El presente ajeno

Pablo Bujalance | 31 de marzo de 2016 a las 5:00

'El alcalde de Zalamea': garantía de éxito.

‘El alcalde de Zalamea': garantía de éxito.

Como es habitual, el listado de finalistas para la próxima edición de los Premios Max resulta incontestable. Todo el teatro que ha quedado seleccionado aquí es de categoría y poco hay que discutir al respecto; uno siempre echa de menos un poco más de presencia andaluza, que además en esta ocasión ha sido especialmente escasa, pero en fin, si a la calidad nos remitimos hay que darlo por bueno sin remedio. Sin embargo, echando un vistazo al listado en cuestión, se me venían a la cabeza algunos ruegos y preguntas, señales seguramente sintomáticas, o quizá no más que ganas de perder el tiempo. El asunto es que repasando la lista de afortunados por arriba y por abajo me pregunté: ¿Soy yo, o el teatro español es cada vez más conservador? Y habrá que explicarse, claro. Es posible, no lo descarto, que el panorama escénico aquí dibujado sea en un alto porcentaje proclive a la izquierda, o al menos a una cierta izquierda que puede verse reflejada o que, al menos, se siente aludida por lo que aquí se cuenta. Una obra como La piedra oscura, por ejemplo, debería gustarle a todo el mundo, pero resulta fácil prever que, en un principio, va a ser el sector más sensibilizado con lo que se ha venido a llamar memoria histórica el que primero se preste a disfrutar el espectáculo, mientras que quienes insisten en que no hay que remover nada para que todo siga igual (incluidas las cunetas) van a preferir, a priori, otra opción de la cartelera. En realidad, tampoco hay excesivos títulos que inviten a desconfiar a los comulgantes de la derecha: incluso una obra como El señor Ye ama a los dragones, original de sobra en su planteamiento y en su desarrollo, parece cuidarse de establecer criterios políticos o ideológicos que pudieran espantar a los espectadores más, digamos, reaccionarios. Pero bueno, aún así concedamos a todo este lío el beneplácito de la duda y convengamos en que, tal vez, haya una mayor inclinación a dejar contentos a los socialdemócratas de índole más, ejem, abierta, tolerante y flexible. Sin embargo, esta cuestión no resta sombras a la duda sobre el conservadurismo del teatro español. Y no lo hace porque las propuestas escogidas en la terna revelan escasa o nula raigambre en el presente: la intención de afectar en este sentido es, más bien, discreta; pero la de sentar unas posibles bases para actuar, a partir de la adquisición plena de la conciencia de ciudadanía (para esto, creo, también servía el teatro), es ya cuanto menos remota. Algo de todo esto hay, es cierto, pero de manera muy tangencial; a ver, es cierto que los montajes de clásicos como El alcalde de Zalamea, la trilogía Antígona / Edipo Rey / Medea y Los hermanos Karamazov siempre van a apelar al espectador respecto a su posición y responsabilidad hacia la sociedad. Pero no se perciben especiales ganas de hacer esto mismo llamando a las cosas de hoy por su nombre. Y en este sentido quizá sí podemos concluir que el teatro español de hoy es, con perdón, conservador. Al menos, en lo que a los candidatos al Max se refiere.

Espero que se me entienda: entre los posicionados a llevarse la manzanita, insisto, hay obras magníficas y algunas directamente maravillosas. Ahí están Reikiavik, Nosotros no nos mataremos con pistolas, Libertino y 40 años de paz, por poner algunas, además de las citadas. Pero parece que en los últimos años el teatro político, o el más abiertamente político, dado que seguramente no existe un teatro apolítico, se ha conformado con subrayar su cariz más periodístico, especialmente a la hora de reproducir juicios de reciente polémica, como sucedió en Ruz-Bárcenas y El pan y la sal (Andrés Lima parece haberle cogido el gustillo y ya tiene a punto de caramelo El jurado), experiencias reveladoras pero al cabo parecidas a la lectura de una crónica de El País. Y esta vertiente no ha contribuido a hacer del presente una cuestión menos ajena en el teatro español, en gran medida porque el uso del teatro como instrumento para analizar, remover, excitar y poner en marcha en cuanto a su posible capacidad movilizadora aún ha permanecido ajeno a los asuntos más calientes y problemáticos de este presente. Y me refiero a un país con una desigualdad social cada vez mayor, sometido a tensiones insostenibles, con la traición política convertida en moneda de cambio en todas las orillas, en el que el fantasma del terrorismo ha vuelto a despertar con una violencia atroz y en el que la sensación de inseguridad es brutal, por no hablar de la más que tibia posición de España ante la crisis de refugiados. Seguramente, claro, todas estas cuestiones requerirán más poso y mayor paciencia (¿Cuánto tiempo llevan los refugiados sirios llamando a la puerta? ¿Qué pasó con los desahuciados?). Pero en el teatro francés y el teatro inglés no parecen pensárselo tanto (incluso para plantar a Shakespeare, otro clásico, en el ya desmantelado campamento de refugiados de Calais; he aquí la diferencia). Es tan feroz el presente y tan mínima la atención que, en comparación, se le presta desde la escena, herida de memoria fría pero caminante de puntillas por las brasas, que, diantre, mi sospecha lleva todas las papeletas para que haya que tildar al teatro español de fabuloso, precioso, conmovedor, bien hecho y mejor producido, pero un pelín, al menos un pelín, conservador. Salvo, claro, que Angélica Liddell diga lo contrario. ¿Es esto bueno? ¿Es malo? El tiempo lo dirá. Cuidado: no acuso la ausencia de un teatro a la carta, servido a la medida del telediario, ni nada parecido. Sí algo tal vez más complejo: un teatro que invite a los espectadores a reconocerse como hombres. Y a actuar, pensar y sentir como tales. Posiblemente, el mero hecho de que la gente siga yendo al teatro ya es un éxito en este sentido. Y habrá que felicitarse por ello.

Es curioso, pero quienes gustan de comparar el cine y el teatro como si de adversarios se tratasen se complacerán (o todo lo contrario) al advertir que el séptimo arte parece más decidido últimamente en esta coyuntura. A una película como Techo y comida me remito. Y eso que el teatro parte con ventaja al traer la experiencia netamente humana ya incorporada. Todo esto serán imaginaciones mías, pero, si de hacer autocrítica se trata, a lo mejor al teatro español contemporáneo, que (lo diré una vez más) es buenísimo, le sobra un poquito de complacencia, de pose estética y de petulancia y le falta otro poquito de rabia. Casi da pena que las predicciones al respecto que en su día dictó Alfonso Sastre (borren eso, vayamos a tener problemas) se cumplan al dedillo. En realidad, nada de esto importa. No hubo teatro más conservador que el del Siglo de Oro, plegado a la Contrarreforma, y ya ven. Habrá que seguir yendo, no obstante. Vaya a ser que un día alguien nos dé una sorpresa.


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