Archivos para el tag ‘Silencio Danza’

Una escritura del cuerpo

Pablo Bujalance | 28 de enero de 2016 a las 5:00

Nieves Rosales: una inspiración.

Nieves Rosales: una inspiración.

Hace unos días tuve ocasión de conversar con la bailarina, coreógrafa, directora y profesora malagueña Nieves Rosales, alma y corazón de la compañía Silencio Danza. Uno agradece siempre estas oportunidades, porque con una artista como Nieves, creadora de espectáculos como No es la lluvia, es el viento y Retablo incompleto de la pureza, siempre se termina aprendiendo. La cuestión es que el próximo 16 de febrero, a las 19:00, Nieves pronunciará en el Centro de Documentación de las Artes Escénicas de Andalucía, en Sevilla, una conferencia sobre Los escombros de la dramaturgia; y nuestra conversación abordó, en gran medida, la posibilidad de una dramaturgia por, para y desde la danza. Que esta posibilidad exista es evidente: han sido más de cuatro los que han demostrado que para armar una dramaturgia no dirigida al lenguaje verbal, y sí expresamente al movimiento forjado en la danza, no hay más que ponerse manos a la obra. Pero otra cuestión es que, en una medida no pequeña, el recurso dramatúrgico, al menos con la misma intención expresiva y comunicativa que en el teatro, quede a menudo soslayado cuando de diseñar coreografías se trata. Por su formación y por su trayectoria, Nieves, aunque bailarina antes que cualquier otra cosa, se mueve con la misma soltura tanto en la danza como en el teatro, y toma de ambos la inspiración y los estímulos que precisa cada nuevo paso que decide dar en su carrera. De modo que, si no pocas compañías de danza ven al teatro como un intruso, o como algo ajeno (lo mismo podríamos decir, seguramente, en sentido contrario), éste no es desde luego su caso. Además, Nieves procede del flamenco, y precisamente defiende que han sido artistas como Antonio Gades y Mario Maya quienes más y mejor han entendido en España que la danza no es menos danza por incorporar elementos teatrales y dramatúrgicos. Después de nuestra conversación, en la que Nieves me habló de Kantor, de Grotowski, de Eugenio Barba y de José Antonio Sánchez, me paré a pensar en que, efectivamente, tal vez se han dado demasiadas cosas por sentadas; el término dramaturgia se ha terminado refiriendo exclusivamente a una parcela muy limitada de su significado completo, y en esto tienen tanto que ver los coreógrafos que desconfían de los procedimientos dramatúrgicos como los dramaturgos que únicamente atienden a los modos de expresión verbal. No son los únicos en sus respectivos ámbitos, pero sí mayoría. El mismo Eugenio Barba denunciaba la identificación exclusiva de la dramaturgia con la literatura dramática, un tópico que no sólo ha empobrecido notablemente el teatro español de las últimas décadas negándole recursos expresivos, sino que también ha hecho de la danza un fenómeno cada vez más ajeno, tal vez, a las inquietudes de nuestro tiempo. Grotowski hacía de la escritura dramática una práctica extensible al cuerpo, y José Antonio Sánchez, tal y como me recuerda Nieves, se refería al cuerpo contemporáneo como a un cuerpo lingüístico. Tales afirmaciones deberían tomarse en consideración tanto desde la danza como desde el teatro. Y ambos saldrían ganando. Lo mismo podemos afirmar de los intérpretes: un actor y un bailarín que no saben o no quieren decir con su cuerpo son artistas incompletos. Lo cierto es que la experiencia del espectador ante un espectáculo teatral o un espectáculo de danza son una y la misma. La escisión obedece más a un prejuicio artificial que al decir dramático en sí.

A Nieves Rosales, con razón, le preocupa la desconexión de la danza con su público, que es potencialmente todo el público. Y considera que el empleo de herramientas dramatúrgicas puede facilitar la tarea al espectador a la hora de reconocerse en un espectáculo de danza. Pero desconfía Nieves de las fórmulas danza-teatro por empobrecedoras, y un servidor comparte la idea de que la dramaturgia no necesita del texto para ser. El cuerpo le basta y le sobra. Únicamente requiere ganas de decir por parte de quien decide crear un espectáculo. Es curioso, pero después de hablar con Nieves tengo la sensación de que nos estamos perdiendo algo importante: en la medida en que seamos capaces de desligar la dramaturgia del texto, de lo verbal y de la palabra, podremos atisbar experiencias dramáticas verdaderamente completas y enriquecedoras. Lo importante es conmover a quien observa, a quien participa; y tener que optar entre cuerpo y dramaturgia, cuando ambos son perfectamente complementarios, significa restar fuerza al golpe. Creo que Nieves Rosales apunta a un arte escénico real que daría respuesta a todas las exigencias artísticas del presente. Por si acaso, no la pierdan ustedes de vista.

Lo que hay tras el altar

Pablo Bujalance | 14 de mayo de 2015 a las 5:00

El 'Retablo' de Raúl Cortés, según Silencio Danza.

El ‘Retablo’ de Raúl Cortés, según Silencio Danza.

Recién llegado tengo en mi mesa el volumen del Retablo incompleto de la pureza de Raúl Cortés que acaba de publicar el sello Pepitas & Llaüt. Los lectores de teatro, especie a extinguir donde las haya, están de enhorabuena: la edición, en su formato accesible y de bolsillo, está a la altura en cuanto a legibilidad y atractivo. La obra, que estrenó la compañía Silencio Danza en un montaje dirigido y coreografiado por Nieves Rosales el pasado mes de noviembre en la Sala Gades de Málaga, se dispone en un díptico conformado por dos piezas tan independientes como confluentes: Muerte, resurrección y muerte y La mujer barbuda. En ellas se dan las claves dramáticas de un autor tan feroz como Cortés, que sigue alumbrando así su necesaria literatura mientras prolonga la gestión del centro de experimentación escénica instalado en el castillo de su Morón de la Frontera natal, el proyecto compartido por su compañía, Trasto Teatro, y Silencio Danza, y que se ha convertido ya en referente para otras experiencias similares. Las fuentes a las que acude Cortés para parir su teatro son conocidas y el Retablo no las espanta: acuden aquí el esperpento de Valle-Inclán, Beckett, Eusebio Calonge y algo grotesco de Romero Esteo. Sus personajes son, de nuevo, contenedores de todos los exilios y habitantes de las periferias más remotas, definidos por cuanto la humanidad deja de inspirar en ellos: así el Expurgabueyes y el Cabestro (los nombres son harto elocuentes) ensayan una dudosa reparación anatómica y espiritual en la Garabato, empeñada en invocar a la Virgen de los Remedios (un reflejo posible de Divinas palabras) en un paisaje surcado de jaulas a lo largo de Muerte, resurrección y muerte; mientras que La mujer barbuda tiene, ciertamente, mucho de Parada de los monstruos, con freaks tan inestables como El Hombre Nuevo, María Sin Párpados y José Desorejado, que permiten a Cortés desentrañar con vigor poderosos caracteres dramáticos desde criterios de descomposición. Aquí, el tiempo es un personaje más cuya puesta en escena se constituye a través de la evolución del resto. Si en el teatro de Raúl Cortés lo sugerido cuenta mucho más que lo explícito, en estos textos la intención se afila hasta hacerse, a menudo, apenas suspiro; pero es en la tentativa donde el espejo ofrecido a los testigos devuelve la imagen en su mayor fidelidad; y es en la palabra apenas dicha, en consecuencia, donde la pureza, a través de los fragmentos cuya suma nunca podrá ser el todo, aflora.

Escribe Daniel J. García López en el epílogo del libro: “En el díptico […] nos muestra aquello que hay tras el altar: disidencia, resistencia y exilio. Éstas son las palabras que Eugenio Barba reclamaba en el epílogo a la anterior obra de Raúl Cortés, Los satisfechos. Disidencia, resistencia y exilio se nos antoja un auto ya no sacramental sino profano, que restituye al común de los mortales aquello que había sido alejado por la consagración. La profanación de lo sagrado se hace por simple contacto y contagio. La profanación hace que los sacrificado a los dioses vuelva al espacio de lo humano”. Así, este hombre dilapidado, sesgado, desequilibrado y por terminar es el nuevo deus ex machina. Y he aquí, en Raúl Cortés, un teatro capaz de afrontar el reto. Sólo aquí, desde este espejo, el teatro tendrá sentido ahora que parece haberlo perdido definitivamente. Como Próspero en su exilio, corresponde emprender el viaje desde las afueras hasta el corazón. Y Cortés, afortunadamente, parece llevar un buen tramo de ventaja.

Los Quijotes en su fortaleza

Pablo Bujalance | 21 de marzo de 2014 a las 5:00

'No es la lluvia, es el viento'.

‘No es la lluvia, es el viento’.

Me da cuenta Raúl Cortés del nuevo proyecto compartido por las compañías Trasto Teatro y Silencio Danza. Todavía resuena el reciente éxito en Madrid de su última producción conjunta, No es la lluvia, es el viento. Pero lo que me cuenta Raúl es una aventura de una índole distinta. Las dos agrupaciones, aunadas en una misma asociación cultural, se encargarán de transformar el olvidado, abandonado y castigado castillo árabe de Morón de la Frontera en un centro de investigación teatral. Ahí es nada. Un espacio para la vanguardia escénica en competición con los marines de la Base. Una oportunidad a la belleza en alianza con el hermosísimo pueblo, donde la cal reina mano a mano con el sol. Me dice Raúl que decidieron presentar la propuesta al Ayuntamiento, sin que nadie les invitara a hacerlo, y que, para su sorpresa, aceptaron. Sobre el papel, el proyecto pinta festivales de danza y teatro durante todo el año, actividades de formación, encuentros con compañías y artistas llegados de buena parte de Europa y Latinoamérica. Una gozada. Raúl define la iniciativa como “quijotada”. Y añade: “Pero, ¿qué somos, sino Quijotes?” Yo me acuerdo de Diego del Gastor, que incorporó a la guitarra flamenca en los años 60 los toques californianos que trajeron los hippies destinados a la Base, y me sigue fascinando el modo en que la vanguardia sigue buscando su esencia, su perdurabilidad y su gracia en esta bendita tierra. Trasto Teatro gestionó en Málaga durante tres años junto a las compañías La Caldera y Bajotierra el festival El Quirófano, celebración crepuscular de lo underground truncado finalmente el pasado 2013. Pero sí, tenían razón los antiguos: para sobrevivir hay que irse al campo.

Los miembros de Trasto Teatro y Silencio Danza son gente muy joven. De experiencia no precisamente ligera, pero jóvenes. Seguramente es la juventud lo que, en mayor grado, les empuja a cometer locuras semejantes. Pero su inconsciencia no es muy distinta de la que en su día hizo gala, un poner, Carlos Góngora con su Axioma en la desolada Almería de comienzos de los 70, así como otros Quijotes que en aquella época se pusieron el mundo por montera para llevar el teatro allí donde pudiera significar un motor de progreso y desarrollo, aunque fuera en los lugares más remotos, despoblados, inverosímiles, de los que hoy ya no quedan. Lo mejor de la noticia que me cuenta Raúl es la evidencia de aquel fuego se mantiene intacto, por más que Morón ya no quede al otro lado de ninguna frontera. Aquellos pioneros siguen haciendo su teatro, con las dificultades de siempre, o con otras nuevas, da lo mismo; pero el testigo ya ha sido entregado y el relevo cabalga ya a lomos del mismo y flaco Rocinante. Quizá es que la Andalucía de las sucesivas modernizaciones, programadas como recetas fuera de la cocina, no ha cambiado tanto y mover el teatro de su sitio sigue siendo un asunto de dementes; o tal vez es que el misterio se sigue resolviendo del mismo modo, rompiendo los límites y rompiendo sus propias ceremonias. Ojalá que dentro de un tiempo podamos hablar de éxito y celebrarlo en Morón, mientras la depauperada cultura de las capitales se hace más postureo frívolo y más twitter. Por ahora, será un deleite comprobar que el espíritu perdura.