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Días de lluvia y mero

Elena G. Antón | 22 de febrero de 2010 a las 12:41

En lo que intento reconstruir mentalmente el puzzle de las vivencias de la última semana, desordenado por algún vasito de manzanilla de más, haré un esfuerzo por sintetizar aquí los hitos más importantes.

En primera instancia, sin duda, debo confesar la abismal diferencia que ha existido entre cómo he vivido y percibido este Carnaval en la calle frente al pasado. Ya intuí, y no me equivocaba, que de vivirlo como madrileña 100% a vivirlo como el híbrido gadileño que ahora soy, la cosa variaría bastante. No veas.

Este año he sabido buscar lo que quería y evitar lo que me desagradaba. El primer sábado de Carnaval, por ejemplo, había hecho la firme promesa de no salir, después de la grotesca experiencia del año pasado. Pero como tenía visita madrileña, a ver quién convence a mis paisanos de no salir el sábado para disfrutar por derecho el dominguito de coros (¡¿el dominguito de qué..!?) Y salí sí, pero de otra manera. Lejos de meterme en la jungla del megabotellón, me fui a la calle La Palma, donde se estaba divinamente, y ahí pasé un sábado de Carnaval como Momo manda.

El resto de los días, también sumamente aprovechados y agradables (dejando a un lado las malditas lluvias y el frío que hicieron que haya ido arrastrando un tremendo resfriado durante toda la semana). Hoy pa’ la Viña, mañana nos vamos a buscar ‘ilegales’, al otro a algún tablao… Cada día era parecido pero diferente, lejos de aquellos días de marmota y pescadilla del año pasado.

De hecho, a la pescadilla le ha relevado en esta ocasión el mero, protagonista de uno de los mejores cuplés que he oído yo en todo lo que he escuchado de Carnaval. Absurdo hasta decir basta, como me gustan a mí las cosas, y con una originalidad que me encandiló. Me reitero en lo que digo siempre; no es necesario tirar de borderíos ni de topicazos para hacer un cuplé.

Entre las callejeras hay auténticos despropósitos y casi obras de arte (galardono a ‘Esta noche toco’ por su humor fino, sin chistes fáciles, y su bonita música y afinación ¡Encima de hacer gracia, es que cantan bien los tíos!), pero casi todo tiene su encanto. Hasta los más malos malísimos consiguen hacerte reír, aunque sólo sea por su poca vergüenza a la hora de ponerse ahí a soltar grandes pamplinas.

Y, por otro lado, también he descubierto el encanto que no ví el año pasado de ver en la calle y en los tablaos a las agrupaciones que han participado en el COAC. Encima de las tablas, el cachondeo y la improvisación que añaden a sus repertorios es digno de ser visto, porque la cosa varía bastante respecto al Concurso. Y verlos en una esquinita, cantando para unos cuantos, lo cierto es que tiene una magia que no cabe en el Falla.

Así a grandes rasgos quedaría por mencionar que este año, evidentemente, pasé de la cabalgata; que pese a la incomodidad y el fastidio de la lluvia, creo que ésta ha hecho un gran favor en la lucha contra los olores pestilentes; que el descenso en la afluencia de gente este año ha propiciado un mejor Carnaval y, que, ahora sí, me quedo con todo lo que compone esta fiesta; Concurso y calle.

Y, completas o incompletas, creo que hasta aquí llegan las memorias de mi semana carnavalera en Cádiz. Espero haber variado la imagen de ‘derrotista’ con la que algunos me tacharon el año pasado. Aunque, sinceramente, no es que me importara demasiado. Para mí lo primordial es la sinceridad y saber basar lo que uno dice en argumentos coherentes, lejos de intentar quedar bien sin más.

Al fin y al cabo, como dirían las novicias de Soweto, yo soy una mera aficionada.

Curas de humildad

Elena G. Antón | 26 de enero de 2010 a las 20:19

Será que no soy de aquí ni de allí, de unos ni de otros, lo que me hace tan neutral y, en consecuencia, hace que no entienda y que me causen tan mala sensación los enfrentamientos.

Hay rivalidades externas y rivalidades internas en esto del Carnaval. Vendría a ser algo como las que son por sí mismas fuera de todo esto, y se reflejan (Jerez-Cádiz, Sevilla-Cádiz, por ejemplo) y las que nacen dentro del propio Carnaval (entre autores, entre posturas, entre gustos, entre opiniones sobre el ranking…)

Algunas parece que ya están medio salvadas, como la enemistad entre la capital gaditana y la hispalense, pero otras siguen ahí latentes. Encuentran rendijas por donde colarse en letras de coplas y en el público entre sus reacciones y comentarios.

El pueblo es quien crucifica a una agrupación por hacerse con un primero, como si ella lo hubiera elegido (ojalá eso se pudiera elegir), quien crea un enfrentamiento entre dos autores que, repito, no han escogido su posición en el podio. Algunos letristas se dejan llevar también y terminan haciendo alusión en alguna letra a favor de uno o, lo que es peor, en contra del otro como para rendir homenaje al primero.

Son los tópicos y los resquemores enquistados los que hacen que alguna letra tenga el valor de hacer un chiste con la desgracia de una ciudad que ha sido anegada por las lluvias. Sólo porque es el enemigo (no sé muy bien por qué, pero lo es). Y, al enemigo, ya se sabe, ni agua. O, en este caso, que se joda con su agua.

Y, como en estos ejemplos, veo como el Carnaval, en vez de ser una fiesta que luche por hermanar a los pueblos y a las personas, es un escaparate donde ponerlos a retarse con dardos envenenados. Y me crispa.

Será por eso que cuando escucho coplas como en la que Jesús Bienvenido alaba y reconoce admirar o envidiar los aspectos positivos de Jerez y le tiende su mano ante la desgracia de las inundaciones, o como en la que Kike Remolino le entrega en forma de pasodoble el primer premio al Selu, porque así lo quiso el pueblo, se me alegra el alma y recupero un poco la confianza en el género humano y, más particularmente, en el género gaditano y su Carnaval.

Y, además, lo curioso es que esas curas de humildad, son las que levantan los mayores aplausos y ponen al público en pie con mayor firmeza. ¿Será entonces que todos queremos que acaben de una maldita vez los enfrentamientos? Así pues, ¿por qué como pueblo, como espectadores, como personas, no ayudamos más a que esto termine? Una copla es más vistosa, más grandilocuente, pero todos, aún sin ser copleros, podemos llevar esos mensajes cantados a nuestras acciones y comentarios más cotidianos.

Una gran familia

Elena G. Antón | 19 de enero de 2010 a las 17:13

Cuando pisé el otro día el Falla, tuve la sensación de que no me había ido. El año ha pasado lento, sobre todo estos ultimos meses donde parecía que hacía un lustro desde el pasado Carnaval. Pero fue llegar allí y sentir que había sido ayer la final.

El teatro se convierte en la segunda casa de quienes estamos ahí día tras día durante todo el Concurso. Nos volvemos como una gran familia; periodistas,vigilantes, limpiadoras… Todos juntos apoyamos y amenizamos el trabajo de los otros.

Pero además de con los compañeros de batalla, también uno termina fundiéndose con el público y las agrupaciones. Te sientes parte de todo, te animas con su ánimo, te emocionas con su sentir, te enorgulleces de sus éxitos y te entristecen sus fracasos.

Pero esa múltiple personalidad que adquieres a veces supone un enfrentamiento entre las partes. Por ejemplo, cuando el público abuchea o se cachondea de una agrupación que está resultando quizá bastante mala o sonrojante, te pones en ambos papeles. Primero tu parte de espectador te dice que no has pagado para ver eso, pero luego sale tu chirigotero -por ejemplo- para recordarte la ilusión con la que has subido a esas tablas. Al final, la razón, la lógica, le dice al espectador que sabía a lo que se exponía viniendo en preliminares, y al carnavalero que intente hacerlo mejor para otro año. Y, en definitiva, que lo más importante es que ambos basen lo que hagan en el respeto.

El Concurso está así planteado y no queda más remedio que escuchar de todo. Supongo que ninguna de las personas que se sube a ese escenario va con la idea de llevar un mal repertorio, a todos nos suele gustar lo nuestro. Por eso, siempre que se cante desde el respeto y la cordura (aunque ésta también es algo subjetiva) creo que todos deberíamos jugar a la empatía. No cuesta tanto mantener las formas durante veinte minutos, que seguramente además no tendremos que volver a escuchar, después de que ellos empezaran hace más de 17.000 minutos a prepararlo.

Si algo caracteriza a Cádiz, es el buen humor y el calor de su gente. No merece la pena perder tan positivas características por un rato tan corto. Es mejor hacer de todos los que estamos en el Falla una gran familia, y apoyar y amenizar el papel que juegan los otros.

Para enfrentarnos, ya está la vida real. En Carnaval, al menos, dejémosla fuera atada en la puerta del coliseo.

Con menos eses pero las mismas ganas

Elena G. Antón | 13 de enero de 2010 a las 20:07

Ni siquiera me despedí. Y pudo parecer todo menos lo que realmente era. Pude parecer maleducada, que mi trabajo había acabado, que ya no tenía nada más que decir, ni ningún interés por despedirme de aquellos que me habían seguido. Pero no, no era nada de eso. Despedirme, escribir algo a modo de colorín colorado, me daba tremendo coraje. Era como aceptar que la aventura bloguera de la madrileña en Carnaval había acabado, que se había consumido en sí misma. Y tomé la decisión de quedarme callada, en tierra de nadie, esperando una nueva oportunidad. Quizá ya no sería lo novedoso de la primera vez pero, qué carajo, yo seguiría siendo madrileña y, sobre todo, seguiría queriendo escribir sobre Carnaval. Y, fíjate tú, aquí estoy.

Sí debo confesar que en este año se me han ido cayendo las eses. Ya no las tengo todas, ni siquiera la mitad. Pero, en este caso, la pérdida ha ido significando una ganancia, la de la idiosincrasia gaditana. Aunque veces mi Vallecas natal sigue saliendo a la luz, también a veces me sorprendo a mí misma pareciendo casi casi de la Viña. Y, como no podía ser de otra manera, el Carnaval ha sido uno de los leitmotiv que ha estado presente en estos meses de gaditanización de mi persona.

Cuando llegué aquí y la gente me hablaba de que escuchaba Carnaval, o de que cantaba coplas cuando salía con los amigos, sinceramente me sonaba absurdo. ¿Es que acaso el Carnaval era algo que uno se metía en el mp3 como quien mete el último disco de su grupo favorito? Pues si hija, sí.

He escuchado Carnaval por la calle, tomando el sol, limpiando la casa, yendo en coche… Y, sobre todo, cada vez que salía de Cádiz. Por las calles o en el metro de lugares como Londres o Madrid, Carnaval era lo que me pedía el cuerpo más que nunca. Nostalgia prestada, supongo. Y también he cantado, claro que sí. En la ducha, en la calle, en las noches de verano de chiringuitos de playa, en coches aparcados bajo la lluvia.

Menos mal que al menos sé que esta patología no es aislada. Hasta tiene nombre. Jartible, soy una jartible. Pues muy bien. Y sí, tenía muchas ganas de que llegara enero de nuevo. Y aquí estoy, esperando ilusionada que pasen estos últimos días y que empiece el COAC 2010.

Ahora ya no todo será nuevo para estos ojos que el año pasado eran vírgenes carnavalescamente hablando. Pero estoy segura de que aún me quedarán cosas por descubrir y, en todo caso, sensaciones que compartir con aquellos que tengan a bien volver a dedicarme un rato de su tiempo. Así que sin más, bienvenidos de nuevo a esta humilde casa 2.0. Como si estuviérais en la vuestra.

Resaca de decepciones

Elena G. Antón | 23 de febrero de 2009 a las 21:03

Lunes de resaca. De alcohol para la mayoría, de desencantos para mí.

Todo empezó el día de la Gran Final. Supongo que fue por lo de siempre, por poner demasiadas expectativas en algo. Cuando uno espera mucho, es tremendamente fácil que la realidad al final no esté a la altura. Un evento tan cotizado e inalcanzable me pareció, en resumidas cuentas, un hermano pequeño de todo lo anterior. Supongo que dependerá del año, del público, de muchos factores, pero yo, personalmente, viví jornadas mucho más animadas, calurosas y divertidas en semifinales que en esta última noche anestesiada.

Luego llegó el Sábado de Carnaval. Por aquello de tropezar en la misma piedra, volví a esperar demasiado. Ya eran varios los años que había pospuesto esta cita y para mí el estar aquí era cumplir una meta. Ataviada con mi correspondiente disfraz y acompañada de otra gente de Madrid, que tampoco querían perderse la ocasión, “salí de casa con la sonrisa puesta”. Cuando volví a cruzar mi portal, unas horas después, traía el bolsillo lleno de papelillos y de decepción.

Me sentí defraudada. Una ciudad entera de botellón, con la única variante de que los participantes van disfrazados, no me parece que mereciera tantas ganas e ilusión por mi parte. Me pregunté incesantemente dónde estaba todo lo demás ¿Dónde estaba todo lo que hace que este Carnaval sea diferente? No encontré la respuesta esa noche. No sé si quedaría sepultada bajo las toneladad de basura, botellas y demás desechos. No sé si a alguien le daría por orinar encima de mi respuesta. No sé por qué de un tiempo a esta parte, en Madrid, en Cádiz o en cualquier rincón de España, la diversión se disfraza de esta manera bochornosa.

Aún quedaba una decepción más para el fin de semana. Por los retrasos, y también por ser un poco patosa, lo reconozco, esperé casi dos horas el paso de la Cabalgata. Ya cuando estaba dispuesta a irme de allí sin verla, oí algo a lo lejos que me hizo anclarme de nuevo al suelo. Música, o algo así. Al final la vi y, mientras pasaba delante mío, por mi cabeza pasaban todas las cosas que podría haber hecho en ese tiempo que perdí.

Visualmente, no estaba mal. Carrozas bonitas, sí, pero eso no es un mérito demasiado reseñable. Creo que nunca he visto una carroza fea.  Pero para mí, la magia de una cabalgata es que te envuelva y ésta, desde luego, no lo hizo. Al menos conmigo. Entre una carroza y otra podías dar alguna cabezadita. La diferencia entre ellas, abismal. Unas venían con la música en vivo, otras con grabaciones a todo trapo, otras a un volumen excesivamente bajo, otras directamente sin música. Para mí, todo muy lento y descompasado y, sobre todo, falto de un aire más gaditano. Aunque quizá esto era una expectativa absurda. Quizá si alguien me pusiera en la situación contraria, en la que alguien de fuera reclamara que la cabalgata carnavalera de mi barrio de Madrid tuviera “un aire más vallecano”, yo pondría cara de póker sin entender lo absurdo del requerimiento. Sí, puede ser, lo reconozco.

Después de esta serie de decepciones, ya todo fue mejor. Cosas como un posterior paseo por La Viña, los fuegos artificiales vistos desde la arena de La Caleta o el repertorio, borde pero con cierta gracia, de una ilegal en una pequeña placita, consiguieron remontar en cierta medida todas las ganas que, desde el viernes, había ido perdiendo por el camino.

Sé que muchos me dirán que es que realmente el Carnaval de Cádiz son este tipo de cosas, que esto es lo que le otorga la magia y la diferencia. Y, quizá, si paso aquí más carnavales, moldearé con el tiempo ese criterio selectivo que tiene la gente de aquí y que le hace disfrutar tanto de su fiesta, empezaré a saber encontrar los rincones donde está aquello que merece la pena. Quizá, en los días que quedan, encuentre muchas otras cosas positivas que desequilibren la balanza, esta vez a su favor. Pero, de momento, el sabor de la decepción no se me va de la boca. Qué mala es esta resaca…

Por mis cajones

Elena G. Antón | 19 de febrero de 2009 a las 20:58

Antes de que empezara todo esto me nutrí, gracias a recopilaciones de vocabulario carnavalero, de aquellas palabras y expresiones que oiría frecuentemente después. De entre ellas, una de las que más se quedó en mi mente fue ‘cajonazo’. Hoy, le encuentro más sentido y aplicación que cuando simplemente la aprendí teóricamente.

Supongo que, para los aficionados al Carnaval, la sensación que yo tuve ayer no es nada nuevo. Como se dice popularmente, nunca llueve a gusto de todos, y supongo que esto es así año tras año para miles de personas. Pero, quizá porque es mi primera lluvia de Carnaval, tengo la sensación de sentirme más decepcionada que la media. Cincelándose la agudeza con el paso del tiempo, supongo que uno aprende a salir de casa con paraguas.

Cuando oí los finalistas del Concurso tuve el absurdo pensamiento de que eso aún tendría remedio. Me negaba a admitir, con una rendición tan inmediata, que los nombres que encabezaban mi lista de favoritos no figurasen en el ansiado fallo del jurado.

Cuando asumí la realidad, sentí una gran tristeza. Como el típico momento flash-back pasteloso de una comedia romántica, empezaron a pasar por mi cabeza imágenes de las actuaciones y, sobre todo, de los ratos detrás del escenario de los que había sido testigo con algunas agrupaciones. Como banda sonora, elemento que no puede faltar en estos pensamientos retrospectivos, se reprodujeron en mi mente algunas de las letras de pasodoble que habían conseguido ponerme en pie y algún simpático estribillo.

Seguramente esa tristeza sea un elemento muy recurrente en los aficionados y, muchísimo más, en los miembros de las propias agrupaciones y toda la gente que los rodea. Cuando es alguno de tus favoritos, resulta mucho más fácil ponerse en su piel y pensar “es una pena que no hayan pasado”. Pero con cada agrupación que se queda por el camino habrá surgido esta sensación en más de una persona.

Pero un concurso, que no es ni más ni menos al final lo que es el Carnaval en el Falla, es así. Unos pasan y otros no, unos ganan y otros pierden, unos tienen merecido su puesto para algunos, y para otros no. Buenas cosas quedan fuera, porque para los que deciden no fueron tan buenas, o al menos no tanto como las que cruzaron la última frontera…

Tirando de prudencia, cosa que considero necesaria y obligada en mi caso, no voy a hablar de ‘cajonazos’. De eso que hablen los que entienden, los que hacen que entienden o los que les de la gana. Pero, para mí, los gustos nunca pueden ser etiquetados en fórmulas que les otorguen un aire de verdades absolutas. Por eso, no diré que Voces y Los mákina son ‘cajonazos’, diré que yo, personalmente, los guardaré en el cajón de mi mesilla de noche.

Nuevas noches de febrero

Elena G. Antón | 16 de febrero de 2009 a las 15:00

Aprovechando unos días de asueto que tenía, decidí ir a dar una vuelta por Madrid, a ver si todo seguía en su sitio. Una de las excusas para hacer este viaje era “desconectar de Carnaval”, como repetí en varias ocasiones a unos y a otros. Ciertamente, mi vida desde el pasado 23 de enero podría resumirse así, Carnaval. En el trabajo, en mi vida personal, en las conversaciones… Todo se había convertido de repente en un día a día que giraba alrededor de un único ítem, que había eclipsado todo lo demás.

Como cantaba Sabina, “cuando en vuelo regular, pisé el cielo de Madrid”, ya advertí que algo no iba bien, tenía más acentuada que nunca esa tediosa sensación que se tiene siempre de que te has dejado algo sin meter en la maleta.

Hicieron falta pocas horas para darme cuenta de lo que me faltaba. Me faltaba Carnaval. Pese a todas las cosas que he descubierto que me hastían y me desagradan de este “mundillo” (véase mi post anterior), debo reconocer que la esencia primigenia de esta fiesta ha calado hondo en esta madrileña que, hace un par de meses, no sabía ni lo que era un cuplé.

En Madrid me he sentido como la típica amiga pesada que te ofrece insistentemente una tarde en su sofá, viendo el vídeo de su boda. Y tú siempre dices que sí, que hoy no puedes, pero que un día irás. Yo ofrecía enfermizamente a la gente enseñarle actuaciones de Carnaval y no siempre daba resultado en el momento, sólo a veces. Y cuando sí cedían, como tu amiga te explicaría quién es en el vídeo su tía abuela o sus primas las mellizas, las que ya están muy mayores, yo me empeñaba en presentar, como si fueran familia mía, a autores, chirigoteros, cuarteteros o comparsistas.

Después, aprovechaba los momentos de soledad para poner algún vídeo de aquellos que me habían gustado especialmente. Como una loca que consumiera sus adicciones en secreto, por no dejar en evidencia su enfermiza necesidad.

Una de las últimas noches hablé con un compañero del trabajo. Me fue contando las reacciones ante la última criba, en el paso de los cuartos a las semifinales. Me dijo sus preferidos, le rebatí con los míos, consensuamos opiniones con buenos razonamientos. Al fin volví a sentirme la persona en la que me he convertido de un tiempo a esta parte. Lo necesitaba, dejar por un momento a un lado esos monólogos carnavaleros que eran recibidos en mi tierra con cara de “no sé qué me estás contando y tampoco sé muy bien si me interesa”.

Al principio, cuando escuchaba a las agrupaciones cantar sobre la locura de febrero y el veneno que se te mete en la sangre, lo veía totalmente como cánticos ultraedulcorados, sabor pasodoble con nata y cobertura de papelillos. Sin embargo, han hecho falta sólo unos días alejada de todo esto para darme cuenta de que difícilmente volveré a concebir un febrero sin esta locura del Carnaval.

Dos tazas de Falla

Elena G. Antón | 23 de enero de 2009 a las 19:00

Me siento como el amigo de Gurb, no sé si habrán tenido el placer de leer el libro de Eduardo Mendoza. Así, sintetizando, Gurb es un marciano que, no recuerdo por qué clase de error, termina en la Tierra y otro marciano amigo suyo va buscándolo, sorprendiéndose de todo lo que ve a su alrededor. Hombre, yo no vengo de otro planeta, sólo de Madrid, y ni vine aquí en busca de nadie ni lo mío fue a causa de un error -fue un aterrizaje premeditado- pero sobre eso de sorprenderse ¡de qué manera!

Como veía que la estrategia esa de hacerme con el acento y decir ‘killo’ no había sido suficiente para integrarme en el entorno, he aceptado a ciegas meterme de lleno en esto del Carnaval.

Llevaba años detrás del dichoso viaje, “este año a Cádiz” era la frase más oída en mi círculo de amigos por los meses de enero y febrero. Pero al final, por h o por b, nunca salía el plan adelante.

Tan sólo un año después del último intento fallido, me veo nada menos que viviendo en Cádiz y cubriendo el Concurso de Agrupaciones. Y ahora, mientras cojo impulso, se me reformula en la cabeza ese refrán popular que habla sobre caldo y dos tazas, y me digo a mí misma entre dientes: ¿No querías Carnaval? ¡Pues toma y ve al Falla!

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