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El pequeño teatro del mundo

Pablo Bujalance | 18 de julio de 2013 a las 12:44

Crítica de la representación de No hay burlas con el amor, de Pedro Calderón de la Barca, en el patio del Instituto Vicente Espinel (Gaona) de Málaga a cargo de la compañía Pata Teatro, el pasado 16 de julio. Dirección: Josemi Rodríguez. Adaptación: Macarena Pérez Bravo y Josemi Rodríguez. Reparto: Miguel Guardiola, Carlos Cuadros, Fernando Jiménez, Virginia Muñoz, Macarena Pérez Bravo, Norberto Rizzo.

Conviene agradecer a Pata Teatro su empeño en coronar los veranos con los clásicos del Siglo de Oro, no sólo por pelear con uñas y dientes la inclusión de semejante repertorio en el calendario local con determinación estable (este No hay burlas con el amor de Calderón, que podrá verse hasta el 8 de agosto, toma el relevo de El perro del hortelano de Lope, representado el verano pasado también con numerosas funciones); también por llevar el teatro a rincones hermosos e insospechados en cuanto a actividad escénica (el año pasado el centro de operaciones fue el patio la iglesia de San Julián, y en este 2013 el enclave escogido es otro patio idílico, el del Instituto Vicente Espinel, del siglo XVIII); pero, sobre todo, por ofrecer montajes inolvidables. A quienes disfrutaron el año pasado con El perro del hortelano cabe advertirles de que este Calderón sabe aún más rico. Aunque parezca imposible.

Lo que hay aquí es mucho teatro y del bueno, hecho con humildad artesana, querencia por lo pequeño como trasunto de lo mayor, atención a los detalles, respeto al público y adscripción a la regla menos es más; es decir, los ingredientes del mejor Siglo de Oro. La comedia es un juego, y los de Pata Teatro juegan. El escenario, presidido por un pozo y completado con una mesa y un par de macetas, es un juguete que por la disposición de los actores cobra funciones asombrosas, como la caja de zapatos que en las manos del niño se convierte en nave espacial. Josemi Rodríguez borda una puesta en escena eficaz, sin asomo de artificio, que da tanto a las relaciones de los personajes como a las direcciones en las que transcurre la acción su justa medida. Se respira una desnudez que exige la implicación del espectador a la hora de completar con su imaginación cada escena, pero es que exactamente eso es el Siglo de Oro: cuando en la comedia el público queda conquistado, entrega todas las cucharas. No me cabe duda de que a Calderón le habría gustado este juguete para una de sus más felices comedias.

Y es que para el mayor dramaturgo de nuestra lengua todo compartía una naturaleza teatral: la condición humana, la libertad, la teología y el amor. En todos estos órdenes se procede fingiendo lo que no se es, o tal vez lo que sí se es. Los personajes de No hay burlas con el amor deciden ser otro para aspirar a ser lo que desean, un mecanismo cuya óptima resolución requiere un reparto solvente, y el de Pata Teatro es de lujo. Miguel Guardiola dice el verso como los maestros que uno añora (su declaración a Beatriz fue saludada el martes con aplausos, como si hubiese cortado dos orejas), Carlos Cuadros se mete al respetable en el bolsillo, Fernando Jiménez da una lección de equilibrio, Virginia Muñoz demuestra ser la mejor actriz de comedia de su generación, Macarena Pérez hace parecer sencillo lo más difícil y Norberto Rizzo maneja con soltura sus registros para llenar la escena casi sin que se perciba su oficio. Háganme caso, pardiez, y no se lo pierdan.

La magnitud de lo real

Pablo Bujalance | 7 de abril de 2013 a las 22:52

La v ida es sueño

Crítica de la representación de La vida es sueño a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de Almería el 6 de abril de 2013. Dirección: Helena Pimenta. Texto: Pedro Calderón de la Barca. Versión: Juan Mayorga. Reparto: Blanca Portillo, Marta Poveda, Fernando Sansegundo, David Lorente, Rafa Castejón, Pepa Pedroche y Joaquín Notario, entre otros. Aforo: lleno.

Desde su estreno en el siglo XVII hasta nuestros días, La vida es sueño constituye un enigma sin resolución aparente, por más que sus funciones se cuenten por cientos dentro y fuera de España sólo en las últimas décadas. Hay, digamos, una tendencia a su permanencia en la programación en virtud de su carácter patrimonial, pero tanto quienes la suben a las tablas como quienes acuden a su representación actúan inevitablemente a ciegas. No es extraño: lo que sirve Calderón en bandeja es una incógnita sin atajos, seguramente la mayor y más importante de todas las preguntas, y cada individuo, sea cual sea la posición que ocupe en este reto, debe aportar, si quiere, la suya propia. Saludada por los surrealistas como referente, la obra ganó la admiración de Samuel Beckett (Esperando a Godot y Fin de partida son, de algún modo, prolongaciones naturales de la estética calderoniana), quien la consideró, junto a El Rey Lear, directamente irrepresentable. En el fondo, La vida es sueño es una lectura radical hasta el extremo del Mito de la caverna de Platón que impacta con ánimo precoz en la filosofía cartesiana. Y Beckett tenía razón en la medida en que, ya que se trabaja a ciegas, el único modo de hacerla es mediante el tanteo: retirando una ingente cantidad de material humano hasta alcanzar una médula desconocida.

Lo mejor del montaje de Helena Pimenta es, como suele ser habitual en su abrumadora trayectoria, el modo en que traslada esa incógnita a la escena como elemento que no se limita a complementar el texto, sino que aporta contenidos propios. En este caso, además, resulta sorprendente la manera en que a veces la escena arroja luz al misterio con más solvencia y autoridad que el mismo desarrollo de la acción: la sombra de Segismundo proyectada en los muros de su celda y una iluminación prodigiosa que subraya los contrastes entre el día y la noche, y que se filtra a bocajarro en los perpetuos espacios cerrados que prefiguró Calderón a través de puertas y ventanas erigidas en protagonistas, aportan ya cuanto puede ser dicho sobre la vigilia y el sueño, sobre la ilusión que lo uno es respecto a lo otro. Cierto, éste es un teatro hecho a tientas: pero por eso precisamente es más hermoso, más sensible, más puro sin ser exclusivo. En este tablero permanentemente evocado, que precisamente por eso destila con fuerza la magnitud de lo real, la composición de lugar está siempre cargada de intenciones: la acción abre huecos entre los personajes con una fluidez pasmosa y una continuidad nunca truncada. El ritmo, como corresponde al teatro clásico (y tan escaso es, sin embargo, el cumplimiento de esta norma en la actualidad), se apoya en la pródiga musicalidad del verso. El mejor halago que puede decirse del trabajo de Pimenta en este sentido es que el verso se termina olvidando ya en el primer acto: se da en una naturalidad meridiana, como si esta métrica formara parte del habla común de los hombres. Hay aquí, si se quiere, un reflejo más del binomio sueño / vigilia: en qué clase de mundo, inevitablemente soñado, cada palabra habría de ser dicha con semejante corazón en cada sílaba por todas las bocas. La música barroca interpretada en directo es un aliado de fortuna incontestable, porque el verso es música, y de nuevo el espectador encuentra otro camino para despejar la incógnita más allá del verbo.
La versión de Juan Mayorga contribuye con criterio a aportar fluidez al texto. Respeta la arquitectura esencial (algo que en La vida es sueño es muy, muy difícil, ya que los detalles son más elocuentes que la propia trama) y subraya aspectos que a menudo suelen pasar desapercibidos (la evidencia de que Segismundo actúa durante buena parte de la obra bajo los efectos de las drogas) a la vez que refuerza el papel de Clarín como gracioso con agradecida fortuna. En cuanto al reparto, Blanca Portillo compone ciertamente un Segismundo histórico, perfecta en el decir del verso, la dicción (tira constantemente de garganta para dotar de masculinidad a su voz, algo que muy pocos intérpretes del panorama actual español podrían llegar a imitar) y la posición (la evolución del personaje a partir de la postura de las piernas y la inclinación de la espalda durante las dos horas de función es magistral). Marta Poveda presenta, por el contrario, dificultades notorias para defender la claridad del verso y a menudo opta por compensarlo desde otros recursos interpretativos, lo que a veces se salda con éxito y otras con una excesiva tendencia a la sobreactuación a la hora de hacer creíble a Rosaura. El resto del elenco se mantiene a la altura de lo esperado, aunque cabría destacar a Pepa Pedroche (que ya compuso para Helena Pimenta una asombrosa Lady Macbeth) en su breve pero contudente recreación de Estrella.
La vida es sueño ha ganado así por derecho su continuidad escénica en el siglo XXI con uno de sus montajes más importantes. Lo malo es el altísimo techo comparativo que supone para quienes decidan, a partir de ahora, tomar el relevo.