Archivos para el tag ‘Compañía Nacional de Teatro Clásico’

Un patrimonio renovado

Pablo Bujalance | 1 de abril de 2014 a las 5:00

Diana Palazón, en 'La dama duende' según Miguel Narros.

Diana Palazón, en ‘La dama duende’ según Miguel Narros.

 

El diario de Próspero vuelve a abrir sus puertas a las Jornadas del Siglo de Oro de Almería. Y lo hace, ante todo, porque es una satisfacción poder hacerlo. La consecución de aquel Premio Max parece haber dado frutos y la edición actual, la trigésimo primera, que arrancó ya el mes pasado y continuará durante buena parte de abril, presenta una programación de calado, interesante en todos sus términos. Las Jornadas siguen siendo una de las mejores ocasiones de cuantas ofrece la actualidad cultural española para conocer a fondo el Siglo de Oro, lo que no es precisamente poco; y sí, todo apunta a que el fantasma de la extinción parece haber dado un respiro, lo que constituye (mantendremos los dedos cruzados, por si acaso) un motivo para la alegría. Ante todo, conviene subrayar que el certamen mantiene su carácter abierto, participativo, ofrecido a la ciudadanía como motor de conocimiento a través de la intervención directa, mediante talleres, encuentros con el público, (con protagonistas tan destacados como Pedro Víllora y Jesús Herrera) representaciones, proyecciones de cine, teatro de calle y demás atractivos; y es éste, precisamente, el rasgo más significativo de las Jornadas, el que las convierte en un evento cultural de primera magnitud. Durante un buen puñado de semanas, Almería y otros municipios de la provincia se transforman en virtud del Siglo de Oro. Y no se me ocurre otra razón más hermosa.

Este año, el programa académico, que arranca el próximo jueves 3 con un homenaje a Miguel Narros y se celebrará hasta el sábado 5, resulta especialmente recomendable, con conferencias sobre aspectos inéditos de autores como Calderón, Lope y Shakespeare, ponentes incontestables y una especial atención a la puesta en escena actual de los textos del Siglo de Oro (con una mirada pormenorizada a la adaptación, la producción y otros procesos). Resulta difícil encontrar jornadas comparables a nivel nacional, por su rigurosa selección de contenidos y su ambición pedagógica. En cuanto a las representaciones, por los escenarios del ciclo han pasado ya Chema Cardeña y Las rameras de Shakespeare y La dama boba de Lope a cargo de Espacio Imaginado; pero en los próximos días lo harán El coloquio de los perros de Cervantes según Els Joglars, La Estrella de Sevilla de Lope según Alfonso Zurro y el Teatro Clásico de Sevilla, La dama duende de Calderón según Miguel Narros (en el que es el último montaje del todavía tan recordado director), el delicioso Otro gran teatro del mundo que une a Uroc Teatro y la Compañía Nacional de Teatro Clásico para el público infantil y el Julio César de Shakespeare según Paco Azorín. Se echa en falta, no obstante, una mayor atención a los autores españoles menos promocionados del Siglo de Oro, tanto en el campo académico como en el de las representaciones. El modo más directo de abrir el programa a ese 80% del teatro de los siglos XVI y XVII que permanece desconocido para el gran público sería mediante el refuerzo de las producciones propias; pero conviene, por si las moscas, celebrar que el menú servido para este año es, de cualquier forma, sobresaliente. No faltarán oportunidades para hacer de las Jornadas una cita todavía más grande.

A estas alturas, las Jornadas del Siglo de Oro de Almería se han convertido en un patrimonio teatral tan imprescindible como el propio Siglo de Oro. Su función de preservación, divulgación e interpretación resulta ya irreemplazable. Felices 31, por tanto. Y a cumplir muchos más. Por el bien de todos.

El arte (invisible) de hacer comedias

Pablo Bujalance | 9 de abril de 2013 a las 21:32

Teatro de la Legua, en un ensayo de ‘Coplas del Buen Amor’

Como ocurre demasiadas veces, el Premio Max de la Crítica ha venido a rescatar, casi in extremis, una tradición teatral a punto de desaparecer. Las Jornadas del Siglo de Oro de Almería celebran estos días nada menos que su trigésima edición, una ocasión redonda, que habla de mucho empeño y mucho trabajo detrás, por parte de muchas personas, en su mayoría anónimas; y que, paradoja, ha estado a punto de ser la última ante una drástica reducción de recursos. La Junta de Andalucía, la Diputación de Almería y los Ayuntamientos implicados han mantenido su colaboración pero con una inversión notablemente inferior, de modo que, como ocurre en estos casos, ha habido que llevar la imaginación a donde la financiación no alcanzaba. Aun así, el programa es amplio y suculento, con ganchos incontestables como La vida es sueño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de la capital (pueden leer la crítica en la entrada anterior de este blog) y el Don Quijote de José Sacristán en el Auditorio de Roquetas de Mar; pero también hay otras propuestas muy atractivas como la divertida lectura de El libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita que la compañía Teatro de la Legua lleva a diversos pueblos de la provincia y La Dama Boba de Lope a cargo de Micomicón, así como espectáculos para niños y estudiantes, talleres diversos (Carmelo Gómez impartió recientemente uno sobre el teatro en verso), conciertos, pasacalles, exposiciones, encuentros de las compañías con el público y otras propuestas que hacen de las jornadas un verdadero festival. El nivel de participación es siempre excelente (hace ya mucho tiempo que Almería asume este proyecto como algo propio), pero ya se sabe que, por más que la gente se dé por enterada, sin apoyo público nada en este negocio escapa al peligro de extinción. De modo que el Max ha venido a dar visibilidad a una realidad que era bien visible pero que, muy a pesar de quienes la hacen, ha estado a punto de desaparecer.

Su lucha por la supervivencia y su adscripción a los criterios de calidad, con una especial sensibilidad divulgativa, hacen de las Jornadas del Siglo de Oro de Almería un ejemplo a imitar. Pero sorprende, todavía, la escasa atención que desde las instituciones capaces de organizar festivales competentes se presta en Andalucía al Barroco. El trabajo de agrupaciones como la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla y el Teatro del Velador de Juan Dolores Caballero (que en los últimos años ha emprendido una fabulosa aventura en la proyección de los autores andaluces de este periodo menos conocidos) tendría una resonancia mucho mayor si se articulara de un modo más eficaz a partir, precisamente, de su naturaleza clásica. Que el Siglo de Oro sea un apartado decididamente menor, casi anecdótico, en los programas de los teatros andaluces, desemboca en una situación aún más deplorable si se tiene en cuenta el papel fundamental que representó Andalucía en el Barroco, y muy especialmente en lo que a lo escénico se refiere: Sevilla tuvo los primeros corrales de comedias de España y si algún autor quería ser considerado como tal tenía que estrenar en ellos. Ya en el siglo XVI, Málaga se incorporó a este esplendor con aportaciones decisivas (la última edición de su Festival de Teatro recordó a su más insigne dramaturgo de este tiempo, Francisco Leiva, con la representación de No hay contra un padre razón) al igual que otras ciudades del sur de la Península. El Siglo de Oro supone para Andalucía un legado adormecido. Recuperarlo significaría una oportunidad única en un momento tan aniquilador como el presente para las compañías, los escenarios, los programadores y el público, que suele responder a las comedias de antaño con entusiasmo nada disimulado.
¿Alguien mencionó la palabra festival? Almagro presentará en su próxima edición 17 estrenos absolutos y 9 nacionales, además de 23 espectáculos familiares, con Alemania como país invitado para una mayor garantía de su alcance internacional. Hacer del Siglo de Oro moneda corriente en el teatro andaluz paliaría muchos de sus males más dolorosos, y ni siquiera habría que esperar, por más que la Junta haya mostrado su preferencia por el teatro grecolatino, a la rehabilitación de monumentos milenarios. Almería lleva treinta años señalando el camino: todo consiste en trabajo y más trabajo. Pero nada invita a pensar que no valdría la pena.

La magnitud de lo real

Pablo Bujalance | 7 de abril de 2013 a las 22:52

La v ida es sueño

Crítica de la representación de La vida es sueño a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de Almería el 6 de abril de 2013. Dirección: Helena Pimenta. Texto: Pedro Calderón de la Barca. Versión: Juan Mayorga. Reparto: Blanca Portillo, Marta Poveda, Fernando Sansegundo, David Lorente, Rafa Castejón, Pepa Pedroche y Joaquín Notario, entre otros. Aforo: lleno.

Desde su estreno en el siglo XVII hasta nuestros días, La vida es sueño constituye un enigma sin resolución aparente, por más que sus funciones se cuenten por cientos dentro y fuera de España sólo en las últimas décadas. Hay, digamos, una tendencia a su permanencia en la programación en virtud de su carácter patrimonial, pero tanto quienes la suben a las tablas como quienes acuden a su representación actúan inevitablemente a ciegas. No es extraño: lo que sirve Calderón en bandeja es una incógnita sin atajos, seguramente la mayor y más importante de todas las preguntas, y cada individuo, sea cual sea la posición que ocupe en este reto, debe aportar, si quiere, la suya propia. Saludada por los surrealistas como referente, la obra ganó la admiración de Samuel Beckett (Esperando a Godot y Fin de partida son, de algún modo, prolongaciones naturales de la estética calderoniana), quien la consideró, junto a El Rey Lear, directamente irrepresentable. En el fondo, La vida es sueño es una lectura radical hasta el extremo del Mito de la caverna de Platón que impacta con ánimo precoz en la filosofía cartesiana. Y Beckett tenía razón en la medida en que, ya que se trabaja a ciegas, el único modo de hacerla es mediante el tanteo: retirando una ingente cantidad de material humano hasta alcanzar una médula desconocida.

Lo mejor del montaje de Helena Pimenta es, como suele ser habitual en su abrumadora trayectoria, el modo en que traslada esa incógnita a la escena como elemento que no se limita a complementar el texto, sino que aporta contenidos propios. En este caso, además, resulta sorprendente la manera en que a veces la escena arroja luz al misterio con más solvencia y autoridad que el mismo desarrollo de la acción: la sombra de Segismundo proyectada en los muros de su celda y una iluminación prodigiosa que subraya los contrastes entre el día y la noche, y que se filtra a bocajarro en los perpetuos espacios cerrados que prefiguró Calderón a través de puertas y ventanas erigidas en protagonistas, aportan ya cuanto puede ser dicho sobre la vigilia y el sueño, sobre la ilusión que lo uno es respecto a lo otro. Cierto, éste es un teatro hecho a tientas: pero por eso precisamente es más hermoso, más sensible, más puro sin ser exclusivo. En este tablero permanentemente evocado, que precisamente por eso destila con fuerza la magnitud de lo real, la composición de lugar está siempre cargada de intenciones: la acción abre huecos entre los personajes con una fluidez pasmosa y una continuidad nunca truncada. El ritmo, como corresponde al teatro clásico (y tan escaso es, sin embargo, el cumplimiento de esta norma en la actualidad), se apoya en la pródiga musicalidad del verso. El mejor halago que puede decirse del trabajo de Pimenta en este sentido es que el verso se termina olvidando ya en el primer acto: se da en una naturalidad meridiana, como si esta métrica formara parte del habla común de los hombres. Hay aquí, si se quiere, un reflejo más del binomio sueño / vigilia: en qué clase de mundo, inevitablemente soñado, cada palabra habría de ser dicha con semejante corazón en cada sílaba por todas las bocas. La música barroca interpretada en directo es un aliado de fortuna incontestable, porque el verso es música, y de nuevo el espectador encuentra otro camino para despejar la incógnita más allá del verbo.
La versión de Juan Mayorga contribuye con criterio a aportar fluidez al texto. Respeta la arquitectura esencial (algo que en La vida es sueño es muy, muy difícil, ya que los detalles son más elocuentes que la propia trama) y subraya aspectos que a menudo suelen pasar desapercibidos (la evidencia de que Segismundo actúa durante buena parte de la obra bajo los efectos de las drogas) a la vez que refuerza el papel de Clarín como gracioso con agradecida fortuna. En cuanto al reparto, Blanca Portillo compone ciertamente un Segismundo histórico, perfecta en el decir del verso, la dicción (tira constantemente de garganta para dotar de masculinidad a su voz, algo que muy pocos intérpretes del panorama actual español podrían llegar a imitar) y la posición (la evolución del personaje a partir de la postura de las piernas y la inclinación de la espalda durante las dos horas de función es magistral). Marta Poveda presenta, por el contrario, dificultades notorias para defender la claridad del verso y a menudo opta por compensarlo desde otros recursos interpretativos, lo que a veces se salda con éxito y otras con una excesiva tendencia a la sobreactuación a la hora de hacer creíble a Rosaura. El resto del elenco se mantiene a la altura de lo esperado, aunque cabría destacar a Pepa Pedroche (que ya compuso para Helena Pimenta una asombrosa Lady Macbeth) en su breve pero contudente recreación de Estrella.
La vida es sueño ha ganado así por derecho su continuidad escénica en el siglo XXI con uno de sus montajes más importantes. Lo malo es el altísimo techo comparativo que supone para quienes decidan, a partir de ahora, tomar el relevo.