Para una dramaturgia vertical

Pablo Bujalance | 13 de agosto de 2014 a las 5:00

Alfonso Zurro, en una estampa pintoresca.

Alfonso Zurro, en una estampa pintoresca.

La editorial La Jácara publicó recientemente el nuevo libro de literatura dramática de Alfonso Zurro, Cien viajes en ascensor, con prólogo de la profesora de la Universidad de Sevilla María Jesús Orozco y epílogo del dramaturgo y crítico Adelardo Méndez. En su sencillez, el título resulta altamente descriptivo: lo que en el volumen reúne Zurro son cien piezas breves, muy breves, resueltas cada una en un par de páginas, en un escenario común: el ascensor, emblema de la modernidad arquitectónica de mediados del pasado siglo y de las a menudo forzadas relaciones vecinales. Si, en su labor de dramaturgo, Zurro ya había sentado las bases con autoridad pionera para un nuevo teatro breve en España (junto a aliados notables como el propio Adelardo Méndez), aquí propone otra vuelta de tuerca. Su intención sigue siendo extraer el hecho dramático de los teatros y trasladarlo a otros espacios a priori ajenos a esta función (recuérdese su proyecto desarrollado en 2010 en el Hotel Casa Romana de Sevilla y exportado posteriormente al Hotel Málaga Palacio de la capital de la Costa del Sol, con varias obras también breves escritas por otros tantos dramaturgos y representadas en otras tantas habitaciones), lo que, por otra parte, esconde motivos poderosamente barrocos más allá de lo que la contemporaneidad quiera interpretar; sin embargo, el envite va aquí un tanto más allá al trasladar la acción a un ascensor: si en una suite resultaba ya complicado ajustar un aforo para veinte personas, ¿qué hacemos con el elevador? ¿Dejaremos a un par de espectadores como privilegiados testigos de cada función, en clara aniquilación de las distancias de seguridad? ¿Recurriremos a ascensores de mayor capacidad, como los de los hospitales, para ampliar la entrada? ¿Optaremos por una representación vía streaming? Zurro brinda un guiño a los programadores y, de paso, propone un reto mayúsculo (que es la mejor manera de abrir camino) a quienes se han apuntado al carro del microteatro.

 Ya en materia, la clave de los Cien viajes en ascensor es el humor, sardónico y hasta cierto punto británico (o mejor irlandés: la inspiración de Beckett y Jonathan Swift se agita con gracia), algo que no es ajeno a la dramática de Alfonso Zurro. Más que un ejercicio de síntesis, lo que el autor sirve en bandeja es una colección de momentos: al corazón humano le basta el aquí y en el ahora, apenas un instante, para exhibir sus carencias, virtudes y condiciones. Pululan por el ascensor de Zurro presos kafkianos de tremenda actualidad (la evocación primera del checo en el libro no es precisamente gratuita), vecinos con perros, parejas en crisis, muertos vivientes (creo que mi pieza favorita es Zombi, pero mejor compruébenlo por sí mismos), artistas del cine porno, religiosas entregadas a disquisiciones ginecológicas, extraterrestres maravillados ante un formidable hallazgo (a Stanislaw Lem le habría gustado mucho Planeta), madres que desnudan su alma ante sus hijos y toda una galería de tipos que simplemente comparten ese mismo instante, arriba y abajo, se pisan, se rozan, procuran alejarse lo más posible del otro y se delatan, en fin, como bellacos. También hay monólogos (tremendo el Mosquito, que me recordó a Koltès) y todo tipo de caprichos. Sí, la evidencia indica que Zurro se lo ha pasado en grande escribiendo estas obras. María Jesús Orozco desgrana en su prólogo, y con generoso gusto por el detalle (y generosa vocación pedagógica), las muchas referencias, fuentes, lecturas y aliños que alimentan las piezas. Un servidor, además, destacaría que el Zurro amante del Siglo de Oro no es ajeno a esta escritura: las obritas remiten a menudo al teatro breve de Calderón, tal vez con menos música pero con igual humor y acabado en los retratos, a pesar de los limitados recursos. Una representación integral resultaría deliciosa. ¿Suben?

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