Archivos para el tag ‘Eusebio Calonge’

Teatro y literatura

Pablo Bujalance | 10 de noviembre de 2016 a las 5:00

Lola Blasco: cuestión de talento.

Lola Blasco: cuestión de talento.

Dado que siempre se pueden matar dos pájaros de un tiro, o por lo menos probar suerte, no han faltado quienes, dispuestos a desacreditar el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, han hecho extensivo su rechazo a los dramaturgos que se han sido reconocidos con la misma distinción. Y no hablo de críticos ganapanes ni de escritorzuelos de tres al cuarto: han sido algunos de los principales referentes actuales de la novela y la poesía quienes de paso han puesto en solfa el Nobel de Dario Fo y hasta el de, atención, Harold Pinter (ya hay que ser atrevido), porque, según estos visionarios, ninguno de los dos son escritores propiamente dichos, como tampoco lo es Dylan. Y no lo son porque su tarea no va dirigida al libro, sino a eso que llaman oralidad pero que, si quisieran ser más honestos, debieran haber llamado actor. Según estos escritores, la literatura sólo es tal si va orientada al libro. A Svetlana Alexievich, que ganó el Nobel el año pasado, se le perdona su condición de periodista porque escribe libros; si se hubiera conformado con los diarios al uso, los guardianes del secreto habrían vertido sobre ella y su obra la misma sentencia sumarísima. Uno no sale del asombro al leer estas cosas, más aún al encontrarlas en boca de autores cuyo criterio y visión respeta. Pero sí, tenemos a bordo toda una policía intelectual dispuesta a dejar bien claro qué es literatura y qué no lo es, todo en beneficio del usuario, para que no tenga que romperse el coco con tales dilemas. La vinculación escrupulosa de la literatura con el libro es de entrada y absurda y ridícula: la misma literatura es muy anterior al libro y desde antiguo ha buscado sus cauces lo mismo en la divulgación de la palabra escrita que en la escena, el canto, las liturgias religiosas, las normativas jurídicas y los ámbitos más dispares, incluida la vida cotidiana y a priori aséptica. Si consideramos que el teatro no es literatura por no tener en el libro su fin último (por más que la edición del texto teatral pueda darse y leerse con igual disfrute), estamos apeando del canon a Shakespeare, Esquilo y Molière, pero seguramente de esto se trata. Lo más triste de todo es que quienes argumentan un concepto excluyente de la literatura persiguen en realidad otra cosa: poner coto al negocio editorial, no sea que se nos lo coman algunos indeseables.

Pero igual, dado que hay escritores tan dispuestos a mirar por encima del hombro a quienes no cultivan la novela ni la poesía, o lo hacen de manera un tanto secundaria respecto a la dramaturgia como primera vocación, conviene poner algunas cartas sobre la mesa. Y es que en la escritura para la escena que se produce hoy en España existe un talento mucho más amplio, capaz, culto, exigente, imaginativo, crítico, valiente y deslumbrante que el que opta por la novela y la poesía. Es decir, hoy se escribe en España mejor teatro que cualquier otra cosa. Hay mucha más literatura, pongamos un ejemplo cercano, en Lola Blasco, reconocida hace unos días con el Premio Nacional de Literatura Dramática, y en su Siglo mío, bestia mía, que en los novelistas que con más soltura se mueven en las listas de ventas. Lo mismo podemos decir de Laia Ripoll, Alberto Conejero, Paco Bezerra, Luis Felipe Blasco Vilches, Alberto Iglesias o Lluïsa Cunillé, sólo por citar a algunos de los más renombrados en los últimos años, todos ellos entre mis predilectos (sí, ya sabemos de lo efímero de estos escaparates), pero el paisaje que se abre a partir de aquí reviste el mismo interés o más. No hay escritor español con más exigencia y coraje, en cualquier disciplina, que Juan Mayorga. Y si hablamos de veteranos, a ver quién puede citar un solo novelista que haya alumbrado una obra más merecedora de prosperidad que cualquiera de Eusebio Calonge o de Sanchis Sinisterra. Mientras tanto, encontramos una novela española cada vez más aburrida y mejor pagada de sí misma, que se las prometió felices con sus aires de renovación nocillera y ha terminado sumida en la misma impostura. Y en lo que a poesía se refiere, si de ponernos estupendos se trata, habría que considerar que el ochenta por ciento de lo que se publica como poesía en España no es poesía. Así que los insignes narradores y poetas que se sienten ofendidos por un Nobel a Fo o a Pinter pueden quedarse con su literatura, si quieren. Afortunadamente no faltan empeños, como la reciente puesta en marcha de la editorial Acto Primero, para que la literatura dramática tenga su sitio en España como tal. Por más que les pese a algunos.

Un patrimonio material

Pablo Bujalance | 28 de enero de 2015 a las 5:00

'El grito en el cielo', de La Zaranda.

‘El grito en el cielo’, de La Zaranda.

La Zaranda es un motivo recurrente en El diario de Próspero, pero qué quieren que les diga: a estas alturas de la película ya no quedan muchas certezas, y menos aún en el teatro, así que no hay más remedio que aferrarse a las garantías que nos hacen sentir más humanos. Estrenado (como suelen los de Jerez) en la Temporada Alta de Girona, después de una residencia artística en la Bienal de Venecia de manos del inefable Álex Rigola, El grito en el cielo, la última obra de Eusegio Calonge, llega este próximo fin de semana (días 30 y 31) al Central de Sevilla y en febrero (días 13 y 14) lo hará en el Alhambra de Granada. Por una decisión que la Consejería de Cultura adoptó hace ya dos años, sobre la que hay todavía mucha tela que cortar, el montaje no podrá verse en el tercer teatro de la administración autonómica, el Cánovas de Málaga, consagrado a la programación infantil (si es cierto que las reducidas dimensiones del escenario dificultaban el sostenimiento de la programación en los mismos términos, al final los aficionados terminan pagando la jugada), por lo que tendrá que ser otra sala, al igual que en el resto de provincias, la que tome la iniciativa (y no siempre está esto garantizado). Siempre, de cualquier forma, y el hecho de que el periplo regional de la obra sea tan breve así lo demuestra, me ha sorprendido la torpeza con la que Andalucía se ha dirigido tradicionalmente a La Zaranda. La compañía tendría que representar aquí lo que es, un verdadero patrimonio material que todos deberían poder disfrutar. Porque pocas experiencias más tremendas llega a dar hoy la escena contemporánea que la que sirven Paco de La Zaranda, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y demás. Creo, sin embargo, que La Zaranda ha pagado con creces su identidad andaluza fuera de los tópicos, las enseñas, los himnos, las pegatinas, la fiesta nacional, el arrebato lorquiano y demás charanga. La compañía hace un teatro andaluz, en andaluz, y a la vez poderosamente universal, como pocos. Los caciques de turno no han podido sacar partido de su estética para demostrar que son más andaluces que el vecino. Pero nada de esto importa. La Zaranda es una cuestión de amor. Y el amor lo soporta todo.

El grito en el cielo es, ante todo, un homenaje al muy recordado y pionero Juan de La Zaranda. Y también es, tal y como explica Calonge, una prolongación de los efectos de su anterior obra, El régimen del pienso, en cuanto denuncia de un mundo cada vez más deshumanizado y desprovisto de horizontes trascendentes: una vida resuelta en lo efímero, lo inmediato y lo banal, no es digna de seres humanos, y La Zaranda llega al extremo de esto sin contemplaciones. De entrada, la premisa de El grito en el cielo me resulta altamente beckettiana, con los residentes de un geriátrico constreñidos en la marginalidad de la existencia humana, acaso heces de la misma, reductos que para nadie cuentan; y, sin embargo, la vida sigue latiendo en ellos con sus sueños y su extremada cabezonería conformada en deseo. Pues es el deseo, cristalizado tras la pérdida de la esperanza, lo que define a los desarraigados personajes de Beckett, tal y como dejó claro Alain Badiou. Eso sí, resulta inútil buscarle referentes, modelos ni símiles a La Zaranda: la compañía jerezana representa más bien una síntesis proverbial de lo mejor que ha dado de sí la cultura (entiéndase el término en su acepción más noble: lo que hace crecer) en los últimos dos mil años, con su lenguaje, su música y su tono. Uno sale siempre de sus funciones sintiéndose más persona, más cerca de los otros, más parte de algo que merece la pena en cuanto nos supera. Por qué tendría que ser distinto esta vez.

Beckett / Ionesco

Pablo Bujalance | 1 de agosto de 2014 a las 21:55

'Fin de partida' de Beckett, en el montaje dirigido por Roger Blin en 1957.

‘Fin de partida’ de Beckett, en el montaje dirigido por Roger Blin en 1957.

Los restos de Samuel Beckett y Eugène Ionesco descansan en el cementerio parisino de Montparnasse. Las tumbas se encuentran en la misma zona del camposanto, a apenas veinte metros de distancia. La de Beckett, que el irlandés comparte con su esposa Suzanne, es sobria, rigurosa, aséptica, con los nombres de ambos como único lema en la inscripción sobre el mármol rojizo. Cuando la visité, hace cuatro años, sólo había una rosa seca sobre la piedra. La sepultura de Ionesco, en cambio, está presidida por una enorme cruz y hay diversas citas, fragmentos y versos sueltos distribuidos por su monumental blancura. En aquella misma ocasión, alguien había rendido honores al rumano con una esmerada corona de flores (debía hacer como mucho un par de días, a tenor de la frescura de las mismas) que compartía tributo junto a otros recuerdos y loores en diversos formatos. Si tuviésemos en cuenta sólo el ornamento de sus tumbas, habría que concluir que Ionesco le gana la partida a Beckett en lo que se refiere a la posteridad. Este año, curiosamente, se produce una doble efeméride en cuanto a las defunciones de ambos escritores: Beckett murió en diciembre de 1989 e Ionesco lo hizo en marzo de 1994, con lo que en este 2014 se cumplen 25 años del fallecimiento del primero y 20 años de la misma e inevitable fatalidad que se llevó al segundo. Además de que el dicho popular advierte de que conviene no hablar de los muertos, y mucho menos a cuenta de su muerte, las efemérides, que al cabo no son más que matemática barata, sirven para lo que sirven: es decir, para bien poco, salvo en determinados fastos bien aprovechados por los listos de siempre en aras de la especulación, en su sentido más amplio; sin embargo, dado que los autores referidos llevan indisolublemente ligada la noción de carpetazo a todo cuando la literatura dramática había dado de sí desde Esquilo hasta que ambos decidieron darle a la pluma, a lo mejor no es mala idea preguntarse cuánto de su estética, y por tanto de su ética, perdura en el teatro presente. Y no se trata tanto de la preminencia de títulos en los repertorios y las programaciones, que tanto en Beckett como en Ionesco es abundante, como de una cuestión de intención. Porque lo importante, por decir algo, es volver a cuestionarse qué sentido tiene hacer teatro hoy (y cómo, y dónde, y para quién) y más aún qué sentido tiene hacerlo a la sombra de determinadas luminarias.

Fernando Arrabal me contó una vez una anécdota que le escuchado en varias ocasiones. Una tarde se encontraba el de Melilla con Beckett en la casa de éste en París cuando llegó el cartero con un paquete. El envío era un libro, la nueva publicación de un crítico norteamericano, dedicada al teatro del absurdo, que el mismo ensayista había enviado a Beckett, junto a una carta repleta de lisonjas en la que invitaba al autor de Compañía a leer el libro. Beckett lo abrió y acudió rápidamente a un índice de autores relacionados, según el crítico, con el teatro del absurdo, y el irlandés comprobó que allí aparecían tanto su nombre como el de Arrabal. “Ya ves, Fernando, en algún saco nos tienen que meter”, señaló el Nobel a su invitado antes de arrojar el ejemplar sin más miramientos a la basura. Beckett detestaba que se le asociara al absurdo, y, por más que este vínculo perdure en enciclopedias, wikipedias y manuales varios, el escrúpulo no hacía más que honor a la verdad. La consideración de la vida como enfermedad, desde la misma hora del nacimiento, no es un absurdo: es una exégesis de la existencia (que no existencialismo) que se sostiene por sí sola como denuncia de lo que es evidente. Los personajes de Beckett, ya esperen a Godot, ya aguarden su propia descomposición en contenedores, ya escuchen sus propias voces grabadas en un magnetófono, ya comparezcan enterrados hasta el cuello, no sufren condena alguna al absurdo: a la manera de Schopenhauer, su condena es que son hombres, y ni siquiera la certeza de la muerte es capaz de aliviarles. Llamar a esto absurdo significa no enterarse de nada, porque para estos personajes bien podría representar el absurdo un remedio, un placebo, un distraimiento que, invariablemente, les es negado. A Beckett, además, la mecánica de la puesta en escena le sirvió para hacer de esta imagen (pues la imagen explica esta exégesis mucho mejor que las palabras) un espectáculo cómico. Pero no es el absurdo lo que excita la carcajada, sino la ejecución dramática de la costumbre: si Shakespeare hizo a su Rey Lear como un mamarracho que se sabe objeto de burla por parte de los dioses, Beckett se vale del teatro para convertir esta particularidad en un universal (Beckett no niega a los dioses, pero, en todo caso, que existan o no resulta indiferente). Y sí, el autor vierte en sus obras la semilla de sus héroes literarios, de Proust a Calderón, de Dante al propio Shakespeare; pero su prefiguración del corazón humano, basada en las propias debilidades de Beckett, es personal y única hasta las heces. En consecuencia, pretender copiar a Beckett, imitarle, adoptarlo como escuela, es un ejercicio inútil. Otra cosa es que puedan encontrarse huellas y rasgos beckettianos en un autor como Rodrigo García, que se puede, y también en Eusebio Calonge. Un apunte: en la última obra de La Zaranda, El régimen del pienso, Calonge apuntaba a Koestler para volver a rechazar el nihilismo. Y conviene volver a leer a Beckett para comprender hasta qué punto él hace lo mismo, por su cuenta, por más que en las enciclopedias antes referidas se le considere un apóstol del credo nihilista.

Eli Wallach y Zero Mostel, en 'Rinoceronte' de Ionesco (1961).

Eli Wallach y Zero Mostel, en ‘Rinoceronte’ de Ionesco (1961).

En Ionesco, la asignación del absurdo parece revelarse como una etiqueta mucho más eficaz. Lo hace así al menos en sus primeras obras, La cantante calva y La lección, tal vez su texto más importante, al menos para quien suscribe. Existen diversos lugares comunes al respecto: el horror del siglo ha convertido en obsoleta la capacidad del hombre para conocer el mundo, pues ha sido superada con creces, colmada, rebosada, como un recipiente reventado. En consecuencia, la criatura asiste a un mundo que parece funcionar con leyes distintas, ante las que debe volver a reconocerse, ubicarse y dimensionarse. Convendría subrayar, en todo caso, dando la razón a quienes han insistido en ello desde Descartes, que el absurdo no es una cualidad del mundo, sino de la percepción. En todo caso, lo cierto es que, a lo largo de su obra, Ionesco parece ir concediendo cada vez menos protagonismo al desconcierto: en una obra también temprana como Rinoceronte, ya a finales de los 50, desde el principio está bien claro lo que Ionesco quiere decir, y la colorida presencia de los paquidermos, más allá de su cualidad simbólica, termina siendo lo de menos ante la gravedad de la aceptación del desastre. Pero, ¿no era así ya en La lección? ¿No es el absurdo, si es que aún se le puede seguir llamando así, un refuerzo del mensaje cuando el medio se vuelve incomprensible? Hoy convendría interpretar a Ionesco en virtud de su empeño por la claridad, en llamar a las cosas por su nombre en un mundo en que esta tarea se vuelve titánica. Que el recelo ante el pacto social urdido para la asimilación de la realidad (incluida la barbarie escupida cada día en las pantallas) se haya convertido en un asunto trasnochado para el teatro contemporáneo revela la medida en que éste todavía debe ser sometido a crítica. La peor ausencia de Ionesco es la que delata la conformidad respecto a las interpretaciones ajenas (impuestas, interesadas y, si hacemos caso a la dialéctica marxista, como hubiese querido Brecht, profundamente reaccionarias) de la existencia. Va siendo hora de que el teatro se siente a pensar y decidir cómo llama a las cosas. El recelo de los nombres que otros han decidido aplicar definiría, por ahora, su actitud más consecuente, al menos como paso previo a la intervención en el mundo. Si es que el teatro, claro, aspira a algo más que a entretener.

Desde dos posiciones bien distintas, Ionesco y Beckett le dieron al teatro la claridad que necesitaba para significar en su siglo. Tildar su obra de absurdo (especialmente en el caso de Beckett, aunque habría que ir considerando qué hacemos con Ionesco) significa, ni más ni menos, una censura. Pues difícilmente ambos podrían haber sido más elocuentes. Pero ya se sabe que, en esta época de necios, el modo más sencillo de enterrar una creación capaz de afectar es cubrirla de prestigio a costa de hacerla parecer rarita. Al final, la pregunta vuelve a ser: ¿Qué teatro será el que llegue a dejar huella en el presente, el que consigne una mayoría de edad para esta generación? Será cuestión de atreverse.

A imagen y semejanza

Pablo Bujalance | 1 de diciembre de 2013 a las 21:54

Crítica de El régimen del pienso de La Zaranda, representada en el Centro Cultural Provincial de Málaga el 29 de noviembre. Dirección: Paco de La Zaranda. Texto: Eusebio Calonge. Reparto: Javier Semprún, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos.

Como siempre, escribir una crítica de La Zaranda resulta harto difícil: la compañía esgrime un lenguaje tan personal, una mirada tan única y una poética tan implacable, que uno tiene la sensación de empañar su trabajo al añadir una sola palabra. Posiblemente la actitud más consecuente una vez visto El régimen del pienso sea el silencio, y que cada cual llegue a la conclusión que quiera. Pero ya me ven, aquí, metiéndole mano a este artículo. Al final siempre me puede esta manía de contradecirme, aun cuando no conviene.

Para empezar por el principio cabe advertir de que la obra no trata, como se ha dicho en más de una ocasión, sobre la crisis económica. El régimen del pienso aborda otra crisis más profunda: la que lleva a los hombres a dejar de ser tales. El recurso de la pocilga / oficina no deja lugar a dudas: “Uno vive para cebarse, con la única esperanza de llegar sano al matadero”. La Zaranda ofrece un contexto a esta crisis concreto y a la vez abierto: es posible que el ser humano comenzara a dejar de serlo ya en sus balbuceos, pero ahora estamos en condiciones de practicar la necropsia y sacar algunas conclusiones. La economía, la cultura, la política y la historia han contribuido a que el hombre aceptara esta premisa: no hay más horizonte que el pienso. Todo se reduce a lo que nos va a amarrar más al asiento en este día, hasta que nos expulsen de una vez por todas. No es difícil entender de lo que habla La Zaranda, aunque pueda resultar doloroso: la calle está llena de gente que no vive más que para engordarse y engordar a quien le alimenta, en su espacio delimitado y las condiciones higiénicas al uso, hasta que suene el San Martín. Ninguna de sus funciones permitiría reconocerlos como seres humanos. ¿Qué es lo que le corresponde por definición a esta especie, lo que se espera de ella? ¿Y por qué renunció a ello? ¿En qué momento?

El texto de Eusebio Calonge es valiente y da respuestas: “De la pocilga uno sólo puede salir elevándose. Pero, ¿cómo se puede mirar al cielo cuando se tienen los ojos llenos de barro?” El régimen del pienso constituye, de nuevo, una interesante aproximación al cristianismo, reafirmada en la referencia al relato de los Evangelios sobre el endemoniado cuyas furias optan por meterse en una piara de cerdos, que terminan precipitándose en un barranco. Pero que nadie entienda aquí cristianismo como beaterío, ni doctrina, ni sumisión: el cristianismo, al menos desde Erasmo, es un modo de mirar al hombre como lo que es: algo a imagen y semejanza de otro algo bueno, puro, capaz de amar. Y es una mirada que se establece, cierto, en ascenso. De cualquier forma, El régimen del pienso considera que uno de los peores errores de la especie humana ha sido eliminar su horizonte espiritual: desde aquel momento, el cerdo es algo que nos atañe mucho más. La obra no es optimista, claro. Los resultados del proceso saltan a la vista fuera del teatro. Pero no deja de resultar conmovedora la escena en la que el cadáver se resiste a morir. Como si la resistencia fuese posible.

En El régimen del pienso, los referentes están más presentes que en otras obras de La Zaranda. Cuando Gaspar Campuzano se lía a reivindicar a Larra Vuelva usted mañana, lo hace con todos los motivos. También la construcción del mundo burocrático, como apuntó recientemente Calonge, se parece más al Miau de Galdós que a Kafka. Ya se sabe que el mundo de La Zaranda tiene mucho de ese otro mundo español y antiguo. Pero lo mejor es la demostración de que lo que estas voces dijeron todavía llega a doler. Otro momento genial es el puntapié que le propina Paco de la Zaranda al nihilismo detrás de su careta de cerdo. ¿Todavía hablar de nihilismo, a estas alturas? Pues claro. Adivinen de qué se alimentan esos zombis que se hacen llamar ciudadanos.

Añadan a todo esto una escenografía-puzzle promiscua en significados, una iluminación-personaje y la música, y tendrán eso que no puede ser sólo una obra de arte.

La Zaranda en el cielo

Pablo Bujalance | 17 de marzo de 2013 a las 18:04

Vinagre de Jerez

Pocas horas después de conocer la muerte de Juan de la Zaranda, me conmovieron profundamente estas palabras de Gaspar Campuzano: “Él inventó el teatro”. Creo que no se puede decir mejor. Qué rara es la lucidez esa que asalta cuando alguien a quien queremos se va. Yo creo que sí, que hacer Vinagre de Jerez fue una forma de inventar el teatro. Hace algún tiempo, Eusebio Calonge afirmó que el teatro es el medio de que dispone Dios para hablar a los hombres. Y también ando cada vez más convencido de ello, no sólo porque la escena se haya convertido en la última liturgia, también porque lo que ocurre en ella responde a la definición del claro del bosque que quería María Zambrano con una precisión que al menos a mis ojos, serán los años, se hace cada vez más milimétrica, más evidente, por más que, paradoja, cada vez sean menos las funciones que logran despertar en mí el fervor de antaño. Con la muerte de Juan todas estas cosas adquieren un sentido más pleno, seguramente porque pocas veces la memoria de un hombre ha podido contarse tan viva en lo que dejó escrito. Él quiso devolver al teatro la seguiriya, y lo que hizo fue rescatarle el Verbo. Sólo he creído comprender lo que quería decir su tocayo San Juan en la introducción de su Evangelio cuando he visto a La Zaranda. En ninguna otra parte he contemplado una comunión tan hermosa de la palabra y la luz como en esa derrota.

Sí, Juan Sánchez inventó el teatro. Tuvo que pasar mucho tiempo desde Esquilo, pero si vamos a hacer esto mejor hagámoslo despacio. Quien tenga prisa, mejor que se meta en un cine o en la capilla del best seller del mes. Hay cosas que uno prefiere, sencillamente, no compartir. Como si Dios fuese capaz de perdonar. Y es que yo no soy capaz. A mí me duelen Juan y su teatro.