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Lo que ocurre dentro

Pablo Bujalance | 24 de febrero de 2013 a las 19:02

Cuando escribí la crítica de ‘Lo que ocurre dentro’, la obra escrita y dirigida por Sergio Rubio y protagonizada por Javier Parra y Alejandro Furundarena, cité a Beckett. Imagino que Beckett constituye un lugar común de la crítica contemporánea, como también lo es del teatro contemporáneo. Pero ahora que la pieza ha vuelto a representarse este fin de semana en la Sala Gades de Málaga, conviene dejar claro que lo que más me gusta de la misma no es que se parezca más o menos a ‘Esperando a Godot'; lo que me parece especialmente revelador es la construcción de sus personajes. Los dos tipos que esperan en el interior del coche, el único ámbito que se exhibe al espectador, se desenvuelven en la periferia: la verdadera protagonista es la mujer espiada, la que debe estar tras la ventana, la que no se ve. De ella no sabemos nada. Pero de los dos tipos que esperan tampoco se nos cuenta mucho más. Cierto, tampoco Beckett nos cuenta nada de Vladimir ni de Estragón, ni de Winnie, ni de Krapp, entidades vagas, fantasmagóricas, que ni siquiera pueden ser consideradas personajes salvo, tal vez, en su calidad de enfermas. Pero creo que precisamente ésta es la naturaleza que compete al personaje como criatura escénica. Lo más parecido al hueco. Al no ser.
Se ha hablado mucho, y se habla, (fue reeditado hace poco por la editorial Península) de ‘El espacio vacío’ de Peter Brook, la gran Biblia pedagógica de las artes escénicas. Confieso que no es lo que más me gusta de Peter Brook (me parecieron mucho más reveladoras e ilustrativas las entrevistas de Margaret Croyden, seguramente porque aquí no tenía el genio especial interés en demostrar nada), pero me resulta más interesante en la medida en que ese espacio vacío se traslada al personaje como elemento escénico. Si Stanislavski propugna una presencia del personaje ‘rellenada’ con la personalidad del actor, o viceversa, tal vez la clave sea la dirección contraria: el personaje teatral funciona mejor en cuanto se vacía de consideraciones y contenidos, mucho más si hablamos de argumentos psicológicos. Cualquier acontecimiento que suceda en ese paisaje saqueado resultará más verdad. Dicho de otro modo: lo más importante de Macbeth es lo que Shakespeare no nos revela de él. Pensemos en la página en blanco como el mejor texto teatral posible; de igual modo, la mejor obra será la que carezca de personajes. Siempre he pensado, de hecho, que la locura irrepresentable que es ‘El Rey Lear’ funciona como un objeto demencial porque no tiene personajes: todos están evocados, no presentes. El poeta chileno Nicanor Parra lo supo y lo subrayó en su maravillosa traducción. Y también Jonh Gielgud nos relata algo parecido en su libro ‘Interpretar a Shakespeare’.
‘Lo que ocurre dentro’ nació de un ‘work in progress’ desarrollado en Granada por Sergio Rubio y sus dos actores. Imagino aquella tarea como un enorme vaciado de convenciones e interpretaciones, en busca de una esencia cuyo resultado final, claro, es una incógnita. Hay algo maravillosamente dirigido a la raíz del hecho dramático en esta obra, una extracción del juego sin mayor preocupación que el mismo juego. Lo cierto es que la satisfacción que produce es suculenta, porque la invitación que se brinda al espectador a participar en el juego es jugosamente tentadora. Sucumbir es la opción más razonable.