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Del salón en el ángulo oscuro…

Diego J. Geniz Velázquez | 26 de marzo de 2010 a las 11:16

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Versos románticos (no confundir con San Valentín y otras fiestas comerciales) sirven de título.

Ni el mejor Bécquer describió con mayor acierto la imagen. Sobre un retablo lateral, contemplada por ojos que sólo buscan la perfección artística, con un madero para mitigar la soledad, esta Virgen llora sus siete dolores.

Brillos antiguos, lujos pretéritos que el tiempo fue borrando de la historia.

No hizo falta que se cumpliera la profecía. El polvo ya cubre lo que ha de llegar a ser el cuerpo.

Era la Antigua una devoción ancestral que fue cambiando su adjetivo. El paso del tiempo trajo otras modas, otros rostros a los que rezar. Y aquí sólo queda el silencio de la ignorancia. Con las manos entrelazadas llora su pena, el octavo puñal que le clavó la vida: el olvido.

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Así es la rosa

Diego J. Geniz Velázquez | 9 de marzo de 2010 a las 12:14

09marzo_esperanzatrianaCuando la Cuaresma traspasa el ecuador de su tiempo (definición lamiosa y cursi donde las haya) la catedral del viejo arrabal se viste de un verde oscuro como las aguas mansas del viejo Betis (venga una ración y media de ancestrales tópicos). Sobre el fondo de una recreación de lo que no está se alza un dosel de damasco rojo (a medio planchar) que circunda el medio punto de un oro al que el tiempo fue limando sus brillos.

No hay mayor esplendor que el que se eleva sobre estos reflejos argénteos que adornan velas y flores de difícil clasificación y complicado nombre. Son días de septenario y el calor del terciopelo gana la batalla al frío ladrillo mudéjar. Cobijada bajo ropajes de hebrea y con las espinas de una corona en las manos. Con suma sencillez. Sin más. Así es la rosa que se abre en Triana por estas calendas. Que no la toquen.

Madres de marzo

Diego J. Geniz Velázquez | 8 de marzo de 2010 a las 12:15

08marzo_madres

Vienen llorando sus penas allende la capital y el área metropolitana. Traen por estas calendas una promesa por cumplir. Cargan con un paraguas como imprescindible compañero de viaje. Llegan en grupo, con hijos, esposo o en la soledad más absoluta. Visten en un desacierto de ropajes donde cuadros, rayas y flores se unen en una mezcla de estéticas imposibles. Contemplan a un Dios de manos atadas, un Dios cautivo y preso en una cárcel de velas, un Dios que no sabe de días de azahar y lunas maltratadas por el tópico de oratorias y vídeos sensibles (muy del gusto de esta época). Veneran a este Hombre de larga melena que siempre se queda a un paso de la primavera, en una cuaresma que no acaba. Rezan, cuentan sus cuitas, y después, siempre después, hacen un hueco en sus estómagos para una torrija. Mínima gloria para estas madres de marzo.

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Un Gólgota muy sevillano

Diego J. Geniz Velázquez | 2 de marzo de 2010 a las 12:19

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Cuando febrero marcea suben Dios y Su Madre a cobijarse bajo un dosel de oscuros terciopelos. Les acompaña el Discípulo Amado. Siempre tan cerca, siempre tan fiel. De la oscuridad surgen estos puntos de luz que van formando una estela en zig-zag que remata el trío más representado en la Historia del Arte.

En este Calvario no hay calaveras. Ni romanos que muestren lanzas y blancas plumas (a las del casco me refiero). Sólo les acompaña el viejo oro que el tiempo fue tamizando y que la oscuridad ahoga en un segundo plano hasta apagar su protagonismo.

Es tiempo de quinarios y en la Magdalena las almas suben en espiral a un Gólgota más cerca de la gloria que del frío (y encharcado) suelo que pisan estos días los sevillanos.

Barroco efímero. Alardes de priostía que convocan al espíritu. Y a la pestaña.

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Escena costumbrista

Diego J. Geniz Velázquez | 24 de febrero de 2010 a las 11:24

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Bajo un cielo de gris hormigón el pastor de almas bendice la madera. Coros con guitarras y otros instrumentos musicales sin clasificación entonan cánticos con ecos de campamentos parroquiales. Letras pueriles para este domingo de Cuaresma donde el morado anuncia tiempos de preparación. Dura penitencia para unos vecinos que suben cada día al Gólgota de su barrio.

El manojo de romero esparce el agua bendita sobre estas imágenes (con estilo aún por definir) de imposibles expresiones. Adornan la escena rosas rojas que dejaron sus espinas en cada calle, en cada casa de la feligresía. Hubo quien sacó sus mejores galas para este recibimiento. Vino un trozo de Dios a cargar con su madero entre quienes ya tienen la espalda cansada de portar las cruces diarias. Y se trajo de compañera a una Madre que siempre llora las desgracias del destino. Escena costumbrista del Polígono Sur. Calvarios cotidianos.

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Gloria a Dios en las alturas

Diego J. Geniz Velázquez | 19 de febrero de 2010 a las 11:46

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Con abrigo, chaqueta y corbata. Con los últimos turrones y los primeros pestiños (esto último sin doble sentido). Y con mucho frío. Así se presenta el inicio de las vísperas, donde un aire cargado de latines e inciensos embelesa al devoto, capillita o fiel esteta de altares tridentinos que son testigos de largas homilías (algunas con bostezo incluido) y solemnes ceremonias de doradas casullas y baile de ciriales. Sobre un fondo de rojos terciopelos suena el decrepitar de cirios morados que apuntan como flechas a un infinito perdido bajo la bóveda que contempla esta tradición de siglos.

Llega febrero y en San Antonio Abad hay a quien la cervical le pasa factura de tanto mirar a un cielo que muestra su cruz al revés. Ardientes velas y gélidos mármoles. Pies sobre el reclinatorio de bancos que buscan el calor que el invierno les niega. Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra, un poquito de sol a los hombres, que falta hace.

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