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Mayo se viste de verde

Diego J. Geniz Velázquez | 12 de mayo de 2017 a las 13:56

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En la serie de Cuaresma dedicada a las tradiciones peculiares de las cofradías de pueblo, dediqué un capítulo especial a la Soledad de Alcalá del Río, en concreto, a la procesión de bajada que tiene lugar el viernes anterior al Domingo de Pasión. Hoy volvemos a esta localidad ribereña para hablar de otro rito que se celebra en plena Pascua Florida: la bajada de la Vera-Cruz. Esta procesión se inicia a la 1:00 del segundo domingo de mayo y con ella se traslada a los titulares de la corporación ilipense -el Cristo de la Vera-Cruz y la Virgen de las Angustias Coronada- desde su sede canónica, la capilla de San Gregorio de Osset, hasta la parroquia de la Asunción, donde se desarrollará la semana siguiente el quinario en honor al Crucificado, una preciosa obra (de escala menor al natural) atribuida a Roque Balduque (siglo XVI). Un culto en un mes, el de mayo, en el que se conmemora la Invención de la Santa Cruz. El Santo Leño como símbolo de la Redención humana.

Si se acercan a esta localidad, enclavada en un montículo a orillas del Guadalquivir, háganlo bien temprano, pues minutos antes de la hora indicada el casco antiguo quedará a oscuras. Totalmente apagado. Las únicas luces serán las de los centenares de hermanos que componen el largo cortejo del traslado. Desde la cruz de guía hasta el Cristo todos serán hombres con cirios verdes. Del Crucificado a la Virgen de las Angustias Coronada (portentosa y bellísima imagen atribuida a Montes de Oca) la interminable fila la integran numerosas mujeres con hachetas. También se incluye en el cortejo un relicario con el Lignum Crucis y otro con una reliquia de San Gregorio de Osset, patrón de Alcalá del Río.

Es digno de destacar la manera en que son portadas las imágenes. No van en alto. Al Cristo lo llevan tres hermanos, en posición horizontal y sin ser alzado. La Virgen, en unas pequeñas andas, es trasladada casi a ras de suelo, a la misma altura de los devotos que la portan, como si fuera una mujer más de las tantas que la preceden con sus luces. El silencio sólo es interrumpido por el rachear de los pasos. No se escucha nada.

Todo cambia al llegar a la parroquia. Allí ya está todo preparado para los cultos mayores de los cruceros. Gradas de plata, magnífico dosel, centenares de velas y un enorme velo verde esmeralda bordado por las hermanas con lentejuelas. Una vez colocados los sagrados Titulares en el presbiterio se hace la luz. Comienza entonces un pequeño traslado hasta el baptisterio, que contiene una reja de madera que fue utilizada antes en la capilla que la hermandad posee en San Gregorio. Las imágenes son alzadas ahora entre cánticos. Al llegar la Virgen a la capilla bautismal es de nuevo descendida. Se le despoja de la corona para salvar la pequeña altura del arco ojival. Empiezan entonces a escucharse los vítores más sentidos.

Esta noche es el pistoletazo de salida para una semana completa de actos y cultos. El lunes tiene lugar la exaltación. Desde el martes al sábado, el quinario, que, como curiosidad, se inicia a las diez de la noche, pues se mantiene la tradición de que a esa hora, cuando ya se ha ocultado el sol, volvían los devotos que trabajaban en el campo. El domingo es el Día de la Cruz, con función principal por la mañana (a la que acuden las hermanas luciendo mantilla blanca) y el paseo de la banda. Luego, por la tarde, sale en un pequeño paso la cruz con las cruceras más jóvenes vestidas de flamenca. Al día siguiente, en horario vespertino, tiene lugar el besapié del Cristo de la Vera-Cruz y el besamano de la Virgen de las Angustias. Una ocasión perfecta para deleitarse con la belleza y valía artística de ambas imágenes, referentes devocionales de la provincia, así como con el rico ajuar que poseen y que en nada tiene que envidiar al de las imágenes más veneradas de la capital hispalense. Luego, a las doce de la noche, los titulares regresan a San Gregorio con un traslado similar al de la bajada (en este caso llamado la subida) pero con un recorrido más reducido.

Una ocasión que nos brinda este tiempo pascual para conocer cofradías que constituyen el valioso patrimonio material e inmaterial del que presume la provincia.

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Las sombras, las luces

Diego J. Geniz Velázquez | 20 de abril de 2017 a las 20:25

SEMANA SANTA 2017.

 

Somos hijos del Barroco. La ciudad romana, la del esplendor almohade y la que fuera capital del mundo tras el Descubrimiento de América decidió quedarse con el arte que afloró en su decadencia. Fiel reflejo, quizá, de su espíritu. En esa época de pestes y podredumbre sacó lo mejor de sí misma. Entre las sombras y las luces halló la verdad de su ser. Esa certeza que sale a relucir una semana al año, aunque hay quienes se empeñen en hacerla durar 365 días. A continuación, un repaso por la subida al cielo y la bajada a los infiernos que tanto gusta por estos lares:

-Las pajaritas. Tras años en los que se recuperó este complemento, dejaron de verse este Domingo de Ramos, a Dios gracias. Aportaban muy poco. O nada. Pocas personas sabían lucirlas adecuadamente. Por desgracia, aún se siguen contemplando algunos ejemplares -nada gratos a la vista humana- en los cultos cuaresmales. Esta Semana Santa parecen haber pasado a mejor vida.

-Las mantillas. En general, bien. Se ha progresado en la correcta indumentaria que requiere. Atrás quedaron esos claveles reventones en las sienes, tan propio de los 80, la década en la que todo se sacaba fuera de quicio (incluidas esas frondosas esquinas de gladiolos). Eso sí, conviene recordar a quienes la portan que pocas cosas hay más antiestéticas que una mujer vestida de mantilla y con un botellín en la mano. Lucir dicha prenda conlleva también un recato en el comportamiento.

-Los mantillos. Bien también. Traje y corbata oscura, tonalidad acorde con la solemnidad del Jueves Santo. No se vieron muchas incorrecciones en este sentido. Tengan siempre en cuenta un detalle: deben acompañar a la mujer vestida de mantilla del brazo y no cogidos de la mano, cual adolescentes que viven su primer y edulcorado amor.

-Figurones. Personajes carentes de notoriedad pública en otro ámbito que no sea la Semana Santa. Se lucen a cara descubierta. Por lo general, portando vara. Consentidos por las cofradías. En realidad, las hermandades ponen en práctica con ellos una labor de caridad: dotarles del protagonismo que no tienen ni profesional ni personalmente. Tras lo visto este año, dicha especie está lejos de extinguirse.

-Trajes de anticuario. Maravillosas piezas de costura que los cofrades exhiben en pregones, cultos y Semana Santa. Algunos ejemplares son dignos de ser sometidos a los estudios del IAPH. En la Cartuja se han restaurado bordados con menos años. Reliquias del tiempo. Gloria patrimonial.

-Capataces juglares. Van en aumento. Dentro de este colectivo destaca, cada vez con mayor fuerza, la variante del capataz pregonero. Un instinto que se despierta cuando ven cercano un micrófono. Rapsodas al compás del martillo. Insufribles.

-Caídas estáticas. Se imponen. Modas pasajeras que hablan de la poca personalidad de muchísimas cofradías. Quede para alegría de la retina el airoso y elegante movimiento de dos palios: la Amargura y la Bofetá. Dos cofradías clásicas sin complejos. En algunos barrios hubo palios que parecían llevados por ruedas.

-Neomisticismo. Unido a lo anterior. La ciudad vacila, como un péndulo, entre el folclore negro de diseño y la muchedumbre que vitorea el izquierdo por delante y el solo de corneta. A Dios, si acaso, lo dejamos para otro momento.

-Autenticidad. La que se sigue encontrando en las devotas del Cautivo del Tiro de Línea o en las de la Virgen de los Dolores, del Cerro. Ahí radica la verdad de la fiesta. Lo que lo sustenta todo. Vienen de lejos para enseñarnos lo que nunca debió perderse.

-A dúo. Modalidad de saeta interpretada entre dos voces. Muy de moda esta Semana Santa. Chirría más que agrada.

-La basura. Las Postrimerías de Valdés Leal habitan entre nosotros. Putrefacción tras la fiesta. Todo es tan efímero como la hamburguesa consumida -y consumada- por los abonados de la Campana. Tras los oros subyace la ciudad de la cochambre. Barroco puro.

-La Madrugada. No juguemos al CSI. Dejemos las investigaciones para los profesionales. Aunque una cosa está clara. El público de la noche difiere bastante del de la tarde del Jueves Santo y del de la mañana del viernes. Llegan a mansalva. No sólo con la silla de los chinos, sino con mesa de cámping y viandas de oferta. Incluso con esterillas. Son espectadores pasivos. Sedentarios. Incapaces de moverse en una bulla. Colonizadores de metros cuadrados. De forro polar y ropa cómoda. Quizá, la solución a la jornada haya que buscarla ahí. Y no fuera.

-Viernes Santo. Un bocado de buen gusto. Lástima que a esas alturas de la semana los cuerpos estén lacerados por el cansancio. Esa tarde reconcilia el alma.

Semana Santa 2017.

-Montes. A destacar los del Señor de las Penas (San Roque), el del Museo y el del Cristo de la Fundación. Se rompen así las alfombras uniformes de una sola flor y se logra un aspecto mucho más natural.

-Flores. Ante tanta variedad exótica en los palios hace falta un cursillo acelerado de botánica cuando llegan los días santos. De ahí que ya lo raro sea el clavel, flor esencial en pasos como el de la Virgen del Subterráneo, la Amargura, Dolores de San Vicente, el Dulce Nombre, el Valle o el de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso. En la vertiente más innovadora, destacar el exorno de la Virgen de los Dolores (el Cerro), el de la Virgen de los Ángeles (los Negritos), el de la Esperanza de Triana, el de la Virgen de las Angustias (los Gitanos) y el de la O.

-Túnicas. De agradecer a la Hermandad de Pasión que el Señor luciera la túnica de los cuernos de la abundancia. Así lo concibió Martínez Montañés: portando prendas bordadas. Y así ha de mantenerse. Fuera complejos y minimalismos demagógicos. Jesús reina en Majestad.

-Potencias. Las que le pusieron al Cachorro el Viernes Santo. Un acierto junto a la corona de espinas. Atributos propios del dolor y la divinidad. Iconografía completa. Y perfecta.

-Atavíos. Muy buenos. Por citar algunos, el tul de la Virgen de Gracia y Esperanza, la naturalidad en la Virgen de las Tristezas, la perfección en la Esperanza de Triana y la expresividad otorgada a la Soledad de San Buenaventura. También destacar la saya rosa del Dulce Nombre, color patrimonial de esta hermandad. Nota a tener en cuenta: el palio está concebido para representar a la Virgen como Reina. Los experimentos en este campo, con gaseosa (La Casera, a ser posible).

-Traseras. No confundir con esas calles que sirven de urinario público. Malolientes y nauseabundas. Hablamos de la trasera de la Amargura. Ver alejarse este palio por cualquier calle es reconciliarse con la fiesta. En Ella está todo el Domingo de Ramos. Lo apolíneo vence a lo dionisiaco.

-Pascua. Un triunfo. Eso ha sido el cambio horario de la Resurrección. La cofradía de Santa Marina hace suyo el Domingo de Pascua. Atrás quedó la noche. Por delante, el día. Luz al final del túnel. Toda la claridad que necesita esta Semana Santa. A toneladas.

75 años del Nazareno. 75 años de caridad en Escacena

Diego J. Geniz Velázquez | 7 de marzo de 2017 a las 13:33

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75 años tras de Ti. Así se titula la conmemoración de los tres cuartos de siglo del Nazareno de Escacena, una de las imágenes de mayor devoción en la comarca del Condado de Huelva. El motivo de que esta hermandad sea protagonista hoy de este blog no es otro que la importantísima labor social que desarrolla durante el año y que se ve reflejada en muchas instituciones de Sevilla.

Las cifras de dicha acción hablan por sí solas. El año pasado se donaron (en números redondos) 14.000 kilos de naranjas y mandarinas, 6.300 kilos de caquis, 2.600 de garbanzos, 900 de arroz, 1.200 litros de gazpacho, 150 kilos de tomate, 840 litros de leche, 1.000 kilos de pescado, 260 botes de gel de baño y 490 botes de perfume, entre otros muchos alimentos y productos de higiene.

Entre los beneficiarios de estas donaciones se encuentran las Hijas de la Caridad que regentan los comedores sociales del Pumarejo y de Pagés del Corro, la Orden de Malta que atiende a otro comedor en el casco antiguo de Sevilla, así como el que gestiona la Hermandad del Dulce Nombre de Bellavista. También se han repartido tales víveres entre la Asociación Tú sí puedes, las hermanas del Pozo Santo, la Compañía de las Hermanas de la Cruz, las clarisas de Santa María de Jesús, la Cocina Solidaria del Polígono Sur y el Centro Amigo, de Cáritas Diocesana de Sevilla.

Una labor que sería impensable si no se contase con la ayuda de numerosos hermanos de la corporación y de voluntarios que pasan muchas horas al año dedicadas a satisfacer las necesidades elementales de los más necesitados. De ahí que en el boletín anual de la hermandad se dediquen 13 páginas a este trabajo de caridad, sin duda, el mejor patrimonio del que pueda presumir una hermandad en los tiempos actuales.

Una acción social que se convierte en la mejor manera de festejar el aniversario de una imagen que se ha consolidado a lo largo de estos 75 años en referente de la religiosidad popular del Condado de Huelva. Por tal motivo, el próximo viernes se celebrará en Escacena el vía crucis de los Nazarenos de esta comarca, presidido por esta bendita imagen. El acto piadoso comenzará a rezarse a las 19:30 en el interior de la parroquia del municipio para salir después a la calle con la sagrada imagen del Nazareno, que será portado en unas pequeñas andas. Una buena oportunidad para comprobar la devoción que Nuestro Padre Jesús genera entre los vecinos de esta localidad y de las poblaciones cercanas. El domingo tendrá lugar el pregón de esta efeméride, que correrá a cargo de Antonio Vázquez Miranda.

Una vez pasadas las vacaciones estivales, el sábado 30 de septiembre, el obispo de Huelva, monseñor José Vilaplana, oficiará la misa pontifical por los 75 años de la hechura del Nazareno, que saldrá después en procesión extraordinaria.

Un aniversario que, más allá de los cultos, está labrado con letras de oro por la caridad. El sendero que traza cada Semana Santa Jesús Nazareno en Escacena y que en Escacena se ha sabido seguir en estos 75 años.

Era viernes. El primero de marzo

Diego J. Geniz Velázquez | 3 de marzo de 2017 a las 14:04

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Fue un viernes. El primero de marzo. Por delante, la agenda de visitas propias de esta jornada escrita con la tinta del rito y la regla. No recuerdo si el reloj pasaba de las nueve de la mañana. Lo único que mi memoria alcanza fue la detención del tiempo. Hay noticias que secuestran las horas, porque a partir de conocerlas poco importa lo que se tenga planeado. John Lennon lo dijo: “La vida es aquello que te pasa mientras estás haciendo otros planes”. La información llegó por whatssap. Al instante, se multiplicó en las redes. Todo sucedió la noche anterior. En soledad.

Un año después, este marzo que se inició con una luz nueva se ha cubierto de ceniza. El cielo parece haberle robado los pinceles a noviembre. Devotas con paraguas en San Ildefonso, donde el Cautivo estrena composición con la Virgen de la Esperanza en Su Soledad y una imagen de San Juan. El viento se lleva las últimas hojas en San Lorenzo. Quinario soleano en la parroquia  y sinfonía de alhelíes en la basílica. La Virgen del Mayor Dolor y Traspaso extiende su mano con suma delicadeza. Lirios morados en San Antonio Abad. Túnica del delantal para el Dulce Nazareno.

El día se ha metido en agua. Por la tarde vendrán los vía crucis. En la Casa Pilatos. En la Macarena, al coincidir con el primer viernes de Cuaresma. Pero ya nada es igual. En este día un escalofrío recorre el cuerpo en vertical a esa hora imprecisa en la que llegó la noticia. La que partió en dos la víspera. Herida en el calendario. Y sonrisa en el recuerdo. Hay a quienes sólo se les puede añorar con la alegría legada. La de aquellos abriles ganados a la vida. La memoria esboza hoy el puente de los bomberos y una mueca de Esperanza. La que siempre acompañaba a un profesional en el arte de contar las cosas. A un compañero. A un amigo.

Era viernes. El primero de marzo.

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La felicidad, bajo una ojiva

Diego J. Geniz Velázquez | 19 de agosto de 2015 a las 13:22

La Asunción de CantillanaÚltimos minutos del 15 de agosto en Cantillana. Calle Martín Rey. Encontrar un metro libre en esta vía se convierte en cuestión bastante dificultosa. Abanicos remueven el escaso aire. La bulla arrastra una masa de devotos que fijan su mirada en un único Punto de Fuga. Sobre una nube emerge la sagrada imagen de brazos abiertos y mirada a los cielos jironados de bombillas. Fuegos de artificio pespuntan la oscuridad de la noche. Gallardetes, reposteros y colgaduras componen el regio atrezzo de la festividad. Aquí la mejor ropa se guarda para los días marcados en rojo. Y el meridiano de agosto lo es. Y tanto que lo es.

Dentro de los hogares se vacía la despensa. Nada queda en sus entrañas. Chacina, marisco, ensaladilla y fina repostería local dan forma a estos barrocos bodegones con claros síntomas de horror vacui. Sin espacio libre en la mesa ni en la calle. En los balcones, tres cuartos de lo mismo. Jornada de puertas abiertas en las casas de Alfredo Fernández y Antonio Meléndez, hasta donde llegan -como anfitriones de la fiesta- José Antonio Ortiz y el pregonero de este año, Manuel Serrano, con una legión de foráneos. La mandíbula no conoce descanso. Hospitalidad celeste y blanca.

El reloj pasa de las doce de la noche. Ya es 16, pero sigue siendo 15. Se entona el himno. La solera otorga la compleja proeza de cantar al unísono sin desafinar. Caen pétalos. Más que de una lluvia se trata de una tormenta. Gota fría de verano. Escorrentía multicolor que pigmenta la blancura de los nardos. Los devotos siguen cantando. Coplas transmitidas de madres a hijos, que aquí la mujer desde tiempo inmemorial jugó un papel fundamental sin necesidad de discursos de género.

Cantillana presume de su particular ojiva. Arquitectura efímera para instantes eternos. Franquicia del paraíso en la antigua calle Veredas. Allí se obra el milagro. La sonrisa de la Asunción. No hay cielo suficiente para la alegría de una Madre, de todas las madres.

Cernuda lo tenía claro. Los asuncionistas también. La felicidad siempre aguarda tras un arco.

No fue una anécdota

Diego J. Geniz Velázquez | 4 de abril de 2015 a las 17:00

Madrugá Peleas y gente corriendo en la calle Cuna y Encarnación.

Calle Orfila. Madrugada del Viernes Santo. El reloj acaba de pasar de las 4:30. El sueño se apodera del penitente de la Virgen de la Concepción, parado justo delante de la capilla de San Andrés, que tiene sus puertas abiertas. Hay bastante público en esta calle. Más, incluso, que en Cuna, aunque eso sí, menos silencioso. A lo lejos se escucha la banda del Carmen de Salteras. La Macarena está llegando al Duque. El penitente, con la mirada clavada al frente, oye cierto murmullo. En un principio, lo atribuye al alboroto propio de la entrada de la Virgen de la Esperanza en la Campana. El ruido va en aumento. Se escuchan gritos. El suelo tiembla. El penitente mantiene la compostura hasta donde puede. Se aferra a la cruz como único elemento que le aporta seguridad en unos instantes en los que todo es incertidumbre. Parece que de un momento a otro se lo llevará por delante una turbamulta. La gente empieza a meterse por la fila. Lo arrolla. La avalancha lo arrastra hasta un bordillo. Allí una madre se agarra a sus hijos para no perderlos. En este intento rodea con sus brazos las piernas del nazareno, que cae de bruces contra el suelo. Con él, la cruz. Logra levantarse y llegar hasta Javier Lasso de la Vega. La calle Daoiz -tan protagonista esta Cuaresma- se convierte en vía de escape de todo el que sale corriendo. Ya en Lasso de la Vega, este nazareno es calmado por una persona mayor que insta a no huir. “No corred. No ha pasado nada. Están intentando cargarse la Madrugada desde el 2000”.

Bajo el antifaz, este nazareno percibe como hay otros penitentes presos de un estado de pánico. No les ha quedado más remedio que descubrirse. El miedo les impide respirar. En la acera de enfrente hay niños abrazados a sus padres llorando, como también lloran otros visitantes que han acudido por primera vez a la Madrugada de Sevilla. Algunos, como este nazareno, no han conocido hasta ahora lo que es el verdadero miedo. A los pocos segundos llega un policía calmando al público: “Tranquilos, no pasa nada”. Sus palabras no calman. Lo que calma al nazareno protagonista de esta triste historia es escuchar que la banda que acompaña a la Macarena sigue tocando. Al menos, la histeria colectiva no se ha adueñado esta vez de la carrera oficial.

Todo el tramo de penitentes está desconfigurado. El nazareno encuentra su cruz a cinco metros de donde se la habían tirado. Totalmente rota. En menos de tres minutos la cofradía se recompone. Continúa su discurrir como si nada hubiera pasado. Pero había pasado. Y mucho. La procesión que iba por dentro sale a flote en el atrio de San Antonio Abad. Caras totalmente descompuestas. A más de uno les costará conciliar el sueño este Viernes Santo.

Quien esto narra es el nazareno protagonista del relato. Un penitente al que le irritan no sólo ya que las autoridades municipales califiquen este incidente de pura “anécdota” -entendible en su intento de calmar a la ciudadanía y evitar el deterioro de la imagen turística- sino que algunos medios de comunicación hayan usado el mismo término para zanjar el asunto. No. Desgraciadamente no fue una anécdota. Lo sufrido por los primitivos nazarenos constituye el más fiel reflejo de la actual Madrugada, la noche más bella de la ciudad -o la que debería serlo- está abonada al niñateo, a jóvenes borrachos con ganas de buscar bronca y a personas no tan jóvenes que ni siquiera se levantan de la famosa sillita para dejar paso a los nazarenos. Ésta es la verdadera Madrugada. Al menos, la que discurre antes de que despunte el alba. La que condensa la falta de valores y respeto de la sociedad actual. La jornada más vulnerable de la Semana Santa y que ante cualquier chasquido salta por los aires.

No. No fue una anécdota. Pero en una fiesta donde la estabilidad meteorológica se ha convertido en el único requisito para la felicidad, es comprensible que un incidente de estas características no requiera ni un minuto más de reflexión. Resulta más cómodo debatir sobre horarios, itinerarios y planes B. Habrá que acostumbrarse a ver nazarenos arrollados, tirados por los suelos y con cruces rotas como parte del paisaje de una nueva Semana Santa con la que cada vez menos sevillanos se sienten identificados. O al menos, esos cofrades conscientes de la inquietante realidad eclipsada por quienes se conforman con siete días plenos de sol.

La lluvia, al final, no es tan cruel como la pintan.

Al expirar de la tarde

Diego J. Geniz Velázquez | 1 de abril de 2014 a las 13:57

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  • Cartel de la Semana Santa de La Algaba 2014
    Fotografía de Sebas Gallardo. Santísimo Cristo de la Vera-Cruz.

Cae la tarde en ese suspiro breve, preciso, en el que las agujas del reloj parecen dilatarse. Un Hombre muere en este contraluz de jueves. Queda sumergida en sombras lo que antes fue carne joven. Poco más de treinta años le han bastado para saber que no puede escapar de la sentencia del tiempo. Cruel condena de cualquier mortal. Destino de dioses.

Un cielo entre dos luces recorta la silueta que se funde en el más oscuro de los abismos. Aire velazqueño para un paraíso anhelado. Quedan tres días para alcanzarlo. Promesa dictada al pie del Calvario. La Verdadera Cruz se yergue cual frontera entre la realidad y el deseo. Entre la tierra y el infinito. Entre el hombre y Dios.

Expira el moribundo sol. La noche presenta sus credenciales. Ahora, y más que nunca, se enciende la Esperanza.

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Una procesión fuera de contexto

Diego J. Geniz Velázquez | 28 de mayo de 2013 a las 18:22

Uno no deja de asombrarse. Aparece en las fachadas de algunos templos la convocatoria de cultos de una hermandad de pueblo (esto último sin menosprecio alguno). Cuando uno fija la vista se da cuenta de que el mencionado cartel hace referencia a los actos que celebrará la Hermandad de la Asunción de Cantillana. Hasta ahí todo normal. Lo extraño y el levantamiento de estómago –a cierta hora en la que aún anda huérfano de viandas– se produce cuando uno se percata de que dichos cultos se celebrarán en Sevilla en la víspera del Corpus: Una misa a las 19:30 en la parroquia de San Lorenzo y a continuación un traslado del Simpecado, llamado de Gala, hasta el altar que dicha corporación  ha preparado para la procesión eucarística  del jueves delante de la fachada del Círculo Mercantil, en plena calle Sierpes, como ya hiciera en 2010, cuando el montaje efímero causó la admiración de todos los sevillanos. Altar, por cierto, que no entrará en concurso.

Dije antes que uno no deja de asombrarse. O sí. Porque acostumbrado a la novelería propia de una ciudad que hasta hace poco era modelo de religiosidad popular en otras provincias y ahora importa actos de difícil anclaje con su idiosincracia, no ha de extrañarle que por sus calles se pueda ver una procesión -el traslado del Simpecado incluye banda de música- tal cual sucede en Cantillana la noche del 14 de agosto, víspera de la festividad litúrgica de la Asunción, como gusta decir a los miembros de la corporación que protagonizará (si Palacio no lo impide) este culto público que vendrá a sumarse a todos los tradicionales de esa tarde-noche. Más allá de preguntarse por los permisos concedidos (o no) para este traslado con acompañamiento musical, cabe reflexionar sobre la transmutación de una fiesta en la que la jornada previa, llena de altares y procesiones varias que concitan a un público ávido de estéticas barrocas, ha ganado la partida a la base principal que la sustenta -la adoración a Cristo Vivo en la Sagrada Forma-reducida a una mera y a veces desapercibida justificación de todo lo anterior.

Este cambio de la que fue hasta principios del siglo XX la fiesta principal de la ciudad viene motivado por diversos factores, pero entre ellos toma preponderancia la tendencia del referido público por exaltar todo lo nuevo (novelería hispalense), una actitud en la que encuentra hueco lo previsto por la hermandad asuncionista. Un rosario de gala digno de ver el 14 de agosto en dicha localidad.  Si no lo conocen, es muy aconsejable que lo visiten. No les defraudará. Pero reitero: en la víspera de la Asunción y en Cantillana. Antes del Corpus y fuera de esa localidad pierde todos los sentidos. Entre ellos, el del ridículo.

Una procesión más que aconsejable

Diego J. Geniz Velázquez | 23 de marzo de 2012 a las 6:36

A estas alturas de la Cuaresma, cuando el listado de besamanos visitados, conciertos escuchados y pregones sufridos en la capital supera el medio centenar es conveniente oxigenarse con una escapada a la provincia. Más allá del extrarradio hispalense (expresión barroca donde las haya) hay localidades que atesoran una Semana Santa rica en patrimonio y costumbres propias no contaminadas por el canon capitalino. Ejemplo de estas joyas de la Pasión es Alcalá del Río, una población a menos de 20 kilómetros de Sevilla.

Este municipio cuenta con una Semana Santa que es referencia obligada en el circuito cofradiero de la provincia. Imágenes del siglo XVI y palios de finales del XIX son testimonio de una devoción que no surgió precisamente ayer por la mañana. Cruceros y soleanos han rivalizado siempre por dar un gran esplendor a sus cortejos, de ahí el valioso patrimonio que atesoran tanto en enseres, como en piezas musicales y, sobre todo, en tradiciones locales.

Podría decirse que la Semana Santa ilipense (como así gusta llamar a los más rancios) comienza esta noche con la Bajada de la Virgen de los Dolores en Su Soledad Coronada a la parroquia de Santa María de la Asunción para el septenario, culto que cumple 200 años. Será a las diez de la noche cuando se abran las puertas de la Real Capilla de San Gregorio de Osseth (patrón de la villa) para que de ella salga el largo cortejo de hermanas soleanas con sus hachetas. Mujeres de todas las edades que preceden al paso de una de las Dolorosas más antiguas de la provincia, al estar datada a finales del XVI, de ahí su hieratismo tan alejado de las expresividad barroca. Pero si importante es la talla por los siglos que atesora no menos interesante es el paso sobre el que hoy sale a la calle. Se trata de uno de los palios más antiguos que existen en la provincia y su morfología se asemeja a las primeras representaciones gráficas que se conservan sobre este tipo de paso.

Contiene ocho varales de mediana estatura que soportan un palio de cajón de bambalinas muy cortas. En su interior se reproducen en plata los primeros versos del Stabat Mater Dolorosa, que un principio (siglo XVIII) estaban incrustradas en el exterior hasta que sus piezas fueron sustituidas por las bordadas del antiguo paso de palio del Viernes Santo, día en el que esta cofradía realiza su estación de penitencia por la calles alcalareñas.

Igual mérito tiene el manto bordado que luce la Virgen de los Dolores realizado a mediados de la centuria decimonónica. La iluminación también es especial, al estar conformada por candelabros de brazos, al igual que la exorno floral, constituido por calas que florecen en los patios soleanos estos días. Contemplar este paso supone volver la mirada a una Semana Santa que ya pocos recuerdan y en la que naturalidad era el sello común de una celebración que se ha sofisticado con los tiempos perdiendo, quizá, la autenticidad de otras épocas.

La procesión -en la que participa la banda del Carmen de Salteras- dura aproximadamente dos horas horas y concluye en la parroquia donde ya se encuentra montado el espectacular altar de septenario (con elementos creados ex profeso) que comenzará mañana y concluirá el Viernes de Dolores con la función principal y el besamanos de la Virgen. El Domingo de Ramos, de nuevo a las diez de la noche, tendrá lugar la procesión de Subida hasta la capilla, de donde saldrá la cofradía el Viernes Santo, en esta ocasión con el cortejo conformado por nazarenos y mujeres ataviadas de mantilla más los pasos de la Muerte (la Canina), el Cristo Yacente y la Virgen de los Dolores bajo su palio de finales del XIX.

Así, que ya sabe, si tiene la oportunidad de desplazarse esta noche a la antigua Ilipa Magna no lo dude. Le dejará un excelente sabor de boca.

PD: (Y en mayo no se pierdan la bajada de los titulares de la Vera-Cruz, de la que le informaremos llegado el momento)

A la espera de un beso

Diego J. Geniz Velázquez | 1 de marzo de 2012 a las 12:37

Esta imagen que ven aquí no corresponde a la cola de una oficina del INEM. Las personas que esperan no lo hacen para pedir un trabajo. En tiempos de crisis hay gente dispuesta a soportar días y noches sobre la acera para dar un beso. Si no acaban de situarse tampoco crean que se trata de una calle de Sevilla. Con la entrada de un nuevo mes este blog se monta en Santa Justa para apearse en Atocha. A no mucha distancia de allí hay decenas de españoles que desde el domingo ya aguardan su turno para visitar a Jesús de Medinaceli en la cita de cada primer viernes de marzo, “el viernes de los favores”. Aunque la mayoría viven en Madrid, son muchos los que proceden de otros puntos de la geografía española, en esa especie de imperio devocional donde todos los caminos conducen hacia un Hombre que con los brazos cruzados supo conquistar las almas.

En la cabecera de la cola dos mujeres se encargan de imponer cierto orden. Tarea oficiosa que se ejecuta sobre una mesa plegable que ha conocido más de un verano la arena de esas playas que quedan tan lejos de Madrid. Allí se dan los “números”. A su vera, varios cartones sirven de refugio al frío que impera en las calles capitalinas cuando el sol se esconde y el viento susurra desde la sierra. Toda una gama de sillas sirven de reposo a los devotos que cuentan los minutos para que sus bocas sellen peticiones sobre los pies de este Señor Cautivo al que primero salvaron los trinitarios de la mofa en África y luego Picasso de la barbarie del 36 (esto último no es una paradoja, es la historia cierta y verdadera que escapa de estereotipos).

La imagen de Jesús de Medinaceli es una de las más peregrinas de España. Siempre fue -perdonen por el juego fácil de palabras- Cautivo del destino. Salió de un taller sevillano en el siglo XVII (muchos atribuyen su autoría a Ocampo) para acabar al otro lado del Estrecho. Allí logró rescatarla la orden trinitaria, de ahí su escapulario, que la devolvió a España. Una vez comenzada la guerra civil, cuando el célebre pintor malagueño aún era el director del Museo del Prado, los franciscanos le piden que interceda para que no sufriera ningún ataque. Picasso, conforme a su palabra, logra incluir esta talla en el listado de obras que pone a salvo enviándola entre lienzos de Goya, Velázquez o el Greco a Ginebra.

Cada primer viernes de marzo son famosas las colas que se forman para besar sus pies. Dos por cada uno. Lo que ven aquí es un pequeña muestra tomada el pasado martes, cuando aún quedaban tres días para este culto. La espera para quien llegue el viernes puede ser de nueve horas, ya que la fila de devotos alcanza hasta Atocha, lo que en la comparativa hispalense equivaldría al espacio comprendido entre la Plaza Nueva y la Alameda.

Hay quien piensa -la ignorancia suele ser bastante atrevida- que es difícil encontrar estampas de devoción popular más allá de las colas que cada Domingo de Ramos se forman para besar las manos del Gran Poder. Supino error. En Madrid, sin ecos de tambores ni del cacareado olor del azahar, se produce todos los años por estas fechas una imagen a la que le sobran palabras. Entre el olor a cocido de mediodía y al del café de la tarde, cientos de personas aguardan el momento de cumplir con la promesa que busca la madera gastada por el fervor. Ese sentimiento que no entiende de cortas ni de medias distancias. Va por directo. Sin aditamentos. Sin farfolla.