Fernando Quiñones: dos bululúes

Pablo Bujalance | 26 de noviembre de 2013 a las 5:00

 

Dos bululúes para recordar a Fernando Quiñones quince años después de su muerte. Dos maneras de devolver al teatro la palabra hablada, el rito del verbo cotidiano, la lengua cotidiana. Dos personas transmutadas en personajes. O vicecersa.

Ramón Rivero en Legionaria, del Mentidero. Fernando Quiñones presenta a un ángel, pero lo que nos importa es lo que hay debajo de su falda. El monólogo es un canto a la soledad tan triste como consolador; pero si consuela es porque esta mujer cantada por un hombre ha rechazado ya todo atisbo de esperanza. Ella hace bueno el epitafio de Kazantzakis: “No creo nada. No espero nada. Soy libre”. Pero no se trata de celebrar una derrota: la aceptación del destino es una reivindicación que esta mujer, buena amante y mal amada, calentadora de la cama de tantos, extirpadora de témpanos y a la vez su mayor cultivadora, pero más aún celebradora del hueco que late allá donde el mundo debió tener un corazón, planta en escena en el idioma de la calle. Cada palabra es la gracia cauterizada. Cada sílaba un dardo que se clava. No puede haber más verdad servida desde el arte, si es que es verdad lo que como realidad se define. 

 Rafael Álvarez El Brujo en El testigo. El testigo es alguien que habla de lo que ha visto. Y lo que ha visto es el cantaor Miguel Pantalón. Un héroe o un villano, un Quijote o un Sancho. Todo depende de lo que al testigo se le ocurra. De cómo improvise. Esta obra de Quiñones es la demostración más ferviente de que el teatro andaluz no se hace, sino que, como el cante, se dice: la cabeza del cantaor es soberana; lo que por allí pasa sale libre, por la boca, sin ataduras; pues bien, propongamos la misma libertad a favor del actor, apunta Quiñones. Pongamos en sus labios, como quería Lorca, no manzanas, sino cenizas que sepan a manzanas, o manzanas que sepan a cenizas. Reclamaba el de Fuentevaqueros actores que fueran capaces de expresar el amor y el asco con la verdad más feroz. La mejor respuesta se la procuró un gaditano. Un gaditano que escribió un texto: El testigo. La palabra entera, viva, devuelta al teatro. Sí, ese otro teatro que es posible: sólo hay que nombrarlo como se nombran las cosas en los portales.

  • Ramon Rivero

    Querido Pablo, que sorpresa mas agradable, muchas gracias por este articulo tan generos, me emociona aun mas al estar retirado, no se si sabes que por el infarto sufrido me dieron la invalidez abosoluta como actor y me jubilaron, nos vinimos a vivir a Tunez y aqui estamos viviendo en Nabeul, una pequena ciudad amable y hermosa.
    Si voy por Espana y Malaga te localizo por aqui antes, me gustaria darte un abrazo. De nuevo muchas gracias,

    Un abrazo muy fuerte,
    Ramon Rivero


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