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Pasqual/Lorca: una historia de amor

Pablo Bujalance | 3 de marzo de 2016 a las 5:00

Lluís Pasqual.

Lluís Pasqual.

Un actor amigo que tuvo ocasión de trabajar con Lluís Pasqual me contó que los ensayos con el director constituyen una oportunidad no sólo para el aprendizaje: también para la emoción en su estado más puro. A veces, cuando lo que ve Pasqual en la escena se ajusta a sus deseos, manifiesta un sentimiento embriagado, cercano al éxtasis, que sólo puede corresponderse con el amor: el hallazgo teatral es, también, un hallazgo de vida, y no oculta Pasqual cuando dirige la vida que le rebosa por todas partes. Viendo sus espectáculos, que el fundador del Teatre Lliure alcance tales arrebatos no resulta extraño en absoluto; muy al contrario, lo que destilan siempre, gusten más o menos, es un amor al teatro redondo, preciso y sin fisuras. Es este sentido del oficio como amor facto el que le permite llevar a escena a Shakespeare como posiblemente nadie lo ha hecho en el teatro español durante el último medio siglo (aún recuerdo su programa doble Hamlet / La tempestad, estrenado hará una década, como una experiencia definitivamente shakespeareana). Sin embargo, tal vez, y así lo ha confirmado alguna vez el propio Pasqual, sea Federico García Lorca el mayor depositario de su amor: el más duradero, el más prolongado, el decisivo, el que siempre se ofrece. Esta querencia también se ha demostrado, como signo de un compromiso a prueba de tiempos y erosiones, en el escenario; históricos fueron sus montajes de El público (1986) y Comedia sin título (1989), que, cuando Lorca corría el serio riesgo de quedar indisolublemente vinculado a un cierto carácter folclórico y nacionalista, llegaron en el momento preciso para rescatar al Lorca que prefería Borges: el poeta universal, el que no ejercía de andaluz profesional (tomo la idea de un revelador artículo crítico de María Delgado sobre Lluís Pasqual). Después llegaron Haciendo Lorca con Núria Espert y Alfredo Alcón, en 1996, a modo de celebración lírica con un formato que el mismo director quiso rescatar no hace mucho a mayor gloria de Shakespeare, si bien la muerte de Alcón frustró el envite; la lectura de La casa de Bernarda Alba compartida con Antonio Canales en Bengues (1997), y otras liturgias poéticas como Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre con Juan Echanove (1998) y La oscura raíz, de nuevo con Espert (1988). Especialmente a través de su alianza con el artista Frederic Amat, el amor de Pasqual y Lorca ha contribuido de manera esencial a salvar a Lorca de sí mismo, a hacer de él un autor realmente vivo, fuente de inspiración escénica perpetua, mucho más allá de su calidad simbólica, histórica, memorialística, patriótica e incluso literaria.

Por eso resulta altamente recomendable la lectura de De la mano de Federico, el libro que acaba de publicar Arpa Editores en el que Lluís Pasqual da cuenta en primera persona de esta historia de amor. Y así lo cuenta el propio director: “Al igual que cuando uno se enamora por primera vez se está enamorando de alguien y del amor al mismo tiempo, García Lorca era para mí «el autor» y la Literatura: el descubrimiento de la compañía espiritual y de la capacidad de aventura que encierra un libro. Aunque leía a otros autores, la sensación de extraña cercanía no era la misma. Tal vez por esa misma cercanía, en algún momento debí de sentir que si uno puede elegir a sus amigos entre los vivos, también lo puede hacer entre los muertos si, como en este caso, sus palabras, que albergan sus emociones más íntimas, te acompañan y te sirven, en algunos momentos de la vida, para darle un nombre a las tuyas. Enamorarse del Federico amigo era demasiado fácil y, sobre todo, peligroso. Me he enamorado de otros escritores pero, en algunos casos, con el tiempo ha llegado el desamor, les he dejado yo o me han abandonado ellos. La fascinación que desde el primer momento sentí —y sigo sintiendo— por la escritura de García Lorca me decía que Federico podía acompañarme por lo menos un largo espacio de mi vida, alimentando durante mucho tiempo la cálida sensación de fraternidad que me producía su lectura: amor de hermano. Ahí estaba. Esto iba a ser, mi hermano. Y puestos a pedir, mi gemelo. Un espejo al que poder mirarme, un reflejo en forma de refugio, mucho más sabio que yo por el hecho de ser poeta, y cuyos pensamientos y emociones se parecían a los míos, o más bien los míos encontraban su libre expresión en la manera cómo él los contaba”. He aquí, al fin, una oportunidad de lujo para asomarse con ánimo de complicidad a esta historia de amor, en la soledad y la disciplina de la lectura. Al cabo, el espíritu precisa los mismos alimentos.

La escena como lienzo

Pablo Bujalance | 7 de mayo de 2015 a las 5:00

Amat, en pleno delirio creativo para 'El Público' (1986).

Amat, en pleno delirio creativo para ‘El Público’ (1986).

El testamento de María, penúltima reválida de eso que llaman el gran teatro español, se representa la semana que viene (15 y 16 de mayo) en el Teatro Central de Sevilla y el mes próximo (19 y 20 de junio) en el Teatro Cervantes de Málaga. Motivos de sobra hay para escoger a la hora de optar por esta función: la siempre estimulante presencia de Blanca Portillo en escena, el texto de Colm Tóibín basado en su propia novela (facilón, aunque al menos determinante en su intención de hacer preguntas sobre los primeros promulgadores del mensaje de Jesús de Nazaret) y la dirección de Agustí Villaronga, más conocido por su solvente rigor cinematográfico (del que dio buena cuenta en la hermosa y turbadora Pa negre). Un servidor, sin embargo, repara en que la escenografía viene firmada por Frederic Amat; y entonces sí que alienta cierta urgencia en ir a ver el montaje. Por más que uno ya sepa de antemano lo que le van a contar, cabe esperar que al menos la producción (en la que participan el Centro Dramático Nacional, el Festival Grec y el Teatre Lliure) excite, aún a estas alturas, ciertos sabores estéticos que seguramente andan por ahí dormidos.

Entregado a la escultura, la pintura, la cerámica, el cine y cualquier medio que se le ponga a mano, Amat (Barcelona, 1952) representa también, en gran medida, todo lo que el teatro español pudo haber sido y no fue: un feroz objeto rebosante de significados contemporáneos, adscrito a los mimbres plásticos con igual vehemencia que a los dramáticos. Un cosmos dirigido a la experiencia, a la perpetuidad del momento. Un animal que sacia el alma, también, a través de los ojos. Basta, para comprobarlo, asomarse a su trayectoria, especialmente los trabajos realizados para Lluís Pasqual, como el fundacional Esperando a Godot que se estrenó en 1999 en el Lliure (verdadero gesto de reconciliación del teatro español con Beckett) y la legendaria visitación lorquiana a El Público estrenada en 1986 en Milán con la colaboración del CDN. Por no hablar del montaje de la ópera de Cocteau y Stravinsky Oedipus Rex estrenado en 2001, con la dirección musical de Josep Pons y las coreografías de Cesc Gelabert, para quien ha diseñado otras reveladoras escenografías.

Claro que en el último medio siglo el teatro español ha contado con no pocos fabulosos escenógrafos. Pero Frederic Amat a ejercido, en demasiadas ocasiones, de lobo estepario, y su escuela no ha sido debidamente correspondiente. Entre las muchas cuentas pendientes del teatro español, queda la de una mayor conexión con los artistas plásticos de su tiempo, en términos de aprovechamiento, inspiración mutua y espacios compartidos. Si los vínculos hubiesen sido más fluidos cuando correspondía, asistiríamos hoy a un teatro de mayor autoridad y presencia en Europa, seguramente más respetado por la administración y más estudiado en términos patrimoniales. Pocos creadores como Frederic Amat encarnan el camino a seguir con semejante entusiasmo.