Archivos para el tag ‘Consejería de Cultura’

Hacer / mostrar

Pablo Bujalance | 1 de diciembre de 2016 a las 5:00

La dotación presupuestaria de la Junta de Andalucía para las artes escénicas correspondiente a 2017 debe ser interpretada, en principio, en clave positiva. Las ayudas al sector se establecen en 1,3 millones de euros, lo que implica un aumento del 30% respecto a la partida aprobada para 2016 (990.000 euros). Diversos colectivos y profesionales del sector no han tardado en calificar esta inversión como insuficiente para las necesidades reales de las compañías, salas y demás agentes del teatro y la danza en la comunidad, pero, como dirían en mi pueblo, menos pringue da una berenjena. Si llegan más ayudas cabe esperar, a priori, más y mejores proyectos que tengan una vida más larga. El problema es que, a menudo, lo que las compañías necesitan no es tanto un desembolso presupuestario mayor sino una política cultural más afinada. De poco servirá un aumento de los recursos (incluso, aunque sean bienvenidos) si no se mejoran los criterios por los que el desembolso termina traduciéndose en fenómenos concretos. Si se observa el modo en que la Consejería de Cultura tiene previsto distribuir estos 1,3 millones, se advierte que las políticas son, esencialmente, las de siempre: 48.000 euros para producción, 160.000 euros para distribución, 460.000 euros para salas, 140.000 euros para festivales y 60.000 euros para residencias. Sí, es más dinero. Pero también es más de lo mismo.

Llama la atención que la prometida Ley de las Artes Escénicas de Andalucía siga, por ahora, sin una dotación presupuestaria correspondiente, lo que mantiene la iniciativa en los estrictos márgenes del papel mojado: nos queda por delante otro año enterito de trámite, idas y venidas, sin la prometida normalización. Más allá de esta primera impresión, la cuestión se encuentra en el renovado abismo que se abre, otro año más, entre las ayudas a la producción y la distribución en una dirección que, sospecho, parte de una mala lectura de la situación. Un vistazo general del paisaje revela ya que, a pesar de la crisis y de la pérdida de espectadores, las compañías andaluzas no han dejado de producir. Es cierto que a menudo sus trabajos hacen en lo formal honor a la precariedad instalada en el sector, y que hoy hay que estar muy seguro o ser muy valiente para reunir un reparto de más de tres intérpretes sin tener las espaldas cubiertas; pero también lo es que el principal problema al que se enfrentan las compañías en la actualidad obedece a las enormes dificultades que entraña la distribución de sus trabajos, por muy portátiles y adaptables que sean. La tónica general es pródiga en espectáculos que mueren la misma noche del estreno, o como mucho algunas semanas después. Y por alguna razón que únicamente puede explicarse desde la desidia, hoy resulta más fácil a una compañía andaluza distribuir su producción fuera de Andalucía que dentro. La limitada aportación a los festivales, habituales trampolines para la distribución de espectáculos, tampoco contribuye que digamos a la construcción de eso que llaman tejido. El resultado es que seguimos manteniendo un modelo clientelista que se conforma con sacar proyectos adelante y luego no les confiere la estabilidad necesaria para perdurar, pero es la perdurabilidad, más que la producción, lo que genera más empleo en las artes escénicas. ¿Sería cuestión, entonces, de reducir las ayudas a la producción y aumentar las de la distribución? Tal vez; si se distribuyeran los recursos de manera que las compañías tuvieran garantizado un cable en el caso de que la taquilla no respondiera (lo que debería consignarse entre las ayudas a la distribución), es más que probable que las compañías pudiesen financiar sus propias producciones con menos miedo. Y para que responda la taquilla, ya se sabe, hay que convencer al público de que el teatro es necesario. Veamos: no, no hay inversión alguna para nada parecido a la divulgación de las artes escénicas, formación en las escuelas y demás bobadas. Y quizá esta es la pieza cuya ausencia más se echa en falta.

Pongamos que ha llegado el momento de mostrar más que de hacer. Esto también es una decisión política. Tomada desde la sensibilidad necesaria y un profundo conocimiento del sector. O debería serlo.

La estrategia invertebrada

Pablo Bujalance | 8 de septiembre de 2016 a las 5:00

'La clausura del amor'.

‘La clausura del amor’.

Ayer mismo presentó en el Teatro Central de Sevilla la consejera de Cultura, Rosa Aguilar, la nueva programación de los teatros gestionados por la Junta de Andalucía; esto es, el mismo Teatro Central, el Alhambra de Granada y el Cánovas de Málaga. En la nota informativa suministrada desde el organismo se indica que “actrices como Bárbara Lennie o Nuria Espert, intérpretes como Pako Merino o José Luis Gómez, creadores como Fernando de Rojas y Alfredo Sanzol o el estreno exclusivo del creador griego Dimitris Papaioannou conforman una oferta escénica donde también estarán rostros de excelencia de la escena española como Juan Mayorga, Ricardo Iniesta, Pepe Viyuela, Verónica Forqué, Pepón Nieto, Pepa Gamboa, Sol Picó, Pablo Messiez, Julio Fraga, Dennise Despeyroux, Álex Rigola, Alberto Sanjuán, Juan Dolores Caballero, Juan Villoro, Malena Alterio, Saburo Teshigawara, Anne-Teresa de Keersmaecker o Maika Makowski”. Sin embargo, semejante menú corresponde únicamente al Central y, en un porcentaje menor, al Alhambra, donde sí podrán verse La clausura del amor, El cartógrafo de Juan Mayorga y las nuevas propuestas de Laví e Bel y la Compañía Nacional de Danza, entre otras propuestas. Al Teatro Cánovas, sin embargo, no llegará nada de esto. El escenario malagueño insistirá en su programación dedicada al público infantil y juvenil (con un apartado específico para la danza en la Sala Gades y otro para compañías residentes en el propio Cánovas, siempre en tono local) en una línea que ya ayer mismo recibió críticas en las redes sociales por aquello del agravio. Y conviene, de entrada, subrayar que el trabajo que Antonio Navajas y su equipo hacen al frente del Cánovas, sin muchas facilidades que digamos, es digno de todos los elogios. El proyecto Thespis, establecido en conexión con grupos de teatro de centros educativos, está arrojando resultados especialmente relevantes sobre el desarrollo de las artes escénicas en el curriculum escolar; y esta misma temporada el espacio acogerá una programación pedagógica dedicada a los clásicos, orquestada por el actor malagueño José Carlos Cuevas, con Natalia Menéndez y Carmelo Gómez entre los ponentes. Cuando se decidió este tipo de oferta para el Teatro Cánovas, el responsable artístico de la programación de la Consejería y a su vez director del Central, Manuel Llanes, afirmó que, ante la pérdida de espectadores, lo mejor que podía hacerse con el Cánovas era convertirlo en una escuela de futuros espectadores. Bien, esa función se está cumpliendo. Pero si la Consejería creía haber encontrado la solución, estaba muy equivocada: es cierto que el Cánovas ha recuperado público, pero sin llegar a los resultados esperados. De hecho, en la misma nota, la Junta admitía que la pasada temporada el Centro y el Alhambra habían ganado público mientras que el Cánovas “mantenía” los registros del curso anterior. La pregunta es por qué una apuesta por el público infantil y los proyectos educativos es incompatible con otras cosas. Es cierto que el de Málaga es un teatro pequeño, o al menos con dimensiones insuficientes para acoger según qué obras; pero sigue sin haber una razón definitiva que explique las razones por las que la Junta ha decidido no programar en su propio teatro obras como La grieta que dirige Julio Fraga o el montaje de Fuenteovejuna que dirige Pepa Gamboa con las gitanas de El Vacie. Al público malagueño, que es tan escaso o tan multitudinario como cualquier otro (de programar bien y buen teatro se trata, y así ha quedado demostrado en el propio Teatro Cánovas), únicamente le cabe la esperanza de que los teatros municipales y provinciales ocupen el espacio que no ocupa la institución autonómica, al igual que sucede en Almería o en Jaén, con la diferencia de que en Málaga la misma institución sí dispone de una sala a su cargo. Y sí, hay muchos aficionados al teatro que no se lo explican. Un servidor, la verdad, tampoco.

El Teatro Cánovas de Málaga constituye un caso un tanto sui generis, pero lo cierto es que, más allá del mismo, y en lo que al territorio andaluz en su extensión se refiere, la Consejería de Cultura hace cada temporada un esfuerzo notable por diseñar programaciones de atractivos incuestionables cuyo recorrido, sin embargo, es limitadísimo. Esto se traduce, por una parte, en que hay demasiado público andaluz que no disfruta una programación a cuyo sostenimiento económico sí contribuye; y, por otra, en que lo que las compañías contratadas pueden esperar es más bien poco (incluidas, sí, las agrupaciones andaluzas que siempre se presentan como emblemas de la política cultural de la Junta y que si logran salvar los muebles no es precisamente por las oportunidades que la misma Junta les ofrece). Si resulta difícil convencer al respetable de que vaya a ver la obra de teatro que representan ahí abajo en la esquina, hacer atractiva una programación que queda a doscientos kilómetros, aunque sea la mejor del mundo, es una cuestión propia de quimeras. Con el CAT de nuevo sumido en el sueño de los justos, lo deseable sería que la Consejería de Cultura desarrollara los instrumentos necesarios para prolongar en Andalucía la misma programación que con tanto esfuerzo compra, bien haciendo uso de sus propios teatros, bien estableciendo convenios con otros escenarios, de titularidad pública o privada, con tal de devolver a la sociedad andaluza los frutos que la misma sociedad andaluza genera (y no me refiero sólo a fiscalidad). Una estrategia invertebrada como la actual nunca puede llegar a buen puerto. Resulta llamativo el modo en que, en lo que a teatro se refiere, a la Consejería de Cultura le ha costado tanto tradicionalmente pensar en andaluz, tanto a la hora de producir como de programar y distribuir. Será que hay demasiada gente ahí fuera. Quién sabe.

De lo prescindible

Pablo Bujalance | 12 de febrero de 2015 a las 5:00

'La Estrella de Sevilla', montaje de Alfonso Zurro integrado en 'Enrédate'.

‘La Estrella de Sevilla’, montaje de Alfonso Zurro integrado en ‘Enrédate’.

A menudo he escuchado en boca del consejero de Cultura, Luciano Alonso, una idea muy interesante: “El patrimonio no es tanto un legado que recibimos de nuestros padres sino una responsabilidad que tenemos para con nuestros hijos”. Y es cierto que, en consecuencia, su Consejería ha demostrado una especial sensibilidad en los últimos años con la rehabilitación de edificios señeros a través del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y la promoción y conservación de bienes arqueológicos (emblemático es, en este sentido, el empeño en que la Unesco incluya los Dólmenes de Antequera en su listado patrimonial). Resulta significativo, de hecho, que el proyecto más singular de la Junta en lo relativo a las artes escénicas en el último lustro (por no decir el único: la marca Enrédate no es más que un remedo de los anteriores circuitos) haya sido el programa Teatros Romanos de Andalucía, dirigido no tanto a la reactivación de las compañías y creadores teatrales (aunque haya habido consecuencias felices en este sentido) sino a la proyección y a la “puesta en valor” (valga aquí, entre comillas, la cuanto menos dudosa expresión que tanto gusta a los políticos) de estos enclaves. Mientras tanto, hemos asistido al desmantelamiento del sector de las artes escénicas de Andalucía, al cierre de salas, la extinción de compañías, la desaparición de festivales y la casi nulidad de programas y temporadas, especialmente fuera de las capitales de provincia. Es cierto que el tributo del IVA al 21% ha generado estragos notorios; pero también lo es que la Junta de Andalucía no ha hecho mucho por paliarlos más allá de los rechazos verbales. Ahora disfrutamos de un regreso del Centro Andaluz de Teatro, tres años después, al que es difícil no vincular intereses electoralistas (si bien, de cualquier forma, el CAT no debe estar sólo para producir montajes de cierto volumen; muy al contrario, sus funciones principales deberían ser otras, seguramente más baratas). Y a lo que apunta el paisaje, en fin, es a una torpeza en la gestión de las artes escénicas desde el sector público que durará, me temo, hasta que la Consejería de Cultura entienda de una vez que el teatro no es un entretenimiento, ni un pasatiempo, ni siquiera un medio de producción cultural: el teatro es un bien patrimonial, tanto como una iglesia del siglo XVI, una terma romana o un dolmen megalítico. El teatro es el mismo desde siempre. Y, como tal, merece de la protección que se supone a las instituciones.

Prueba de esta torpeza es lo que dio de sí el pasado martes, tal y como cuenta aquí mi compañera Charo Ramos: mientras la Unión de Asociaciones de Artes Escénicas de Andalucía celebraba en la Sala Cero de Sevilla una asamblea extraordinaria a cuenta de la decisión de la Consejería de destinar un presupuesto cero al tejido escénico andaluz, la misma entidad aprobaba por sorpresa una partida de 1.740.000 euros para el ramo. De sopetón. Las ayudas llegaron, pero tarde y mal, sin explicaciones, sin justificaciones del cambio de decisión y con un racionamiento de dudosa eficacia: las compañías no necesitan tanto ayudas a la producción, sino a la distribución. Por mucho que se financie también a las salas, si no se favorece la existencia de mecanismos de movilidad más allá de los circuitos gestionados por la misma Junta, seguirá habiendo lo de siempre: espectáculos más o menos logrados pero fenecidos después de, como mucho, la quinta función. La impresión que queda de todo esto, claro, es que la Junta decide actuar respecto a las artes escénicas derivando una determinada cantidad de espaldas a los profesionales que constituyen el objeto de esta ayuda, sin atender a sus verdaderas necesidades, sin considerar cuáles son los males y cuáles los mejores remedios, porque a lo mejor no es tanto una cuestión económica. Si se sigue promulgando el gasto sin un análisis más riguroso, el teatro andaluz seguirá siendo deficitario, y no tiene por qué serlo necesariamente. En el momento en que se reduce a una cuestión meramente presupuestaria, la política cultural deja de ser tal. Hacen falta ideas. Andalucía ha perdido demasiados miles de espectadores en los últimos años, cuando posiblemente sus compañías hacen el mejor teatro de su historia. La protección de este patrimonio precisa de algo más que un desembolso.

Pero si la pedagogía política es importante, la social no lo es menos. Existe un rechazo proverbial a lo que se entiende por cultura subvencionada en la mayor parte de la opinión pública, y este rechazo tiene motivos en parte bien fundados. Habría que dejar claros algunos aspectos en este sentido: el primero, que la Junta de Andalucía, como institución pública, está obligada, según la Constitución, a garantizar el acceso de todos los ciudadanos a la cultura, y eso pasa por actuar en teatros, compañías y demás elementos del sistema para que, facilitando la conexión entre todos ellos, este derecho tenga su satisfacción no sólo en grandes ciudades, también en pequeños municipios; el segundo, el teatro representa un tejido industrial que deriva en un bien de interés social y que genera no pocos puestos de trabajo en la región. Dado que el sector atraviesa una de las crisis más graves de su historia, corresponde al ámbito público, en beneficio de ese interés social, servir los cauces que garanticen su supervivencia, porque, en contra de lo que opina otra amplia mayoría, la gente no ha dejado de ir al teatro porque el teatro sea de mala calidad (en muchas ocasiones los ciudadanos no van al teatro porque, sencillamente, no tienen una sala cerca; o porque los profesionales han visto tan mermada su capacidad de acción a cuenta del IVA y otros obstáculos que se han visto obligados a sacrificar todo lo referente a la promoción y distribución para sacar adelante una mínima producción); y, tercero, dado que el teatro es un bien patrimonial, desatender sus necesidades vendría a ser lo mismo que dejar un edificio declarado BIC caer por su propio peso hasta la ruina. Es una lástima que todavía tengamos que venir con esas cosas. Pero lo que hay en juego no es precisamente poco. Si al final se acepta de manera consensuada que el teatro es un fenómeno prescindible, esta sociedad habrá firmado su sentencia de muerte.

Un patrimonio material

Pablo Bujalance | 28 de enero de 2015 a las 5:00

'El grito en el cielo', de La Zaranda.

‘El grito en el cielo’, de La Zaranda.

La Zaranda es un motivo recurrente en El diario de Próspero, pero qué quieren que les diga: a estas alturas de la película ya no quedan muchas certezas, y menos aún en el teatro, así que no hay más remedio que aferrarse a las garantías que nos hacen sentir más humanos. Estrenado (como suelen los de Jerez) en la Temporada Alta de Girona, después de una residencia artística en la Bienal de Venecia de manos del inefable Álex Rigola, El grito en el cielo, la última obra de Eusegio Calonge, llega este próximo fin de semana (días 30 y 31) al Central de Sevilla y en febrero (días 13 y 14) lo hará en el Alhambra de Granada. Por una decisión que la Consejería de Cultura adoptó hace ya dos años, sobre la que hay todavía mucha tela que cortar, el montaje no podrá verse en el tercer teatro de la administración autonómica, el Cánovas de Málaga, consagrado a la programación infantil (si es cierto que las reducidas dimensiones del escenario dificultaban el sostenimiento de la programación en los mismos términos, al final los aficionados terminan pagando la jugada), por lo que tendrá que ser otra sala, al igual que en el resto de provincias, la que tome la iniciativa (y no siempre está esto garantizado). Siempre, de cualquier forma, y el hecho de que el periplo regional de la obra sea tan breve así lo demuestra, me ha sorprendido la torpeza con la que Andalucía se ha dirigido tradicionalmente a La Zaranda. La compañía tendría que representar aquí lo que es, un verdadero patrimonio material que todos deberían poder disfrutar. Porque pocas experiencias más tremendas llega a dar hoy la escena contemporánea que la que sirven Paco de La Zaranda, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y demás. Creo, sin embargo, que La Zaranda ha pagado con creces su identidad andaluza fuera de los tópicos, las enseñas, los himnos, las pegatinas, la fiesta nacional, el arrebato lorquiano y demás charanga. La compañía hace un teatro andaluz, en andaluz, y a la vez poderosamente universal, como pocos. Los caciques de turno no han podido sacar partido de su estética para demostrar que son más andaluces que el vecino. Pero nada de esto importa. La Zaranda es una cuestión de amor. Y el amor lo soporta todo.

El grito en el cielo es, ante todo, un homenaje al muy recordado y pionero Juan de La Zaranda. Y también es, tal y como explica Calonge, una prolongación de los efectos de su anterior obra, El régimen del pienso, en cuanto denuncia de un mundo cada vez más deshumanizado y desprovisto de horizontes trascendentes: una vida resuelta en lo efímero, lo inmediato y lo banal, no es digna de seres humanos, y La Zaranda llega al extremo de esto sin contemplaciones. De entrada, la premisa de El grito en el cielo me resulta altamente beckettiana, con los residentes de un geriátrico constreñidos en la marginalidad de la existencia humana, acaso heces de la misma, reductos que para nadie cuentan; y, sin embargo, la vida sigue latiendo en ellos con sus sueños y su extremada cabezonería conformada en deseo. Pues es el deseo, cristalizado tras la pérdida de la esperanza, lo que define a los desarraigados personajes de Beckett, tal y como dejó claro Alain Badiou. Eso sí, resulta inútil buscarle referentes, modelos ni símiles a La Zaranda: la compañía jerezana representa más bien una síntesis proverbial de lo mejor que ha dado de sí la cultura (entiéndase el término en su acepción más noble: lo que hace crecer) en los últimos dos mil años, con su lenguaje, su música y su tono. Uno sale siempre de sus funciones sintiéndose más persona, más cerca de los otros, más parte de algo que merece la pena en cuanto nos supera. Por qué tendría que ser distinto esta vez.

Érase una vez el CAT

Pablo Bujalance | 12 de marzo de 2013 a las 21:44

El Estado de sitio, según el CAT

Consultado el medio escénico más cómplice y cercano sobre la intención del consejero de Cultura, Luciano Alonso, de hacer algo con el Centro Andaluz de Teatro y presentar en los próximos días una resolución más o menos definitiva sobre su continuidad, puede concluirse que lo que los profesionales esperan al respecto es poco, por no decir nada. La Unión de Actores ha criticado una más que cantada elección del próximo director de la institución a dedo, pero los profesionales se debaten entre un prudente compás de espera a ver qué sucede y una indiferencia notable, sabedores de que la supervivencia de sus proyectos dependerá en un grado cuanto menos reservado de que el CAT regrese o no a la palestra. Lo cierto es que en los últimos años el panorama ha cambiado de manera notable: sólo en cuanto a compañías, cabe subrayar la tendencia de las más veteranas a abrir sus propias salas y la querencia de las más jóvenes a llevar sus funciones a apartamentos, hoteles, ateneos y casi cualquier escalera aprovechable (además, claro, de las salas que han abierto las veteranas, cuyos huecos programáticos no son precisamente amplios: en esto sorprende, todavía, el modo en que algunas compañías tienden a imitar las reservas de la Junta a la hora de abrir el abanico a realidades primerizas que en su día ellas tanto criticaron), dado que un cálculo optimista concluiría que el 70% de los teatros de las ocho provincias están cerrados a cal y canto. Es decir, la articulación de la escena andaluza que otrora pretendiera el CAT no sólo no se ha llevado a cabo, es que a lo mejor ni siquiera hace falta ahora que cada uno se busca la vida como puede. ¿Qué retos va a encontrarse entonces el centro que antaño exportara el teatro andaluz como marca en Europa si definitivamente regresa?

No hace falta ser un lince para identificar el principal problema de la administración pública autonómica respecto al teatro: lo que ocurre, sin más, es que no sabe qué hacer con él. La escena constituye un objeto extraño, que interesa cada vez a menos gente, que se sostiene en un tejido empresarial tan disperso como invisible (la subida del IVA cultural ha contribuido de manera inestimable a que los pocos contratos que se formulan adquieran un colorido cada vez más negro) y que tiene una presencia reducida, reducidísima, en los medios de comunicación (ergo: como escaparate político resulta del todo ineficaz). Véase el caso del anunciado circuito de teatro clásico por cuatro teatros romanos de Andalucía (Itálica, Málaga, Baelo Claudia y también el de Cádiz, una vez que concluyera su restauración), una liebre que soltó Paulino Plata y cuyo sucesor, el citado Luciano Alonso, se apresuró a retomar recién llegado a la Consejería, con una programación de la que se iban a dar pelos y señales… en verano del año pasado. El fruto de todo aquel empeño, que contó con algunas ruedas de prensa memorables (recuerdo una especialmente llamativa en la sede del Centro Andaluz de las Letras en Málaga, ante un grupo de actores y directores cegados por el estupor), es hoy igual a cero. De modo que resulta comprensible que del anuncio del CAT tampoco se espere gran cosa. Alonso ya anticipó algunos contenidos del programa Enrédate, que llega en sustitución del Circuito Andaluz. Sus presupuestos se ordenan en dos estrategias fundamentales: la colaboración con los Ayuntamientos, que hoy por hoy, con problemas mucho más urgentes (desde las inundaciones a la asistencia social) no parecen dispuestos a invertir un céntimo en representaciones y que, insisto, mantienen buena parte de sus espacios escénicos cerrados (algunos de factura muy reciente; otros, incluso, con las obras abandonadas a mitad de la construcción); y las coproducciones con las compañías, una jugada destinada al fracaso en cuanto éstas no esperan tanto ayudas a la producción (véase la respuesta a la última convocatoria al uso) sino a la distribución, lo que termina dictando la diferencia entre la supervivencia y la extinción de las mismas. Es evidente que la distribución requiere un esfuerzo económico mucho mayor. Pero también lo es que la Junta, actualmente, no parece estar en condiciones de afrontarlo. Al fin y al cabo, poner en marcha un circuito significa distribuir. Y, para que quede claro, la Consejería ha eliminado la palabra circuito de todo título, lema o slogan en virtud de una noción reveladora de responsabilidad compartida.

(Por cierto, también el propio CAT ha sido víctima de esta política en varias ocasiones. Sin ir más lejos, su última producción, El estado de sitio de Albert Camus, requirió una inversión enorme muy criticada en su momento para su puesta en escena, pero el número de funciones que llegaron a celebrarse tras su estreno resulta todavía hoy vergonzoso).

Recuperar el CAT es una idea encomiable. Pero si la administración insiste en ofrecer unas soluciones que no son las que reclaman quienes hacen teatro, todo apunta a que lo que falta es diálogo. Habría que contar con otra evidencia: si la relación de la Consejería con los creadores fuera más fluida y se tuvieran en cuenta todas las ideas, el CAT no tendría que ser un instrumento caro. Tal vez, todo lo contrario. Sería bueno que alguien se sentara y pensara si existe un teatro andaluz, o una manera andaluza de hacer teatro. Sólo eso bastaría para llegar a algunas conclusiones traducidas en iniciativas. Mientras tanto, el balance de la inactividad se resume en un montón de talento desperdiciado y una pérdida de público, especialmente en los teatros gestionados por la Junta, que amenaza con hacerse irreparable. Y no deja de ser una lástima.