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Resaca de decepciones

Elena G. Antón | 23 de febrero de 2009 a las 21:03

Lunes de resaca. De alcohol para la mayoría, de desencantos para mí.

Todo empezó el día de la Gran Final. Supongo que fue por lo de siempre, por poner demasiadas expectativas en algo. Cuando uno espera mucho, es tremendamente fácil que la realidad al final no esté a la altura. Un evento tan cotizado e inalcanzable me pareció, en resumidas cuentas, un hermano pequeño de todo lo anterior. Supongo que dependerá del año, del público, de muchos factores, pero yo, personalmente, viví jornadas mucho más animadas, calurosas y divertidas en semifinales que en esta última noche anestesiada.

Luego llegó el Sábado de Carnaval. Por aquello de tropezar en la misma piedra, volví a esperar demasiado. Ya eran varios los años que había pospuesto esta cita y para mí el estar aquí era cumplir una meta. Ataviada con mi correspondiente disfraz y acompañada de otra gente de Madrid, que tampoco querían perderse la ocasión, “salí de casa con la sonrisa puesta”. Cuando volví a cruzar mi portal, unas horas después, traía el bolsillo lleno de papelillos y de decepción.

Me sentí defraudada. Una ciudad entera de botellón, con la única variante de que los participantes van disfrazados, no me parece que mereciera tantas ganas e ilusión por mi parte. Me pregunté incesantemente dónde estaba todo lo demás ¿Dónde estaba todo lo que hace que este Carnaval sea diferente? No encontré la respuesta esa noche. No sé si quedaría sepultada bajo las toneladad de basura, botellas y demás desechos. No sé si a alguien le daría por orinar encima de mi respuesta. No sé por qué de un tiempo a esta parte, en Madrid, en Cádiz o en cualquier rincón de España, la diversión se disfraza de esta manera bochornosa.

Aún quedaba una decepción más para el fin de semana. Por los retrasos, y también por ser un poco patosa, lo reconozco, esperé casi dos horas el paso de la Cabalgata. Ya cuando estaba dispuesta a irme de allí sin verla, oí algo a lo lejos que me hizo anclarme de nuevo al suelo. Música, o algo así. Al final la vi y, mientras pasaba delante mío, por mi cabeza pasaban todas las cosas que podría haber hecho en ese tiempo que perdí.

Visualmente, no estaba mal. Carrozas bonitas, sí, pero eso no es un mérito demasiado reseñable. Creo que nunca he visto una carroza fea.  Pero para mí, la magia de una cabalgata es que te envuelva y ésta, desde luego, no lo hizo. Al menos conmigo. Entre una carroza y otra podías dar alguna cabezadita. La diferencia entre ellas, abismal. Unas venían con la música en vivo, otras con grabaciones a todo trapo, otras a un volumen excesivamente bajo, otras directamente sin música. Para mí, todo muy lento y descompasado y, sobre todo, falto de un aire más gaditano. Aunque quizá esto era una expectativa absurda. Quizá si alguien me pusiera en la situación contraria, en la que alguien de fuera reclamara que la cabalgata carnavalera de mi barrio de Madrid tuviera “un aire más vallecano”, yo pondría cara de póker sin entender lo absurdo del requerimiento. Sí, puede ser, lo reconozco.

Después de esta serie de decepciones, ya todo fue mejor. Cosas como un posterior paseo por La Viña, los fuegos artificiales vistos desde la arena de La Caleta o el repertorio, borde pero con cierta gracia, de una ilegal en una pequeña placita, consiguieron remontar en cierta medida todas las ganas que, desde el viernes, había ido perdiendo por el camino.

Sé que muchos me dirán que es que realmente el Carnaval de Cádiz son este tipo de cosas, que esto es lo que le otorga la magia y la diferencia. Y, quizá, si paso aquí más carnavales, moldearé con el tiempo ese criterio selectivo que tiene la gente de aquí y que le hace disfrutar tanto de su fiesta, empezaré a saber encontrar los rincones donde está aquello que merece la pena. Quizá, en los días que quedan, encuentre muchas otras cosas positivas que desequilibren la balanza, esta vez a su favor. Pero, de momento, el sabor de la decepción no se me va de la boca. Qué mala es esta resaca…