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La felicidad, bajo una ojiva

Diego J. Geniz Velázquez | 19 de agosto de 2015 a las 13:22

La Asunción de CantillanaÚltimos minutos del 15 de agosto en Cantillana. Calle Martín Rey. Encontrar un metro libre en esta vía se convierte en cuestión bastante dificultosa. Abanicos remueven el escaso aire. La bulla arrastra una masa de devotos que fijan su mirada en un único Punto de Fuga. Sobre una nube emerge la sagrada imagen de brazos abiertos y mirada a los cielos jironados de bombillas. Fuegos de artificio pespuntan la oscuridad de la noche. Gallardetes, reposteros y colgaduras componen el regio atrezzo de la festividad. Aquí la mejor ropa se guarda para los días marcados en rojo. Y el meridiano de agosto lo es. Y tanto que lo es.

Dentro de los hogares se vacía la despensa. Nada queda en sus entrañas. Chacina, marisco, ensaladilla y fina repostería local dan forma a estos barrocos bodegones con claros síntomas de horror vacui. Sin espacio libre en la mesa ni en la calle. En los balcones, tres cuartos de lo mismo. Jornada de puertas abiertas en las casas de Alfredo Fernández y Antonio Meléndez, hasta donde llegan -como anfitriones de la fiesta- José Antonio Ortiz y el pregonero de este año, Manuel Serrano, con una legión de foráneos. La mandíbula no conoce descanso. Hospitalidad celeste y blanca.

El reloj pasa de las doce de la noche. Ya es 16, pero sigue siendo 15. Se entona el himno. La solera otorga la compleja proeza de cantar al unísono sin desafinar. Caen pétalos. Más que de una lluvia se trata de una tormenta. Gota fría de verano. Escorrentía multicolor que pigmenta la blancura de los nardos. Los devotos siguen cantando. Coplas transmitidas de madres a hijos, que aquí la mujer desde tiempo inmemorial jugó un papel fundamental sin necesidad de discursos de género.

Cantillana presume de su particular ojiva. Arquitectura efímera para instantes eternos. Franquicia del paraíso en la antigua calle Veredas. Allí se obra el milagro. La sonrisa de la Asunción. No hay cielo suficiente para la alegría de una Madre, de todas las madres.

Cernuda lo tenía claro. Los asuncionistas también. La felicidad siempre aguarda tras un arco.