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El fin de la Historia (II)

Pablo Bujalance | 3 de marzo de 2014 a las 5:00

Seda y Velasco, en 'El encuentro'.

Seda y Velasco, en ‘El encuentro’.

Allá por 2005 asistí al estreno de Después de Ricardo, el primer montaje de Avanti Teatro, en el Teatro Cánovas de Málaga. Julio Fraga dirigía a Miguel Zurita, Celia Vioque y José Manuel Seda, con una libérrima adaptación del Ricardo III de Shakespeare que firmaba Sergio Rubio, mientras que Eduardo Velasco ejercía de productor. En un momento de la representación, el rey Ricardo al que encarnaba Miguel Zurita, sometido a juicio, se plantó en medio de la escena y proclamó: “No reconozco la autoridad de este tribunal”. Aquella sentencia partió el ambiente en dos. Todavía resonaba en los oídos del respetable aquella misma frase pronunciada en boca de Sadam Husein, y ahora se le devolvía con un significado más rotundo, más determinante, si acaso era posible. Aquella obra me resultó reveladora por cuanto abría puertas más que interesantes y resolutivas para hablar sobre el presente, de manera rabiosa, a través de referentes históricos, pasados incluso por el tamiz shakespeariano. Sí, estaba la lección de Brecht y todo eso, pero me gustó la soltura y la determinación con la que se denunciaba el común denominador de los tiranos. Aquello sí que era hacer un clásico: verterlo en el hoy y evaluar su resonancia.

Ahora, Eduardo Velasco y José Manuel Seda han decidido rearmar Avanti Teatro con un proyecto que comparte similares inspiraciones, y del que escribo ahora, tan injustificadamente tarde. Julio Fraga vuelve a dirigir a Seda y a Velasco en El encuentro, adaptación de la novela Sábado Santo Rojo de Joaquín Bardavio a cargo del gran Luis Felipe Blasco Vilches. Tras su estreno en el Central de Sevilla el pasado mes de enero, el montaje ha tenido ya su puesta de largo en el Español de Madrid (donde se representará durante todo este mes de marzo) y las críticas han sido muy elogiosas, lo que conviene ir celebrando para ser justos. Acudir al secreto mano a mano que compartieron Adolfo Suárez y Santiago Carrillo cierta noche de febrero de 1977 para ofrecer un espejo a la España actual, la que se pierde en identidades y territorios, la que vende sus conquistas sociales por un plato de lentejas, la que absuelve a los estafadores y condena a las familias, la que ha decidido dejar de confiar en los políticos (y en la política: he aquí lo más grave del asunto) y la que parece avergonzarse de sí misma ante Europa, me parece un acierto decisivo que explica, y de qué manera, cómo y por qué el teatro puede ser oportuno, útil y necesario. Frente a los profetas del fin de la Historia (vean el post anterior), El encuentro viene a recordar, como un golpe en la conciencia, que no, que la Historia no ha terminado, que la ruina que nos atenaza fue dictaminada hace ya algunas décadas, que la lógica de los Estados es circular y que los exégetas del marxismo y del liberalismo ya se pusieron de acuerdo en su momento para dejarlo todo atado y bien atado. Y buena falta que hacía.

Tampoco puedo evitar una sonrisa al asistir a esta lectura de la Transición española facturada desde un teatro andaluz que se reivindica como tal. A lo mejor los agoreros del café para todos tienen aquí un motivo para preocuparse. Las marmotas despiertan. Cuidado.

Lo que ocurre dentro

Pablo Bujalance | 24 de febrero de 2013 a las 19:02

Cuando escribí la crítica de ‘Lo que ocurre dentro’, la obra escrita y dirigida por Sergio Rubio y protagonizada por Javier Parra y Alejandro Furundarena, cité a Beckett. Imagino que Beckett constituye un lugar común de la crítica contemporánea, como también lo es del teatro contemporáneo. Pero ahora que la pieza ha vuelto a representarse este fin de semana en la Sala Gades de Málaga, conviene dejar claro que lo que más me gusta de la misma no es que se parezca más o menos a ‘Esperando a Godot'; lo que me parece especialmente revelador es la construcción de sus personajes. Los dos tipos que esperan en el interior del coche, el único ámbito que se exhibe al espectador, se desenvuelven en la periferia: la verdadera protagonista es la mujer espiada, la que debe estar tras la ventana, la que no se ve. De ella no sabemos nada. Pero de los dos tipos que esperan tampoco se nos cuenta mucho más. Cierto, tampoco Beckett nos cuenta nada de Vladimir ni de Estragón, ni de Winnie, ni de Krapp, entidades vagas, fantasmagóricas, que ni siquiera pueden ser consideradas personajes salvo, tal vez, en su calidad de enfermas. Pero creo que precisamente ésta es la naturaleza que compete al personaje como criatura escénica. Lo más parecido al hueco. Al no ser.
Se ha hablado mucho, y se habla, (fue reeditado hace poco por la editorial Península) de ‘El espacio vacío’ de Peter Brook, la gran Biblia pedagógica de las artes escénicas. Confieso que no es lo que más me gusta de Peter Brook (me parecieron mucho más reveladoras e ilustrativas las entrevistas de Margaret Croyden, seguramente porque aquí no tenía el genio especial interés en demostrar nada), pero me resulta más interesante en la medida en que ese espacio vacío se traslada al personaje como elemento escénico. Si Stanislavski propugna una presencia del personaje ‘rellenada’ con la personalidad del actor, o viceversa, tal vez la clave sea la dirección contraria: el personaje teatral funciona mejor en cuanto se vacía de consideraciones y contenidos, mucho más si hablamos de argumentos psicológicos. Cualquier acontecimiento que suceda en ese paisaje saqueado resultará más verdad. Dicho de otro modo: lo más importante de Macbeth es lo que Shakespeare no nos revela de él. Pensemos en la página en blanco como el mejor texto teatral posible; de igual modo, la mejor obra será la que carezca de personajes. Siempre he pensado, de hecho, que la locura irrepresentable que es ‘El Rey Lear’ funciona como un objeto demencial porque no tiene personajes: todos están evocados, no presentes. El poeta chileno Nicanor Parra lo supo y lo subrayó en su maravillosa traducción. Y también Jonh Gielgud nos relata algo parecido en su libro ‘Interpretar a Shakespeare’.
‘Lo que ocurre dentro’ nació de un ‘work in progress’ desarrollado en Granada por Sergio Rubio y sus dos actores. Imagino aquella tarea como un enorme vaciado de convenciones e interpretaciones, en busca de una esencia cuyo resultado final, claro, es una incógnita. Hay algo maravillosamente dirigido a la raíz del hecho dramático en esta obra, una extracción del juego sin mayor preocupación que el mismo juego. Lo cierto es que la satisfacción que produce es suculenta, porque la invitación que se brinda al espectador a participar en el juego es jugosamente tentadora. Sucumbir es la opción más razonable.