Archivos para el tag ‘Premios del Teatro Andaluz’

De bien nacidos

Pablo Bujalance | 26 de agosto de 2015 a las 12:54

El diario de Próspero recibió el mes pasado, en la Feria de Teatro en el Sur de Palma del Río, el Premio del Teatro Andaluz a la Difusión de las Artes Escénicas. Conviene, por tanto, mostrarse agradecidos también aquí: gracias a la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía y a la SGAE por la concesión del galardón y, muy especialmente, a todos los que en estos dos largos años de andadura han leído, compartido, valorado y tenido en cuenta lo hasta ahora escrito. Continuaremos trabajando para estar a la altura.

En estas últimas semanas, Próspero se ha tomado un descanso en su quehacer digital para dar forma a un proyecto que verá la luz impreso en papel y del que informaremos llegado el momento. Mientras tanto, regresan aquí los apuntes, las incógnitas, las preguntas, las muchas dudas y las pocas certezas respecto al teatro. Salud.

La celebración de la periferia

Pablo Bujalance | 7 de julio de 2014 a las 5:00

Gloria Zapata y Carlos Góngora, de Axioma: un magisterio para el teatro andaluz.

Gloria Zapata y Carlos Góngora, de Axioma: un magisterio para el teatro andaluz.

El acto de entrega de los Premios del Teatro Andaluz en su segunda edición, celebrada hace unos días en la Feria de Palma del Río con la organización de la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía y la SGAE, tuvo, ya se sabe, su connotación reivindicativa, inevitable al cabo, significativa en todo caso, seguramente necesaria. Pero ya se sabe que quien con teatreros se acuesta, con activistas se levanta. Ángel Calvente pidió para todos los del gremio la condición de aforados, y por qué no, maldita sea, que bien hizo el Rey Lear partícipe de tal condición a su bufón lenguaraz y mordiente. Sin embargo, quien más me hizo reflexionar en el acto fue Ricardo Iniesta, quien, al salir a recoger sus premios al mejor director y al mejor espectáculo por la Madre Coraje de Atalaya, apuntó que sí, que el teatro es una actividad periférica, en los márgenes de la sociedad; pero que es ahí donde debe estar, porque de lo contrario, decía Iniesta, bien que se harían con él los estrategas de siempre, los adalides del capitalismo en su versión postmoderna. Anótese el ejemplo de libro: si el fútbol ocupa el centro de la sociedad, no resulta difícil vaticinar qué podría ocurrir. De momento, el cine se ha convertido en España no sólo en un tormento ideológico, también en un sistema perverso donde el talento se aplaca constantemente y en el que únicamente promociona la fórmula más baldía para contentar al respetable palomitero (qué paradoja que todavía haya quien vea en Ocho apellidos vascos un contenido político: he aquí una inmejorable lección de marketing aplicado). De modo que, por tanto, la marginalidad, traducida en la imposibilidad de trabajar demasiadas veces para demasiadas compañías (cuántas de ellas se han quedado por el camino sólo en los últimos años a cuenta de la crisis; pero, sorpresa, tampoco la crisis ha favorecido el despertar cívico que algunos profetizaban hace seis años; así que, una de dos, o el teatro no sabido hacer bien su trabajo, o no se le ha permitido; y quizá ambas cosas vengan a significar lo mismo), ha terminado teniendo, tal vez, efectos positivos para la escena, y la escena andaluza, en cuanto que ésta ha gozado de una libertad rara de conseguir en otros territorios a cambio de ver mermados sus recursos. Ya sabemos que la pérdida de espectadores ha sido brutal, y también sabemos que parte de la culpa la tiene el IVA cultural, pero no sólo. Yo también tiendo a valorar al público más en criterios de calidad que de cantidad, porque, a estas alturas, el teatro que no llega a afectar no sirve de nada: y, en un plano político, convienen más diez espectadores afectados en una sala pequeña que mil distraídos en un teatro a la italiana. Pero, como siempre, hay que hacerse algunas preguntas.

Convendría pensar, sobre todo, una vez asumida la condición periférica del teatro, en el papel que le correspondería fuera de los ámbitos de decisión. Sabemos bien que el teatro no va a desaparecer, como probablemente lo hará el cine, y esto es una suerte. Pero también tiene sus contrapartidas. La periferia se reviste casi siempre de exigencia, pero también puede hacerlo, ay, de conformismo. Acotados los cuatro espectadores de siempre, descartados los teatros por los ínfimos presupuestos, dejados a un lado los programadores por similares cuestiones, tal vez nos quede un bordillo para hacer teatro: una periferia definitiva. Y ahí, en el bordillo, puede el teatro resolverse, fuera de la atención de los medios, a su gusto, sin que nadie le moleste. Y esto sí que puede convertirse en un peligro. Comparto la idea de Ricardo Iniesta: la periferia es el ámbito presente, bien, estrujémoslo hasta las heces. Pero esto no debería llevar a los teatreros a rechazar el reto de ocupar, un día, el corazón de la sociedad. Cierto, la utopía de Brecht se fue a la mierda, sus obras siguen siendo necesarias. Pero intuyo que en este viaje desde el margen hasta el centro, como en Kavafis, lo importante no es tanto la meta sino el viaje. El empeño en seguir adelante distinguirá al buen teatro del menos bueno.

 La confirmación a toda esta perorata me vino cuando vi en el estrado a Carlos Góngora y Gloria Zapata, de Axioma, en el momento en que salieron a recoger su Premio Honorífico (también los hubo para Manuel Monteagudo por su monumental y longeva Taí Viginia y para el Centro de Documentación de las Artes Escénicas de Andalucía, no menos merecidos, por cierto) con una emoción que me parecía inexplicable después de 41 años de oficio. Pero sí, ahí estaban. La emoción en los ojos de Gloria era real. Axioma levantó toda una tradición teatral donde no había nada de esto, en Almería, pueblo a pueblo, pasacalle a pasacalle, hasta trasladar a aquella orilla, la mediterránea, la mejor esencia del teatro andaluz, libre, espontáneo, directo, fresco y hecho con mucho amor. En todos y cada uno de los espectáculos de Axioma que he visto he percibido claramente (muy especialmente en El compromiso, montaje digno de perdurar en la memoria histórica con peso específico) esa voluntad, casi nietzscheana, de afectar. Y vaya si lo han logrado. En su intervención, Góngora recordó que Axioma ha conocido una dictadura, una transición y dos reinados, y siempre, en cada momento, con el apoyo de muchos y dejados de la mano de Dios, la compañía ha hecho un teatro para todos, sin ponerse límites, buscando al público donde no existía, encontrándolo en los cortijos, las calles, las playas, los desiertos. Axioma es la viva demostración de que no hay que temer a los buitres: cuando el oficio se forja a base de alma y corazón, salen espantados. Independientemente de tronos y generales, Axioma ha gobernado siempre, y ni el centro ni la periferia les son ajenos. No se me ocurre mejor magisterio para el teatro andaluz. Lo mejor es que Carlos amenazó en Palma del Río con reincidir muchos años. Y allí que estaremos para celebrarlo.

La fantasía contra el diluvio

Pablo Bujalance | 18 de diciembre de 2013 a las 5:20

'La casa flotante' de La Maquiné.

‘La casa flotante’ de La Maquiné.

Sólo unas líneas para celebrar la llegada de la última producción de La Maquiné a Madrid. La compañía granadina presenta La casa flotante, una mirada libre de complejos al episodio del Génesis que narra la historia de Noé (y que se estrenó en junio de 2012 en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada), en el Teatro Fernán Gómez durante toda esta etapa navideña hasta el 5 de enero. La premisa resulta deliciosa: en lugar del airado viejo del imaginario judeocristiano, Noé es aquí una niña a la que un pez le advierte de la llegada del diluvio. Siempre me ha parecido admirable la capacidad de la compañía de Joaquín Casanova y Elisa Ramos de conectar con un público amplio a través de los mecanismos propios de la fascinación. Sus montajes, cierto, son disfrutados por los más pequeños; pero también por los más grandes, y con emociones compartidas en una demostración de que, salvo algunos casos irremediablemente perdidos, y para alivio de los que aún creemos en ello, la distancia que separa a unos y a otros no es tan grande como la pintan.

Otros montajes de la compañía como Cuentos de la Alhambra y el bellísimo  El bosque de Grimm (reconocido en los recientes Premios del Teatro Andaluz) dan también cuenta de que la posibilidad de crear un teatro sin límite de edad, capaz de sorprender a todos por igual, es real. Y es que, por más que algunos todavía se empeñen en lo contrario, el lenguaje de la fantasía todavía no nos resulta ajeno. Créanme, no hay mayor que placer que sentarse delante de un escenario y quedarse con la boca abierta, comulgando con lo que se cuenta, dándole crédito. La Maquiné asume la fantasía en su acepción más clásica: dentro hay algunos monstruos, pero la capacidad de fabular será la que, como a Noé, nos salve del diluvio. Añadan a todo esto la música arrebatadora de Xavier Montsalvatge en su centenario para La casa flotante y la de Maurice Ravel para El bosque de Grimm, una percepción tan artesanal como eficaz de la escena en su compromiso con la belleza y un empeño proverbial puesto en la alegría y obtendrán lo que La Maquiné viene haciendo desde hace apenas cinco años: tan poco tiempo, al cabo, y con tanto camino ya andado.

Un territorio tras el telón

Pablo Bujalance | 4 de julio de 2013 a las 11:17

 
La Feria Teatro en el Sur de Palma del Río en Córdoba acogió ayer la entrega de los Premios del Teatro Andaluz en su primera edición. Se trata de una iniciativa puesta en marcha por la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía en colaboración con la Fundación Autor de la SGAE con el objetivo de poner nombre y rostro a quienes sostienen, a duras penas, todo lo que tiene que ver con las artes escénicas en la región. La empresa es más ardua y delicada de lo que pudiera parecer, pero este primer palmarés es ya un hecho, con todos los peros que cada cual quiera poner al fallo del jurado (constituido por críticos de medios de comunicación andaluces) por aquello de que, en cuanto a premios se refiere, nunca llueve a gusto de todos. De cualquier forma, hay un argumento incontestable: los galardones, repartidísimos, permiten abordar a modo de cosecha del añouna posible radiografía artística del teatro andaluz.Pocas objeciones se pueden presentar a la entrega del premio al mejor espectáculo de teatro a El régimen del pienso de La Zaranda. Con Juan de la Zaranda todavía llorado tras su reciente subida a los cielos, los jerezanos mantienen como firme herencia su poética implacable, su rechazo a la poltrona y su manía de llevar el dedo a la llaga, las mismas señas por las que muchos consideran a La Zaranda la mejor compañía teatral de España, y no sólo porque así lo reconociera el Premio Nacional en 2010. Paco de la Zaranda demuestra en El régimen del pienso que todavía hay más donde rascar en cuanto a las posibilidades del teatro de afectar al espectador, hablando del tiempo presente pero alumbrando las miserias del hombre como especie. Los Premios del Teatro Andaluz han reconocido además a Eusebio Calonge como mejor autor por la misma obra, aunque también decir que Calonge es el mejor dramaturgo andaluz tiene mucho de obvio. Por cierto, esta categoría se ha visto envuelta en cierta polémica, propiciada por algunos autores que han pedido dos categorías diferenciadas para obras originales y adaptaciones. Razón no les falta, aunque habría que ver en qué medida la adaptación de clásicos y otros textos ajenos carece de importantes connotaciones de creación propia.

Pero no crean, hay vida más allá de La Zaranda. El onubense Guillermo Weickert se hizo ayer con el premio al mejor espectáculo de danza por su aplaudido Material inflamable, otro ejemplo del riesgo y de la asunción del espectador como creador de emociones y cómplice dialéctico más que como mero testigo. La Maquiné ganó el premio al mejor espectáculo infantil con su muy hermoso El bosque de Grimm, recreación contemporánea de los cuentos tradicionales destinada a competir en la primera línea planetaria. El premio al mejor director fue para el malagueño Ángel Calvente, responsable de El Espejo Negro, por su genial puesta en escena de La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca, lo que sienta un precedente singular: no hay desde luego muchos premios oficiales capaces de entregar un galardón de este calibre a un creador de marionetas (Calvente cuenta con dos Premios Max, aunque ambos en la categoría de mejor espectáculo infantil), pero ocurre que El Espejo Negro es una de las compañías andaluzas con más prestigio y proyección internacional; además, el títere constituye una tradición de pleno derecho en el teatro andaluz (baste recordar el magisterio ejercido por La Tía Norica desde Cádiz) y hacerlo visible de este modo es un acto de justicia. El teatro andaluz es muchas cosas: tragicomedia, circo, danza, marioneta, cabaret, Siglo de Oro y otros espejos que delatan una realidad poliédrica.

Otro ejemplo de esta evidencia viene de la mano de los premios al mejor actor y la mejor actriz protagonistas, otorgados respectivamente a Manuel Salas y Gema Matarranz, de la compañía granadina Histrión, por Teatro para pájaros, la obra de Daniel Veronese que el mismo gurú argentino dirigió durante un segundo retiro de la agrupación a Buenos Aires tras el éxito de Los corderos. También hay unanimidad granadina en los premios al mejor actor y mejor actriz de reparto: Piñaki Gómez y Nerea Cordero, de Laví e Bel, los merecieron gracias a su impagable trabajo en Cabaret Popescu, montaje que hizo valer a su creador, el gran Emilio Goyanes, el premio a la mejor composición musical.

Y sigue el palmarés: Fernando Lima ganó el premio a la mejor coreografía por Una ciudad encendida de la compañía Danza Mobile, Vicente Palacios a la mejor escenografía por Tomar partido de La Fundición, Allen Wilmer al mejor diseño de vestuario por El Buscón de Teatro Clásico de Sevilla y Alejandro Conesa al mejor diseño de iluminación por Celestina, la Tragicomedia de Atalaya. Lucía Vázquez y Manuel Cañadas ganaron los premios a los mejores intérpretes de danza, en sus respectivas categorías, por Viaje a la luna de Producciones Imperdibles y Oye, Yoe de Perros en Danza. Los Premios de Honor fueron para Salvador Távora, la Feria de Palma del Río y Lola Marmolejo y la Compañía Bastarda Española. Mucho teatro, en fin, y muy diverso. Ahora conviene que lo vean muchos.

Pero, ¿existe un teatro andaluz?

Pablo Bujalance | 12 de junio de 2013 a las 5:00

 

El 'Tenorio' de Zorrilla, dirigido en 2000 por Alfonso Zurro para el CDN

El ‘Tenorio’ de Zorrilla, dirigido en 2000 por Alfonso Zurro para el CDN

Ya decía el clásico que lo que no se nombra no existe. Y ahora que todo es información, conviene volver a poner nombre a las cosas para no olvidar que siguen ahí, que son reales y tangibles. La nueva Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía organiza, en colaboración con la SGAE, los Premios del Teatro Andaluz, que se entregarán por primera vez el próximo 3 de julio en la Feria del Teatro en el Sur de Palma del Río; y esta noticia constituye precisamente una feliz respuesta la necesidad de nombrar. Urge poner nombres y apellidos a quienes hacen el teatro aquí abajo, día a día, partiéndose la cara contra el desmantelamiento de los recursos públicos y la desaparición de los espectadores, buscando fórmulas más allá de los mismos escenarios, sosteniendo una tradición demasiado rica que algunos parecen dispuestos a dar por concluida sólo porque no cabe en internet. En el teatro en general, y en el andaluz en particular, la profesionalidad y el altruismo se han dado la mano demasiadas veces, seguramente porque no se ha sabido comprender en qué consisten ambos. Por eso es hora de reconocer a quienes hacen del teatro no sólo medio de vida, también oportunidad de desarrollo, de experiencia y transformación. Confiemos en que el criterio de Javier Paisano, Alfonso Zurro y demás artífices de la Asociación sea suficientemente amplio y generoso como para que nadie que lo merezca se quede en el tintero, en éste y en las sucesivas convocatorias. Todos ellos, que conste, han dado ya muestras de sobra para que la confianza sea plena.

 Pero, ¿existe un teatro andaluz? La evidencia es que existe un teatro hecho en Andalucía. Pero resulta mucho más difícil distinguir una mirada particularmente andaluza de hacer teatro: la influencia de Salvador Távora ha sido desde luego determinante a la hora de definir un imaginario concreto, entre lo mitológico y lo atávico, pero no ha sido menor la de otras compañías pioneras como Axioma, que desde Almería abrió el camino a las formas pasacallejeras y neoclásicas que cristalizaron en buena parte del Mediterráneo español, especialmente en Cataluña. Ergo: desde los años 70, en su condición periférica, la singularidad más notable del teatro andaluz ha sido su universalidad, su resistencia a dejarse encajar en etiquetas y prejuicios, por más que a menudo, desde los medios de comunicación y también la connivencia de algunos artistas, la imagen divulgada haya sido la contraria. El teatro andaluz es hoy comedia, tragedia, circo, marioneta, máscara, música, vanguardia, experimentación, lo grande y lo pequeño, lo viejo y lo nuevo, el sótano y el coliseo, sin que nada sea ajeno: cualquier manifestación cultural y social de cualquier parte del mundo puede pasar a formar parte del teatro andaluz (no hay más que atender a cualquiera de las compañías más jóvenes que actualmente operan en la región: por poner un ejemplo, echen un vistazo a la producción del malagueño Ery Nízar y fíjense cuánto y qué distinto puede hacerse en tan poco tiempo). En esta amalgama de incontables idas y vueltas se encierra el mejor valor de nuestra escena. Tal vez también su condena. Pero el precio a pagar bien merece la pena. ¿Hay acaso algo más merecedor de ser considerado Patrimonio de la Humanidad que el teatro de La Zaranda?

 Bienvenidos, entonces, sean los premios. Y enhorabuena, de antemano, a los premiados.