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Un aprendizaje

Pablo Bujalance | 15 de octubre de 2015 a las 5:00

Hace unos días mantuve una interesante conversación con Alfonso Zurro y el actor Eduardo Duro sobre las consecuencias que derivarían de la integración del teatro en el curriculum reglado de la Educación Primaria y la ESO, dentro de las enseñanzas artísticas. Esta conversación tuvo su origen en otra anterior, habitual cada vez que se juntan dos o más teatreros, sobre lo mal que está el negocio; y los tres barruntábamos cómo el desarrollo del arte dramático como asignatura escolar implicaría, a su vez, en virtud de cierta lógica aplastante, un esplendor del teatro como manifestación cultural. Yo llamé la atención sobre el hecho de que, en su momento, la LOGSE abrió la puerta a una normalización de la música en la escuela (un servidor forma parte de la primera promoción de Educación Musical de la Universidad de Málaga; fui cocinero antes que fraile, así que algo sé de la cuestión) que poco a poco, desde los años 90, ha ido depauperándose hasta quedar en lo anecdótico, y no siempre en manos de los maestros mejor cualificados. Por otra parte, la recién implantada LOMCE desmantela sin pudor las humanidades en la trayectoria académica, con la Historia de la Filosofía de segundo de Bachillerato relegada a las optativas y una noción clientelista y competitiva de la educación que no se inclina, precisamente, por la promoción de los valores artísticos y literarios en la construcción del individuo. Hubo en su momento un Bachillerato de Artes Escénicas, con contadísimos centros adscritos en Andalucía, que pasó sin más a mejor vida. Es decir, el ambiente no puede ser seguramente menos favorable al desarrollo del teatro como contenido curricular, muy a pesar de la enorme tradición escénica que podemos contar sólo en España y de los beneficios que el estudio y la práctica del teatro podrían reportar a alumnos, docentes y centros educativos: desde el ejercicio de la memoria a la integración sociocultural pasando por la Historia de la Literatura, la psicología y las artes plásticas, es mucho lo que se puede abordar en y desde lo escénico. No hay más que comprobarlo en los institutos y colegios que cuentan con grupos de teatro. Pero no, la urgencia por llevar al país a niveles aceptables en barómetros tipo PISA casi hace de todo esto un chiste. Recordaba Alfonso Zurro que los centros escolares de los Salesianos suelen contar con teatros a veces importantes, de aforos notables, incluso con programaciones reseñables; y que esto se debe a que ya San Juan Bosco consideraba el teatro un instrumento educativo de primer orden. En la res pública, la victoria sin paliativos de los tecnócratas a la hora de practicar la exégesis amparada por la citada LOGSE ha dejado a su paso un paisaje bien distinto. Y que el teatro le interese cada vez a menos gente también se debe a un diseño del curriculum más parecido a una carrera en el hipódromo que a la formación integral de las personas. Hace ya mucho que aquí Montaigne dio el caso por imposible.

A raíz de aquella conversación se me ocurre ahora que la verdadera catástrofe no es sólo que las diversas leyes educativas se sucedan en el calendario político como si el teatro no existiese ni hubiese existido nunca; lo peor es la extinción, en el mismo medio escolar, así como en el doméstico, del juego simbólico como mecanismo para el desarrollo de habilidades necesarias. La necesaria digitalización de los procesos ha entrado como elefante en la cacharrería, sin el cuidado preciso para que los recursos ligados a la imaginación no quedaran mermados. Y no sólo han quedado mermados, sino, directamente, eliminados. El alumno, como la sociedad en la que se dispone a ingresar con suficiente autonomía, dispone hoy de toda la información precisa para la resolución de cualquier tarea. Pero ya no le quedan huecos que llenar por el camino, vacíos en los que poner en juego su propia creatividad. En el quehacer educativo no hay ya nada que no exista, nada que haya que crear, y así tenemo a toda una generación analfabeta en lo que a codificación simbólica se refiere. Basta recordar el reciente debate, contaminado hasta las heces, sobre la presunta supresión impulsada por el sistema educativo finlandés de la escritura a mano, el juego simbólico por excelencia. El teatro es, en esencia y por definición, un juego simbólico, o el juego simbólico: se vale de una realidad material concreta (el escenario) para representar otra cualquiera, a través de pactos simbólicos. Y también constituye, per se, un aprendizaje: inserta al espectador en una determinada tradición a través del mismo juego. Por su resistencia a la digitalización y a su comprensión unívoca (existen tantas interpretaciones del código simbólico como espectadores), el teatro habita ya las afueras de la cultura y la educación. Sí, hay mucho aquí de oportunidad perdida. Pero más, me temo, de caída libre.