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“Se ha perdido la oportunidad de forjar en España una identidad cultural”

Pablo Bujalance | 17 de junio de 2015 a las 11:21

Recupero aquí esta entrevista con Blanca Portillo (Madrid, 1963) con motivo de la representación de El testamento de María en el Teatro Cervantes de Málaga:

 

¿Qué le ha permitido aprender un personaje como esta María a una actriz como usted, con tanto y tan diverso ya hecho?

–Muchas cosas. Desde el punto de vista profesional, esta obra me ha permitido trabajar por primera vez sola en escena, sin estar arropada por otros actores. Y ahí las sensaciones se multiplican porque percibes la crítica del público de manera directa, sin intermediarios; así que la responsabilidad es mucho mayor. En cuanto a lo personal, María es un personaje que deja una lección fundamental: en un momento dado le dan la oportunidad de pasar a la Historia, pero ella la rechaza. No quiere ese reconocimiento, no aspira a parecer una heroína, ni echa balones fuera. Tampoco quiere borrar lo que ha hecho mal. Lo asume todo hasta las últimas consecuencias.
¿En qué medida es esta María una construcción política, como arquetipo de individuo que toma posición ante la Historia?

–En una medida muy notable. La obra denuncia que la Historia nunca la escriben los protagonistas, sino gente que está fuera, que no ha vivido lo que está contando. La tergiversación se hace norma en este sentido, mientras que a los verdaderos protagonistas sólo les queda el olvido. María es la madre de un joven radical y esto le hace sentirse diferente. Su hijo llega a morir por defender sus ideales, y María, con toda la humildad del mundo, se pregunta si realmente merece la pena sostener una idea hasta el extremo de pagarlo con la vida.
Lo que habla de la tergiversación de la Historia reviste una clara lectura en el presente, aunque hoy todo se escribe y se consume a una velocidad mucho mayor.

–Así es. No hay más que ver cómo una misma noticia se cuenta de maneras tan distintas en diferentes periódicos, en virtud de los intereses que haya en juego. María ve cómo gente que ni siquiera conoció a su hijo se atreve a contar su vida cambiando lo que consideran conveniente a sus intereses. Y esto le produce mucho dolor.
–Sus trabajos como directora, en obras como La avería y Don JuanTenorio, son especialmente contundentes. Cuando interpreta como actriz para otros directores, ¿le cuesta mantener callada a la Blanca Portillo directora?

–No, llevo eso bastante bien. Digamos que la Portillo actriz y la directora viven en pisos distintos y no se molestan la una a la otra. No siento ninguna especie de tentación de dirigir cuando estoy en manos de otro; al contrario, es una experiencia que me encanta, me gusta contribuir a que el director encuentre justo lo que andaba buscando. No te negaré que si yo hubiera dirigido El testamento de María el resultado habría sido distinto, pero el trabajo de Agustí Villaronga ha sido desde luego estupendo, y he disfrutado mucho compartiendo con él así esta experiencia.
–Villaronga procede del cine, un medio que a usted no le resulta precisamente ajeno. ¿Les facilitó compartir esto una mayor complicidad en los ensayos?                                                                

–Sí, así es. Algunas cosas en El testamento de María son muy cinematográficas, y para montarla Agustí ha pensado mucho en imágenes. Él aceptó dirigir esta obra con mucha humildad y, dado que yo llevo treinta años metida en el teatro, no dudaba en consultarme muchas cuestiones. Pero sí, eso que dices de la complicidad es cierto. En la obra, por hay ejemplo, hay muchos flashbacks, y al trabajar con ellos nos entendíamos perfectamente gracias al cine, cada uno sabía lo que quería decir el otro de manera intuitiva.

–Algunos actores que han trabajado a sus órdenes aseguran que es usted muy exigente. ¿Se debe esto a que la actriz a la que más exige es usted misma?

–Es verdad que soy muy exigente cuando trabajo, pero es que entiendo que para dedicarte a estos tienes que traspasar ciertas líneas. Nunca me quedo con lo primero que me da un actor porque esto, generalmente, nunca es lo mejor que ese actor puede dar de sí. Hay que rebuscar, indagar, probar mucho, no conformarse nunca. Me gusta trabajar con mis actores en las antípodas, llevarlos al extremo opuesto de lo que hacen, porque eso es algo que me gusta probar a mí. Si lo último que he hecho es una comedia, lo que me apetece es hacer una tragedia.Si he hecho de buena, ahora quiero hacer de mala. Esa querencia a lo contrario alimenta el oficio del actor.
–Su intervención en la reciente gala de los Premios Max fue especialmente sonada. ¿No le parece que existe el peligro de que, más allá de una carga fiscal excesiva, el teatro se haya acomodado en la marginalidad e insista en resistir cuando, tal vez, habría que pasar ya a la acción?

–Tengo desde hace tiempo la sensación de que en el teatro español conviven dos mundos: el creativo y el de la industria. El primero atraviesa uno de sus mejores momentos, en los últimos años han aparecido nuevos autores, gente joven con ganas de decir muchas cosas; y también surgen nuevas formas de practicar el oficio, hay menos parcelas. Quien hace de director también se mete a actor o a productor, la gente se une más allá de los límites de las compañías y se ponen en marcha proyectos interesantes. Lo de la industria es bastante más complicado. Hay cosas que habría que mejorar, desde luego, pero para mí una de las mayores garantías se encuentra en el público.A pesar de que hayan cerrado muchos teatros, el público sigue yendo. Y además, a este público ya no le vale un jijijajá ni una escenografía para salir del paso. Precisamente porque hay menos recursos, se ha vuelto más exigente. Al final, el teatro forma parte de la cultura y la educación. No se puede entender una cosa sin las otras dos. Y, al igual que la educación, el Estado tiene la responsabilidad de proteger la cultura. Y no hablo de pagarlo todo, ni de dar muchas subvenciones, porque al final siempre se habla del teatro como de un medio subvencionado y de sus artistas como de unos pedigüeños, por más que haya otros sectores mucho más subvencionados; no, hablo de una protección desde la educación, de enseñar e inculcar desde la infancia la idea de que el teatro es importante.
–Lo curioso es que se ha producido un desmantelamiento de las enseñanzas artísticas y de las humanidades paralelo a la destrucción del teatro como sector productivo. ¿Es mera coincidencia?

–No, seguramente no. Lo peor es que se ha perdido la oportunidad de forjar en España una identidad cultural, algo que tendría que hacerse también desde la política.La identidad se sostiene en términos de rentabilidad porque, si entraran en juego valores culturales, se correría el riesgo de crear ciudadanos pensantes. La gente debería saber que cuando se sube el IVA al 21% muchos ciudadanos que viven en municipios pequeños pierden, directamente, el derecho a ir al teatro porque los Ayuntamientos no pueden programar. Y esto se debe a que no hay una identidad cultural, a que se sigue pensando en toros, faralaes y tópicos cuando se menciona el término cultura. Como si lo demás no importara en absoluto. Pero necesitamos otra cosa. Hay mucho en juego.

La escena como lienzo

Pablo Bujalance | 7 de mayo de 2015 a las 5:00

Amat, en pleno delirio creativo para 'El Público' (1986).

Amat, en pleno delirio creativo para ‘El Público’ (1986).

El testamento de María, penúltima reválida de eso que llaman el gran teatro español, se representa la semana que viene (15 y 16 de mayo) en el Teatro Central de Sevilla y el mes próximo (19 y 20 de junio) en el Teatro Cervantes de Málaga. Motivos de sobra hay para escoger a la hora de optar por esta función: la siempre estimulante presencia de Blanca Portillo en escena, el texto de Colm Tóibín basado en su propia novela (facilón, aunque al menos determinante en su intención de hacer preguntas sobre los primeros promulgadores del mensaje de Jesús de Nazaret) y la dirección de Agustí Villaronga, más conocido por su solvente rigor cinematográfico (del que dio buena cuenta en la hermosa y turbadora Pa negre). Un servidor, sin embargo, repara en que la escenografía viene firmada por Frederic Amat; y entonces sí que alienta cierta urgencia en ir a ver el montaje. Por más que uno ya sepa de antemano lo que le van a contar, cabe esperar que al menos la producción (en la que participan el Centro Dramático Nacional, el Festival Grec y el Teatre Lliure) excite, aún a estas alturas, ciertos sabores estéticos que seguramente andan por ahí dormidos.

Entregado a la escultura, la pintura, la cerámica, el cine y cualquier medio que se le ponga a mano, Amat (Barcelona, 1952) representa también, en gran medida, todo lo que el teatro español pudo haber sido y no fue: un feroz objeto rebosante de significados contemporáneos, adscrito a los mimbres plásticos con igual vehemencia que a los dramáticos. Un cosmos dirigido a la experiencia, a la perpetuidad del momento. Un animal que sacia el alma, también, a través de los ojos. Basta, para comprobarlo, asomarse a su trayectoria, especialmente los trabajos realizados para Lluís Pasqual, como el fundacional Esperando a Godot que se estrenó en 1999 en el Lliure (verdadero gesto de reconciliación del teatro español con Beckett) y la legendaria visitación lorquiana a El Público estrenada en 1986 en Milán con la colaboración del CDN. Por no hablar del montaje de la ópera de Cocteau y Stravinsky Oedipus Rex estrenado en 2001, con la dirección musical de Josep Pons y las coreografías de Cesc Gelabert, para quien ha diseñado otras reveladoras escenografías.

Claro que en el último medio siglo el teatro español ha contado con no pocos fabulosos escenógrafos. Pero Frederic Amat a ejercido, en demasiadas ocasiones, de lobo estepario, y su escuela no ha sido debidamente correspondiente. Entre las muchas cuentas pendientes del teatro español, queda la de una mayor conexión con los artistas plásticos de su tiempo, en términos de aprovechamiento, inspiración mutua y espacios compartidos. Si los vínculos hubiesen sido más fluidos cuando correspondía, asistiríamos hoy a un teatro de mayor autoridad y presencia en Europa, seguramente más respetado por la administración y más estudiado en términos patrimoniales. Pocos creadores como Frederic Amat encarnan el camino a seguir con semejante entusiasmo.