Hacer / mostrar

Pablo Bujalance | 1 de diciembre de 2016 a las 5:00

La dotación presupuestaria de la Junta de Andalucía para las artes escénicas correspondiente a 2017 debe ser interpretada, en principio, en clave positiva. Las ayudas al sector se establecen en 1,3 millones de euros, lo que implica un aumento del 30% respecto a la partida aprobada para 2016 (990.000 euros). Diversos colectivos y profesionales del sector no han tardado en calificar esta inversión como insuficiente para las necesidades reales de las compañías, salas y demás agentes del teatro y la danza en la comunidad, pero, como dirían en mi pueblo, menos pringue da una berenjena. Si llegan más ayudas cabe esperar, a priori, más y mejores proyectos que tengan una vida más larga. El problema es que, a menudo, lo que las compañías necesitan no es tanto un desembolso presupuestario mayor sino una política cultural más afinada. De poco servirá un aumento de los recursos (incluso, aunque sean bienvenidos) si no se mejoran los criterios por los que el desembolso termina traduciéndose en fenómenos concretos. Si se observa el modo en que la Consejería de Cultura tiene previsto distribuir estos 1,3 millones, se advierte que las políticas son, esencialmente, las de siempre: 48.000 euros para producción, 160.000 euros para distribución, 460.000 euros para salas, 140.000 euros para festivales y 60.000 euros para residencias. Sí, es más dinero. Pero también es más de lo mismo.

Llama la atención que la prometida Ley de las Artes Escénicas de Andalucía siga, por ahora, sin una dotación presupuestaria correspondiente, lo que mantiene la iniciativa en los estrictos márgenes del papel mojado: nos queda por delante otro año enterito de trámite, idas y venidas, sin la prometida normalización. Más allá de esta primera impresión, la cuestión se encuentra en el renovado abismo que se abre, otro año más, entre las ayudas a la producción y la distribución en una dirección que, sospecho, parte de una mala lectura de la situación. Un vistazo general del paisaje revela ya que, a pesar de la crisis y de la pérdida de espectadores, las compañías andaluzas no han dejado de producir. Es cierto que a menudo sus trabajos hacen en lo formal honor a la precariedad instalada en el sector, y que hoy hay que estar muy seguro o ser muy valiente para reunir un reparto de más de tres intérpretes sin tener las espaldas cubiertas; pero también lo es que el principal problema al que se enfrentan las compañías en la actualidad obedece a las enormes dificultades que entraña la distribución de sus trabajos, por muy portátiles y adaptables que sean. La tónica general es pródiga en espectáculos que mueren la misma noche del estreno, o como mucho algunas semanas después. Y por alguna razón que únicamente puede explicarse desde la desidia, hoy resulta más fácil a una compañía andaluza distribuir su producción fuera de Andalucía que dentro. La limitada aportación a los festivales, habituales trampolines para la distribución de espectáculos, tampoco contribuye que digamos a la construcción de eso que llaman tejido. El resultado es que seguimos manteniendo un modelo clientelista que se conforma con sacar proyectos adelante y luego no les confiere la estabilidad necesaria para perdurar, pero es la perdurabilidad, más que la producción, lo que genera más empleo en las artes escénicas. ¿Sería cuestión, entonces, de reducir las ayudas a la producción y aumentar las de la distribución? Tal vez; si se distribuyeran los recursos de manera que las compañías tuvieran garantizado un cable en el caso de que la taquilla no respondiera (lo que debería consignarse entre las ayudas a la distribución), es más que probable que las compañías pudiesen financiar sus propias producciones con menos miedo. Y para que responda la taquilla, ya se sabe, hay que convencer al público de que el teatro es necesario. Veamos: no, no hay inversión alguna para nada parecido a la divulgación de las artes escénicas, formación en las escuelas y demás bobadas. Y quizá esta es la pieza cuya ausencia más se echa en falta.

Pongamos que ha llegado el momento de mostrar más que de hacer. Esto también es una decisión política. Tomada desde la sensibilidad necesaria y un profundo conocimiento del sector. O debería serlo.


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