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Albee: directo al drama

Pablo Bujalance | 13 de octubre de 2016 a las 5:00

Le debía unas líneas a Edward Albee, que murió el pasado 16 de septiembre en Montauk a los 88 años, aunque sólo sea porque le gustaban los gatos tanto como a mí. Se ha hablado largo y tendido del modo en que el dramaturgo endosó un poderoso directo en la mandíbula a la tradición del drama estadounidense que habían venido facturando Eugene O’Neill primero y Arthur Miller y Tennessee Williams después. Albee era sólo una década más joven que Miller y Williams, pero tal distancia resultaba suficiente, en todo caso, para acercarse al asunto desde un ángulo bien distinto. Otra idea ampliamente compartida es la de que nuestro hombre adoptó como plataforma de lanzamiento el fuego europeo de Beckett y Genet para darle leña desde ahí al mayor legado escénico estadounidense, pero me parece oportuno recordar una perogrullada: Albee no sólo fue un dramaturgo americano; también fue un dramaturgo muy americano, hasta las cejas, en cada ápice de su escritura. Más americano, si nos ponemos, que David Mamet. Y lo fue, precisamente, en la medida en que dinamitó los postulados teóricos del drama familiar hacia otro espectro social, el norteamericano de su tiempo, que, al contrario de lo que se le presupone a una civilización fuertemente tradicionalista (algo que la estadounidense no es, ni mucho menos, en su conjunto), se disponía a transformarse y mutarse a una velocidad de vértigo. Habitualmente se señala como primera cima de este KO a ¿Quién teme a Virginia Woolf?, que en 1961 plantó una seria parodia del mismo drama familiar que con tanta determinación había conquistado al público del cine y el teatro: las tempestades entre esposos, padres e hijos siempre dan buen juego, pero aquí Albee le da la vuelta al calcetín de manera magistral a base de silencios (lo que, por cierto, a menudo me lleva a comparar esta obra con Eleutheria, la primera de Samuel Beckett; es muy improbable que Albee la conociera, entre otras cosas porque el irlandés la mantuvo a buen recaudo hasta su muerte, pero los correlatos son formidables e interesantes). Y sí, es cierto; que el teatro americano debía ser sin remedio otra cosa en los 60 ya estaba cantado, pero en realidad el autor venía dando su directo al drama desde finales de los 50 y The Zoo Story, donde el efecto Vladimir / Estragón es todavía más visible de lo necesario (aunque inevitable: Godot se había estrenado en Londres sólo tres años antes) si bien la advertencia había quedado demostrada: Albee estaba dispuesto a cometer el mismo crimen en tiempo real con el teatro más autocomplaciente y acomodaticio como víctima. Y mantuvo este empeño hasta el final: fue un hombre de 74 años, con el Pulitzer ya en su haber y presuntamente todo demostrado, el que asestó la estocada definitiva en 2002 con La cabra o ¿Quién es Sylvia? (obra que el público español conoció ya dos años después gracias a la visión magistral de José María Pou). Ante semejante festín órfico y dionisíaco (e, insisto, terriblemente norteamericano), uno no podía dejar de preguntarse qué habría pensado O’Neill de aquel prestigioso arquitecto dispuesto a mandar al garete su matrimonio por una relación zoofílica con un rumiante. Escribí entonces, y hoy me reafirmo, que Albee abrazó su definitivo éxtasis asesino gracias a Shakespeare. El americano aprendió del inglés la manera de llevar a sus personajes a un viaje más allá de la cordura sin billete de vuelta haciéndolos parecer, siempre, rabiosamente humanos. Y si Albee exhalaba tanta verdad es porque, aun sin abandonar a sus gatos, estaba dispuesto a subir al mismo tren.

Albee hizo muchas locuras: amaba tanto la escena que adaptó para ella la novela por excelencia, la Lolita de Nabokov, veinte años después de la película de Kubrick, guiado por el celo en demostrar que el teatro sirve para contarlo todo. Recreó la tragedia de Federico García Lorca en una obra que apenas se ha conocido en España, y supo ser tan tierno como implacable en la (ésta sí) muy beckettiana Three tall women. Mi Albee preferido es, creo, A delicate balance (1966), obra publicada por Losada como Un delicado equilibrio: una verdadera pesadilla en la que sucede todo sin que se diga prácticamente nada, una poderosa lección respecto a la función real del plano textual en el teatro, por cuanto, si éste tiene aún sentido, lo tiene para no decir nada (Mario Gas dirigió un aplaudido montaje en el Teatre Lliure hace un lustro). En fin, sospecho que con Albee el teatro muere un poco, porque no llega a haber teatro del todo si no se comparte una verdadera experiencia de libertad mucho más allá de las palabras (a costa, incluso, de ellas), aunque sea desde la propia tiranía de la literatura dramática. Y de aquí deriva, tal vez, la verdadera lección del autor: sólo desde el texto teatral se puede demostrar que el texto teatral no sirve para nada (del mismo modo en que necesitamos un lenguaje para expresar que el lenguaje no sirve para expresar lo que queremos). Sin Albee se avecina, ay, un teatro más conservador y previsible. Queden sus obras en escena como testimonio ferviente del milagro.