Fenicios

Carlos Mármol | 14 de noviembre de 2011 a las 6:05

Fue durísimo, pero del debate a cinco de la pasada semana pueden obtenerse múltiples conclusiones sobre la nueva etapa que comenzará el 20-N. La primera: vamos hacia una política de telepredicadores. Segunda: los nacionalistas caminan en estas elecciones por el filo de la navaja. Pueden pasar de resultar necesarios –como en las últimas legislaturas– a convertirse en prescindibles, decorativos, irrelevantes.

Por partes. Que la retórica de los pastores evangélicos se extiende peligrosamente por nuestra política es un hecho. Los líderes políticos en España casi siempre han tenido eso que (antes) se llamaba carácter. Personalidad. Vehemencia. Salvo Calvo Sotelo, que parecía inglés y tocaba el piano, todos los demás presidentes destacaban –cada uno a su estilo– por su rotundidad; expresiva o argumental. Zapatero quizás ha sido el más impostado de todos. Aún se nota cuando, en este tramo final de la campaña, se le ve en algún mitin periférico hablando de Merkel y el euro: el público le oye pero ya no le escucha. Ni siquiera le guardan las formas en su propio partido. Sencillamente ha dejado de contar.

Los candidatos de los grupos parlamentarios, en cambio, miran a la cámara y sueltan su sermón con rostro de beatos. Dan la chapa. Abruman con su falsa candidez. Es una ilusión óptica, claro, porque –y aquí enlazamos con la segunda cuestión– detrás de su inocencia (nos piden el voto) hay otros objetivos más inquietantes. Los nacionalistas son el ejemplo más ilustrativo.

Mientras el mundo se derrumba por la crisis del euro y los gobiernos griego e italiano expulsan a sus presidentes por la presión (nada democrática) de los mercados, CiU y el PNV quieren un fuero para Cataluña y la independencia para Euskadi. De nuevo la misma salmodia de siempre: apoyo parlamentario a cambio de privilegios. Una estrategia que puede irse a tomar viento si Rajoy saca la mayoría absolutísima que dicen las encuestas. No es de extrañar que Durán y Lleida pida ahora un gobierno de concentración. Sería mejor un gobierno concentrado. La cosa tiene su gracia: todavía existe gente dispuesta a inventarse un Estado, aunque sea como el viejo imperio fenicio, cuando –se está viendo– la soberanía política ha dejado de existir.

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