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Balances y paradojas

Pablo Bujalance | 3 de enero de 2014 a las 5:00

El reciente 'Rey Lear' de Pepa Gamboa.

El reciente ‘Rey Lear’ de Pepa Gamboa.

Aunque me haya visto tentado, finalmente he declinado adornar este Diario de Próspero con balances, rankings, listas y demás recursos forenses respecto a lo que dio de sí el teatro (ya sea el español o el andaluz, si es que alguna de las dos categorías responde a una realidad objetiva) en el ya extinto 2013. No soy muy partidario de este tipo de estrategias, y menos aún en el teatro. Y no lo soy porque me parece sencillamente imposible dilucidar una determinada mejor obra, o un mejor director, o un mejor actor, o una mejor actriz, o una mejor producción de cada cosecha, por más que la negación de este argumento permita entregar cada año los Premios Max, los nuevos Premios del Teatro Andaluz (de cuyo jurado soy miembro: perdonen ustedes la contradicción) y otros galardones siempre merecidos por los artífices del gremio. En todo caso, intuyo, podemos hablar de años malos o menos malos, y casi pare usted de contar. Pero sí he seguido con interés los balances que los diversos medios de comunicación se han atrevido a servir sobre lo visto en nuestros escenarios desde el pasado enero. Y prácticamente todos han coincidido en señalar una paradoja evidente: el 2013 ha sido, al parecer, un año nefasto para el teatro como industria, con el castigo decisivo de la subida del IVA traducida en la pérdida de al menos dos millones de espectadores, una caída abultada de las programaciones, la extinción de compañías, festivales y circuitos, el cierre prolongado de teatros y salas y, en fin, la constatación de que dedicarse al teatro en esta época constituye un pésimo negocio. Al mismo tiempo, y según los mismos balances, en los últimos doce meses se ha producido un notable esplendor artístico como respuesta a esta misma situación agónica, con la consolidación de fórmulas alternativas a los registros tradicionales para la búsqueda de nuevos públicos (el microteatro llevado a lugares distintos de los escenarios constituye un ejemplo decisivo), propuestas arriesgadas sostenidas desde la independencia, la reconversión de las compañías e instituciones más veteranas e influyentes mediante la apertura de puertas y ventanas que llevaban demasiado tiempo cerradas y la manifestación de un talento que, dicen, sin la urgencia desencadenada por la crisis habría mantenido la invisibilidad propia de los círculos clandestinos.

Quien mejor ha señalado la naturaleza paradójica del teatro español en los últimos años ha sido (vaya por Dios) Alfonso Sastre, quien mucho antes de que estallara la crisis y de que subiera el IVA al 21% ya advirtió otra paradoja mayor: la escena registra una buena salud en el sentido de que se producen espectáculos, se hacen cosas más o menos innovadoras y más o menos tradicionales, hay quien sigue dedicándose profesionalmente al teatro y todavía queda algo de público dispuesto a comprar una entrada y sentarse en el patio de butacas. La paradoja, según Sastre, ocurre en la medida en que, al mismo tiempo, en el teatro español no pasa nada. Es decir, hay un teatro, incluso un teatro en muchas ocasiones muy bien hecho, pero se trata de un teatro sin intención, sin ánimo de significar, sin identidad y sin distinción propia respecto a lo que podía suceder hace, pongamos, diez o quince años. Y creo que es esta paradoja la que más y mejor describe lo que ha pasado con el teatro español en 2013. Posiblemente en este 2014 ya estaremos en condiciones de admitir que lo peor que le ocurre al teatro español no es un IVA demasiado elevado (una injusticia que sin duda debe ser enmendada cuanto antes), sino que, aunque se haga un buen teatro, estrictamente aquí no pasa nada. Lo más triste es que la realidad social, política y económica del país está saturada de ocurrencias, pero el teatro no se ha mostrado precisamente hábil a la hora de situarse (tal y como debería asumir por su responsabilidad) en el centro de lo que ocurre. Pesa demasiado, me temo, el deseo de no molestar con tal de no espantar a un público potencial. Pero el público ya ha demostrado que sus leyes son imprevisibles. Quizá ahora, en este nuevo año, haya llegado el momento de asumir al público no como clientela sino como ciudadanía. Y esto es algo que debería afectar tanto al teatro público como al privado, al de repertorio como al de vanguardia, al publicitado como al independiente.

En la singularidad del teatro andaluz, la paradoja se da en idénticos niveles. En este año hemos podido ver muy buenos espectáculos, como la Juana la Loca de Histrión y La venganza de Don Mendo de El Espejo Negro. Artistas como Julio Fraga y Pepa Gamboa han demostrado que no sólo se mantienen en forma sino que son capaces de seguir creciendo, lo que desde luego resulta reparador y reconfortante. Además, cabe señalar que la singularidad del teatro andaluz como tal teatro andaluz sigue existiendo, lo que puede considerarse un éxito a pesar de que la mayoría del público demande otras fórmulas recauchutadas (a lo mejor la solución pasa por producir un musical de Disney a la andaluza; a lo mejor no). Esto se debe a que gente como La Zaranda, Ricardo Iniesta y Emilio Goyanes siguen haciendo lo suyo, en la definición del teatro andaluz tanto por lo propio como por lo ajeno; también a que no pocas jóvenes compañías han decidido recoger el guante lanzado y ahondar en esta singularidad andaluza desde sus respectivas singularidades creativas; y también a un fenómeno reciente y muy estimulante: el del regreso a Andalucía de no pocos actores y directores andaluces que en los últimos años han probado fortuna en Madrid (y más allá) con diversos resultados. Resulta llamativo el modo en que algunos de ellos reivindican la esencia andaluza de sus nuevas propuestas producidas aquí. Un caso representativo es el del gran actor Eduardo Velasco, que después de formar parte del reparto de la estupenda lectura de De ratones y hombres de Steinbeck a cargo del Centro Dramático Nacional estrenó este pasado otoño El profeta loco, un meritorio montaje pensado, dicho y subido a escena en andaluz. El mismo Velasco me contaba al hilo del estreno que él se siente parte de la “escuela andaluza” porque lo que define a ésta es “la verdad”. Un apunte revelador que, sin duda, dará para otro artículo.

Eduardo Velasco, en 'El profeta loco'.

Eduardo Velasco, en ‘El profeta loco’.

De modo que sí, este año hemos tenido en Andalucía muy buen teatro. Y, además, teatro andaluz. Sin embargo, ¿ha pasado algo? Más bien poco, me temo. Menos, eso seguro, de lo que tendría que haber ocurrido. Podemos felicitarnos de que un tótem como Álex Rigola tome nota de las empresas de TNT y haya decidido subir a escena a inmigrantes y personas en riesgo de exclusión social. Pero mayores dosis de coraje a la hora de intervenir en la catástrofe del presente desde el teatro serán bien recibidas. Es mucho lo que hay en juego, me temo. ¿Significaría esto producir un teatro adaptado a las circunstancias, efímero como éstas, oportunista, periodístico, empeñado en el instante y sin ánimo de permanecer, de usar y tirar? No. Muy al contrario. Se trata de devolver al teatro su función cívica. De otorgar al espectador su consideración y su responsabilidad en cuanto protagonista de esta época. De resolverse, en definitiva, como una llamada a la madurez, ahora que resulta imprescindible una anticipación de la ciudadanía como alternativa a la progresiva decadencia del sistema político. Podemos tomar nota de las respuestas que el teatro de diversos países europeos y latinoamericanos ha puesto sobre la mesa ante la debacle de sus entornos. Es preferible ver en este sentido al teatro andaluz como una oportunidad: la de demostrar que otro teatro es posible. Y la de hacerlo, digámoslo de una vez, asumiendo un lema que la Historia nos ha devuelto candente, íntegro, rabioso: la utopía.

Corresponderá a los teatreros aceptar o no el envite. Mientras tanto, y para terminar de una vez este larguísimo artículo (disculpen los lectores semejante apelación a su paciencia), apuntaré algunas ideas respecto a dos cuestiones fundamentales con vistas al futuro inmediato. El que arranca ya en este 2014 que nace, cual criatura de Francis Scott Fitzgerald, viejo, decrépito y soñador de su prometida juventud:

  • La programación. Vuelvo a Alfonso Sastre, que dice: programar es pensar. El mismo Álex Rigola me confesó una vez que lo había hecho grande al teatro catalán no habían sido tanto sus mejores compañías, sino un puñado de programadores valientes y visionarios que, con todo en contra, decidieron presentar en sus teatros propuestas encaminadas a hacer del teatro una cuestión, precisamente, de pensamiento. Ahora que el negocio se va al traste, corresponde, ya con menos miedo al fracaso, programar pensando en el reto que se ofrece al espectador, no en su complacencia. Por un lado, ciertamente, Andalucía debe conferir visibilidad al teatro que ella misma es capaz de generar. Pero también conviene dar una respuesta urgente a una cuestión sangrante: es todavía mucho, muchísimo, el teatro español y europeo que no llega a programarse en Andalucía. Y se trata de un mal que afecta, curiosamente, tanto a la escena más comercial como a la más vestida de riesgo. Tal vez el nuevo programa Platea del Inaem y el nuevo circuito escénico andaluz (una vez que llegue a presentarse al público como algo materialmente real, en lugar del entramado burocrático de nombres y siglas que es actualmente) propicien un paisaje distinto en 2014. Pero, mientras tanto, lo que no resulta muy de recibo es que la Consejería andaluza de Cultura invierta una cantidad nada desdeñable en una programación de alto copete que sólo puede verse durante este curso en dos escenarios: el Teatro Central de Sevilla y el Teatro Alhambra de Granada (el tercer espacio de la Junta, el Cánovas de Málaga, ha quedado consagrado al teatro infantil; por ahora sus responsables parecen satisfechos con la medida, pero ya habrá tiempo de ajustar cuentas). A lo largo y ancho de la provincia quedan salas y teatros cerrados a cal y canto, lo que se traduce, claro, en demasiadas oportunidades perdidas. La programación privada presenta una intuición por lo general loable, pero su desamparo es ya insostenible. Sus posibilidades de establecer una competencia real con los teatros públicos son cada vez menores, en parte porque lo que representan apenas cuenta para las grandes productoras españolas. En consecuencia, el medio y el mensaje (hagamos caso aquí también a MacLuhan: a menudo ambos son el mismo) terminan homogeneizándose y contribuyendo a que aquí no pase nada. Con respecto a los festivales, salvo honrosas excepciones como el Fest de Sevilla, casi todos ejercen más de temporadas comprimidas que de festivales en sí. Y quien más pierde al final, claro, es el espectador.

  • La afición. Es necesario cultivar la afición al teatro en Andalucía, desde las edades más tempranas y en todas las direcciones socioeconómicas. No se trata sólo de presentar alternativas en los escenarios: hay que fomentar el gusto por la asistencia con todos los instrumentos posibles. La educación es aquí la clave: igual que se han presentado programas interesantes para la introducción del flamenco en la escuela, la Consejería de Educación debería tomar partido por el teatro con igual ímpetu, aunque para ello debe convencerse antes de que el teatro andaluz es un valor cultural y patrimonial decisivo en el pasado, presente y futuro de la región (y debería hacerlo, además, aunque sólo sea para contrarrestar la decisión con la que el Gobierno español elimina las materias artísticas del curriculum a través de la Lomce). También resulta fundamental el cultivo del teatro aficionado, un agente que realiza una labor fundamental en muchos municipios pequeños pero que también en las ciudades grandes debe tomar parte. Que en Andalucía existan muchas más compañías profesionales que aficionadas responde a un desequilibrio muy peligroso (si algo así se diera en el fútbol, hace ya mucho tiempo que habrían terminado las ligas). A menudo (algo debido en parte a una pésima gestión cultural) las compañías profesionales ven a los grupos aficionados como competentes desleales, pero deberían darse las circunstancias para que empezasen a verlos como el caldo de cultivo del público idóneo para sus trabajos. ¿Es posible sembrar una semilla en este sentido y ganar una afición, firme y comprometida, para el teatro andaluz, igual que existe una afición a los toros, al fútbol y a los nuevos dioses gastronómicos? Sí. Considérenlo dentro de la misma utopía, si quieren. Pero lograrlo exige trabajo. Manos a la obra. 

Una actriz

Pablo Bujalance | 13 de noviembre de 2013 a las 5:00

 

Viendo a Gema Matarranz en Juana, la Loca. La reina que no quiso reinar, recordé el prólogo que escribió Lorca para Doña Rosita la soltera, en el que reclamaba un teatro que fuera capaz de expresar el amor y el asco. Si alguna vez, como quería el granadino, el teatro llegase a contener las emociones humanas en su más alto grado de verdad, la mera exposición de las mismas constituiría ya un fenómeno teatral; y, por tanto, el teatro, al menos tal y como lo conocía Lorca, con su burguesa disposición de patios y plateas en torno a un escenario, ya no resultaría necesario. Teatro y vida terminarían siendo la misma cosa, algo que ya Esquilo ya pretendió. Convengamos, sin embargo, en que la consecución de un logro semejante no depende de las producciones al uso, ni de la adopción de una determinada estética escenográfica, ni de una dirección más o menos visionaria, ni siquiera de una programación valiente. Que el teatro sea vida y la vida sea teatro depende del trabajo del actor, última instancia de la humanización de lo escénico a través de la interpretación. El actor es alguien que no es y esto permite al teatro ser. Perdonen esta confusión próxima al sofisma: los clásicos ya empleaban el mismo término para llamar al personaje y a la persona, y la máscara griega no se usaba en virtud del camuflaje sino de todo lo contrario: la ocultación del actor significaba el alumbramiento del personaje, pero no, evidentemente, su eliminación del juego.

     ¿Por qué me acordé de todo esto viendo a la reina Juana de Histrión? Porque el trabajo de Gema Matarranz devuelve por fin al teatro lo que le es propio: la humanidad entera. Su recreación del personaje, portentosa, no sólo es perfecta técnicamente, en cuanto a la composición física y la dicción; es que Matarranz es Juana la Loca y nos dice sobre ella mucho más que el texto de Jesús Carazo; más, incluso, que los libros de Historia. La actriz convierte al personaje en persona: alguien vivo, pleno de fragilidad y de rabia, que expresa el amor y el asco con una verdad conmovedora. Matarranz ganó hace unos meses el galardón a la mejor actriz dentro de la primera edición de los Premios del Teatro Andaluz por su trabajo en Teatro para pájaros de Daniel Veronese. Pero yo considero esta Juana un acontecimiento mayúsculo dentro de la historia reciente del teatro. Aquí está, esta vieja criatura que tantos daban por muerta, incapaz de someterse a la tiranía digital y empeñada en conservarse dentro de anquilosadas formas litúrgicas, demostrando de lo que es capaz en este tiempo: pocas creaciones artísticas pueden aspirar a una belleza semejante. Ver a Gema Matarranz bajo los focos es una forma de ser hombre. No se la pierdan.

Un territorio tras el telón

Pablo Bujalance | 4 de julio de 2013 a las 11:17

 
La Feria Teatro en el Sur de Palma del Río en Córdoba acogió ayer la entrega de los Premios del Teatro Andaluz en su primera edición. Se trata de una iniciativa puesta en marcha por la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía en colaboración con la Fundación Autor de la SGAE con el objetivo de poner nombre y rostro a quienes sostienen, a duras penas, todo lo que tiene que ver con las artes escénicas en la región. La empresa es más ardua y delicada de lo que pudiera parecer, pero este primer palmarés es ya un hecho, con todos los peros que cada cual quiera poner al fallo del jurado (constituido por críticos de medios de comunicación andaluces) por aquello de que, en cuanto a premios se refiere, nunca llueve a gusto de todos. De cualquier forma, hay un argumento incontestable: los galardones, repartidísimos, permiten abordar a modo de cosecha del añouna posible radiografía artística del teatro andaluz.Pocas objeciones se pueden presentar a la entrega del premio al mejor espectáculo de teatro a El régimen del pienso de La Zaranda. Con Juan de la Zaranda todavía llorado tras su reciente subida a los cielos, los jerezanos mantienen como firme herencia su poética implacable, su rechazo a la poltrona y su manía de llevar el dedo a la llaga, las mismas señas por las que muchos consideran a La Zaranda la mejor compañía teatral de España, y no sólo porque así lo reconociera el Premio Nacional en 2010. Paco de la Zaranda demuestra en El régimen del pienso que todavía hay más donde rascar en cuanto a las posibilidades del teatro de afectar al espectador, hablando del tiempo presente pero alumbrando las miserias del hombre como especie. Los Premios del Teatro Andaluz han reconocido además a Eusebio Calonge como mejor autor por la misma obra, aunque también decir que Calonge es el mejor dramaturgo andaluz tiene mucho de obvio. Por cierto, esta categoría se ha visto envuelta en cierta polémica, propiciada por algunos autores que han pedido dos categorías diferenciadas para obras originales y adaptaciones. Razón no les falta, aunque habría que ver en qué medida la adaptación de clásicos y otros textos ajenos carece de importantes connotaciones de creación propia.

Pero no crean, hay vida más allá de La Zaranda. El onubense Guillermo Weickert se hizo ayer con el premio al mejor espectáculo de danza por su aplaudido Material inflamable, otro ejemplo del riesgo y de la asunción del espectador como creador de emociones y cómplice dialéctico más que como mero testigo. La Maquiné ganó el premio al mejor espectáculo infantil con su muy hermoso El bosque de Grimm, recreación contemporánea de los cuentos tradicionales destinada a competir en la primera línea planetaria. El premio al mejor director fue para el malagueño Ángel Calvente, responsable de El Espejo Negro, por su genial puesta en escena de La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, lo que sienta un precedente singular: no hay desde luego muchos premios oficiales capaces de entregar un galardón de este calibre a un creador de marionetas (Calvente cuenta con dos Premios Max, aunque ambos en la categoría de mejor espectáculo infantil), pero ocurre que El Espejo Negro es una de las compañías andaluzas con más prestigio y proyección internacional; además, el títere constituye una tradición de pleno derecho en el teatro andaluz (baste recordar el magisterio ejercido por La Tía Norica desde Cádiz) y hacerlo visible de este modo es un acto de justicia. El teatro andaluz es muchas cosas: tragicomedia, circo, danza, marioneta, cabaret, Siglo de Oro y otros espejos que delatan una realidad poliédrica.

Otro ejemplo de esta evidencia viene de la mano de los premios al mejor actor y la mejor actriz protagonistas, otorgados respectivamente a Manuel Salas y Gema Matarranz, de la compañía granadina Histrión, por Teatro para pájaros, la obra de Daniel Veronese que el mismo gurú argentino dirigió durante un segundo retiro de la agrupación a Buenos Aires tras el éxito de Los corderos. También hay unanimidad granadina en los premios al mejor actor y mejor actriz de reparto: Piñaki Gómez y Nerea Cordero, de Laví e Bel, los merecieron gracias a su impagable trabajo en Cabaret Popescu, montaje que hizo valer a su creador, el gran Emilio Goyanes, el premio a la mejor composición musical.

Y sigue el palmarés: Fernando Lima ganó el premio a la mejor coreografía por Una ciudad encendida de la compañía Danza Mobile, Vicente Palacios a la mejor escenografía por Tomar partido de La Fundición, Allen Wilmer al mejor diseño de vestuario por El Buscón de Teatro Clásico de Sevilla y Alejandro Conesa al mejor diseño de iluminación por Celestina, la Tragicomedia de Atalaya. Lucía Vázquez y Manuel Cañadas ganaron los premios a los mejores intérpretes de danza, en sus respectivas categorías, por Viaje a la luna de Producciones Imperdibles y Oye, Yoe de Perros en Danza. Los Premios de Honor fueron para Salvador Távora, la Feria de Palma del Río y Lola Marmolejo y la Compañía Bastarda Española. Mucho teatro, en fin, y muy diverso. Ahora conviene que lo vean muchos.