito casi lo mismo cualquier otro día anterior. Y la verdad es que esta semana me he metido de lleno en la piel de Bill Murray en aquella simpática comedia en la que cada mañana despertaba en el mismo día. El interminable y repetitivo Día de la Marmota. Si cambiamos el chirriante tema de Sonny and Cher que espabilaba cada mañana a Murray por algún popurrí al azar, la similitud es bastante alta.

Día tras día he tenido la sensación de “más de lo mismo”. Como si caminara por encima de una gigantesca pescadilla mordiéndose la cola y, después de haber alcanzado el final, en cada nueva jornada volviera a toparme de nuevo con la mirada vacía del inerte pez.

Al ajetreo y desgaste general, hay que añadir una tediosa sensación de desorientación si eres de fuera. Al no conocer la mayoría de puntos clave, empiezas a guiarte por programas que, más que ayudarte, terminan volviéndote loc@. La improvisación es una buena característica de ciertas cosas, pero no cuando es el elemento que termina reinando en el orden de actuaciones de los diferentes tablaos.

Por ver a unos o a otros (más por la gente que me acompañaba que por mí misma, que ya los tenía bastante vistos a lo largo del Concurso) me pasaba más de media tarde-noche recorriendo Cádiz, descubriendo en demasiadas ocasiones que la programación había vuelto a “sufrir variaciones”. Y de repente, cuando creía que iba a ver a Fulano de Tal, me aparecían de nuevo enfrente las taitantas chaquetitas rojas que acababa de ver en la otra punta. ¡Socorro! (Puntualización: pongo este ejemplo como podría poner cualquier otro, no es nada personal…)

Desde luego, no me quiero imaginar en las carnes de los que salen en alguna agrupación. No dudo que lo pasarán estupendamente gracias a ello pero yo, personalmente, creo que no podría aguantar el ritmo. Cantar lo mismo una media de tres o cuatro veces al día, yendo de un lado a otro sin apenas tregua, ¡qué valor! Aquí dejo plasmada mi admiración hacia ellos por tanto aguante.

Por lo demás, la decepción que acompañó al primer fin de semana ni creció ni ha involucionado. Se mantuvo ahí, discreta, callada, relamiéndose con la certidumbre de saber que será la protagonista indiscutible en mis recuerdos de carnaval callejero. Aunque seguí detestando ese empeño generalizado por llenar de porquería y fluidos pestilentes todos los rincones de Cádiz, también es cierto que el ambiente de lunes a viernes y segundo fin de semana fue bastante mejor.

Muchos me etiquetarán con ese término que tanto gusta a algunos, ‘derrotista’. Tampoco es eso. Quizá sí es cierto que he hecho más hincapié en los aspectos de todo esto que me han decepcionado que en los que sí me han parecido positivos. Pero claro que hay también bastantes de estos últimos.

Pero eso sí, ante esa dicotomía tan recurrente que se plantea de “Carnaval, ¿en el Falla o en la calle?” yo, y aunque un poquito de todo lo que sucede de puertas para fuera me parezca muy buen complemento, me quedo con lo primero.

Auto-obstáculos para alcanzar la igualdad

Elena G. Antón | 2 de febrero de 2009 a las 11:30

Puede que sí haya categorías previas para el público; los de aquí, los de fuera, las mujeres… Pero las propias agrupaciones no ayudan mucho a quitar las etiquetas.

Eso que ahora se oye tanto, lo de la discriminación positiva, es equivalente a su versión sin coletilla y, por tanto, igual de negativa. Personalmente, no considero que por formar parte de una agrupación femenina gran parte del repertorio deba basarse en ese hecho. Casi todas cantan eso, que son mujeres, que ahí están, que antes el Concurso era de hombres, pero que mira, que lo han conseguido… Precisamente, si las mujeres quieren igualarse con los hombres, no deberían hacer especial alusión a su condición de pertenecer al género femenino. Ellos no gastan sus letras en contarnos que son hombres, las aprovechan (o desaprovechan) en cantar sobre otras cosas.

Algo parecido les sucede a las agrupaciones que vienen de fuera (entiéndase fuera por casi todo aquello más allá de Cortadura). Poquitas excepciones hay que no canten a su condición de forasteros. Cantan que no vienen aquí para ganar, porque lo saben imposible, que no piden que Cádiz les quiera, que se conforman con que se deje querer, que no se les haga la cruz por no pasear por la Viña o no bañarse en la Caleta… Es como llegar con la certidumbre de ser “inferiores” y, entonces, simplemente limitarse a elevar la comisura y afirmar derrotistamente “sólo hemos venido a pasarlo bien”. Perfecto, pasarlo bien, pero ir a por todas.

Es como si Obama hubiera llegado a su mitines electorales diciendo “bueno, yo ya sé que esto suele ser cosa de blancos… pero nada, yo no os pido que me votéis, sólo que me dejéis hacer campaña, que siempre ha sido mi ilusión…”. Pues no señor. “Yes, we can”. Y mira dónde está.

Puede que sí haya categorías previas, pero si las mujeres no cantaran sobre que son mujeres, si los visitantes no cantaran con la bandera del orgullo y la de la derrota izadas a la misma altura y no hicieran alusión a su procedencia , esto podría ser el primer paso para la igualdad.