Archivos para el tag ‘Núria Espert’

Ella es Shakespeare

Pablo Bujalance | 12 de mayo de 2016 a las 5:00

Acabo de enterarme de que Núria Espert ha sido galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes y, de entrada, no puede uno evitar cierta alegría al ver cómo, por una vez, el patrimonio teatral español es reconocido como tal. Un servidor se cuenta entre los adoradores de la Espert, motivo por el que ha sido amonestado alguna vez por ciertos defensores del teatro más natural, más pegado a la tierra, más de verdad y no sé qué otras etiquetas. La Espert hace un teatro bien hecho en todas sus formas, y parece ser que esto, todavía, irrita a algunos. He tenido ocasión de conversar con ella un par de veces y ninguna otra actriz me ha hablado tanto de exigencia, de rigor, de disciplina y de técnica. Y, qué quieren que les diga, me parece que cualquier discurso distinto a éste es un fraude, gusten más o menos los resultados. Por esto, lo que me alegra del premio, además de la actriz, es que con él se rinde homenaje a una manera de hacer y concebir el teatro que tuvo en España un amplio parlamento hace algunas décadas y que hoy parece dormir el sueño de los justos: la del trabajo resuelto de la mejor manera posible. Bienvenido sea.

Es cierto que Núria Espert ha protagonizado montajes históricos como La casa de Bernarda Alba, pero para un servidor la artista ha sido, y es, ante todo, la primera aliada de Shakespeare en España. Tanto ha sido su empeño en este sentido que ha hecho del Bardo una cuestión transgénero: en 1983 hizo un montaje de La tempestad en la que interpretaba a Próspero y a Ariel. También ha sido Hamlet, y Julieta. En los últimos años se lanzó a La violación de Lucrecia con la dirección de Miguel del Arco (con quien, por cierto, anidó cierta polémica respecto a la idoneidad de terminar los versos arriba o abajo; la Espert lo tenía claro; y a ver quién era el bonito que le hacía cambiar de idea). En 2012 me contó que Gerardo Vera la había llamado para hacer un montaje de Macbeth con Alfredo Alcón que se iba a llamar Los asesinos del sueño, pero la muerte del actor argentino frustró el proyecto. Después, su metamorfosis en el Rei Lear de Lluís Pasqual (producción del Teatre Lliure cuya triste distribución revela hasta qué punto el teatro español es un desconocido para sí mismo) vino de alguna forma a completar un paisaje, a cerrar un círculo, a colmar un vaso, aunque muchos esperamos más Shakespeare en la bandeja de Núria Espert. En una de las entrevistas que le hice me soltó una declaración que me resultó significativa: “Dios y Shakespeare son quienes mejor han conocido el alma humana”. Yo estoy cada vez más convencido de que ella es Shakespeare. Y casi, casi que el otro también.

Pasqual/Lorca: una historia de amor

Pablo Bujalance | 3 de marzo de 2016 a las 5:00

Lluís Pasqual.

Lluís Pasqual.

Un actor amigo que tuvo ocasión de trabajar con Lluís Pasqual me contó que los ensayos con el director constituyen una oportunidad no sólo para el aprendizaje: también para la emoción en su estado más puro. A veces, cuando lo que ve Pasqual en la escena se ajusta a sus deseos, manifiesta un sentimiento embriagado, cercano al éxtasis, que sólo puede corresponderse con el amor: el hallazgo teatral es, también, un hallazgo de vida, y no oculta Pasqual cuando dirige la vida que le rebosa por todas partes. Viendo sus espectáculos, que el fundador del Teatre Lliure alcance tales arrebatos no resulta extraño en absoluto; muy al contrario, lo que destilan siempre, gusten más o menos, es un amor al teatro redondo, preciso y sin fisuras. Es este sentido del oficio como amor facto el que le permite llevar a escena a Shakespeare como posiblemente nadie lo ha hecho en el teatro español durante el último medio siglo (aún recuerdo su programa doble Hamlet / La tempestad, estrenado hará una década, como una experiencia definitivamente shakespeareana). Sin embargo, tal vez, y así lo ha confirmado alguna vez el propio Pasqual, sea Federico García Lorca el mayor depositario de su amor: el más duradero, el más prolongado, el decisivo, el que siempre se ofrece. Esta querencia también se ha demostrado, como signo de un compromiso a prueba de tiempos y erosiones, en el escenario; históricos fueron sus montajes de El público (1986) y Comedia sin título (1989), que, cuando Lorca corría el serio riesgo de quedar indisolublemente vinculado a un cierto carácter folclórico y nacionalista, llegaron en el momento preciso para rescatar al Lorca que prefería Borges: el poeta universal, el que no ejercía de andaluz profesional (tomo la idea de un revelador artículo crítico de María Delgado sobre Lluís Pasqual). Después llegaron Haciendo Lorca con Núria Espert y Alfredo Alcón, en 1996, a modo de celebración lírica con un formato que el mismo director quiso rescatar no hace mucho a mayor gloria de Shakespeare, si bien la muerte de Alcón frustró el envite; la lectura de La casa de Bernarda Alba compartida con Antonio Canales en Bengues (1997), y otras liturgias poéticas como Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre con Juan Echanove (1998) y La oscura raíz, de nuevo con Espert (1988). Especialmente a través de su alianza con el artista Frederic Amat, el amor de Pasqual y Lorca ha contribuido de manera esencial a salvar a Lorca de sí mismo, a hacer de él un autor realmente vivo, fuente de inspiración escénica perpetua, mucho más allá de su calidad simbólica, histórica, memorialística, patriótica e incluso literaria.

Por eso resulta altamente recomendable la lectura de De la mano de Federico, el libro que acaba de publicar Arpa Editores en el que Lluís Pasqual da cuenta en primera persona de esta historia de amor. Y así lo cuenta el propio director: “Al igual que cuando uno se enamora por primera vez se está enamorando de alguien y del amor al mismo tiempo, García Lorca era para mí «el autor» y la Literatura: el descubrimiento de la compañía espiritual y de la capacidad de aventura que encierra un libro. Aunque leía a otros autores, la sensación de extraña cercanía no era la misma. Tal vez por esa misma cercanía, en algún momento debí de sentir que si uno puede elegir a sus amigos entre los vivos, también lo puede hacer entre los muertos si, como en este caso, sus palabras, que albergan sus emociones más íntimas, te acompañan y te sirven, en algunos momentos de la vida, para darle un nombre a las tuyas. Enamorarse del Federico amigo era demasiado fácil y, sobre todo, peligroso. Me he enamorado de otros escritores pero, en algunos casos, con el tiempo ha llegado el desamor, les he dejado yo o me han abandonado ellos. La fascinación que desde el primer momento sentí —y sigo sintiendo— por la escritura de García Lorca me decía que Federico podía acompañarme por lo menos un largo espacio de mi vida, alimentando durante mucho tiempo la cálida sensación de fraternidad que me producía su lectura: amor de hermano. Ahí estaba. Esto iba a ser, mi hermano. Y puestos a pedir, mi gemelo. Un espejo al que poder mirarme, un reflejo en forma de refugio, mucho más sabio que yo por el hecho de ser poeta, y cuyos pensamientos y emociones se parecían a los míos, o más bien los míos encontraban su libre expresión en la manera cómo él los contaba”. He aquí, al fin, una oportunidad de lujo para asomarse con ánimo de complicidad a esta historia de amor, en la soledad y la disciplina de la lectura. Al cabo, el espíritu precisa los mismos alimentos.