Archivos para el tag ‘Miguel Narros’

¿Y Buero?

Pablo Bujalance | 15 de septiembre de 2016 a las 5:00

Montaje de 'Historia de una escalera' a cargo del CDN (2004).

Montaje de ‘Historia de una escalera’ a cargo del CDN (2004).

Sé que no es un sentimiento muy extendido, pero no puedo dejar de sentir cierto afecto por Buero Vallejo. Será, seguramente, porque cuando tenía diez añitos me llevaron a ver Lázaro en el laberinto con Jesús Puente (quien sustituía a Javier Escrivá al frente del reparto) en el que mi fue, creo, mi primer contacto con el drama (con consecuencias irremediables, qué le vamos a hacer). Por allí andaba además una Amparo Larrañaga en ropa interior que me turbó muchísimo. La cuestión es que este mes se celebra el centenario del nacimiento del dramaturgo y ni si quiera la efemérides ha servido para que alguien se anime a facilitar una nueva producción de alguna de sus obras. Hay por ahí, curiosamente, alguna exposición de sus dibujos, pero en lo que a teatro se refiere, cero. Lo cierto es que hace apenas tres lustros que el hombre falleció y sospecho que el medio teatral español, especialmente, le guarda poca simpatía. He hablado sobre Buero con directores de muy diverso pelaje y algunos recuerdan aún, no sé si con cierto resentimiento, el excesivo control al que el autor sometía cada uno de los montajes de sus textos. Hay quienes lo consideran pasado de moda, antiguo y desconectado con el presente, exponente de un teatro que afortunadamente, dicen, pasó a mejor vida. El asunto del posibilismo, con el supuesto pacto con la censura que entrañó en su día, también significa entre algunos directores y productores una invitación a pasar de largo. Y luego está, pero esto lo digo yo, el hecho de que Buero ganara prácticamente todos los premios que pudo ganar, incluido el Cervantes, lo que para un dramaturgo ya es decir. Con semejante rango de popularidad, puede explicarse uno que no haya manera de subir a Buero a escena desde, creo recordar, la Historia de una escalera que produjo el Centro Dramático Nacional en 2004. Y, quién sabe, a lo mejor se lo tiene bien merecido.

Pero el ostracismo que sufre Buero Vallejo obedece con meridiana claridad a la naturaleza de la cultura española, ésa que se empeña en matar al padre para afirmarse en su originalidad (lo que, por otra parte, no es más que otro modo de volver a los abuelos). Supongo que es necesario, aunque quizá tendrá que transcurrir bastante más tiempo, un verdadero y profundo análisis crítico de la obra del escritor, más allá de los manuales y las hagiografías al uso, para determinar dónde esta el Buero capaz de decir algo en este siglo desquiciado. Habrá que separar entonces el grano de la paja, pero convendría admitir que sí hay obras del de Guadalajara que merecerían subir a las tablas antes de que pasen muchos años más. Así sucede con algunos de sus dramas históricos: El concierto de San Ovidio, mi pieza predilecta de Buero, contiene elementos que podrían relucir hoy con especial intención. En otro palo, La doble historia del doctor Valmy tuvo una versión para Televisión Española hace una década, pero en el contexto de la actual obsesión por la seguridad también podría volver al teatro con, quién sabe, resultados sorprendentes. Y hasta, por qué no, Diálogo secreto podría resonar como una respuesta dada por anticipado al Arte de Yasmina Reza, muy a pesar del mal fario que evoca todavía la muerte de Ismael Merlo escasas horas después de una función de la pieza. Es verdad que el franquismo, en su materialización de cárcel y tortura, atraviesa casi toda la obra de Buero en una querencia que ha podido quedar superada; pero también lo es que hablamos de (muy) buen teatro con lecturas todavía inéditas. Ya no tenemos entre nosotros a Gustavo Pérez Puig ni a Miguel Narros, pero a lo mejor alguien se atreve. No estaría mal. A ver qué pasa.

La felicidad o el rito

Pablo Bujalance | 11 de diciembre de 2014 a las 5:00

D'ODorico, un apóstol de la felicidad.

D’ODorico, un apóstol de la felicidad.

De toda la gala de los últimos Premios Ceres, me quedé, con diferencia, con la intervención de Andrea D’Odorico. Aquel hombre tan alto, cuya presencia bastaba para llenar el Teatro Romano de Mérida, hecho un manojo de nervios, reclamaba a los responsables de la política cultural del Gobierno: “No nos arrebatéis la felicidad”. D’Odorico murió hace unos días en Sevilla, y uno no puede más que recordar cuánto ha trabajado el italiano a favor de la felicidad en España desde sus primeros trabajos con Miguel Narros hasta sus últimos envites. D’Odorico atravesó el sendero que conduce de la escenografía a la producción con sensibilidad y criterio, y en ambos menesteres demostró igual pasión por el detalle, la brizna, el equilibro, la composición y la hermosura. De todas las producciones del maestro que he visto recuerdo especialmente Tantas voces, la dramaturgia pirandelliana de Natalia Menéndez, un juguete fabuloso, preciso y esmerado, que se adentraba en los límites entre realidad y escena con pasmosa naturalidad y resolución para alumbrar conclusiones más que reveladoras. Creo que una señal del teatro que amaba D’Odorico es ésta: un control absoluto de las formas bajo los cánones dramáticos reconocidos sobre un contenido que pone en cuestión estas mismas formas, con voluntad renacentista. Lo peor de que D’Odorico ya no esté con nosotros es todo el teatro que no veremos. Me gustaría pensar que su implicación ética y estética quedará recogida en otras manos. Pero hemos asistido, ya lo ven, a una situación en la que producir teatro no tiene sentido, salvo que se quiera perder dinero.

A menudo he escrito en El diario de Próspero sobre la oportunidad y la necesidad del teatro en la sociedad contemporánea. ¿Qué significa el viejo rito en una comunidad digital que elimina a los intermediarios, convierte a los consumidores en creadores y dota de portabilidad a las experiencias? Casi siempre que se responde a esta pregunta se hace en términos de nostalgia: el teatro, dicen, o decimos, mantiene una cierta conexión directa con el acontecimiento primigenio, inviolado, mientras que el trueque digital mercadea únicamente con las traducciones idealistas del mismo. En términos por tanto arrebatadamente platónicos, el teatro constituye una isla dentro de los códigos culturales por cuanto mantiene, aún, ciertos elementos de autenticidad en su relación con el espectador / creador. Su resistencia a los formatos digitales se traduce en la permanencia de la liturgia. Y los pocos espectadores que aún quedan acuden esporádicamente al teatro en busca de este maná tangible. Tengo que admitir, sin embargo, que cada vez soy más escéptico respecto a la sacralización de la liturgia: por mucho que haya que ir a verlo, si el teatro dejara de ser necesario en algún momento, desaparecería sin más. Hay todo un discurso brechtiano sobre este asunto que da por sentada la existencia del teatro pase lo que pase, a cuenta de la presunta naturaleza política del ser humano, que habría que ir superando: si queremos teatro, habrá que ganárselo. Creo que, más allá de los ritos, la idea de D’Odorico es más sencilla y, por tanto, más efectiva. El teatro proporciona felicidad, y es esto lo que lo convierte en un bien de primera necesidad. Cuando Voltaire afirmaba que quienes condenan el teatro son enemigos del país, se refería no tanto a la calidad de la escena como depositaria de una tradición milenaria sino a su capacidad para proporcionar felicidad, incluso desde la más abultada tragedia (Freud dijo lo que tuvo que decir al respecto, pero me parece más pertinente para estos tiempos la exégesis nietzscheana). Y es este valor el que le hace merecedor de una cierta consideración entre las artes. Bien pensado, el actual Gobierno de España ha dirigido todas sus empresas a hacer más infelices a las personas a costa de mantener a salvo el sistema; así que resulta lógico que su empeño en destruir el teatro español (no hay otra explicación posible a su política más que este empeño, a costa incluso de la pérdida de ingresos en las arcas públicas) forme parte de la misma estrategia. Recuerdo, por cierto, que Rajoy apeló a la Constitución de EEUU nada más asumir la Presidencia y prometió trabajar por la felicidad de los españoles. Como productor teatral, bien sabía D’Odorico que ésta tendría que ganársela cada uno partiéndose la cara lo que hiciera falta.

Un patrimonio renovado

Pablo Bujalance | 1 de abril de 2014 a las 5:00

Diana Palazón, en 'La dama duende' según Miguel Narros.

Diana Palazón, en ‘La dama duende’ según Miguel Narros.

 

El diario de Próspero vuelve a abrir sus puertas a las Jornadas del Siglo de Oro de Almería. Y lo hace, ante todo, porque es una satisfacción poder hacerlo. La consecución de aquel Premio Max parece haber dado frutos y la edición actual, la trigésimo primera, que arrancó ya el mes pasado y continuará durante buena parte de abril, presenta una programación de calado, interesante en todos sus términos. Las Jornadas siguen siendo una de las mejores ocasiones de cuantas ofrece la actualidad cultural española para conocer a fondo el Siglo de Oro, lo que no es precisamente poco; y sí, todo apunta a que el fantasma de la extinción parece haber dado un respiro, lo que constituye (mantendremos los dedos cruzados, por si acaso) un motivo para la alegría. Ante todo, conviene subrayar que el certamen mantiene su carácter abierto, participativo, ofrecido a la ciudadanía como motor de conocimiento a través de la intervención directa, mediante talleres, encuentros con el público, (con protagonistas tan destacados como Pedro Víllora y Jesús Herrera) representaciones, proyecciones de cine, teatro de calle y demás atractivos; y es éste, precisamente, el rasgo más significativo de las Jornadas, el que las convierte en un evento cultural de primera magnitud. Durante un buen puñado de semanas, Almería y otros municipios de la provincia se transforman en virtud del Siglo de Oro. Y no se me ocurre otra razón más hermosa.

Este año, el programa académico, que arranca el próximo jueves 3 con un homenaje a Miguel Narros y se celebrará hasta el sábado 5, resulta especialmente recomendable, con conferencias sobre aspectos inéditos de autores como Calderón, Lope y Shakespeare, ponentes incontestables y una especial atención a la puesta en escena actual de los textos del Siglo de Oro (con una mirada pormenorizada a la adaptación, la producción y otros procesos). Resulta difícil encontrar jornadas comparables a nivel nacional, por su rigurosa selección de contenidos y su ambición pedagógica. En cuanto a las representaciones, por los escenarios del ciclo han pasado ya Chema Cardeña y Las rameras de Shakespeare y La dama boba de Lope a cargo de Espacio Imaginado; pero en los próximos días lo harán El coloquio de los perros de Cervantes según Els Joglars, La Estrella de Sevilla de Lope según Alfonso Zurro y el Teatro Clásico de Sevilla, La dama duende de Calderón según Miguel Narros (en el que es el último montaje del todavía tan recordado director), el delicioso Otro gran teatro del mundo que une a Uroc Teatro y la Compañía Nacional de Teatro Clásico para el público infantil y el Julio César de Shakespeare según Paco Azorín. Se echa en falta, no obstante, una mayor atención a los autores españoles menos promocionados del Siglo de Oro, tanto en el campo académico como en el de las representaciones. El modo más directo de abrir el programa a ese 80% del teatro de los siglos XVI y XVII que permanece desconocido para el gran público sería mediante el refuerzo de las producciones propias; pero conviene, por si las moscas, celebrar que el menú servido para este año es, de cualquier forma, sobresaliente. No faltarán oportunidades para hacer de las Jornadas una cita todavía más grande.

A estas alturas, las Jornadas del Siglo de Oro de Almería se han convertido en un patrimonio teatral tan imprescindible como el propio Siglo de Oro. Su función de preservación, divulgación e interpretación resulta ya irreemplazable. Felices 31, por tanto. Y a cumplir muchos más. Por el bien de todos.

El agitador de la tradición

Pablo Bujalance | 21 de junio de 2013 a las 16:54

 

 La respuesta a la pregunta sobre la tradición del teatro español seguía estando en Miguel Narros. En su trabajo junto a José Carlos Plaza y William Layton, incluso en el TEU, demostró que el mejor modo de mantener viva la herencia era agitarla hasta que pareciera otra. Y cada nuevo montaje suyo respetaba esta convicción siempre transformada, mutante, imprevisible. Con Narros ha muerto hoy un escenógrafo, un artista, un creador de instantes imperecederos, pero sobre todo el último director de actores. Él llevaba a los intérpretes a hacer de cada palabra dicha una cuestión ética, tanto en el qué como en el cómo. Sabemos de sobra de este magisterio en José Pedro Carrión, en Verónica Forqué y en Carlos Hipólito. Pero recuerdo haber visto señales muy evidentes en la María Adánez que vistió de Salomé y en la Silvia Marsó de Yerma: la escritura del clásico en la boca del actor, nueva cada vez, hasta alumbrar un espejo de la condición humana. Narros era el director que llevaba el teatro a donde no alcanzaba la literatura, ya fuera Shakespeare, Calderón o Koltés.

Para promulgar esta agitación, Narros no necesitó dinamitar el escenario al estilo de Peter Brook y Robert Wilson. Le bastaron sus límites para parir la criatura desde dentro, propinando la bofetada a la dictadura primero y a la banalidad después. El teatro de Narros fue siempre político porque él hizo del teatro algo necesario. Entre los directores de las siguientes generaciones que reivindicaron su testigo abundaba el ruido, pero Narros afinaba mejor en el silencio; era ahí, en el gesto callado y sostenido del actor, en su soberanía y su autoridad, cuando el espectador se convertía en ciudadano comulgante. El Lorca a quien Narros tanto amó habló del teatro como una purga necesaria. Y sí, era cierto; los elegidos siguen siendo los que son. Aquel compromiso ético en el decir del actor acusa hoy tal vez más que nunca los atajos de las escuelas de interpretación. El cómico ha dejado de ser aquel genio a quien no había que guiar a ninguna parte, pero Narros puso el remedio y el oxígeno que hoy respiramos es el mismo que él aportó. Habrá que ver quién agita ahora la tradición para que la tradición perdure. Como un patrimonio de todos, de unos pocos.