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Lecciones de sevillanía

Carlos Mármol | 21 de enero de 2011 a las 6:50

Los pronunciamientos de los candidatos permiten vislumbrar su concepto de Sevilla. Transmiten una visión superficial y tópica sobre ese ignoto concepto llamado sevillanía.

Tenía que salir antes o después. Era inevitable. Lo que no se esperaba es que fuera tan pronto. Falta de ideas, quizás. O ganas de discurrir por los carriles de siempre. A los candidatos a la Alcaldía se les interroga con frecuencia sobre su modelo de ciudad. Sobre su visión de Sevilla. La mayoría de los que han pasado por el trance en los últimos veinte años salieron del aprieto como pudieron. Intentar transitar sobre semejante concepto es una invitación al desastre. Igual que caminar en el filo de una navaja.

Cada sevillano tiene su punto de vista sobre su propia ciudad. Es natural. Sucede en otros muchos lugares. Lo que ya no es tan común es que esta perspectiva sobre la patria, que rara vez elegimos nosotros, alcance tantas dosis de dogmatismo como en Sevilla. Debe ser cuestión del carácter meridional. Lo más divertido es que, en la mayoría de las ocasiones, cuanto más notable es la vehemencia con la que se transmite una determinada idea de la ciudad mayor resulta ser el desconocimiento sobre su historia, su realidad, su vida.

Un ejemplo común: aquellos que, creyendo entender que las cofradías son la verdadera alma de Sevilla, por arte de magia (negra) hacen una extrapolación mayúscula y terminan pontificando no sólo de política, arte o estética, sino del rumbo mismo del universo. Como si gobernar una ciudad fuera ser diputado de tramo en una procesión. O regir los destinos de la humanidad se asemejara al palquillo de la toma de horas.

Evidentemente, la Semana Santa puede ser una metáfora sentimental, vital o incluso patrimonial, aunque las ciudades en los tiempos que corren difícilmente tienen una sola cara. Suponiendo además que eso sea bueno. Todavía hay quien considera que el centro del mundo está en La Campana.

Cualquiera que haya leído El Aleph de Jorge Luis Borges sabe que no es así. En realidad está en un sótano de una vieja casa de la calle Garay de Buenos Aires. Cada uno es dueño y señor de sus propias mitologías urbanas. No es nada malo. Lo peligroso es cuando éstas se tratan de imponer a todos los demás.

Claro que en esto de los dogmas sobre el imaginario hispalense no sólo el incienso suele perjudicar la visión. También pasa con otro tipo de, digamos, creencias. Antonio Rodrigo Torrijos, el candidato de IU, recomendó hace unos días a uno de sus rivales –e hipotético futuro socio de gobierno–, Juan Espadas, el alcaldable del PSOE, que tomase un “cursillo acelerado sobre Sevilla” porque su conocimiento sobre la realidad hispalense –estimaba el ex sindicalista– era limitado. Y, claro, sin datos no podía celebrarse un debate de “cierta entidad intelectual”.

Mucho me temo que lo que Espadas necesita, o en lo que está pensando, no es precisamente en atraer a la intelectualidad –que siempre es minoritaria–, sino a todos aquellos electores que más que pensar cómo es realmente Sevilla creen sentirla de una determinada manera. Basta ver el exitoso vídeo de su campaña para colegir que su idea de la ciudad está construyéndose sobre lo aparente y, probablemente también, el efectismo. La pulsión tribal. Del programa de momento no podemos ni hablar. No se termina de conocer.

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Claro que Espadas no ha dejado por eso sin tocar ciertos ámbitos. De hecho, por lo que uno cree recordar, antes de ser siquiera candidato, una tarde, hizo una extraña inmersión en esa Sevilla tradicionalista, añeja y cortés (en la mayoría de las ocasiones; hay notables excepciones) que representan el Círculo Mercantil e Industrial, el Labradores o el Ateneo. La cosa fue cuando lo suyo, en teoría, todavía era alto secreto.

–Escúchame, Mármol. Tengo la prueba indiscutible de que el consejero de Vivienda de la Junta será el candidato del PSOE a la Alcaldía.
–Es pronto. Todavía no lo han ratificado los órganos del partido.
–¿Y qué más da? Eso no tiene la más mínima importancia, hombre. ¿Sabes cuál es la prueba?
–¿Cuál?
–Juan Espadas ha participado como ponente en el curso de temas sevillanos que imparte el ilustre Antonio Bustos. ¿Alguien que no fuera a ser candidato a la Alcaldía se sometería a eso? Está claro ya, ¿no?

La intuición tenía base. Y el tiempo ha dado la razón al confidente. Debe haber incluso, aunque tal extremo lo desconozco, prueba gráfica del asunto, porque cualquiera que conozca al gran Antonio Bustos sabe que acostumbra a obsequiar a quien acude a sus cursos con algún detalle. Generalmente un diploma de estilo florido en el que agradece el tiempo y el esfuerzo al invitado. Ojalá todo el mundo hiciera lo mismo en Sevilla. Sería una ciudad mucho más grata. Menos agria.

Torrijos, que se sepa, todavía no ha disertado en el Ateneo de la calle Orfila. El candidato de IU es hijo de los ateneos libertarios que, hace mucho tiempo, existieron en la Sevilla de la Alameda de Hércules, hoy convertida en una mímesis de Ibiza (sin mar) gracias su pacto de gobierno con Monteseirín y a la habilidad de ese arquitecto mallorquín que se llama Elías Torres, que alicató todo el antiguo paseo del Conde de Barajas con una piedra cuya patente comercial tenía en propiedad. ¿Se explican ahora por qué no hay un espacio libre de la piedra amarillo albero? Hacer caja, se llama la figura. Igual que en sus tiempos sostienen que también hacía cierto noble sevillano.

¿Y la Sevilla de Zoido? ¿Cuál es? Para averiguarlo busco en su página web. “Una Sevilla grande, una Sevilla mejor”. Parece demasiado genérico. Tendré que consultar a Antonio Bustos para salir de dudas.

Torrijos: el último en llegar

Carlos Mármol | 20 de enero de 2011 a las 6:39

El candidato de la coalición de izquierdas a la Alcaldía, al que las encuestas adjudican con holgura hasta tres ediles en el próximo Ayuntamiento, inaugura su precampaña electoral con encuentros con sindicalistas y visitas a distritos obreros.

Lo dice la Biblia. “Los últimos serán los primeros”. Aunque en este caso la frase habría que ponerla entre interrogantes. Antonio Rodrigo Torrijos, el candidato de Izquierda Unida a la Alcaldía, ha sido el último de los cabezas de lista de las fuerzas políticas con presencia institucional en el Ayuntamiento en arrancar con los rituales de la precampaña electoral. Si Zoido en esto es el rey dominante –lleva casi seis años seguidos en clave electoral– y Espadas ha llegado bastante tarde, el primer teniente de alcalde parecía estar sumido en la duda cartesiana. Metódica. Intelectual. ¿Arranco ya o me espero? ¿Salgo o no salgo?

Mientras deshojaba la margarita quizás no se haya dado cuenta, o quizás sí, quién sabe, de que en realidad la campaña electoral ya la tiene hecha. Desde hace tiempo, además. Y gratis. Lo que ocurra en los próximos cuatro meses será un paseo militar, pues la imagen política del ex sindicalista (¿lo del sindicalismo orgánico es para toda la vida o se cura con el tiempo?) está desde hace mucho tiempo condicionada por su propio carácter –agrio, salvo en las distancias cortas– y, sobre todo, por la caricatura de Júpiter tronante que de él ha construido durante los últimos dos años el equipo de propaganda de Zoido, obsesionado con desgastar al PSOE con el argumento de que el ogro Torrijos fagocitaba a la gacela Monteseirín y, por tanto, al final era mucho mejor votar al PP.

Ante tal elaborada asociación de ideas –lo de los conceptos abstractos es difícil de manejar, lo sé– el candidato de la federación de izquierdas ha adquirido un grado de notoriedad mayúsculo –la valoración personal es otra cosa distinta– cuyo punto más alto fue la famosa foto de la mariscada belga, cuya publicación conocía desde meses antes del día de autos cualquiera que estuviera medianamente enterado. Fue guardada hasta entonces para dosificar los tiempos.

Como resultado de tanta dedicación del PP, a Torrijos hay en Sevilla quien le desea la muerte civil –cosa que no se veía desde los albores de la reciente democracia municipal– y quien, en cambio, está dispuesto hasta a votarle (a pesar de él mismo) sólo para llevar la contraria. Las encuestas, de las que todo el mundo habla a su antojo y que rara vez se enseñan, reflejan que este último grupo de electores, aunque claramente minoritario, todavía suma lo suficiente para su gran objetivo: permanecer en un hipotético gobierno de coalición con el PSOE.

Los sondeos señalan una clara tendencia al alza de la federación de izquierdas. Sus huestes, que generalmente suelen andar a la greña, parecen coincidir en que, antes de plantearse cualquier tipo de purga interna (a la que tan dados son los comunistas) hay que unirse frente al enemigo común. La brillante estrategia del PP, de ser cierto este supuesto, permitiría a Torrijos sacar con holgura hasta tres concejales. Le sobrarían votos, incluso, aunque no llegaría al cuarto edil. Alguno puede romperse los dientes con la mesa en caso de confirmarse.

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Espadas, obviamente, no quiere ni plantearse este supuesto. Él dice que ganará por mayoría suficiente. No lo parece. Mayoría suficiente para gobernar en solitario no han dado los sevillanos a ningún candidato a alcalde desde el primer mandato del socialista Manuel del Valle, cuando el PSOE llegó por vez primera a la Moncloa. Y el actual cabeza de lista del PSOE no tiene pinta de ser una excepción. Así que el pacto de gobierno, más que cantado, es casi como las lentejas. O lo tomas o lo dejas. Salvo que Zoido, claro, se lleve el gato al agua. Se dice en los mentideros que ante tal supuesto Torrijos pediría Urbanismo y el consorcio de empresas municipales (DeSevilla). Se iban a ver escenas divertidas en algunos sectores sociales si no tuvieran más remedio que tratar con los comunistas determinados contratos, obras y favores. Pero no se sorprendan de nada: en Sevilla los contrarios siempre terminan pactando. El interés siempre es más fuerte que la ideología.

Todavía es pronto para estas cábalas. De momento queda trecho electoral hasta el 22-M. Pero Torrijos ya ha empezado a caminarlo. Sin sorpresas. Lleva un par de días celebrando reuniones con sus ex colegas (los sindicalistas de los comités de empresa de las entidades municipales) a los que les promete que no consentirá ninguna privatización, aunque no les aclara –que se sepa– los motivos por los que su gestión de los últimos años al frente de alguna de ellas, como Tussam o Mercasevilla, ha producido unas pérdidas millonarias a las arcas municipales. Sin contar con determinados usos y costumbres cuya investigación sigue siendo todavía materia de escrutinio judicial.

La agenda electoral de Torrijos no augura sorpresas. Junto a los comités de empresa se verá con colectivos sociales –hace un par de días, por ejemplo, denunciaban que no se permitía votar a los inmigrantes–, visitará los mercados de abastos, paseará por los barrios populares –hoy va al Retiro Obrero, que cada vez tiene menos de obrero y más de Trinidad– y marcará las necesarias distancias con Espadas. Lo mismo hará el candidato socialista. Aunque los dos saben que, en el fondo, si se alejan es para, al final, cohabitar.

Debates tengas y los ganes

Carlos Mármol | 19 de enero de 2011 a las 6:27

La historia de los anteriores duelos electorales no ha dejado en la memoria ninguna pieza de dialéctica política más o menos notable. Los partidos están más obsesionados en buscar el golpe de efecto que en explicar cómo gobernarán.

Debatir, lo que se dice debatir, en política se hace poco. Más bien se discute. Se polemiza. Se grita. Se da doctrina. Se pregona. Cualquier candidato a algo –sea una Alcaldía o un colegio profesional– busca en los cara a cara con sus adversarios dos cosas: decir que ellos son los mejores (no tienen abuela, sino jefe de comunicación) e intentar, dentro de lo posible, meter en un lío al contrario. En eso consiste todo. En buscar el inefable golpe de efecto. Ni hay ganas, ni valentía, ni formato adecuado para hacer algo distinto. Todo se plantea desde el origen como una suerte de pelea de gallos para el coliseo (televisivo) de la que siempre debe salir algún triunfador. Es como el fútbol. Al día siguiente se comenta el resultado. Y a veces ni siquiera eso.

No es de esperar que el debate anunciado ayer para el 15 de febrero, entre los tres candidatos de los grandes partidos, por Giralda TV, la televisión municipal, vaya a desvelarnos ningún misterio. La espontaneidad, salvo en la difunta Canal 47, no existe en televisión. Todo debe ser rápido, urgente, troceado y categórico. Política sin matices. Propaganda. En el mejor de los casos: una suma de soliloquios rimados.

La verdad es que, hasta donde me llega la memoria, ninguno de los duelos electorales que se han celebrado en Sevilla en los últimos veinte años ha dejado para la posteridad el más mínimo episodio de dialéctica política de altura. Se dirá que es cosa de la degradación del oficio: los candidatos actuales, según algunos, están a años luz de los de antes. Visto melancólicamente, probablemente puede parecer que las cosas son así, pero la verdad es que ni Manuel del Valle –regidor con bastante sentido común– fue nunca Demóstenes a la hora de discutir con sus adversarios ni Soledad Becerril, la posteriormente alcaldesa, logró nunca perder el hieratismo asociado a su figura nobiliaria, por muy consorte que ésta fuera.

Rojas Marcos, en cambio, era un ciclón –vehemente, pasional, demagógico– sobre todo en las entrevistas, en las que facilitaba las cosas al cronista. Rara vez conseguía lo que se conoce como convencer a las mentes racionales. Buscaba más bien la adhesión inquebrantable del elector. O conmigo o contra mí. Punto. Con algunos funcionaba. Con otros no.

Borbolla, en los tiempos en los que le dejaron intentar la gesta de la Alcaldía, siempre adoptó un tono irónico y elevado, como un senador romano de vuelta de todo, aunque a efectos prácticos tampoco destacó por haber salido a hombros de los diferentes encuentros que durante su única campaña electoral organizaron la Ser y Canal Sur Radio. Pepote iba y decía: “Rojas Marcos es un personaje huero”. Y la gente no lo entendía. Se intuía, claro, que aquello de ser huero no era nada bueno. Pero la cosa no pasaba de ahí.

A Monteseirín, en cambio, cuando llegó a la vida municipal sí se le entendía. El problema es que, hasta que mucho tiempo después encontró en su camino a Fustegueras, hablaba mucho, incluso demasiado, pero no solía decir nada. Nunca le gustaron las preguntas comprometidas, que él considera impertinentes. La trastienda de uno de sus debates electorales durante su primera campaña electoral a la Alcaldía –celebrado en 1999 en la antigua Onda Giralda con Antonio Silva, después cargo de confianza en su gobierno, de moderador– la recuerdo con sorpresas, mucho maquillaje, sudor. Ya entonces iba a todos lados con Manuel Marchena, que en aquellos tiempos gastaba patillas, camisas de franela a cuadros, iguales a las que llevaba Neil Young en sus primeros discos, y tirantes. Venían de la Diputación pero llevaban tiempo juntos: desde cuando ambos –decían– se hicieron “socialistas desde el cristianismo”. Lo que cambian las cosas.

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No hay pues registro de autoridades al que agarrarse en esto de los debates de las municipales. El último frente a frente entre Monteseirín y Zoido, en la difunta Localia, fue el del célebre “fax de Pepi”, principal supuesta prueba de cargo del caso Unidad. Algunos creyeron que con eso Zoido había dado ya el paso definitivo hacia el poder. Días después, desde un balcón de la calle San Fernando, probablemente el candidato cayera en la cuenta de que no bastaba. Roma no se conquista sólo con un debate.

Los candidatos de 2011 se van a ver las caras el día 24 de enero en un encuentro con la comunidad 2.0. La que forman los internautas, los blogueros y los amantes de las redes sociales, ese universo donde todo el mundo tiene una multitud de amigos. Hubo quien vendió la cosa como un debate. Más bien es una mesa redonda acotada al tema digital. Será interesante, pero inevitablemente sectorial. Giralda TV se ha llevado el gato al agua al organizar el primer encontronazo. Todavía quedan por pactar los detalles –ya verán como dan de sí– pero todos han aceptado sin dudarlo. Natural.

A Espadas le conviene: se situará por primera vez frente a su rival, de igual a igual. A Torrijos, del que se esperan momentos verbales estelares, también. Ha aprendido que la precampaña es cosa trascendente. Zoido no podía negarse so riesgo de aparentar temor. Y ya se sabe: los hombres predestinados no sienten miedo. Y si acaso lo sienten, como ocurre en las novelas de Conrad, lo afrontan. Así que el 15 de febrero habrá reunión de pastores. Esperemos que sin oveja muerta.