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Lo que hay tras el altar

Pablo Bujalance | 14 de mayo de 2015 a las 5:00

El 'Retablo' de Raúl Cortés, según Silencio Danza.

El ‘Retablo’ de Raúl Cortés, según Silencio Danza.

Recién llegado tengo en mi mesa el volumen del Retablo incompleto de la pureza de Raúl Cortés que acaba de publicar el sello Pepitas & Llaüt. Los lectores de teatro, especie a extinguir donde las haya, están de enhorabuena: la edición, en su formato accesible y de bolsillo, está a la altura en cuanto a legibilidad y atractivo. La obra, que estrenó la compañía Silencio Danza en un montaje dirigido y coreografiado por Nieves Rosales el pasado mes de noviembre en la Sala Gades de Málaga, se dispone en un díptico conformado por dos piezas tan independientes como confluentes: Muerte, resurrección y muerte y La mujer barbuda. En ellas se dan las claves dramáticas de un autor tan feroz como Cortés, que sigue alumbrando así su necesaria literatura mientras prolonga la gestión del centro de experimentación escénica instalado en el castillo de su Morón de la Frontera natal, el proyecto compartido por su compañía, Trasto Teatro, y Silencio Danza, y que se ha convertido ya en referente para otras experiencias similares. Las fuentes a las que acude Cortés para parir su teatro son conocidas y el Retablo no las espanta: acuden aquí el esperpento de Valle-Inclán, Beckett, Eusebio Calonge y algo grotesco de Romero Esteo. Sus personajes son, de nuevo, contenedores de todos los exilios y habitantes de las periferias más remotas, definidos por cuanto la humanidad deja de inspirar en ellos: así el Expurgabueyes y el Cabestro (los nombres son harto elocuentes) ensayan una dudosa reparación anatómica y espiritual en la Garabato, empeñada en invocar a la Virgen de los Remedios (un reflejo posible de Divinas palabras) en un paisaje surcado de jaulas a lo largo de Muerte, resurrección y muerte; mientras que La mujer barbuda tiene, ciertamente, mucho de Parada de los monstruos, con freaks tan inestables como El Hombre Nuevo, María Sin Párpados y José Desorejado, que permiten a Cortés desentrañar con vigor poderosos caracteres dramáticos desde criterios de descomposición. Aquí, el tiempo es un personaje más cuya puesta en escena se constituye a través de la evolución del resto. Si en el teatro de Raúl Cortés lo sugerido cuenta mucho más que lo explícito, en estos textos la intención se afila hasta hacerse, a menudo, apenas suspiro; pero es en la tentativa donde el espejo ofrecido a los testigos devuelve la imagen en su mayor fidelidad; y es en la palabra apenas dicha, en consecuencia, donde la pureza, a través de los fragmentos cuya suma nunca podrá ser el todo, aflora.

Escribe Daniel J. García López en el epílogo del libro: “En el díptico […] nos muestra aquello que hay tras el altar: disidencia, resistencia y exilio. Éstas son las palabras que Eugenio Barba reclamaba en el epílogo a la anterior obra de Raúl Cortés, Los satisfechos. Disidencia, resistencia y exilio se nos antoja un auto ya no sacramental sino profano, que restituye al común de los mortales aquello que había sido alejado por la consagración. La profanación de lo sagrado se hace por simple contacto y contagio. La profanación hace que los sacrificado a los dioses vuelva al espacio de lo humano”. Así, este hombre dilapidado, sesgado, desequilibrado y por terminar es el nuevo deus ex machina. Y he aquí, en Raúl Cortés, un teatro capaz de afrontar el reto. Sólo aquí, desde este espejo, el teatro tendrá sentido ahora que parece haberlo perdido definitivamente. Como Próspero en su exilio, corresponde emprender el viaje desde las afueras hasta el corazón. Y Cortés, afortunadamente, parece llevar un buen tramo de ventaja.

Los Quijotes en su fortaleza

Pablo Bujalance | 21 de marzo de 2014 a las 5:00

'No es la lluvia, es el viento'.

‘No es la lluvia, es el viento’.

Me da cuenta Raúl Cortés del nuevo proyecto compartido por las compañías Trasto Teatro y Silencio Danza. Todavía resuena el reciente éxito en Madrid de su última producción conjunta, No es la lluvia, es el viento. Pero lo que me cuenta Raúl es una aventura de una índole distinta. Las dos agrupaciones, aunadas en una misma asociación cultural, se encargarán de transformar el olvidado, abandonado y castigado castillo árabe de Morón de la Frontera en un centro de investigación teatral. Ahí es nada. Un espacio para la vanguardia escénica en competición con los marines de la Base. Una oportunidad a la belleza en alianza con el hermosísimo pueblo, donde la cal reina mano a mano con el sol. Me dice Raúl que decidieron presentar la propuesta al Ayuntamiento, sin que nadie les invitara a hacerlo, y que, para su sorpresa, aceptaron. Sobre el papel, el proyecto pinta festivales de danza y teatro durante todo el año, actividades de formación, encuentros con compañías y artistas llegados de buena parte de Europa y Latinoamérica. Una gozada. Raúl define la iniciativa como “quijotada”. Y añade: “Pero, ¿qué somos, sino Quijotes?” Yo me acuerdo de Diego del Gastor, que incorporó a la guitarra flamenca en los años 60 los toques californianos que trajeron los hippies destinados a la Base, y me sigue fascinando el modo en que la vanguardia sigue buscando su esencia, su perdurabilidad y su gracia en esta bendita tierra. Trasto Teatro gestionó en Málaga durante tres años junto a las compañías La Caldera y Bajotierra el festival El Quirófano, celebración crepuscular de lo underground truncado finalmente el pasado 2013. Pero sí, tenían razón los antiguos: para sobrevivir hay que irse al campo.

Los miembros de Trasto Teatro y Silencio Danza son gente muy joven. De experiencia no precisamente ligera, pero jóvenes. Seguramente es la juventud lo que, en mayor grado, les empuja a cometer locuras semejantes. Pero su inconsciencia no es muy distinta de la que en su día hizo gala, un poner, Carlos Góngora con su Axioma en la desolada Almería de comienzos de los 70, así como otros Quijotes que en aquella época se pusieron el mundo por montera para llevar el teatro allí donde pudiera significar un motor de progreso y desarrollo, aunque fuera en los lugares más remotos, despoblados, inverosímiles, de los que hoy ya no quedan. Lo mejor de la noticia que me cuenta Raúl es la evidencia de aquel fuego se mantiene intacto, por más que Morón ya no quede al otro lado de ninguna frontera. Aquellos pioneros siguen haciendo su teatro, con las dificultades de siempre, o con otras nuevas, da lo mismo; pero el testigo ya ha sido entregado y el relevo cabalga ya a lomos del mismo y flaco Rocinante. Quizá es que la Andalucía de las sucesivas modernizaciones, programadas como recetas fuera de la cocina, no ha cambiado tanto y mover el teatro de su sitio sigue siendo un asunto de dementes; o tal vez es que el misterio se sigue resolviendo del mismo modo, rompiendo los límites y rompiendo sus propias ceremonias. Ojalá que dentro de un tiempo podamos hablar de éxito y celebrarlo en Morón, mientras la depauperada cultura de las capitales se hace más postureo frívolo y más twitter. Por ahora, será un deleite comprobar que el espíritu perdura.

La revancha del plato vacío

Pablo Bujalance | 12 de diciembre de 2013 a las 5:00

 

 

Contar cien funciones de una misma obra desde el teatro independiente más feroz constituiría hoy día un episodio quimérico; pero eso es exactamente lo que se dispone a hacer la compañía malagueña Trasto Teatro este fin de semana. Tras su estreno en octubre de 2012 en la Fira de Tàrrega, Los satisfechos, la obra escrita y dirigida por Raúl Cortés y protagonizada por Nerea Vega, Pepi Gallegos y Salva Atienza, se ha representado en numerosas salas de España y México, si bien ha tenido la estacionalidad propia del Teatro de la Decepción esgrimido por la compañía en su piso del barrio de Teatinos en Málaga, donde la pieza se ha representado ante aforos reducidos que, miguita a miguita, han terminando sumando un público nada desdeñable (en los últimos cinco años, más de 4.000 personas han visitado esta plaza fuerte de la agrupación, tanto con Los satisfechos como con anteriores obras). Precisamente, será aquí, en tan doméstica coyuntura, inundada no obstante de múltiples musas (imagínenlas rabiosas, candentes, casi furias), donde Trasto Teatro cerrará la temporada de Los satisfechos con el centenar de citas por bandera y una proyección especial de diversos mensajes de felicitación enviados desde México, Argentina, Italia, Brasil, Ecuador y casi toda España; y es que la semilla de Trasto Teatro dispone ya de un campo abonado en extensiones no precisamente pequeñas, por más que la clandestinidad siga siendo el santo y seña de su resistencia vital.

No obstante, Los satisfechos seguirá teniendo vida en 2014 más allá del Teatro de la Decepción. El Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música (Inaem) ha decidido incluirla en su nuevo programa Platea, lo que le garantiza una distribución jugosa en toda España. Además, la Sala Beckett de Barcelona, templo fundamental del teatro contemporáneo español desde que Sanchis Sinisterra la fundara a finales de los 80, ha adoptado a Trasto Teatro como compañía residente: durante dos semanas de octubre de 2014, Raúl Cortés y los suyos representarán Los satisfechos y además celebrarán el estreno absoluto de su nueva obra, en cuya escritura anda metido ya desde el año pasado el mismo Cortés con el rigor y el equilibrio que le caracterizan.

El propio director confirma que el crecimiento que este proyecto ha procurado a Trasto Teatro es enorme: “Una compañía no puede progresar si no dispone de funciones con las que atornillar la obra poco a poco. Nosotros hemos tenido cien oportunidades para mejorar Los satisfechos, y eso, en estos tiempos, es realmente un acontecimiento”. La obra, que aborda el fenómeno de la jambre a través de tres personajes con el estómago vacío que encuentran un plato de sangre frita sin propietario a la vista, ha permitido a la agrupación en lo referente a lo artístico “dar una vuelta de tuerca a nuestro propio lenguaje escénico, porque por primera vez hemos recurrido al humor. Nosotros entendemos el humor como un caballo de Troya: podemos vestir lo que hacemos de cierta apariencia amable, pero el veneno va por dentro. Damos cuerda al humor desde su lado amargo, que es también el más andaluz, por más que otros quieran hacer ver que el humor andaluz está más ligado a los clichés“.

Ciertamente, el oficio de Trasto se encuentra vinculado a la (posible) escuela del teatro andaluz: la que está marcada a fuego por la verdad. Los personajes de sus obras, más próximos a Shakespeare en No amanece en Génova, más arrimados a Beckett en Los satisfechos, se expresan en acento andaluz y responden a un negro imaginario que aún emana del terreno: pero esta particularidad ha resultado ser el mejor medio al alcance de Trasto Teatro para abrazar la universalidad. Los satisfechos ha sido ya vista y aplaudida en ciudades como Pamplona, Irún, Castellón, Madrid (con todas las entradas agotadas en la Sala Nudo) y diversas plazas mexicanas, lo que valió a la compañía el ingreso en la Red Iberoamericana Cruzando Fronteras. Su dramaturgia es en la actualidad objeto de estudio a través de dos tesis doctorales en las universidades de Pisa y Bratislava. Sin embargo, la esencia de su trabajo es siempre la misma: “Resistencia y compromiso. Esto se traduce en detalles muy concretos: por ejemplo, nuestra dificultad para llegar a fin de mes. Pero esto forma parte de lo que hacemos. Somos conscientes de que hay otros atajos, pero no los vamos a tomar. Al menos, ya sabemos que mucha gente cuenta con nosotros, por más que al principio los programadores nos dijeran en Málaga que nuestro teatro no iba a interesar, que nadie iba a querer romperse la cabeza con nuestras obras”, afirma Raúl Cortés al respecto.

El actor Salva Atienza lo expresa a la perfección: “No sabemos hasta cuándo, pero sí sabemos hacia dónde”. ¿No sería ésta, acaso, una sentencia digna de Sócrates? El plato vacío se toma la revancha: algo que llaman dignidad.