La felicidad o el rito

Pablo Bujalance | 11 de diciembre de 2014 a las 5:00

D'ODorico, un apóstol de la felicidad.

D’ODorico, un apóstol de la felicidad.

De toda la gala de los últimos Premios Ceres, me quedé, con diferencia, con la intervención de Andrea D’Odorico. Aquel hombre tan alto, cuya presencia bastaba para llenar el Teatro Romano de Mérida, hecho un manojo de nervios, reclamaba a los responsables de la política cultural del Gobierno: “No nos arrebatéis la felicidad”. D’Odorico murió hace unos días en Sevilla, y uno no puede más que recordar cuánto ha trabajado el italiano a favor de la felicidad en España desde sus primeros trabajos con Miguel Narros hasta sus últimos envites. D’Odorico atravesó el sendero que conduce de la escenografía a la producción con sensibilidad y criterio, y en ambos menesteres demostró igual pasión por el detalle, la brizna, el equilibro, la composición y la hermosura. De todas las producciones del maestro que he visto recuerdo especialmente Tantas voces, la dramaturgia pirandelliana de Natalia Menéndez, un juguete fabuloso, preciso y esmerado, que se adentraba en los límites entre realidad y escena con pasmosa naturalidad y resolución para alumbrar conclusiones más que reveladoras. Creo que una señal del teatro que amaba D’Odorico es ésta: un control absoluto de las formas bajo los cánones dramáticos reconocidos sobre un contenido que pone en cuestión estas mismas formas, con voluntad renacentista. Lo peor de que D’Odorico ya no esté con nosotros es todo el teatro que no veremos. Me gustaría pensar que su implicación ética y estética quedará recogida en otras manos. Pero hemos asistido, ya lo ven, a una situación en la que producir teatro no tiene sentido, salvo que se quiera perder dinero.

A menudo he escrito en El diario de Próspero sobre la oportunidad y la necesidad del teatro en la sociedad contemporánea. ¿Qué significa el viejo rito en una comunidad digital que elimina a los intermediarios, convierte a los consumidores en creadores y dota de portabilidad a las experiencias? Casi siempre que se responde a esta pregunta se hace en términos de nostalgia: el teatro, dicen, o decimos, mantiene una cierta conexión directa con el acontecimiento primigenio, inviolado, mientras que el trueque digital mercadea únicamente con las traducciones idealistas del mismo. En términos por tanto arrebatadamente platónicos, el teatro constituye una isla dentro de los códigos culturales por cuanto mantiene, aún, ciertos elementos de autenticidad en su relación con el espectador / creador. Su resistencia a los formatos digitales se traduce en la permanencia de la liturgia. Y los pocos espectadores que aún quedan acuden esporádicamente al teatro en busca de este maná tangible. Tengo que admitir, sin embargo, que cada vez soy más escéptico respecto a la sacralización de la liturgia: por mucho que haya que ir a verlo, si el teatro dejara de ser necesario en algún momento, desaparecería sin más. Hay todo un discurso brechtiano sobre este asunto que da por sentada la existencia del teatro pase lo que pase, a cuenta de la presunta naturaleza política del ser humano, que habría que ir superando: si queremos teatro, habrá que ganárselo. Creo que, más allá de los ritos, la idea de D’Odorico es más sencilla y, por tanto, más efectiva. El teatro proporciona felicidad, y es esto lo que lo convierte en un bien de primera necesidad. Cuando Voltaire afirmaba que quienes condenan el teatro son enemigos del país, se refería no tanto a la calidad de la escena como depositaria de una tradición milenaria sino a su capacidad para proporcionar felicidad, incluso desde la más abultada tragedia (Freud dijo lo que tuvo que decir al respecto, pero me parece más pertinente para estos tiempos la exégesis nietzscheana). Y es este valor el que le hace merecedor de una cierta consideración entre las artes. Bien pensado, el actual Gobierno de España ha dirigido todas sus empresas a hacer más infelices a las personas a costa de mantener a salvo el sistema; así que resulta lógico que su empeño en destruir el teatro español (no hay otra explicación posible a su política más que este empeño, a costa incluso de la pérdida de ingresos en las arcas públicas) forme parte de la misma estrategia. Recuerdo, por cierto, que Rajoy apeló a la Constitución de EEUU nada más asumir la Presidencia y prometió trabajar por la felicidad de los españoles. Como productor teatral, bien sabía D’Odorico que ésta tendría que ganársela cada uno partiéndose la cara lo que hiciera falta.


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