Hacia un teatro político: la asunción de la responsabilidad

Pablo Bujalance | 6 de marzo de 2013 a las 0:24

Escribió Bertolt Brecht en 1955: “Es un privilegio de las artes el poder participar en la formación de la conciencia de una nación”. Es bien sabido que Brecht fue tachado, y lo es aún hoy con relativa alegría, de presuntuoso. Pero resulta imposible asistir ahora a semejante declaración sin un escalofrío. El dramaturgo, director de escena y ensayista Juan Antonio Hormigón acaba de lanzar un revelador texto titulado El legado de Brecht que la Asociación de Directores de Escena de España (de la que Hormigón es secretario general desde su fundación, en 1982) ha incluido en su serie Debate dentro de su catálogo de publicaciones y que invoca el legado dramático del autor de Santa Juana de los Mataderos como respuesta a la crisis del presente. Y si la afirmación de Brecht no deja de presentar una incógnita, respecto a qué hacer con el privilegio que entonces se le supone al teatro, conviene dejar claro que ese legado es también político. El más profundo renovador del arte escénico desde Shakespeare no promulga una dramática no aristotélica por un capricho barroco, sino por el empeño en significar en su tiempo. Y la posibilidad de significar entraña, más que un requerimiento intelectual, un compromiso con la acción. Hormigón indaga en la noción transformadora de la Historia que Brecht imprimió al teatro desde una posición evidentemente materialista y traslada esa atalaya a un paisaje anegado por un capitalismo que no ha dudado en adueñarse de Europa del modo más cruel cuando le ha sido necesario: a costa de los propios europeos. Porque aquella primera incógnita se extiende más allá a través de otros interrogantes: ¿Es posible un teatro político ahora que la escisión entre política y persona ha llegado a su absoluto? ¿Qué cabría esperar hoy de un teatro que asumiera al espectador como agente modificador de la realidad y que imprimiera, frente a la apatía generalizada, la conciencia real de una nación?

En los ensayos que componen este volumen, Hormigón se hace cargo de este reto en términos de responsabilidad. Su respuesta no puede ser otra que la afirmación: un teatro político capaz de influir según su primigenio cariz de ciudadanía es posible hoy como lo ha sido siempre. Pero para ello es necesario que el propio teatro y quienes lo hacen vuelvan a descubrir esta capacidad y actúen en consecuencia. La utopía brechtiana confiere a la escena un papel decisivo en la dialéctica materialista, pero su asunción exige hoy una redefinición de la misma. Por eso Hormigón ofrece un diagnóstico a la vez que insiste en la responsabilidad de una dramática comprometida al respecto: más allá de lo que la crisis económica devora y vomita cada día, la contradicción fundamental del capitalismo en el siglo XXI es la que opone al carácter social del trabajo el carácter privado de la apropiación. Si para Brecht un teatro capaz de intervenir debe ir precedido de un teatro pedagógico, que asuma las distancias necesarias para ofrecer al espectador una lectura eficaz y alumbradora de la Historia, toda determinación en la actualidad debería fijar como primer paso el mismo procedimiento: una escena que demuestre la evidencia de esta contradicción contra los intereses al uso que promueven su invisibilidad. Hormigón sostiene que “hay un legado de Brecht perceptible y otro subterráneo”. El perceptible es bien notorio: Brecht es un reclamo habitual de la escena contemporánea, y en España, así como en Andalucía (con Ricardo Iniesta y su Atalaya como primeros aliados), tanto sus títulos como su filosofía gozan de un parlamento notable. Pero el desastre al que ha conducido un capitalismo que ante la amenaza de su extinción (tal y como ocurriera con el comunismo) se ha resuelto en su vigor más letal reclama el otro legado, el subterráneo, el que primero recurre a la didáctica y después a la praxis, el que primero instruye y después actúa. Nunca desde la Segunda Guerra Mundial ha sido Brecht tan necesario. Dejar a un lado esta urgencia acarrearía tragedias aún mayores.


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