Una actriz

Pablo Bujalance | 13 de noviembre de 2013 a las 5:00

 

Viendo a Gema Matarranz en Juana, la Loca. La reina que no quiso reinar, recordé el prólogo que escribió Lorca para Doña Rosita la soltera, en el que reclamaba un teatro que fuera capaz de expresar el amor y el asco. Si alguna vez, como quería el granadino, el teatro llegase a contener las emociones humanas en su más alto grado de verdad, la mera exposición de las mismas constituiría ya un fenómeno teatral; y, por tanto, el teatro, al menos tal y como lo conocía Lorca, con su burguesa disposición de patios y plateas en torno a un escenario, ya no resultaría necesario. Teatro y vida terminarían siendo la misma cosa, algo que ya Esquilo ya pretendió. Convengamos, sin embargo, en que la consecución de un logro semejante no depende de las producciones al uso, ni de la adopción de una determinada estética escenográfica, ni de una dirección más o menos visionaria, ni siquiera de una programación valiente. Que el teatro sea vida y la vida sea teatro depende del trabajo del actor, última instancia de la humanización de lo escénico a través de la interpretación. El actor es alguien que no es y esto permite al teatro ser. Perdonen esta confusión próxima al sofisma: los clásicos ya empleaban el mismo término para llamar al personaje y a la persona, y la máscara griega no se usaba en virtud del camuflaje sino de todo lo contrario: la ocultación del actor significaba el alumbramiento del personaje, pero no, evidentemente, su eliminación del juego.

     ¿Por qué me acordé de todo esto viendo a la reina Juana de Histrión? Porque el trabajo de Gema Matarranz devuelve por fin al teatro lo que le es propio: la humanidad entera. Su recreación del personaje, portentosa, no sólo es perfecta técnicamente, en cuanto a la composición física y la dicción; es que Matarranz es Juana la Loca y nos dice sobre ella mucho más que el texto de Jesús Carazo; más, incluso, que los libros de Historia. La actriz convierte al personaje en persona: alguien vivo, pleno de fragilidad y de rabia, que expresa el amor y el asco con una verdad conmovedora. Matarranz ganó hace unos meses el galardón a la mejor actriz dentro de la primera edición de los Premios del Teatro Andaluz por su trabajo en Teatro para pájaros de Daniel Veronese. Pero yo considero esta Juana un acontecimiento mayúsculo dentro de la historia reciente del teatro. Aquí está, esta vieja criatura que tantos daban por muerta, incapaz de someterse a la tiranía digital y empeñada en conservarse dentro de anquilosadas formas litúrgicas, demostrando de lo que es capaz en este tiempo: pocas creaciones artísticas pueden aspirar a una belleza semejante. Ver a Gema Matarranz bajo los focos es una forma de ser hombre. No se la pierdan.


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