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Nuevas noches de febrero

Elena G. Antón | 16 de febrero de 2009 a las 15:00

Aprovechando unos días de asueto que tenía, decidí ir a dar una vuelta por Madrid, a ver si todo seguía en su sitio. Una de las excusas para hacer este viaje era “desconectar de Carnaval”, como repetí en varias ocasiones a unos y a otros. Ciertamente, mi vida desde el pasado 23 de enero podría resumirse así, Carnaval. En el trabajo, en mi vida personal, en las conversaciones… Todo se había convertido de repente en un día a día que giraba alrededor de un único ítem, que había eclipsado todo lo demás.

Como cantaba Sabina, “cuando en vuelo regular, pisé el cielo de Madrid”, ya advertí que algo no iba bien, tenía más acentuada que nunca esa tediosa sensación que se tiene siempre de que te has dejado algo sin meter en la maleta.

Hicieron falta pocas horas para darme cuenta de lo que me faltaba. Me faltaba Carnaval. Pese a todas las cosas que he descubierto que me hastían y me desagradan de este “mundillo” (véase mi post anterior), debo reconocer que la esencia primigenia de esta fiesta ha calado hondo en esta madrileña que, hace un par de meses, no sabía ni lo que era un cuplé.

En Madrid me he sentido como la típica amiga pesada que te ofrece insistentemente una tarde en su sofá, viendo el vídeo de su boda. Y tú siempre dices que sí, que hoy no puedes, pero que un día irás. Yo ofrecía enfermizamente a la gente enseñarle actuaciones de Carnaval y no siempre daba resultado en el momento, sólo a veces. Y cuando sí cedían, como tu amiga te explicaría quién es en el vídeo su tía abuela o sus primas las mellizas, las que ya están muy mayores, yo me empeñaba en presentar, como si fueran familia mía, a autores, chirigoteros, cuarteteros o comparsistas.

Después, aprovechaba los momentos de soledad para poner algún vídeo de aquellos que me habían gustado especialmente. Como una loca que consumiera sus adicciones en secreto, por no dejar en evidencia su enfermiza necesidad.

Una de las últimas noches hablé con un compañero del trabajo. Me fue contando las reacciones ante la última criba, en el paso de los cuartos a las semifinales. Me dijo sus preferidos, le rebatí con los míos, consensuamos opiniones con buenos razonamientos. Al fin volví a sentirme la persona en la que me he convertido de un tiempo a esta parte. Lo necesitaba, dejar por un momento a un lado esos monólogos carnavaleros que eran recibidos en mi tierra con cara de “no sé qué me estás contando y tampoco sé muy bien si me interesa”.

Al principio, cuando escuchaba a las agrupaciones cantar sobre la locura de febrero y el veneno que se te mete en la sangre, lo veía totalmente como cánticos ultraedulcorados, sabor pasodoble con nata y cobertura de papelillos. Sin embargo, han hecho falta sólo unos días alejada de todo esto para darme cuenta de que difícilmente volveré a concebir un febrero sin esta locura del Carnaval.

Borrón y copla nueva

Elena G. Antón | 30 de enero de 2009 a las 16:59

Lo bueno que tiene ser nueva en esto es que eres una pizarra en blanco, como los niños cuando nacen. Y es gracias a ser recién nacida en esto del Carnaval que aún no tengo el criterio “envenenado”. Y es que me he dado cuenta de que la opinión gaditana, respecto a lo que se ve en el Concurso, está llena de frasquitos pequeños, de perfume o de veneno, predispuesta a favor de estos o en contra de aquellos.

Asisto a cada sesión oyendo de antemano quiénes son los buenos, cuáles los que “psé, tú sabes…” y quiénes los que son “pa´echarlos”. Y da igual lo que canten o cómo lo canten, los mayores vítores y ovaciones del público, las mejores críticas de los profesionales, se las llevan los que ya llevaban el cartel de número uno en la frente antes de salir a echar el resto en el escenario. Estoy segura de que si entre dos agrupaciones se intercambiaran los repertorios, estos podrían ser juzgados de manera totalmente opuesta.

Ciertamente, esto guarda bastante similitud con la política, por aquello de que casi nadie es capaz de juzgar las acciones por las acciones en sí mismas, sino que para emitir el juicio lo primero y más importante es saber de quién provienen. Imaginemos por un momento que desaparecieran de la vida pública los políticos, que trabajaran desde un despacho al fondo a la izquierda (porque a la derecha está el baño, no por nada más) y a los ciudadanos sólo nos llegaran las consecuencias finales de su trabajo, sin saber quién lo ha hecho. Las sentencias ciudadanas serían más coherentes, ¿verdad?

Pues bien, ahora imaginemos que todos fuéramos pizarras en blanco, que todos nos sentáramos a escuchar Carnaval desde cero, sin juicios moldeados por experiencias anteriores, sin carteles anticipados de éxito o mediocridad, utilizando sólo como instrumentos de valoración el oído y el corazón, el mecanismo que activa una risa sincera o el que pone los vellos de punta. Sería todo un poco más justo ¿no creen?