El sospechoso ingrediente

Pablo Bujalance | 26 de noviembre de 2015 a las 5:00

 

Lindsay Kemp y David Bowie, en el 72.

Lindsay Kemp y David Bowie, en el 72.

En cierta ocasión, hace ya algunos años, tuve ocasión de entrevistar a Lindsay Kemp y me contó que para él no resultaba muy distinto montar una ópera de Purcell de hacer lo propio con la gira del Ziggy Stardust de David Bowie en el 72. Desde el balanceo hipersexual de Elvis Presley, el rock ha tirado de puesta en escena para ser aún más atractivo sin perder un ápice de su esencia rebelde y a prueba de bien pensantes, o así debería haber sido. En ocasiones, también lo ha hecho para redimirse, o incluso para pretender ser lo que no era (ejemplos los hay a miles). Pero, aun así, los resultados han sido plenamente satisfactorios cuando el rock ha decidido establecer un diálogo serio con el teatro a través de la comunión de creadores. El mismo Bowie fue pionero en este sentido con Ziggy Stardust: la puesta en escena ya era una cuestión harto extendida en el rock, el género de la ópera-rock ya había dejado para la historia sus más memorables highlights (aunque, en esencia, no hay nada más contrario al rock que una ópera-rock) y para el 72 mucha gente había hecho las cosas más extrañas encima de un escenario con la excusa de un concierto; pero fue Bowie quien entendió que el ejercicio dramático podía añadir a la ejecución musical en directo una espontaneidad distinta y un reinado majestuoso de lo imprevisible. El mismo Lindsay Kemp comparecía junto al Camaleón con su mímica feroz y lograba así que cada concierto resultase memorablemente único e irrepetible. Ya por aquel entonces Lou Reed jugaba a buscarse la vena con el cable del micrófono para simular sus chutes y Peter Gabriel salía a cantar enfundado en aberrantes máscaras (práctica que sus compañeros en Genesis detestaban profundamente; por cierto, Gabriel firmó otra colaboración muy reveladora con otro teatrero de pro, Robert Lepage, para sus giras de Secret World -1992- y Growing Up -2002-, con resultados espléndidos ). En España, hubo que esperar a los 80 (bueno, finales de los 70) para ver a Aviador Dro armando su marimorena. Pero insisto, fue Bowie quien abrió una puerta por la que pocos han transitado después. Cuando Pink Floyd quiso llegar más lejos que nadie con The Wall en 1979 en realidad se estaba alejando del teatro con pasos de gigante. El propio Roger Waters fue más honesto cuando, en su reciente recuperación del espectáculo, sustituyó la parafernalia por proyecciones en 3D.

Imagino que, de todas formas, el rock perdió la oportunidad definitiva de hacerse teatro cuando The Beatles decidieron dejar de dar conciertos a mediados de los 60, abrumados por las amenazas. La deliciosa locura que es The Magical Mistery Tour es la evocación más clara del teatro que pudieron haber parido los de Liverpool. Después, claro, resultaba difícil competir con los ataques epilépticos de Ian Curtis. Aunque fue el indie el que acabó con el teatro (además de acabar con el rock) con su actitud shoegazing y su rollo yo no he sido. Y, para ser honestos, el mismo mundo del rock no ha dejado de ver el teatro, salvo algunas honrosas excepciones aquí señaladas, como un ingrediente sospechoso en la manzana. Por más que un servidor afirme que el rock lo inventó Shakespeare con Tito Andrónico. Pero esa es otra historia.

  • Sergio

    Estimado Pablo: Pareces obviar (o desconocer) que, por ejemplo, antes de Bowie y su “Ziggy Stardust” o Lou Reed y su era “Blue Mask”, estaba Alice Cooper. Él sí fue el pionero del rock teatral en su más amplio sentido de la palabra (no únicamente usando ‘atrezzo’ o algunos detalles escénicos, sino interpretando lo que las letras de sus canciones narraban); ya entre 1968 y 1969 la banda realizaban actos de corte teatral en sus directos.

    No te preocupes, ese detalle de “marginar” a Cooper es un defecto casi nato en la mayoría de los críticos musicales españoles que se ha perpetuado desde los setenta hasta la actualidad; de sobra es sabido la “fobia” que muchos de estos comentaristas musicales han tenido (o siguen teniendo) hacia Alice Cooper (quizás nunca le perdonasen que no fuese tan “intelectual” como Bowie o Reed, y se limitase, únicamente, a entretener al pesonal con un espectáculo “grandguignolesco” con puro rock’n’roll como trasfondo (y, por cierto,con mucha calidad musical, todo hay que decirlo). Pero al César, lo que es del César… Y a Bowie, bueno, pues mucha salud en su (triste y anticipada) jubilación.

    Por cierto, Alice Cooper sigue (a día mismo de hoy) de gira, con 67 años, en plena forma, y llenando conciertos (en algunas ocasiones con el consabido cartel “entradas agotadas”). No sé lo que opinarán actualmente un par de críticos españoles de los 70/80 que tachaban a Alice Cooper como un mero producto de la industria discográfica (bueno, la opinión actual de uno de los mencionados la conozco y ahora dice lo contrario: que Cooper es un genio. Lo mismo dice de gente como New York Dolls o MC-5).

    Saludos.