Rodrigo García: un realismo posible

Pablo Bujalance | 4 de junio de 2015 a las 5:00

'Gólgota Picnic', en su estreno en el María Guerrero en 2011.

‘Gólgota Picnic’, en su estreno en el María Guerrero en 2011.

El éxito de Cenizas escogidas (2009) ha movido a la editorial La Uña Rota a servir en otro volumen una nueva remesa de obras teatrales de Rodrigo García (Buenos Aires, 1964). Barullo. Un libro dodecafónico, recientemente puesto en circulación, reúne las tres obras de García estrenadas desde 2009, las tres esenciales en la consolidación del autor como figura imprescindible de la escena europea: Muerte y reencarnación en un cowboy , estrenada en 2009 en el Theâtre Nacional de Bretagne, en Rennes; Gólgota Picnic, estrenada en enero de 2011 en el Teatro María Guerrero de Madrid (y mi favorita del conjunto, por razones que luego apuntaremos); y Daisy, estrenada en septiembre de 2013 en el Theâtre des Haras d’Annency y representada hace sólo unos días en el madrileño Festival de Otoño a Primavera. El Rodrigo García de estas obras es por tanto el artista coronado, el creador reconocido, el flamante responsable del Centro Dramático Nacional de Montpellier, el que se prodiga ahora a su antojo en la marginalidad aunque con el aplauso de los adalides de una postmodernidad de la que el propio García se ríe, con abundancia, en sus trabajos. Eso sí, el volumen se completa con una miscelánea mucho más amplia y extendida en el tiempo, con piezas de calado bernhardiano como Protegedme de lo que deseo (que nos devuelve al Rodrigo García de la Sala Cuarta Pared, en un germinal 1997), la aproximación a Luigi Nono en La selva es joven y está llena de vida (2012), la elegíaca pieza para radio Stefano Scodanibbio (2013) y conferencias, apuntes, fragmentos y poemas que conforman, ciertamente, un barullo no tanto exento de armonía como conformador de un paisaje donde toda armonía es posible. No estoy seguro de que el texto sea el mejor modo de acercarse a la obra de Rodrigo García, quien se reivindica como autor clásico en el sentido de autor de texto aunque, y tal vez precisamente por esto, sus versos ahondan en la condición efímera de la literatura dramática con una ambición notable de excrecencia. Quienes, sin embargo, no habitan los reinos capitalinos y consideran improbable la asistencia a las funciones de sus obras, salvo alguna excepción esporádica, tienen en Barullo un aliado inestimable. Que, además, claro, se lee como los buenos libros: con la conciencia dispuesta a hacerse preguntas.

En lo que al drama se refiere, Rodrigo García ha perfilado con el paso del tiempo, hasta alcanzar estados ciertamente reveladores, su personal aniquilación de las convenciones. Su literatura podría ser dramática o no serlo en absoluto; al cabo, esto es lo de menos, por cuanto lo verdaderamente importante es su condición poética, y cabe abrazar ya esta idea como fundacional. A menudo ha afirmado García que no existe el público sino el espectador, y en sus obras la pelea se establece, siempre, a título personal, lo que obliga a suscribir un orden necesariamente poético. En sus obras no hay personajes, sino presencias y ausencias; no hay escenografías, sino espacios; no hay acotaciones que guíen la acción, sino la consecución de un estado de ánimo mediante una arquitectura del lenguaje que se alza como ratonera. Rodrigo García deja a un lado la escena para alcanzar el teatro, y aquí se extrae la lección definitiva: todas las convenciones que el drama conserva aún, heredadas de los pactos burgueses del XIX, resultan eficaces para la representación del teatro pero no para la representación de la existencia. Y lo que a Rodrigo García le interesa es esto último, sin paliativos, entendida la existencia como salida a la arena para partirse la cara. El juego no está exento de matices lorquianos, pero no se trata de sacar el teatro a la calle sino de someter la existencia a observación en el preciso laboratorio que ofrece el teatro. García sigue en este sentido el Principio de Incertidumbre de Heisenberg: si la escena nos impide contemplar la existencia en plenitud al convertir la observación en afectación, lo mejor que se puede hacer es apartar la escena y dejar, tan sólo, el ojo desnudo. El resultado de todo esto es la asunción de un nuevo realismo, útil para este tiempo: un teatro a la medida del hombre contemporáneo, sometido a un discurso tan vasto y cambiante que no puede interpretar sus códigos, gobernado por instancias invisibles y con la rabia como único consuelo posible. Rodrigo García escribe para un tiempo en que ya no se puede decir nada: pero es en el teatro, aliviado de la convención de la escena, donde el lenguaje, apurado hasta las heces, es capaz aún de significar.

Las presencias / ausencias que pueblan los mundos de Rodrigo García son poderosas evocaciones humanas. Y lo son en la medida en que se presentan al lector / espectador como incompletas. En esto el teatro de García es hijo bastardo del de Beckett, y el mismo García cita a Schopenhauer con soltura, pero conviene no caer en la trampa: las construcciones humanas se revelan aquí incompletas (en lo físico, en lo espiritual, en lo ético: la general tendencia al daño, propio y ajeno, nace del diagnóstico de la tara, o más bien la explica) porque existe un modelo de humanidad plena: el hueco revela que ahí hubo antes un corazón, o que podría haberlo. Dentro de este tránsito cartesiano, el teatro de Rodrigo García se hace político, moral (que no moralista) y hasta místico, en cuanto la frustración viene generada por una idea superior de perfección. En su brutal crítica al capitalismo, Gólgota Picnic, y con permiso de los hermanos Strugatski, es precisamente esto: la llamada de atención sobre el hecho de que si el reinado del dinero parece una idea aberrante es porque late la querencia a considerar natural una situación distinta. Si el dinero ocupa el centro de la existencia, algún remoto agujero cobija el anhelo de que sea el hombre el morador de este núcleo. Lo mejor de todo esto es la manera en que el teatro de Rodrigo García viene a llamar las cosas por su nombre. Tan necesario o más seguirá siendo en el futuro.

  • Alejandro

    Me lo llevo. Una maravilla de Autor, que pese a ser Argentino, lo tuvimos aquí pero lo dejamos marchar. Ahora Dirige el Centro Dramático de Montpelier. Qué listos son los franceses para la cutura. Meten una rata en su oficina para triunfar. Una pena no disfrutarlo quí nada más que por sus textos


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