Noches de bohemia y de pasión

Diego J. Geniz Velázquez | 14 de marzo de 2010 a las 12:12

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A deshoras de la noche van estos hombres por Sevilla. No son los únicos. Bajo lonas que cubren brillos dorados su costal empieza a calentarse cuando el frío arrecia por las calles con poca gente, pero con cierto público.

El suficiente para hacer un análisis antropológico sobre las personas que acuden a estos ensayos. En la variedad está el gusto. Y aquí de lo primero se anda sobrao y de lo segundo, justito. Los hay de silencio y a paso de mudá. Éstos son los menos secundados.

También los hay de palios y de cristos. Y existen también de misterios con barrocas recreaciones en las revirás (entiéndase como giro a la izquierda o derecha que se dilata en el tiempo hasta que el minutero pierde el sentido de su existencia).

El acompañamiento del radiocassete es esencial en este último caso, que en ocasiones porta un auxiliar a modo de servidor en función principal. Si la cita es nocturna, el encuentro terminará en un bar de la feligresía, de estrecho pasillo y amplia barra.

Auténtico templo de fe donde al olor del aceite refrito acuden el montaíto de melva y la cerveza de barril. Pan y vino de estos cristianos de abajo.

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Un barco en Asunción

Diego J. Geniz Velázquez | 14 de marzo de 2010 a las 12:11

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Vienen por la muy cofradiera calle Asunción (al menos durante 30 minutos al año) mujeres sin flores en la pechera pero sí con lirios cerca del talle.

Llegan en tropel, como en el mítico cuadro de Gonzalo Bilbao pero sin mantoncillos ni volantes, sino con una bolsa estampada por un símbolo que a poco asemeja un escudo de hermandad. Algunas son rostros conocidos de la política municipal y labores afines, otras sólo las conocen en su casa y en ese partido de flor con espinas, que es, al fin y al cabo, donde interesa que le conozcan a uno. Por la banda derecha (esto último sin doble sentido, por favor) sobresalen algunos rostros masculinos, como soldados romanos y sayones de este misterio que tiene en su centro a la imagen principal.

Con una sonrisa que no tallara ni la mejor gubia roldanesca (vamos a rizar el rizo) destaca este busto de inmaculada corbata que sigue a pies juntillas el ave maría del rosario: entre todas las mujeres. Un barco de los que gustan ahora. Con mucha gente y sus flores.Sólo le queda llegar a buen puerto. Y que el capataz no lo arríe.

Dulce Satán

Diego J. Geniz Velázquez | 12 de marzo de 2010 a las 12:13

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¿Quién dijo que la Cuaresma era sólo abstinencia? Sobre un escaparate de reflejos dorados se derriten los ojos del consumidor, que se siente tentado por esta rebanada que le induce a pecar en el desierto del régimen alimenticio.

No hay mayor sacrificio que conocer las especialidades que la mano del hombre fue experimentado sobre la base de lo creado. La historia hizo la torrija y Sevilla le puso el apellido: grandes, pequeñas, con azúcar o sin ella y hasta con crema.

En este arte del delicado paladar hay también su ortodoxos. Pan y miel. Que inventen otros. Aunque la bula, pecado capital de explícitas referencias bíblicas, no entiende de puritanismos.

Las confiterías de Sevilla son una cruel tentación. Y aquí sólo hubo un Dios que venció al diablo.

Dulce Satán. Delicioso pecado. (Ya habrá tiempo de endocrinos cuando llegue la Pascua).

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Trinidad biográfica

Diego J. Geniz Velázquez | 10 de marzo de 2010 a las 12:14

10marzo_iglesiamagdalenaTres líneas distintas en tres distintos planos. Dos gubias para un mismo hombre, para un mismo Dios. La pluma (la de escribir, se entiende) raya en el misticismo cuando traspasa el umbral de una capilla donde el XVII aún no se ha ido.

Hoy la escritura se entrega al lirismo más absoluto (el Señor me libre del tópico), con cierta pretensión teológica (miedo me da). Sobre una peana descansa esta efigie de amanerada pose y curva apolínea que viene pregonando la gloria de la triunfante Roma, esa ciudad más soñada que real que está a la vuelta de la esquina.

La mano de Leal rescató lo que el tiempo había condenado a la penumbra. En un segundo plano, el pasado más reciente que habla de sudarios y cuerpos que penden del momento mecido por Santos Varones. Jerónimo y Pedro. Hernández y Roldán. La muerte y la vida. En el punto intermedio, la figura de un niño que nos lleva a la verdadera resurrección, la de la infancia. Tres instantes, un mismo Dios. Trinidad biográfica.

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Así es la rosa

Diego J. Geniz Velázquez | 9 de marzo de 2010 a las 12:14

09marzo_esperanzatrianaCuando la Cuaresma traspasa el ecuador de su tiempo (definición lamiosa y cursi donde las haya) la catedral del viejo arrabal se viste de un verde oscuro como las aguas mansas del viejo Betis (venga una ración y media de ancestrales tópicos). Sobre el fondo de una recreación de lo que no está se alza un dosel de damasco rojo (a medio planchar) que circunda el medio punto de un oro al que el tiempo fue limando sus brillos.

No hay mayor esplendor que el que se eleva sobre estos reflejos argénteos que adornan velas y flores de difícil clasificación y complicado nombre. Son días de septenario y el calor del terciopelo gana la batalla al frío ladrillo mudéjar. Cobijada bajo ropajes de hebrea y con las espinas de una corona en las manos. Con suma sencillez. Sin más. Así es la rosa que se abre en Triana por estas calendas. Que no la toquen.

Madres de marzo

Diego J. Geniz Velázquez | 8 de marzo de 2010 a las 12:15

08marzo_madres

Vienen llorando sus penas allende la capital y el área metropolitana. Traen por estas calendas una promesa por cumplir. Cargan con un paraguas como imprescindible compañero de viaje. Llegan en grupo, con hijos, esposo o en la soledad más absoluta. Visten en un desacierto de ropajes donde cuadros, rayas y flores se unen en una mezcla de estéticas imposibles. Contemplan a un Dios de manos atadas, un Dios cautivo y preso en una cárcel de velas, un Dios que no sabe de días de azahar y lunas maltratadas por el tópico de oratorias y vídeos sensibles (muy del gusto de esta época). Veneran a este Hombre de larga melena que siempre se queda a un paso de la primavera, en una cuaresma que no acaba. Rezan, cuentan sus cuitas, y después, siempre después, hacen un hueco en sus estómagos para una torrija. Mínima gloria para estas madres de marzo.

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La vida en sus manos

Diego J. Geniz Velázquez | 5 de marzo de 2010 a las 12:16

05marzo_imagineroUna gubia, un bloque de madera y el ingenio por delante. Ingredientes más que suficientes para buscar nuevas devociones.

En un rincón (donde el orden es asignatura pendiente) los bustos de emperadores, sayones y madres que lloran sus desdichas se repiten a la espera de cuerpos sobre los que asentarse de por siglos.

Al fondo, un cartel muestra el interior del ser humano: músculos, tendones y piel que cobijan al alma que persigue ese paraíso celestial prometido en largas homilías de funciones revestidas de ancestrales rituales. La figura principal se retuerce exhalando el último aliento.

Se escapa por la boca el espíritu de este Dios a medio hacer. Aún no ha nacido y ya tiene la muerte por bandera. La vida en manos del imaginero (y la gomina en su pelo).

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El otro morado

Diego J. Geniz Velázquez | 4 de marzo de 2010 a las 12:17

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Estas personas que ven aquí no esperan, flanqueando los caprichos del cielo, entrar a un templo donde hay montado un besamanos para gozo de la vista (y de lenguas ponzoñosas). No aguantan una cola para gloria (o penitencia) de los priostes. Estas mujeres que llegan hoy de la capital y allende el Aljarafe aguantan el tipo y todo lo que haya que aguantar para renovar el rito que trae marzo.

Cuando la primavera asoma ya por la esquina, aunque este año más bien lo que parece que asoma es el mes de los difuntos, la antigua calle Alcázares es un río de promesas depositadas junto a una humilde tarima, donde la sobria madera fue el último cobijo para un cuerpo que nunca conoció la corrupción del tiempo.

Albas tocas las reciben con una media sonrisa que dibuja una virtud llamada caridad y una condición que muy pocos alcanzan: la humildad. Sobre sus pechos la cruz que les da el apellido. Y en las manos una flor que escapa de liturgias procesionales: la violeta. El otro morado de la Cuaresma.

El mejor cartel

Diego J. Geniz Velázquez | 3 de marzo de 2010 a las 12:18

03marzo_capirotesLa Cuaresma y sus cultos. Los quinarios y sus traslados. No hay Semana Santa sin pasos ni vísperas sin andas. A esa hora en la que el sol se deja entrever con timidez, en ese momento justo en el que se traspasa el ecuador de la jornada viene un Cristo rezando por las calles del antiguo arrabal. Lo hace de forma humilde, con las manos juntas como pidiendo al Creador de lo infinito que sostenga un cielo preñado de nubes amenazantes.

Es Dios y podría pasar por el más humano de los hombres, por un vecino más del barrio que sabe de cruces impacientes. Alrededor, una masa anhelante de cofradías en la calle, de escuchar los primeros sones de una banda (a ser posible con el amarillo, espumoso y líquido elemento como acompañante). Remata la estampa una bambalina que confeccionó la genuina publicidad sevillana. El más certero anuncio de lo que está por llegar. El mejor cartel. Sin colorantes. Sin farfolla.

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Un Gólgota muy sevillano

Diego J. Geniz Velázquez | 2 de marzo de 2010 a las 12:19

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Cuando febrero marcea suben Dios y Su Madre a cobijarse bajo un dosel de oscuros terciopelos. Les acompaña el Discípulo Amado. Siempre tan cerca, siempre tan fiel. De la oscuridad surgen estos puntos de luz que van formando una estela en zig-zag que remata el trío más representado en la Historia del Arte.

En este Calvario no hay calaveras. Ni romanos que muestren lanzas y blancas plumas (a las del casco me refiero). Sólo les acompaña el viejo oro que el tiempo fue tamizando y que la oscuridad ahoga en un segundo plano hasta apagar su protagonismo.

Es tiempo de quinarios y en la Magdalena las almas suben en espiral a un Gólgota más cerca de la gloria que del frío (y encharcado) suelo que pisan estos días los sevillanos.

Barroco efímero. Alardes de priostía que convocan al espíritu. Y a la pestaña.

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