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Contra la cultura

Pablo Bujalance | 4 de mayo de 2016 a las 23:45

Hace unos días compartí un suculento café con una bailarina y coreógrafa, directora de una importante compañía a la que admiro especialmente y a la que, estando como está el patio, mejor dejaré en el anonimato. En un momento de sinceridad mi interlocutora me confesó: “Ha habido veces en que hemos pinchado en una actuación a la que han venido cuatro gatos y, como siempre, te pones a analizar qué ha pasado. Piensas, a ver, las entradas no eran caras, el teatro nos ha dado facilidades, nos habían programado en un buen día y se había hecho suficiente promoción. La prensa había hecho su trabajo, se habían publicado artículos esa misma mañana, habíamos salido en la radio y traíamos buenas críticas desde el estreno. Todo había salido rodado. Y nos encontramos el patio de butacas casi vacío. La conclusión a la que llegamos, sintiéndolo mucho, es que el que ha fallado es el público. Que la gente ha preferido quedarse en su casa porque sí, porque sencillamente no les apetecía ir a ver lo que ofrecíamos y han optado por la televisión. Luego, claro, quienes vienen a ver lo que hacemos te dicen después lo mucho que les ha gustado. Pero es frustrante que tanta gente se ponga de acuerdo para allanar el camino y el público al final no responda, sin más”. Ciertamente, los motivos por los que un buen espectáculo agota un día las localidades y pasa desapercibido al siguiente son numerosas, muy diversas y, sobre todo, impredecibles; si existiera una fórmula mágica para saber con antelación cuál va a ser la respuesta del público, habría llenos en todas las funciones. En un artículo anterior apuntábamos cómo Alain Badiou hablaba de cierto prejuicio de algunos espectadores potenciales respecto a sí mismos, como si la asistencia al teatro y la danza fuese una actividad que estos no-espectadores no merecen o se les escapa, por demasiado elevada o compleja; y aunque es cierto que a menudo, especialmente cuando ha habido subvenciones de por medio, se han presentado propuestas que parecían levantadas con la intención preclara de disgustar o aburrir, y a pesar de que se haya confundido con demasiada facilidad lo serio y hondo con lo soporífero, sería injusto reducir la cuestión a estos términos. Son muchos más los creadores que deciden salir a escena con el objetivo de conquistar a quienes comulgan con ellos en el hecho teatral y quienes, con más o menos frecuencia, se encuentran con que el público ni está ni se le espera. El problema viene de antiguo e, insisto, no presenta una resolución sencilla. Pero alguna carta, tal vez, se podría poner sobre la mesa.

Volvemos a un territorio conocido: existe una mayoría notoria para la que las artes escénicas constituyen una experiencia prescindible. Más allá de la pérdida de espectadores del último lustro, frenada un tanto en los meses recientes por razones seguramente más azarosas de lo deseable, se da una incidencia más significativa: la desafección. La influencia social, cultural y política de las artes escénicas es nula o mínima en comparación con otras manifestaciones creativas. Se ha organizado un frente común a la hora de culpar, con toda la razón, a la política fiscal del Gobierno y al IVA cultural por dificultar de manera notoria el acceso del público al teatro. Pero, de nuevo, el diagnóstico es únicamente (muy) parcial. Es curioso, pero esta situación agónica del teatro por la que muchos actores y directores siguen lamentándose (tan vieja como el mismo teatro, sí; pero sujeta en el presente a motivos bien distintos de los que acontecían, pongamos, hace sólo tres o cuatro décadas) ha corrido paralela a una mayor consideración de la cultura como factor de desarrollo personal y social e, incluso, como motor generador de riqueza, gracias especialmente a sus vínculos con el turismo. Esta consideración se acrecienta si es observada desde una perspectiva no tanto nacional sino regional e incluso municipal: las ciudades parecen haberse incorporado a una carrera de grandes proyectos para ponerse al día en cuanto a museos, auditorios, filmotecas, noches en blanco y también, sí, en equipamientos de corte más independiente, pequeñas salas de teatro y galerías de arte que contribuyen a forjar la marca cultural de una ciudad, cuyo valor estratégico se ha multiplicado exponencialmente en lo que va de siglo (basta recordar la olímpica competición a la que decidieron apuntarse tantas plazas españolas para hacerse con la Capitalidad Cultural de Europa en el presente año, honor que finalmente recayó en San Sebastián: todas ellas parecían muy conscientes del trofeo que había en juego). Que una villa cualquiera reúna méritos suficientes para colgarse el título cultural se traduce, parece, en muchos más atractivos de cara a posibles visitantes. Y, por supuesto, está bien que así sea. Pero quizá conviene preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de cultura.

Rafael Sánchez Ferlosio adjudicó el invento a Felipe González, y no iba desencaminado. En correspondencia con las aspiraciones de estabilidad democrática de la España de los 80, la cultura antaño reservada a las élites ganó en cauces, canales, medios y alcances para hacerse accesible y participativa. Si hasta entonces, un poner, la cultura había servido como termómetro de distinción social, la regeneración del país exigía un cambio radical en este asunto. Mucho más allá de accidentes efímeros como la Movida, que no se dio únicamente en Madrid (ni mucho menos), el milagro permitió que, por ejemplo, en los museos donde no hace mucho campaban únicamente los académicos rancios y las burguesías proveedoras, ahora hicieran cola familias de toda condición beneficiadas por ciertas políticas de precios, horarios y visitas guiadas, en duelo a muerte con los turistas insaciables. En este orden de cosas, lo importante ya no era sólo la obra destinada a un público: también, en igualdad de condiciones, los contextos, los discursos, las mediaciones, los escaparates y los envoltorios que debían acompañar a cualquier obra susceptible de llegar a un público más o menos amplio. La crítica tradicional, en consecuencia, fue despojándose de su carácter de evaluación intelectual, vigente desde el paradigma ilustrado, para abrazar códigos más favorables al consumidor/ espectador, a modo de advertencia sobre las virtudes y defectos de tal o cual producto. Este contexto o mediación funcionó desde el principio, necesariamente, como una intervención política, en tanto el modelo de creación, producción y divulgación cultural pasó a sostenerse casi exclusivamente en los caudales públicos: de ahí la aparición de ministerios y consejerías consagrados a la cultura, en realidad franquicias de las haciendas por cuanto la cultura pasó a ser consignada como una versión un tanto caprichosa de fiscalidad (si el modelo hubiera sido más favorable en un principio a un cierto mecenazgo, el carácter político no habría sido distinto; sí, tal vez, su implementación). De cualquier forma, consolidada la democracia, la gestión política obligó a la cultura a adaptarse a los plazos legislativos y los contextos, mediaciones y escaparates en torno a las obras pasaron a ser tanto o más prioritarios que las obras en sí. Con el tiempo, de hecho, la cultura ya no dependió tanto de la creación sino de los discursos en torno a la misma; discursos evidentemente promocionales dado el interés político reinante pero, al mismo tiempo (y esto distingue a los buenos gestores culturales), suficientemente dotados de exigencia, gravedad y bibliografía como para eliminar de la inteligencia del público cualquier sospecha de fraude. De nuevo sin salir del mundo de las artes plásticas, los comisarios pasaron a obtener un rango similar al de los artistas, en la medida en que sus discursos llegaron a ser considerados en sí mismo obras de arte. Cuando la cultura pasó a ser motivo de competencia entre municipios, los discursos, inevitablemente, se hincharon más allá de lo que las obras eran capaces de decir (lo que derivó su vez en paradojas como el hecho de que en España existan hoy día muchos más museos de arte contemporáneo de los que harían falta para exhibir todas las obras que el arte contemporáneo genera en España) y la creación terminó siendo lo de menos. Finalmente, en la era del homo wasap y las redes sociales, el espectador tiene la opción no sólo de disfrutar la obra; también, lo que resulta harto más interesante, de participar en el discurso, de promulgar su particular visión y divulgar su propia imagen junto a la de la obra en cuestión. El espectador ya no es sólo tal: también es crítico y mediador. Si elimináramos el escaparate competitivo y dejáramos la obra tal cual, resultaría, seguramente, que la cultura no le interesa a nadie. Como mucho, a poca gente. Y esto es, sospecho, lo que sucede. Aunque el sostenimiento obligado de la marca promueva una idea bien diferente.

Las artes escénicas también se han visto sometidas al envoltorio discursivo por más o menos las mismas razones. Pero existe una diferencia fundamental: el papel que en ellas se reserva al espectador, necesariamente más activo y protagonista que en ninguna otra de las artes. El público que se sienta en un teatro a ver una función de teatro o de danza se dispone a empezar una travesía que durará una hora y media, dos horas o las horas que sean y en las que no dispone de más resortes que sí mismo; y ahí, a los cinco minutos de haber empezado la función, los discursos culturales se han esfumado sin remedio. Al espectador no le vale detenerse delante de un cuadro un ratito, ni hojear un libro antes de darlo por leído. Tampoco puede descargarse el espectáculo por internet, ni llevárselo a casa. Tiene que quedarse allí. Por si fuera poco, lo que tiene delante no es una máquina de ilusiones como el cine, sino la presencia limitada y concreta de otras personas como él, que miran con ojos como los suyos y oyen con oídos como los suyos; lo más seguro, además, tal y como están las cosas, es que estas personas comparezcan en escena sin muchos adornos, y que no sean más de tres. En estas circunstancias, el discurso cultural es esencialmente inútil. Y, en tiempos en los que el discurso ha sustituido a la obra, cuando parece trascender más en las intenciones y los gustos lo que se cuenta de una creación que la creación en sí, a lo mejor podemos concluir, y que Dios nos perdone, que el peor enemigo del teatro y la danza es, a día de hoy, la cultura. Quedarse en casa en lugar de ir a un patio de butacas también es una decisión cultural en tanto que política; como lo es sentarse en ese patio de butacas. Que merezca la pena es una responsabilidad cada vez menos asumida. Pero nadie dijo que esto iba a ser fácil.

 

La broma

Pablo Bujalance | 27 de agosto de 2015 a las 5:00

Como broma, no ha estado mal. Los rumores, idas y venidas respecto a una posible bajada del IVA cultural, alimentados con el cambio de titular en el Ministerio de Cultura, tuvieron su jarro de agua fría hace unos días servido, graciosamente, por Luis de Guindos: no habrá bajada. El impuesto se mantendrá al 21%. La estrategia es digna de Maquiavelo: la aniquilación de una expectativa generada por el poder a cargo del mismo poder constituye una demostración definitiva de quién manda y de qué margen de actuación disponen los súbditos. De cualquier forma, la temporada teatral que ya empieza lo hace sin perspectivas de cambio en el horizonte, con las mismas dificultades para producir, distribuir y programar y con serios obstáculos para ganarse al público más allá del talento y las consideraciones altruistas. En una de sus últimas intervenciones como ministro, José Ignacio Wert celebró el pasado mes de junio un ligero repunte en cuanto a la aparición de nuevas compañías, número de espectadores, apertura de salas y puesta en marcha de producciones, y habló expresamente de “datos alentadores”; suficientes, en todo caso, para que el Gobierno haya decidido mantener para el sector una carga impositiva inasumible, sin parangón en el resto de Europa. He aquí, entonces, un problema acuciante no exento de paradoja: el IVA al 21% no impide que acuda gente al teatro, ni que las compañías se busquen la vida, ni siquiera que sean más incautos los que decidan meterse en el negocio. Dicho de manera un tanto cruda: se le pincha al bicho, y el bicho no se muere. Así que se le puede seguir pinchando si con ello sacamos otra castaña del fuego. Pero aquí sale a relucir, de nuevo, la trampa sofista a la que tanto se arrima un sector público desquiciado: una cosa es que se siga haciendo teatro y que haya público dispuesto a ir a verlo, y otra muy distinta que no se estén destruyendo las artes escénicas como sector industrial y productivo. El teatro, como fenómeno intrínsecamente humano, tan antiguo como la especie, existirá mientras queden dos personas en la tierra; pero la mayor parte de quienes se dedican a él profesionalmente lo hacen en condiciones cada vez más ajenas a cualquier rango de profesionalidad: todo se resuelve de manera cada vez más gratuita, más amateur, más esporádica, sin fibra y con cada vez menos capacidad de proyección. Ampararse en el hecho de que la actividad escénica persiste para someterla a unas condiciones proclives a su extinción es un acto de cinismo. Pero habría que preguntarse por qué un Gobierno ha decidido desmantelar todo un sector de la economía, en el que cotizan no sólo actores, también programadores, técnicos, modistos, electricistas, carpinteros, transportistas y otros muchos trabajadores que, al prestar sus servicios a cualquier producción escénica, se ven obligados a presentar sus facturas con un 21% menos a cuenta del IVA; luego, para colmo, cunde la imagen del empresario o autónomo español que decide pasarse las facturas y el IVA por semejante sitio, con lo que la carga impositiva adquiere una connotación moral. Habría que preguntarse, de igual modo, por qué cuando otros muchos sectores han visto ya reducidos sus impuestos, por qué cuando hasta se ha decretado una bajada (ridícula, pero bajada) del IRPF, por qué cuando España crece ya a más velocidad que el conjunto de Europa, el teatro y la cultura siguen condenados a la economía de guerrilla que le proveyó la crisis. Resulta difícil no sospechar de un castigo ideológico. Pero esta otra broma también dura demasiado.

Me parece oportuno recordar una entrevisté que realicé hace unos meses al productor Jesús Cimarro, responsable del Festival de Mérida, cuyo contenido mantiene tristemente intacta su actualidad. Tras preguntarse “¿Cómo puede entenderse que el IVA aplicado a la pornografía esté al 4% y el del teatro al 21%?”, Cimarro afirma: “La subida del IVA ha afectado al precio de las entradas, que ha habido que subir, pero más aún a las empresas que producen, que se han quedado sin recursos. Quitar de la taquilla el 21% es una auténtica locura, y las empresas ya no pueden producir nuevas propuestas. Fíjate en la cartelera madrileña, está toda llena de reposiciones. Producir teatro se ha convertido en algo muy caro, y más aún desde la iniciativa privada. Tampoco es de recibo que la entrada al Centro Dramático Nacional no tenga IVA y que la entrada a cualquier otro teatro tenga un IVA del 21%. Es una competencia desleal, sobre todo si lo comparamos con el entorno europeo. Las empresas francesas pagan un 2,1% de IVA, con lo que una empresa española tiene un 19% menos de recursos. Lo lógico es que el impuesto vuelva a la posición que ocupaba, la del IVA reducido, como sucede en otros sectores de la economía española. Mientras no ocurra eso, lo que tendremos será una destrucción del sector cultural paulatina. En dos años más, quedará tocado de muerte. Esto es lo que el Gobierno ha permitido, que un sector de la economía productiva se destruya. Es incomprensible. Yo formo parte de la Asociación de Empresarios de Espectáculos Europeos, y cada vez que explico la situación en España nadie da crédito. En España tampoco lo entendemos”. Y añade: “Imagínate lo que habría dicho el turismo si se le hubiese subido el IVA al 21%. ¿Qué habría dicho el fútbol?” Pueden leer la entrevista completa aquí. Y extraigan ustedes sus propias conclusiones.

La oferta y la demanda

Pablo Bujalance | 5 de junio de 2013 a las 0:05

 

Afirmaba el ministro Wert en unas declaraciones recientes en el Congreso que no puede achacarse la pérdida de espectadores (casi 2.800.000 según los últimos recuentos desde septiembre de 2012) en el sector de las artes escénicas exclusivamente a la subida del IVA cultural hasta el 21%. Y señalaba el ministro como corresponsable de la debacle a la “dramática disminución de la oferta”, motivada a su vez a una promoción teatral “fuertemente pivotada desde la iniciativa de las administraciones públicas, básicamente las corporaciones locales”. Todo esto tendría cierta gracia si no fuera por la cantidad de gente que se ha quedado en la calle a costilla de la broma. Claro que la oferta teatral ha caído en picado en los últimos años, y que posiblemente la tendencia al páramo en las carteleras ya fuese manifiesta antes de que el Gobierno decidiera subir el IVA de las entradas al 21%. Y también es cierto que las administraciones públicas, locales y autonómicas, endeudadas hasta las cejas, han optado por reducir los gastos en el mantenimiento de sus teatros, a veces cerrándolos directamente, otras reduciendo las programaciones; por no hablar de la inversión directa en producciones escénicas, prácticamente desaparecida. Pero no se trata de eso. Intentar confundir a la opinión pública de esta manera no contribuye precisamente a mejorar la situación.

 Es evidente que la subida del IVA no es la única responsablede la pérdida de espectadores en los teatros. Existe una crisis que afecta a todos los órdenes (salvo a las entidades financieras, pertinentemente rescatadas en caso de apuro) y el teatro no iba a ser menos, independientemente del precio de la entrada. Además, existe ciertamente una dependencia dolorosa de las artes escénicas respecto a las administraciones públicas, locales y regionales; pero esta dependencia, que es un mal a solventar, se remonta a bastante antes de la Transición, así que señalar a esta característica como fuente de un mal reciente y perfectamente acotado en el tiempo resulta cuanto menos grotesco. Sería como plantar un gancho en el rostro del contrario, romperle la nariz y culpar del abundante sangrado a la débil configuración genética de la víctima. Afortunadamente, los datos hablan y demuestran que, por más que la pérdida de espectadores y de la oferta sea un fenómeno anterior, ambos se han multiplicado exponencialmente desde que la subida del IVA entró en vigor. Y cabe subrayar que la crisis, la insolvencia de las administraciones públicas y la pérdida de poder adquisitivo de los espectadores potenciales obedecen a razones y factores de muy diversa consideración, mientras que la subida del IVA es una decisión unilateral de este Gobierno: la única, al cabo, que ha tomado en lo referente a las artes escénicas (y ya vemos para lo que ha servido). Ahora afirma Wert que está “dispuesto a revisar” el incremento del impuesto siempre que sea “compatible con la consolidación fiscal”. Es decir, siempre que permita recaudar cuatro millones de euros más por trimestre, por más que la gallina de los huevos de oro termine yéndose al carajo. Pero alguna ventaja tenía que tener consagrar el teatro como artículo de lujo.