El imposible olvido

Diego J. Geniz Velázquez | 17 de marzo de 2011 a las 15:01

pasión

Se abre el cortinaje. Se descorren rojos damascos (de poca seda y mucha fibra). Dramatismo barroco. En la escena un solo rostro. Es difícil adivinar la mirada de este Personaje que concentra todas las visiones. La Semana Santa se nos anuncia con una de esas fotos que tantas abuelas y madres guardan en sus carteras a modo de reliquia. Amuletos con los que sobrellevar suertes y desgracias. Asideros a los que se aferra la última esperanza. Este Hombre de equilibradas dimensiones mira hacia abajo. Credos, padrenuestros y varias súplicas sin oración intermediaria han jalonado siglos ante su presencia. Montañés le regaló a la ciudad el Dios más humano. Divinidad que sólo tiene ojos para el suelo que pisa. Cartel para enmarcar. De imposible olvido.

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Una decisión arriesgada

Diego J. Geniz Velázquez | 15 de marzo de 2011 a las 14:42

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La vida es una suma de decisiones, de decir sí o no en un momento determinado y en unas circunstancias concretas. Puede salir mal o bien, como ayer les ocurrió a los hermanos de San Gonzalo, que lograron trasladar a su titualr en 90 minutos desde la parroquia del barrio a la Catedral hispalense para presidir el Vía Crucis del Consejo. ¿Cuestión de suerte? Puede que sea algo más que eso. La decisión de salir se hizo tras abandonar la Policía Local la zona después de habérsele comunicado que no se saldría, y el traslado fue ‘exprés’, a prisa, corriendo, en corto y por derecho. Algunos pensarán que tras esta postura existe una fuerte dosis de triunfalismo, competición y morbo, para otros, un simple deber con la misión que ayer tenían encomendada: llegar a la Catedral para presidir el Vía Crucis General del Consejo en un año de gran importancia para la juventud, que tanto jalona la nómina de la hermandad. ¿Falta de seriedad o deber cumplido? Ustedes mismos.

Del salón en el ángulo oscuro…

Diego J. Geniz Velázquez | 26 de marzo de 2010 a las 11:16

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Versos románticos (no confundir con San Valentín y otras fiestas comerciales) sirven de título.

Ni el mejor Bécquer describió con mayor acierto la imagen. Sobre un retablo lateral, contemplada por ojos que sólo buscan la perfección artística, con un madero para mitigar la soledad, esta Virgen llora sus siete dolores.

Brillos antiguos, lujos pretéritos que el tiempo fue borrando de la historia.

No hizo falta que se cumpliera la profecía. El polvo ya cubre lo que ha de llegar a ser el cuerpo.

Era la Antigua una devoción ancestral que fue cambiando su adjetivo. El paso del tiempo trajo otras modas, otros rostros a los que rezar. Y aquí sólo queda el silencio de la ignorancia. Con las manos entrelazadas llora su pena, el octavo puñal que le clavó la vida: el olvido.

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La vida entre hilvanes

Diego J. Geniz Velázquez | 24 de marzo de 2010 a las 11:19

24marzo_capiroteCartón y aguja. Pasa el tiempo en el intento de alcanzar la medida justa, el número exacto que circunda la base del pensamiento, de la memoria.

Es el diámetro de la penitencia que nos marca el camino más corto para llegar al templo. (Superficie craneal que en algunos, todo haya que decirlo, es notoriamente mayor que en otros).

Sobre una silla baja se cose el antifaz que ha de cubrir las emociones más recónditas, las que sólo conocen el terciopelo y el cordón de la medalla. El eco a media voz de un transistor sirve de fondo musical a las horas en las que el hilo va engarzando la espera.

No se ve, pero se intuye en esta imagen que marzo pinta cada año. Sólo hay que poner bien el oído para escuchar cómo se van enhebrando las horas. La vida es puro hilván.

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El dios efímero

Diego J. Geniz Velázquez | 23 de marzo de 2010 a las 11:25

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No esperan la salida de una cofradía. Ni están en retiro espiritual. Alzan sus brazos sin abrazar ideología política alguna. Sostienen con sus dedos el soporte plástico con el que elevan sus almas a ese cielo instantáneo, efímero edén de una adolescencia que acaba de florecer.

Celebran la llegada de la primavera, esa estación de hormonas desbordadas que revoluciona cuerpos (con síntomas alérgicos incluidos) y anquilosa mentes. Es difícil escapar a la tentación de esta fiesta de la vida con pronta fecha de caducidad.

Triunfo de un hedonismo sin más penitencia que la resaca acomodada sobre el lecho de una cama cubierta por sábanas del día después.

Nula preocupación. Son la bulla de este Dios al que la cruz de los años siempre vence. Idolatrada juventud de días contados.

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Tras los pasos perdidos

Diego J. Geniz Velázquez | 21 de marzo de 2010 a las 11:28

21marzo_niñosHabló Cernuda del tiempo sin tiempo del niño (recurso bastante empleado en últimos pregones, exaltaciones y actos cofradieros similares con pretensiones literarias).

Hubo quien se preguntó por cuántos siglos caben en la mente de un crío. También alguien definió la infancia como la etapa dorada de la vida.

En un domingo cualquiera tres niños siguen los pasos de sus padres por unas calles de Sevilla.

Reposan sus manos sobre la zambrana que mecen las cinturas paternales. Así se aprende el compás. Aquí hay sitio hasta para la igualdad de género.

El sentimentalismo no está reñido con lo políticamente correcto. Y el mundo de las trabajaderas no iba a ser menos. Siguen los pasos que perdieron el primer paraíso de la vida.

Tras la caoba y la plata, llega el oro de la infancia. Bendito preste.

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Oros distintos

Diego J. Geniz Velázquez | 20 de marzo de 2010 a las 11:42

20marzo_orosSin reino ni corona este monarca muestra sus atributos más preciados (no piensen mal que seguimos en periodo de abstinencia).

El aceite y el líquido elemento han bruñido el metal que conforma su tesoro. Al fondo, una pared de azulejos repetitivos vislumbran la escena donde la rutina se ha apeado.

Antes de llegar a casa una parada en seco en el bar más cercano. Es cuaresma y la lista de tapas ha variado para adaptarse a este periodo en el que las almas deben estar en constante alerta.

Hay que cuidar el espíritu. Y el cuerpo, también. Por eso la culinaria hispalense sabe de guisos que evitan la tentación de la carne.

Aquí llegó el primer antídoto para no caer en el lujurioso pecado: pavías de bacalao regadas con un buen buche de cerveza. Distintos oros. El mismo brillo en el estómago.

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Madrugar en domingo

Diego J. Geniz Velázquez | 18 de marzo de 2010 a las 11:47

18marzo_madrugar

Vienen con sus abrigos, cuando el sol de la mañana interrumpe el último sueño. Llegan en grupos, nunca por separado. Sus labios aún traen el sabor amargo del primer café, el que se toma a secas para resucitar al cuerpo en jornada festiva. Hay cabelleras albas, pobladas y en peligro de extinción.

Es marzo y el frío todavía no ha acabado de marcharse. La cita es todos los años la misma. La lectura larga y prosaica de una memoria que sólo guardó el instante que erizó la piel. Lo demás es pura estadística.

Sobre el gélido mármol catedralicio estos hombres de acicaladas estéticas dan fe de calles cortadas, obras y obstáculos varios. Cambios necesarios para que todo siga igual.

Tras reivindicar lo que consideran justo abandonarán el templo y llegarán por el camino más corto al rincón de los místicos, cuarteles de primavera donde la mantequilla y el aguardiente reverberan lenguas somnolientas (algunas de punta muy afilada).

Luego a disfrutar del gozo de las vísperas. Apretada agenda de estos sevillanos que madrugan en día de precepto. Cosas de cofrades.

Todo en uno

Diego J. Geniz Velázquez | 17 de marzo de 2010 a las 11:54

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Un triángulo que marca el horizonte perdido entre bloques de pisos. Una ronda al caer de la tarde. Un público que espera al calor que deja sentirse en estos días de marzo. Un barrio, siempre situado a la otra orilla. Un leve sahumerio que difumina el infinito.

Un cirial que pregona la llegada. Un hombro que sostiene y ayuda al del compañero. Un pergamino en tres idiomas (ríase usted del bilingüismo de algunos colegios). Una mano que acaricia la madera que sostiene a Dios. Unos brazos que acogen a los hijos de la ciudad.

Una barba en asimétrica perspectiva. Una nariz tan perfecta como humana. Una cabellera sin más atributos que su negro azabache. Unos clavos que sellan la vida a la cruz y la cruz a la vida.

Unos ojos que atrapan el paraíso prometido. Un crucificado, un hombre, un ser a medio morir, un instante que no acabe de expirar..un todo en un solo nombre: El Cachorro.

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La rampa del tiempo

Diego J. Geniz Velázquez | 16 de marzo de 2010 a las 12:09

16marzo_rampa

Cuando ya parece que se ha arriado el paso del mal tiempo, cuando se ha traspasado el equinoccio de la cuaresma (marchando una tapa bien servida de rancia cursilería), cuando son menos los días que faltan que los que hay esperar, cuando las horas ya están tomadas, cuando es definitiva la victoria de la luz…entonces y sólo entonces empieza a levantarse esta efímera ciudad de viejos tópicos tan reiterativos como necesarios para construir el paraíso de unos y el infierno de otros (para los que Matalascañas es siempre un edén al final de Doñana).

Y en esa urbe de una semana no podía faltar este armazón de madera y hierro.

Sirve para dar descanso a los cuerpos y al recipiente cristalino con espumoso y líquido elemento en su interior. También de pasatiempo infantil. Jamás hubo mobiliario urbano con mayor servicio público. Así será hasta que un Dios decida estrenar la Semana Santa a lomos de una burra. Lo han visto. En el Salvador la cuenta atrás tiene ya su rampa.

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