La crítica: razón y utilidad

Pablo Bujalance | 9 de junio de 2016 a las 5:00

Hace un par de días participé en un encuentro organizado por la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía (Aresan), celebrado en la Escuela de Arte Dramático de Sevilla (donde Alfonso Zurro ejerció de brillante anfitrión), en el que nos reunimos miembros de diversas compañías de la comunidad, periodistas y profesionales de la comunicación vinculados al teatro y la danza. Se habló largo y tendido de la visibilidad de las artes escénicas en los medios, con todas las carencias y oportunidades al respecto, hasta definir las cuestiones más urgentes sobre las que habrá que seguir debatiendo en futuras y necesarias ocasiones. De entre todas las aproximaciones que los medios, y especialmente la prensa, prestan a las actividades relacionadas con la escena, salió, claro, una especialmente peliaguda: la de la crítica. Con sus luces y sus sombras. Los artistas de las compañías presentes coincidían al afirmar que una buena crítica constituye siempre un escaparate idóneo para una producción, aunque no necesariamente el elogio del crítico se traduzca en más espectadores (más bien, curiosamente, las ocasiones en que sucede lo contrario no son extrañas). Pero en lo que sí convino todo el mundo es en la idea de que la crítica es, o debe ser, un ejercicio responsable. Un profesional del teatro ya de cierta veteranía, al que admiro especialmente, contó que durante no pocos años la crítica teatral hecha en Andalucía parecía dirigida a denigrar y ridiculizar el teatro andaluz, y que de aquellos barros tenemos estos lodos. Añadió igualmente que la crítica debería contribuir a respaldar y proteger el teatro andaluz, al igual que sucede en otros territorios como, y así lo señaló, Madrid. Me pareció que en tales argumentos había material de sobra para celebrar otro debate que, lamentablemente, no podía tener cabida en aquél. Pero un servidor, que lleva ya doce años escribiendo crítica de teatro y danza, con lo bueno y lo malo que esto supone, se dispone a aprovechar el espacio que brinda El diario de Próspero para apuntar otros contenidos posibles a este debate pendiente.

Todavía me preguntan algunos si creo que la crítica vale para algo o no. Y siempre respondo lo mismo: la crítica, y especialmente la crítica de teatro, no vale absolutamente para nada. La crítica no es una evaluación de las calidades de un montaje a partir de determinados registros, porque si fuera esto todos los críticos escribirían lo mismo después de una misma función y la unanimidad es un asunto bien raro en estos términos. La crítica no sirve para promocionar, apoyar, proyectar ni proteger a una compañía, una producción, un artista o una posible marca (la información periodística tampoco, pero ésa es harina de otro costal); ni, en sentido contrario, para dañar o castigar a los artífices de la obra criticada. La crítica no es un dictamen, ni un valor definitivo, ni un azote ni una loa; tal vez lo fuera en otros tiempos, ya afortunadamente pasados, en los que los críticos tenían por costumbre pontificar y lo que escribían iba a misa. Ahora, gracias a la intervención de las redes sociales y la digitalización de los procesos, el crítico y su artículo se convierten igualmente en objetos sometidos a crítica. La crítica es una cuestión política; y escribirla, un ejercicio político. Su primer depositario no es la compañía que representa tal o cual obra, sino el ciudadano, haya visto la misma obra o no. El sentido de la crítica teatral radica en el hecho de que el teatro es un bien importante, no para las compañías, ni siquiera para el público, sino para la sociedad a la que el crítico se dirige. En un contexto en que las artes y la cultura son poderosamente dependientes del sector público, la crítica no es útil, insisto, pero sí necesaria; aunque si esta dependencia no existiera la necesidad sería exactamente la misma, porque el teatro no se hace (o no debe hacerse) para quienes lo hacen, ni para el público que habitualmente va a verlo, sino para todo el mundo. Siempre. La crítica es la conexión, si se quiere, del teatro con la sociedad a la que el mismo teatro también se dirige (o debería dirigirse). Es un puente, un eco, una resonancia que convierte a la escena en un ámbito verdaderamente público, de todos, independientemente de quienes acudan a las salas; de ahí la naturaleza inevitablemente política de la crítica. A menudo se piensa que las críticas interesan sólo a las compañías y a los espectadores, pero la responsabilidad del crítico, ésta sí, es que lo que escribe afecte al mayor número posible de lectores. Sin este ejercicio, el teatro terminaría convertido en una especie de secta (alguna vez, de hecho, a lo largo de su historia, fue tal; y no de manera precisamente feliz), de reunión ateneísta para ególatras autosatisfechos. Y el teatro que necesitamos es justamente lo contrario.

Es cierto que un sentido de la crítica mal alumbrado y peor practicado contribuyó, de manera injusta, a reforzar el prejuicio contra el teatro andaluz que ya cundía de manera natural en la misma Andalucía. Sin embargo, respecto a lo que sucede en Madrid (donde, por cierto, la labor de los críticos es cada vez más limitada por una evidente carencia de efectivos: la mayor parte de la oferta escénica se queda allí sin correlato crítico, según me cuentan no pocas compañías afincadas en Madrid; y esto viene a alimentar la misma tragedia), forma ya parte de cierta triste costumbre el hecho de encontrar en gira montajes que tras su estreno en la capital han sido aclamados, jaleados y consagrados por cierta crítica influyente y respetada pero demasiado proclive, parece, a la satisfacción; y que, al verlos después fuera de casa, le llevan a uno a sentir cómo el alma se le cae a los pies sin remedio. Dado que el teatro anda tan mal, lo mejor, según algunos, será hablar de él bien siempre. Y me pregunto si ésta es la solución idónea para el teatro andaluz. Mi conclusión es que no: lo que necesitamos es más y mejores críticos, que ofrezcan una mirada nueva, dotados y capaces, con voz propia, con el rigor intelectual preciso y el amor al teatro suficiente. Corresponde hoy pensar el teatro como arma política porque el teatro es de todos. Incluido ese 95% de la población que dice ir no más de una vez al año. No es poco lo que hay en juego. La cuestión será merecerlo o no.


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