España se vuelve nihilista

Carlos Mármol | 7 de agosto de 2012 a las 6:06

Decía Sir Winston Churchill, ese gran fumador de habanos, que los reyes y los hombres deben ser juzgados en los momentos críticos de su existencia. Rara vez en el trance de los éxitos. La encuesta del CIS hizo ayer realidad esta máxima –valorar a los gobernantes en las duras, en lugar de en las maduras– y nos regala un retrato de nuestra clase política que no es precisamente edificante. Casi nueve de cada diez ciudadanos ven las cosas mal, un 40% creen que la situación todavía puede empeorar –parece que aún no hemos tocado fondo– y, de forma general, enjuician a los gobernantes que han elegido con una mezcla de hastío, cansancio y honda resignación, en función del humor de cada uno.

La radiografía del CIS viene así a certificar una de las principales y más preocupantes enseñanzas de esta durísima crisis: el nihilismo político ha dejado de ser una sensación de minorías disidentes para instalarse, acaso de forma permanente, en el ánimo de un buen número de ciudadanos. Algo que debería hacer reflexionar a los gobernantes que a estas alturas todavía siguen suspirando con la etapa dorada de la Santa Transición, el gran mito político de la España reciente. Error y nostalgia.

La crisis, como tantas otras cosas, ha destruido ya esta épica del pasado democrático más cercano para tratar de sustituirlo por una suerte de restauración reinventada que no termina de contentar a nadie. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. De Rajoy a Rubalcaba y viceversa. En eso parece consistir el juego.

Y, sin embargo, el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas apunta ya otra opción: la fórmula argentina. Ni unos ni otros. Que se vayan todos. Ninguno de los máximos referentes –más orgánicos que sociales– de las dos grandes fuerzas políticas nacionales salen bien parados del donoso escrutinio popular. Rajoy, cuya primera legislatura como presidente va a estar marcada por el naufragio económico, no pasa del suspenso bajo: 3,3. Rubalcaba, que no termina de arrancar, probablemente por falta de gas, apenas le supera en algunas décimas más de popularidad. Ninguno de los dos está para tirar cohetes.

Que la gente empiece ya a no creer en nada no resulta extraño. Pasa a diario: se pierde el trabajo, los ingresos menguan, la incertidumbre crece y los principios, antes tan sólidos, se tambalean sin remedio. Tener fe en el futuro es un lujo que los españoles ya no podemos permitirnos.

Los partidos, sin embargo, hacen caso omiso a esta verdadera tragedia colectiva y evalúan los resultados del CIS en función de las opciones de poder. Nueva constatación de que ellos van por un lado y la sociedad por el opuesto. El PP ha perdido hasta ocho puntos desde su rotunda victoria de noviembre. En los últimos meses la imagen de Rajoy se ha deteriorado de forma manifiesta. El PP todavía sigue teniendo ventaja –aunque esto para la gente es lo de menos– porque los socialistas no terminan de rentabilizar a su favor el desgaste del Gobierno. Ni se cree en la oposición ni tampoco en el Ejecutivo.

La batalla diaria para el común de los mortales consiste en esquivar los recortes –algo imposible–, perder su escaso dinero para salvar a los bancos y ver el circo estéril de una clase política que habla mucho pero no es capaz de reformar el sistema precisamente para que perdure. Justamente para no mirarse a sí mismos, los políticos se abrazan a las banderas de ocasión. Apelan a la dignidad patriótica del sacrificio.

En Cataluña los nacionalistas reclaman un trato diferencial a pesar de estar ya en quiebra. Andalucía opta por revisitar el nacionalismo –socialista, en este caso– del 28-F. Todo antes que contemplarse en crudo ante el espejo. Los recortes van a ajusticiar el débil Estado del Bienestar que creíamos haber construido. Pero no desaparecerán ni el Senado ni las Diputaciones. Los intereses creados son demasiado poderosos.

El CIS dice que apenas un 8,9% de los españoles son partidarios de la independencia de las regiones históricas. Ante las arcas vacías, toda la discusión se limita pues a elegir entre los ajustes sociales –los únicos que se han puesto encima de la mesa– o reformar la arquitectura institucional heredada; no para eliminarla por completo, sino para que pueda sobrevivir, ser creíble y útil.

El 21% de los ciudadanos preferiría ya volver al antiguo Estado centralista, mientras un 17% restaría poder a las autonomías. Suman hasta un 39%. Cifra nada despreciable. Los partidarios de las comunidades aún son cuatro puntos más (42%), incluyendo a quienes quieren darles más poder. Éstas son las actuales dos Españas. Pero nada tendrán que repartirse si terminamos en la bancarrota.

Libertad

Carlos Mármol | 24 de marzo de 2012 a las 6:05

Ya está. Alea iacta est. La campaña electoral termina hoy, día de reflexión, y a partir de este justo momento los charlatanes de aldea deben callarse y asumir lo que deparen las urnas. Es hora, como siempre, de cerrar este modesto cuaderno en el que hemos tratado de retratar esta extraña carrera de las autonómicas (en días alternos; porque desde el principio ya se veía que la cosa no daría demasiado de sí) desde el infrecuente prisma de aquel que se tiene por no alineado, una condición del alma (como decía Paul Valery de la sintaxis) que es siempre peligrosa –disparan de ambos frentes, como es norma habitual– y que, en general, tiende a ser totalmente incomprendida por cualquiera de los múltiples bandos; precisamente porque tan sólo son eso: camarillas, pandillas, casi maras. Gente que se da (demasiada) importancia. No hay que preocuparse en exceso: en la vida la cosas realmente importantes siempre se dicen en voz baja, sin preámbulos, con la sincera voluntad, al menos, de no engañarse a uno mismo.

La libertad de aquel que escribe, que siempre es una condición propia, aunque con frecuencia tienda a pensarse que es consentida, se parece bastante a la posición del elector ante la urna transparente en la que se deposita el voto. Ambas cosas –escribir y votar– siempre se hacen a solas aunque estemos rodeados de gente (la libertad reside en buena medida en saber transitar el duro sendero de la soledad) y con un innato sentido de la responsabilidad (ante el lector; ante la democracia) que, si es realmente verdadero, obedece a una cierta educación, a unos valores, que cada vez son más escasos en un mundo donde la frase de Marx (Groucho) –“Estos son mis principios; si no les gustan tengo otros”– se ha convertido en una ironía hecha realidad.

Lo escrito, incluso aunque no importe mucho, en cierto sentido siempre permanece. Y el voto, formalmente secreto, también es perdurable: se fija para siempre en la mente del propio elector, si éste no se engaña como un escritor delante del folio, porque en el momento mágico de emitirlo se es consciente tanto de nuestra fragilidad –un sufragio más perdido en un océano de papeletas– como de su grandeza –cada voto cuenta–. La verdadera épica siempre es diminuta y la libertad es una hoja de dos filos: por uno corta; por otro, permite mirarse al espejo. Mañana, aunque sólo sea por un brevísimo momento, es toda suya. ¡Úsenla!

Nacionalismo

Carlos Mármol | 22 de marzo de 2012 a las 6:06

Estamos en la recta final. Se parece sospechosamente al itinerario del principio. Quizás porque, en el fondo, no hemos salido de la misma espiral en todo este tiempo. El mal necesario de la campaña electoral va tocando a su fin, los candidatos reiteran sus argumentos –los mismos del comienzo, de donde se deduce que no hay dialéctica, sino soliloquios cruzados– y los electores piensan qué hacer con los sobres de propaganda que los partidos les han mandado al buzón de casa. Hay de todo: uno rosa, otro verde, otro que anima a un cambio difuso y un último que dice simplemente: “Rebélate”. Lo que no dice es frente a quien: si ante la totalidad del universo (una rebelión cósmica, por tanto) o frente a algo más pedestre. Debe ser para que cada uno elija su propio contrario, supongo.

Como aquí todo va siguiendo el sendero marcado en cientos de ocasiones anteriores, en la fase final de la pelea electoral antes o después toca el capítulo nacionalista. En el caso de unas autonómicas, la cosa viene a consistir en una reivindicación (innecesaria) del hecho (involuntario, por lo general) de ser o considerarse andaluz. Unos apelan al orgullo de tal condición (los andalucistas, que tienen todo su mensaje construido a partir de esta contigencia vital) mientras otros agitan el clásico recurso del enemigo exterior. En esto están ya los socialistas, que dicen que el Gobierno (el PP, en realidad) mira a Andalucía como territorio enemigo porque hasta ahora no ha votado (lo suficiente) a los candidatos del partido reformista.

Valderas, el cabeza de lista de IU, animó ayer a los ciudadanos a “levantarse” y “coger el voto del orgullo de ser andaluz”. Sintaxis aparte, y obviando el guiño a Blas Infante, demuestra que los partidos creen que la apelación a las raíces es, a falta de mejor razón, un recurso útil. El PP lo hace de otra forma: “Los andaluces no pueden quedarse atrás”, dijo esta semana Cospedal, la generala secretaria del PP. Lo que implica que si usted vota a cualquiera que no sea Arenas en realidad no es que usted sea un elector libre y con cierto criterio (opuesto al PP), sino alguien que, como en el colegio, quiere repetir curso. Un peligro público. Es una forma bastante singular de apelar al libre juicio del votante, que no deja de oír historias (para no dormir) sobre drogas e intrusos en la Junta.

Faltan días. Horas. Pero no se preocupen: pase lo que pase el domingo, seguiremos siendo andaluces. Hasta la muerte no podemos ponerle a la cosa remedio.

Espejismo

Carlos Mármol | 20 de marzo de 2012 a las 6:05

Fue al salir del periódico, a una hora –digamos– escasamente adecuada para cualquier familia de orden. Enfilé calle abajo, con los periódicos ya leídos (los periodistas viejos cargamos todavía con papel incluso de madrugada) y de pronto encontré en una plaza (cruce de calles, en realidad) a varios políticos socialistas como locos, desesperados, intentando endosar a los menguantes paseantes un triste pasquín en el que resumían sus mensajes electorales.

Entre ellos había un importante alto cargo autonómico tratando de cazar a cualquiera que tuviera el suficiente sentido de la educación para, simplemente, prestarse a recoger el folletito. “Muchas gracias”, contestaba el dirigente socialista a quien tenía a bien no dejarle con la mercancía en la mano. Es cierto. El gesto es digno de agradecer: después de tres campañas electorales seguidas, sucesivas, llenas de mentiras y promesas vanas, tiene mucho mérito que los ciudadanos todavía mantengan las buenas costumbres incluso a esas horas. Ciertos políticos, tan dados al desahogo verbal, deberían aprender de ellos a saber estar. De sus propios votantes, digo.

La escena, por otro lado, daba que pensar. Mucho. Por un día –acaso unas breves semanas– el orden jerárquico se invierte y quienes suelen esconderse detrás de los cargos, los rótulos, el protocolo, las agendas oficiales, los jefes de gabinetes y los secretarios te asaltan de pronto por la calle, incluso a la hora bruja, para contarte su particular buena nueva. Más suya que tuya, claro. Quienes se juegan la hacienda, el corazón y hasta la cartera son ellos más que los ciudadanos (algunos ni pueden ya perder aquello que se evaporó como resultado de esta cruenta crisis), lo que explica semejante exceso de productividad política a las horas en las que, según los convenios, materia camino de convertirse en arqueológica, habría que empezar a pagar la nocturnidad.

Es evidente que no es más que una cuestión transitoria, temporal. Contigente. Dentro de unos días habrá un nuevo poder –con independencia del resultado electoral todo poder aspira a la eterna juventud– y volverán las barreras, el vuelva usted mañana y el usual amiguismo meriodional. Nuestra particular democracia es tan formal que apenas si dura un suspiro. Y, sin embargo, bendito espejismo que permite que por una vez aquel que presume de dar, conceder y beneficiar(se) te suplica que tengas la bondad que cogerle un folleto.

Miedos

Carlos Mármol | 18 de marzo de 2012 a las 6:15

Hay quien piensa que esta campaña electoral está siendo la más descafeinada y aburrida de los últimos lustros. No es exagerado, aunque tampoco resulta nada novedoso: el personal no está para tanto teatro cortesano teniendo encima una tragedia –la crisis económica– tan real y rotunda. Dicho de otra forma: ¿dónde está el problema? Si la campaña está resultando soporífera, nada tiene de raro. El ritual no da mucho más de sí. Todo es como en las clásicas crónicas futbolísticas: una previa eterna, generalmente insustancial, llena de lugares comunes, hasta que llega el día de autos, cuando los resultados acontecen y quitan y ponen rey. Punto y final. La hojarasca la ponemos nosotros, los periodistas. Nada tiene que ver en realidad con el fondo del asunto.

Toda la guerra se está limitando además a un argumento de corte secular: meter miedo. Tan antiguo como la humanidad. La táctica es asustar con males mayores en mitad del apocalipsis cotidiano. El PP alerta de que si no se opta por el cambio (Arenas) el futuro será negro como un pozo sin agua. Sería, según la argumentación de los reformistas, como avalar la corrupción, el pecado mortal, al diablo. Los socialistas, en cambio, agitan la bandera del temor de los pobres: si usted ha perdido el trabajo (cosa que puede ocurrirle de un día para otro gracias a la reforma laboral) ahora pueden empezar a pedirle dinero por la educación, la justicia, la sanidad y las recetas. No llegará a la jubilación si la derecha se alza con el poder autonómico. IU, el único minoritario con opciones de romper el bipartidismo, tiene su particular infierno perpetuo: el capitalismo, el sistema; como si el comunismo fuera el paraíso en la tierra. De estas tres opciones no hemos salido cuando se ha rebasado ya el ecuador de la campaña.

Hay quien está incluso escandalizado porque no se habla de Andalucía. Hubiera sido un milagro. Andalucía, en realidad, puede que no exista más allá de la geografía y la doctrina autonómica de las tres últimas décadas. Somos, como fuimos siempre, la prolongación histórica de Castilla antes de que nos volviéramos locos e inventásemos la inquisición (el miedo) y purgáramos a todo aquel que pensaba diferente. ¿Se ha hablado alguna vez de Andalucía en las anteriores convocatorias electorales? Nunca. ¿De qué nos extrañamos? Igual el miedo, silente pero latente, sea admitir que somos un espejismo autonómico.

Sagrado

Carlos Mármol | 16 de marzo de 2012 a las 6:05

Hay determinadas cosas que no tienen nombre. O sí. No sé qué es peor. En campaña electoral los políticos acostumbran a predicar: dibujan la realidad a su conveniencia para resaltar sólo lo que les interesa (que les voten), obvian todo aquello que les perjudica (sus renuncias, las contradicciones, las medias verdades) y, en general, presentan un panorama –casi siempre sesgado– cuyo objetivo no es certificar la verdad (que acostumbra a ser molesta e impertinente) sino convencer a los electores. Bien. De acuerdo.

Todas las campañas tienen además sus clásicos populares. Las estampas de libro. Previsibles. Obligadas. Candidatos repartiendo sonrisas, dando folletos (cuestión que quizás merecería un capítulo aparte), visitando las plazas de abastos (donde la gente no tiene más remedio que ir y hasta aguantar la homilía que le sale al paso si quiere llevarse a casa algo de comer) y acudiendo a los hospitales y los colegios, con alumnos incluidos. Aquí es donde las cosas se salen de madre.

Esta semana Carmen Tovar, política socialista, candidata que se cayó de la lista de Sevilla a última hora, ha escandalizado a tirios y troyanos porque se metió –es de suponer que con el permiso de alguien– en un aula a adoctrinar a los alumnos sobre las maldades del PP y las bondades del socialismo, cuyo mensaje igualitario ha quedado reducido a terminar los polideportivos.

No parecía necesario. Constituye además una agresión en toda regla cometida, paradójicamente, por quien dice defender la educación laica como uno de los pilares del Estado del Bienestar. La doctrina del PSOE sobra en cualquier aula, al igual que huelgan las cuestiones políticas o la religión; asunto privado y, por tanto, cosa de familia. Muy desesperados deben estar los socialistas cuando recurren a estos atracos –contra menores, además– igual que antaño se quería adoctrinar a los escolares sobre los valores del imperio patrio.

Habría que preguntarse el motivo por el cual todos –los populares en su defensa de la confesionalidad en las aulas y los socialistas con su prédica sobre valores que no respetan– son incapaces de dejar en paz el recinto –sagrado– de la escuela, donde el único que debería mandar es el profesor. Los candidatos deberían desistir de llevar a sus hijos a los mítines y dejar de ir a las aulas dando absoluciones. En los colegios la única autoridad válida debe ser el saber. La inteligencia. El nombre exacto de las cosas.

San Telmo

Carlos Mármol | 14 de marzo de 2012 a las 6:05

Al final, todo se reduce a una batalla escénica. El debate (frustrado) de Canal Sur es un ejemplo. Un plató frío con apenas dos aspirantes. Un perfecto ceremonial para el tedio. Otra es la idea de Arenas de no aposentar sus reales –si es que puede gobernar– en el Palacio de San Telmo, al que el candidato reformista cree un ejemplo de “despilfarro”, cuestión que, al parecer, debe ser ya un dogma, porque basta comparar el precio del metro cuadrado de la rehabilitación integral de la vieja universidad de mareantes con otras obras contratadas incluso por difuntos presidentes autonómicos del PP para darse cuenta de que ha sido más económico que muchas otras sedes magnas.

Si Arenas no quiere gobernar desde San Telmo, nadie se lo va a impedir. Ahora bien, la factura del traslado a la Casa Rosa debería pagarla de su bolsillo. Si, a su juicio, es discutible que los andaluces financien un palacio al presidente de la Junta –el edificio es de todos, que se sepa– mucho más es que ahora abonen el coste de dos. La mudanza a la Palmera es un excepcional capricho, fruto de la demagogia con la que algunos afrontan esta campaña.

San Telmo es un edificio institucional. Y puede abrirse perfectamente a los ciudadanos –si se quiere– sin perder esta condición, para la que ha sido recuperado. El proyecto de Vázquez Consuegra se concibió con este espíritu cívico. Por eso reservó espacios para exposiciones y actos culturales dentro de la cáscara magnífica del palacio y sin que tenga que salir el presidente de la Junta, sea quien sea. Basta aprobar un buen programa de usos. Cualquier otra idea –una nueva transformación– implica un coste (por ahora indeterminado) al que habría que añadir la adaptación de la Casa Rosa.

Si la máxima del PP es que los edificios simbólicos no sean para los funcionarios, Arenas debería hablar con su candidato por Sevilla –Zoido–, que quiere meter a los funcionarios del Ayuntamiento en la Artillería de Sevilla. En todo caso, si la operación de SanTelmo le parece tan mal al candidato popular, convendría que censurara también a la Iglesia, antigua dueña del inmueble –por el que no pagó una peseta y que destrozó en su momento convirtiéndolo en una tenebrosa colmena de seminaristas– y principal beneficiaria del intercambio gracias al cual se construyó un seminario y se rehabilitaron un sinfín de parroquias en Sevilla. El despilfarro ha tenido muchos beneficiarios. No se olvide.

Impaciencia

Carlos Mármol | 12 de marzo de 2012 a las 6:05

Puse el otro día Canal Sur. Sorprendente: una pieza electoral dedicada a justificar los propios errores en los informativos, pidiendo disculpas (es lo lógico) pero recordando las pifias de otras cadenas rivales. Llamativo: uno no debería tratar de justificar sus propios yerros mencionando los ajenos. No resulta elegante. Tua culpa, nueva figura retórica. Previamente se emitieron las crónicas (tasadas) de la campaña, empezando por el PSOE y siguiendo por el PP. De colofón, minoritarios.

Todo muy medido (es un canal público) y con tanta vida como un adoquín, aunque a los compañeros no podemos pedirles milagros: cuentan lo que los partidos les dejan. Y ése justamente es el problema. No es interesante. Sólo es el rosario del mediodía de cada gabinete electoral. Hacer así periodismo es imposible. No es periodismo, es el parte de las dos treinta.

Griñán celebraba una suerte de acto electoral (los mítines pasaron a la historia) en Córdoba. Dijo:“La voluntad de los andaluces dice que el PSOE es el partido al que más quieren. Los andaluces confían en el PSOE y en sus dirigentes”. Por si no había quedado claro, una voz en off reiteró: “El candidato confía en que los electores ya lo hayan entendido”. Puede que no. Igual es algo pronto. O quizás es que no están precisamente por la labor de entenderlo. Quién sabe.

Lo que es evidente es que el tono de la intervención del presidente (en funciones) daba por hecho lo que aún está abierto –la opinión de los votantes– y denotaba una extraña prisa. Para algunos una campaña electoral es, sobre todo, una molestia. No pasa a nada: nos ocurre a muchos. Mal necesario, en todo caso. Peor sería no decidir, aunque sea simplemente elegir quién pierde. Todo lo demás se nos hurta gracias a la formalidad de la democracia.

Arenas, que lleva año y medio largo marcando los tiempos al Gobierno andaluz –al parecer en San Telmo había un Gobierno, pero se notaba poco–, también tiene prisa. Puede que por eso mire –de reojo, siempre de reojo– a la victoria que se le resiste. En Ronda el conservador (perdón, reformista) decía: “Veo el cambio cerca”. Igual no lo está tanto. De nuevo, las prisas. El bloque electoral de Canal Sur lo cerró Valderas (IU): “El primer día de la huelga general es el 25-M”. La convocatoria es posterior: un día antes de que –los que afortunadamente todavía pueden– cobren la nómina. En esto también hay prisa. Impaciencia, casi.

Tipos raros

Carlos Mármol | 10 de marzo de 2012 a las 6:05

La cosa es sencilla, así que no hace falta que nadie –incluidos los articulistas– les digamos nada. El resultado es asunto suyo. Tendrán que decidir, como siempre, sobre el vacío, pues de esta campaña (la última, sobre todo para algunos) no hay que esperar grandes argumentos, ideas ni propuestas. Todo esto, al parecer, sobra. Es ropa vieja, asunto prescindible, materia árida. Hemos construido una democracia virtual en la que la esencia de la política –los proyectos de los partidos– parecen ser un teatro necesario pero irrelevante. Todo se va a limitar en estas dos semanas largas a repetir las mismas cantinelas. Los socialistas: somos los defensores del Estado del Bienestar y de los derechos sociales. El PP: los socialistas son todos unos corruptos que se meten la autonomía por la nariz. Y así hasta el infinito. Todo en este plan.

Los pequeños buscarán, como siempre, su hueco. Pero el sistema sólo se lo garantiza a IU, cuyo candidato por Sevilla, Sánchez Gordillo, se puso ayer bíblico –es nuestro particular mesías rojo– y dijo que pactar con los socialistas o los populares sería como ir al infierno, aunque tampoco hay que descartar del todo que ya estemos en los dominios de Pedro Botero. Ha empezado el calor, irrumpe rotunda la primavera, algunos disfrutan de la cuaresma –vicios privados que se proyectan en público– y tenemos una huelga general en el calendario. ¿Qué más queremos?

Se me ocurren varias opciones, pero todas son utópicas. Idealistas. Ingenuas. Por ejemplo: una campaña para los ciudadanos que hayan reservado un trozo de alma antipolítico, sin contaminar. No sé si se refería ayer Arenas a éstos –la inmensa minoría– cuando decía que no quería votos de los radicales, sino de los moderados. Extraña cosa: todos los votos valen lo mismo, o en eso habíamos quedado. El voto, en el fondo, siempre es neutro: con independencia de las razones del elector, el político que los recibe los manipula como mejor le parece.

Aunque si la cosa es ponerse selectivo mejor sería para los partidos pensar que el 25-M también vota gente que, como decía Ortega en El Espectador, “son incapaces de oír un sermón, apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café”. Estaría bien que pensaran algún día en estos tipos raros, pero hasta ahora de los próceres no hemos visto más que homilías, pasiones (de pago) y café, mucho café para todos.

Victoria justa, mayoría total

Carlos Mármol | 6 de febrero de 2012 a las 6:05

Griñán ha demostrado en estas guerras púnicas socialistas parecerse demasiado a su, hasta ahora, bisoña guardia pretoriana. Jóvenes (relativamente) y egocéntricos (sin duda alguna). Y sin leer al gran Baroja, el hombre malo de Itzea.

Todas sus decisiones con respecto al congreso las ha marcado el capricho, no el análisis. Primero, el antojo de una secretaria general fotogénica (Rubalcaba no lo es). Después, una cuota suficiente en la nueva dirección. Ayer a Griñán lo hicieron presidente del PSOE por motivos de causa mayor. Sin entusiasmo.

Si su próximo deseo es seguir en San Telmo, ya debería ir preparando las maletas, salvo que un milagro no lo remedie. Y está claro que ya no se puede pedir ayuda a la Santa Sede después de que RbCb arremetiese contra un concordato que, por cierto, los socialistas mejoraron en exceso en los últimos años, acaso por su vieja manía de decir una cosa y hacer la contraria. Hipocresía de mitin.

Andalucía sale rota y disminuida del cónclave que pretendía relanzar la marca PSOE a 50 días de las autonómicas. Épico. Ni unidad ni integración. Los perdedores todavía no se habían dado cuenta ayer de que su gran salto al vacío terminó en el suelo. El Fouché socialista hizo, como era natural, una dirección de fieles donde el rubalcabismo no existe porque es total. Ya se sabe: el poder perfecto es aquel que ni se percibe.

El socialista andaluz más importante de la nueva mayoría es el incombustible Zarrías y, en segundo plano (vocalías), el heredero de Viera, Javier Fernández, alcalde de La Rinconada. Se consultó sobre todo a las agrupaciones territoriales rebeldes al griñanismo-susanismo. ¿Hace falta dar más pistas de lo que viene de camino?

Ayer algunos todavía intentaban vender la supuesta exclusión de Viera de la dirección como un magro triunfo. ¿No será prudencia ante posibles disgustos judiciales? Parece evidente que la relación de fuerzas, que en la votación de los delegados todavía estaba ajustada, ha mutado de nuevo. El 80% del PSOE se ha puesto ya del lado del vencedor. La valentía no es precisamente un atributo de los congresistas socialistas. La egolatría, incluso en la madurez, parece que sí.