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Una gran familia

Elena G. Antón | 19 de enero de 2010 a las 17:13

Cuando pisé el otro día el Falla, tuve la sensación de que no me había ido. El año ha pasado lento, sobre todo estos ultimos meses donde parecía que hacía un lustro desde el pasado Carnaval. Pero fue llegar allí y sentir que había sido ayer la final.

El teatro se convierte en la segunda casa de quienes estamos ahí día tras día durante todo el Concurso. Nos volvemos como una gran familia; periodistas,vigilantes, limpiadoras… Todos juntos apoyamos y amenizamos el trabajo de los otros.

Pero además de con los compañeros de batalla, también uno termina fundiéndose con el público y las agrupaciones. Te sientes parte de todo, te animas con su ánimo, te emocionas con su sentir, te enorgulleces de sus éxitos y te entristecen sus fracasos.

Pero esa múltiple personalidad que adquieres a veces supone un enfrentamiento entre las partes. Por ejemplo, cuando el público abuchea o se cachondea de una agrupación que está resultando quizá bastante mala o sonrojante, te pones en ambos papeles. Primero tu parte de espectador te dice que no has pagado para ver eso, pero luego sale tu chirigotero -por ejemplo- para recordarte la ilusión con la que has subido a esas tablas. Al final, la razón, la lógica, le dice al espectador que sabía a lo que se exponía viniendo en preliminares, y al carnavalero que intente hacerlo mejor para otro año. Y, en definitiva, que lo más importante es que ambos basen lo que hagan en el respeto.

El Concurso está así planteado y no queda más remedio que escuchar de todo. Supongo que ninguna de las personas que se sube a ese escenario va con la idea de llevar un mal repertorio, a todos nos suele gustar lo nuestro. Por eso, siempre que se cante desde el respeto y la cordura (aunque ésta también es algo subjetiva) creo que todos deberíamos jugar a la empatía. No cuesta tanto mantener las formas durante veinte minutos, que seguramente además no tendremos que volver a escuchar, después de que ellos empezaran hace más de 17.000 minutos a prepararlo.

Si algo caracteriza a Cádiz, es el buen humor y el calor de su gente. No merece la pena perder tan positivas características por un rato tan corto. Es mejor hacer de todos los que estamos en el Falla una gran familia, y apoyar y amenizar el papel que juegan los otros.

Para enfrentarnos, ya está la vida real. En Carnaval, al menos, dejémosla fuera atada en la puerta del coliseo.

Días de marmota y pescadilla

Elena G. Antón | 2 de marzo de 2009 a las 15:38

Las despedidas casi nunca son agradables. Al final, aún las más oportunas y/o necesarias, terminan dejando algún vestigio de nostalgia en las partes que se dicen adiós. Aunque sea temporal.

Será por eso que, pese a la necesidad imperiosa que clamaban mi mente y cuerpo de volver a la “normalidad” previa al 23 de enero, también siento cierta pena al pensar que, tras este intenso mes, el Carnaval se aleja contoneando cadenciosamente su mano abierta. (Aunque el fin de semana que viene vuelva fugazmente, como el que llama al timbre a los 30 segundos de haber salido de casa, porque ha olvidado algo).

Por tener una opinión más global, durante esta última semana decidí acumular las experiencias para poder hacer un balance completo del Carnaval en la calle. Al final, mientras escribo hoy, me doy cuenta de que podría haber escrito casi lo mismo cualquier otro día anterior. Y la verdad es que esta semana me he metido de lleno en la piel de Bill Murray en aquella simpática comedia en la que cada mañana despertaba en el mismo día. El interminable y repetitivo Día de la Marmota. Si cambiamos el chirriante tema de Sonny and Cher que espabilaba cada mañana a Murray por algún popurrí al azar, la similitud es bastante alta.

Día tras día he tenido la sensación de “más de lo mismo”. Como si caminara por encima de una gigantesca pescadilla mordiéndose la cola y, después de haber alcanzado el final, en cada nueva jornada volviera a toparme de nuevo con la mirada vacía del inerte pez.

Al ajetreo y desgaste general, hay que añadir una tediosa sensación de desorientación si eres de fuera. Al no conocer la mayoría de puntos clave, empiezas a guiarte por programas que, más que ayudarte, terminan volviéndote loc@. La improvisación es una buena característica de ciertas cosas, pero no cuando es el elemento que termina reinando en el orden de actuaciones de los diferentes tablaos.

Por ver a unos o a otros (más por la gente que me acompañaba que por mí misma, que ya los tenía bastante vistos a lo largo del Concurso) me pasaba más de media tarde-noche recorriendo Cádiz, descubriendo en demasiadas ocasiones que la programación había vuelto a “sufrir variaciones”. Y de repente, cuando creía que iba a ver a Fulano de Tal, me aparecían de nuevo enfrente las taitantas chaquetitas rojas que acababa de ver en la otra punta. ¡Socorro! (Puntualización: pongo este ejemplo como podría poner cualquier otro, no es nada personal…)

Desde luego, no me quiero imaginar en las carnes de los que salen en alguna agrupación. No dudo que lo pasarán estupendamente gracias a ello pero yo, personalmente, creo que no podría aguantar el ritmo. Cantar lo mismo una media de tres o cuatro veces al día, yendo de un lado a otro sin apenas tregua, ¡qué valor! Aquí dejo plasmada mi admiración hacia ellos por tanto aguante.

Por lo demás, la decepción que acompañó al primer fin de semana ni creció ni ha involucionado. Se mantuvo ahí, discreta, callada, relamiéndose con la certidumbre de saber que será la protagonista indiscutible en mis recuerdos de carnaval callejero. Aunque seguí detestando ese empeño generalizado por llenar de porquería y fluidos pestilentes todos los rincones de Cádiz, también es cierto que el ambiente de lunes a viernes y segundo fin de semana fue bastante mejor.

Muchos me etiquetarán con ese término que tanto gusta a algunos, ‘derrotista’. Tampoco es eso. Quizá sí es cierto que he hecho más hincapié en los aspectos de todo esto que me han decepcionado que en los que sí me han parecido positivos. Pero claro que hay también bastantes de estos últimos.

Pero eso sí, ante esa dicotomía tan recurrente que se plantea de “Carnaval, ¿en el Falla o en la calle?” yo, y aunque un poquito de todo lo que sucede de puertas para fuera me parezca muy buen complemento, me quedo con lo primero.

Por mis cajones

Elena G. Antón | 19 de febrero de 2009 a las 20:58

Antes de que empezara todo esto me nutrí, gracias a recopilaciones de vocabulario carnavalero, de aquellas palabras y expresiones que oiría frecuentemente después. De entre ellas, una de las que más se quedó en mi mente fue ‘cajonazo’. Hoy, le encuentro más sentido y aplicación que cuando simplemente la aprendí teóricamente.

Supongo que, para los aficionados al Carnaval, la sensación que yo tuve ayer no es nada nuevo. Como se dice popularmente, nunca llueve a gusto de todos, y supongo que esto es así año tras año para miles de personas. Pero, quizá porque es mi primera lluvia de Carnaval, tengo la sensación de sentirme más decepcionada que la media. Cincelándose la agudeza con el paso del tiempo, supongo que uno aprende a salir de casa con paraguas.

Cuando oí los finalistas del Concurso tuve el absurdo pensamiento de que eso aún tendría remedio. Me negaba a admitir, con una rendición tan inmediata, que los nombres que encabezaban mi lista de favoritos no figurasen en el ansiado fallo del jurado.

Cuando asumí la realidad, sentí una gran tristeza. Como el típico momento flash-back pasteloso de una comedia romántica, empezaron a pasar por mi cabeza imágenes de las actuaciones y, sobre todo, de los ratos detrás del escenario de los que había sido testigo con algunas agrupaciones. Como banda sonora, elemento que no puede faltar en estos pensamientos retrospectivos, se reprodujeron en mi mente algunas de las letras de pasodoble que habían conseguido ponerme en pie y algún simpático estribillo.

Seguramente esa tristeza sea un elemento muy recurrente en los aficionados y, muchísimo más, en los miembros de las propias agrupaciones y toda la gente que los rodea. Cuando es alguno de tus favoritos, resulta mucho más fácil ponerse en su piel y pensar “es una pena que no hayan pasado”. Pero con cada agrupación que se queda por el camino habrá surgido esta sensación en más de una persona.

Pero un concurso, que no es ni más ni menos al final lo que es el Carnaval en el Falla, es así. Unos pasan y otros no, unos ganan y otros pierden, unos tienen merecido su puesto para algunos, y para otros no. Buenas cosas quedan fuera, porque para los que deciden no fueron tan buenas, o al menos no tanto como las que cruzaron la última frontera…

Tirando de prudencia, cosa que considero necesaria y obligada en mi caso, no voy a hablar de ‘cajonazos’. De eso que hablen los que entienden, los que hacen que entienden o los que les de la gana. Pero, para mí, los gustos nunca pueden ser etiquetados en fórmulas que les otorguen un aire de verdades absolutas. Por eso, no diré que Voces y Los mákina son ‘cajonazos’, diré que yo, personalmente, los guardaré en el cajón de mi mesilla de noche.

Al otro lado de las tablas

Elena G. Antón | 26 de enero de 2009 a las 1:02

Yo siempre lo había pensado. Las veces que he ido al teatro en Madrid, pocas y dispersas debido a su precio prohibitivo, siempre lo he pensado. Y es que, me veía ahí en una butaca, y allí al frente el escenario, sin murallas, sin pantallas que, como en el cine, separen tu tiempo y espacio del de los actores, y pensaba: “Y si yo ahora dijera algo ¿qué pasaría?”

Porque el contexto lo da, porque sientes la emoción de saber que podrías interactuar con los que actúan e, incluso, que tendrías en tus manos parar la función. Pero nunca he dicho nada, claro, nadie lo dice.

Sin embargo, la otra noche en el Falla pude comprobar que lo mío no es un pensamiento único, que todo el mundo quiere gritar enfrente de un escenario y, es más, ¡aquí lo hacen! Sentí calmada esa inquietud que me había venido persiguiendo tanto tiempo y, aunque yo no pudiera gritar (antes por madrileña y ahora por periodista, qué se le va a hacer), cada vez que alguien del público decidía alabar un tipo, piropear a algún comparsista o, simplemente, decir “Ole, ole y ole”, sentía vengado el silencio que tuve que guardar tantas veces en las funciones de la capital.

A veces se les va la mano, todo hay que decirlo, en volumen de audio o de repetición, pero es grande comprobar que un espectador no tiene por qué ser siempre ese personaje inerte que se limita a mirar y aplaudir después de cada acto.

Sólo la primera sesión ya me dio para aprenderme la mayoría de los chascarrillos recurrentes que, por lo que me dijeron después, se repiten año tras año. Me dio tiempo incluso hasta a cansarme de algunos de ellos y a pensar que se debería ampliar el repertorio, que se me hacía a veces repetitivo. Pero la sensación positiva pudo sobre todo lo demás y no descarto que, cuando vuelva a algún teatro de la Gran Vía, le diga al de al lado al oído que, como no diga ole, se le va a secar la yerbabuena.

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Dos tazas de Falla

Elena G. Antón | 23 de enero de 2009 a las 19:00

Me siento como el amigo de Gurb, no sé si habrán tenido el placer de leer el libro de Eduardo Mendoza. Así, sintetizando, Gurb es un marciano que, no recuerdo por qué clase de error, termina en la Tierra y otro marciano amigo suyo va buscándolo, sorprendiéndose de todo lo que ve a su alrededor. Hombre, yo no vengo de otro planeta, sólo de Madrid, y ni vine aquí en busca de nadie ni lo mío fue a causa de un error -fue un aterrizaje premeditado- pero sobre eso de sorprenderse ¡de qué manera!

Como veía que la estrategia esa de hacerme con el acento y decir ‘killo’ no había sido suficiente para integrarme en el entorno, he aceptado a ciegas meterme de lleno en esto del Carnaval.

Llevaba años detrás del dichoso viaje, “este año a Cádiz” era la frase más oída en mi círculo de amigos por los meses de enero y febrero. Pero al final, por h o por b, nunca salía el plan adelante.

Tan sólo un año después del último intento fallido, me veo nada menos que viviendo en Cádiz y cubriendo el Concurso de Agrupaciones. Y ahora, mientras cojo impulso, se me reformula en la cabeza ese refrán popular que habla sobre caldo y dos tazas, y me digo a mí misma entre dientes: ¿No querías Carnaval? ¡Pues toma y ve al Falla!

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