Archivos para el tag ‘Teatro Central’

La estrategia invertebrada

Pablo Bujalance | 8 de septiembre de 2016 a las 5:00

'La clausura del amor'.

‘La clausura del amor’.

Ayer mismo presentó en el Teatro Central de Sevilla la consejera de Cultura, Rosa Aguilar, la nueva programación de los teatros gestionados por la Junta de Andalucía; esto es, el mismo Teatro Central, el Alhambra de Granada y el Cánovas de Málaga. En la nota informativa suministrada desde el organismo se indica que “actrices como Bárbara Lennie o Nuria Espert, intérpretes como Pako Merino o José Luis Gómez, creadores como Fernando de Rojas y Alfredo Sanzol o el estreno exclusivo del creador griego Dimitris Papaioannou conforman una oferta escénica donde también estarán rostros de excelencia de la escena española como Juan Mayorga, Ricardo Iniesta, Pepe Viyuela, Verónica Forqué, Pepón Nieto, Pepa Gamboa, Sol Picó, Pablo Messiez, Julio Fraga, Dennise Despeyroux, Álex Rigola, Alberto Sanjuán, Juan Dolores Caballero, Juan Villoro, Malena Alterio, Saburo Teshigawara, Anne-Teresa de Keersmaecker o Maika Makowski”. Sin embargo, semejante menú corresponde únicamente al Central y, en un porcentaje menor, al Alhambra, donde sí podrán verse La clausura del amor, El cartógrafo de Juan Mayorga y las nuevas propuestas de Laví e Bel y la Compañía Nacional de Danza, entre otras propuestas. Al Teatro Cánovas, sin embargo, no llegará nada de esto. El escenario malagueño insistirá en su programación dedicada al público infantil y juvenil (con un apartado específico para la danza en la Sala Gades y otro para compañías residentes en el propio Cánovas, siempre en tono local) en una línea que ya ayer mismo recibió críticas en las redes sociales por aquello del agravio. Y conviene, de entrada, subrayar que el trabajo que Antonio Navajas y su equipo hacen al frente del Cánovas, sin muchas facilidades que digamos, es digno de todos los elogios. El proyecto Thespis, establecido en conexión con grupos de teatro de centros educativos, está arrojando resultados especialmente relevantes sobre el desarrollo de las artes escénicas en el curriculum escolar; y esta misma temporada el espacio acogerá una programación pedagógica dedicada a los clásicos, orquestada por el actor malagueño José Carlos Cuevas, con Natalia Menéndez y Carmelo Gómez entre los ponentes. Cuando se decidió este tipo de oferta para el Teatro Cánovas, el responsable artístico de la programación de la Consejería y a su vez director del Central, Manuel Llanes, afirmó que, ante la pérdida de espectadores, lo mejor que podía hacerse con el Cánovas era convertirlo en una escuela de futuros espectadores. Bien, esa función se está cumpliendo. Pero si la Consejería creía haber encontrado la solución, estaba muy equivocada: es cierto que el Cánovas ha recuperado público, pero sin llegar a los resultados esperados. De hecho, en la misma nota, la Junta admitía que la pasada temporada el Centro y el Alhambra habían ganado público mientras que el Cánovas “mantenía” los registros del curso anterior. La pregunta es por qué una apuesta por el público infantil y los proyectos educativos es incompatible con otras cosas. Es cierto que el de Málaga es un teatro pequeño, o al menos con dimensiones insuficientes para acoger según qué obras; pero sigue sin haber una razón definitiva que explique las razones por las que la Junta ha decidido no programar en su propio teatro obras como La grieta que dirige Julio Fraga o el montaje de Fuenteovejuna que dirige Pepa Gamboa con las gitanas de El Vacie. Al público malagueño, que es tan escaso o tan multitudinario como cualquier otro (de programar bien y buen teatro se trata, y así ha quedado demostrado en el propio Teatro Cánovas), únicamente le cabe la esperanza de que los teatros municipales y provinciales ocupen el espacio que no ocupa la institución autonómica, al igual que sucede en Almería o en Jaén, con la diferencia de que en Málaga la misma institución sí dispone de una sala a su cargo. Y sí, hay muchos aficionados al teatro que no se lo explican. Un servidor, la verdad, tampoco.

El Teatro Cánovas de Málaga constituye un caso un tanto sui generis, pero lo cierto es que, más allá del mismo, y en lo que al territorio andaluz en su extensión se refiere, la Consejería de Cultura hace cada temporada un esfuerzo notable por diseñar programaciones de atractivos incuestionables cuyo recorrido, sin embargo, es limitadísimo. Esto se traduce, por una parte, en que hay demasiado público andaluz que no disfruta una programación a cuyo sostenimiento económico sí contribuye; y, por otra, en que lo que las compañías contratadas pueden esperar es más bien poco (incluidas, sí, las agrupaciones andaluzas que siempre se presentan como emblemas de la política cultural de la Junta y que si logran salvar los muebles no es precisamente por las oportunidades que la misma Junta les ofrece). Si resulta difícil convencer al respetable de que vaya a ver la obra de teatro que representan ahí abajo en la esquina, hacer atractiva una programación que queda a doscientos kilómetros, aunque sea la mejor del mundo, es una cuestión propia de quimeras. Con el CAT de nuevo sumido en el sueño de los justos, lo deseable sería que la Consejería de Cultura desarrollara los instrumentos necesarios para prolongar en Andalucía la misma programación que con tanto esfuerzo compra, bien haciendo uso de sus propios teatros, bien estableciendo convenios con otros escenarios, de titularidad pública o privada, con tal de devolver a la sociedad andaluza los frutos que la misma sociedad andaluza genera (y no me refiero sólo a fiscalidad). Una estrategia invertebrada como la actual nunca puede llegar a buen puerto. Resulta llamativo el modo en que, en lo que a teatro se refiere, a la Consejería de Cultura le ha costado tanto tradicionalmente pensar en andaluz, tanto a la hora de producir como de programar y distribuir. Será que hay demasiada gente ahí fuera. Quién sabe.

El criterio centralizador

Pablo Bujalance | 10 de marzo de 2016 a las 5:00

El 'Mount Olympus' de Jan Fabre: una cuestión capital.

El ‘Mount Olympus’ de Jan Fabre: una cuestión capital.

Por motivos que ahora no vienen a cuento no pude ir a Sevilla a ver el Mount Olympus de Jan Fabre, de modo que mi colección de cadáveres añade un tanto considerable (en esto del amor al teatro, eso sí, como en el amor a secas, las ausencias cuentan a menudo tanto como las presencias). Seguí, no obstante, todo lo que se fue publicando en los diversos medios y todo lo que se iba contando en las redes sociales, no por una cuestión masoquista sino porque me gusta tener información fresca sobre estas cosas. Y encontré a algunos compañeros y artistas que lamentaban el escaso eco que el órdago, con sus 24 horitas, tuvo en la prensa nacional. Para ser justos, las principales cabeceras españolas sí se hicieron eco de la noticia y, más o menos, de su seguimiento, tanto en sus versiones en papel como en las digitales; y hoy jueves está previsto que el programa de Televisión Española Atención Obras emita una pieza sobre el particular. Otra cuestión, claro, es qué habría sucedido si el Mount Olympus hubiese acampado en Madrid o Barcelona; y no es difícil aventurar que el despliegue habría sido mucho mayor y que todavía hoy se hablaría, con bastantes menos reservas, del verdadero e histórico acontecimiento que ha supuesto para la cultura del país la llegada de Fabre y su tributo a la tragedia. Es bien conocida la amistad que comparten Fabre y Manuel Llanes, un vínculo que ha permitido el idilio que a su vez mantienen Sevilla y el creador belga con alojamiento en el Teatro Central. Pero casi da la impresión de que si la causa se hubiese ganado para otra plaza se hablaría fuera de Andalucía de Fabre tanto como se habla de Tomaz Pandur. De cualquier forma, el asunto da para detenerse a pensar sobre la atención que se presta en España al teatro que se produce y se programa fuera de Madrid y Barcelona. Y a lo mejor cabe extraer algunas conclusiones.

Forma ya parte de la costumbre que los medios de comunicación de ámbito nacional se refieran únicamente a una obra de teatro, si el reparto así lo merece, cuando se representa en Madrid (incluso con categoría de estreno), por más que a lo mejor lleve ya un año de gira por todo el país. Si por los mismos medios fuera, una compañía como La Zaranda únicamente existiría cuando va a hacer lo suyo al Teatro Español. En cuanto a festivales, salvo las excepciones clásicas de Mérida y Almagro, los únicos que cuentan en la agenda nacional son los que se celebran en Madrid y Barcelona. Para que algo como las Jornadas del Siglo de Oro de Almería encuentren hueco aquí no hay otra manera que la concesión de un Max, como así sucedió en su momento. Ya puestos, la pasada edición del Festival de Teatro de Málaga acogió el estreno en España del bellísimo montaje de La tempestad de Shakespeare dirigido por el francés Serge Ayala, y entonces pensé lo mismo: si este mismo estreno llega a darse en otra parte, la cobertura y la atención habrían sido mucho mayores. Existe, por tanto, un criterio excesivamente centralizador que tiende a distinguir de una manera un tanto burda, todavía a estas alturas, entre el teatro que se hace en la capital y eso que todavía llaman algunos teatro de provincias. De nada sirve que Sevilla sea una de las ciudades más dinámicas de España escénicamente hablando, durante todo el año, bastante más allá de Jan Fabre; pero otro tanto podríamos decir de un notable puñado de plazas ibéricas localizadas en la infame periferia. Es cierto que la extinción de la información cultural no ha mermado sus alcances en los medios de cualquier soporte, suplementos incluidos; y que un seguimiento pormenorizado de lo que sucede más allá de los ámbitos capitalinos requeriría de unos recursos materiales y humanos de los que los mismos medios carecen. Pero sospecho que, independientemente de todo esto, late un cierto prejuicio que se da por hecho, asentado sin juicio crítico, cuando además el mejor teatro español del presente no es el que se produce precisamente en Madrid. Una cosa es cierta: una mayor visibilidad beneficiaría a todo el mundo. Este paradigma también merece ser modificado.

Un patrimonio material

Pablo Bujalance | 28 de enero de 2015 a las 5:00

'El grito en el cielo', de La Zaranda.

‘El grito en el cielo’, de La Zaranda.

La Zaranda es un motivo recurrente en El diario de Próspero, pero qué quieren que les diga: a estas alturas de la película ya no quedan muchas certezas, y menos aún en el teatro, así que no hay más remedio que aferrarse a las garantías que nos hacen sentir más humanos. Estrenado (como suelen los de Jerez) en la Temporada Alta de Girona, después de una residencia artística en la Bienal de Venecia de manos del inefable Álex Rigola, El grito en el cielo, la última obra de Eusegio Calonge, llega este próximo fin de semana (días 30 y 31) al Central de Sevilla y en febrero (días 13 y 14) lo hará en el Alhambra de Granada. Por una decisión que la Consejería de Cultura adoptó hace ya dos años, sobre la que hay todavía mucha tela que cortar, el montaje no podrá verse en el tercer teatro de la administración autonómica, el Cánovas de Málaga, consagrado a la programación infantil (si es cierto que las reducidas dimensiones del escenario dificultaban el sostenimiento de la programación en los mismos términos, al final los aficionados terminan pagando la jugada), por lo que tendrá que ser otra sala, al igual que en el resto de provincias, la que tome la iniciativa (y no siempre está esto garantizado). Siempre, de cualquier forma, y el hecho de que el periplo regional de la obra sea tan breve así lo demuestra, me ha sorprendido la torpeza con la que Andalucía se ha dirigido tradicionalmente a La Zaranda. La compañía tendría que representar aquí lo que es, un verdadero patrimonio material que todos deberían poder disfrutar. Porque pocas experiencias más tremendas llega a dar hoy la escena contemporánea que la que sirven Paco de La Zaranda, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y demás. Creo, sin embargo, que La Zaranda ha pagado con creces su identidad andaluza fuera de los tópicos, las enseñas, los himnos, las pegatinas, la fiesta nacional, el arrebato lorquiano y demás charanga. La compañía hace un teatro andaluz, en andaluz, y a la vez poderosamente universal, como pocos. Los caciques de turno no han podido sacar partido de su estética para demostrar que son más andaluces que el vecino. Pero nada de esto importa. La Zaranda es una cuestión de amor. Y el amor lo soporta todo.

El grito en el cielo es, ante todo, un homenaje al muy recordado y pionero Juan de La Zaranda. Y también es, tal y como explica Calonge, una prolongación de los efectos de su anterior obra, El régimen del pienso, en cuanto denuncia de un mundo cada vez más deshumanizado y desprovisto de horizontes trascendentes: una vida resuelta en lo efímero, lo inmediato y lo banal, no es digna de seres humanos, y La Zaranda llega al extremo de esto sin contemplaciones. De entrada, la premisa de El grito en el cielo me resulta altamente beckettiana, con los residentes de un geriátrico constreñidos en la marginalidad de la existencia humana, acaso heces de la misma, reductos que para nadie cuentan; y, sin embargo, la vida sigue latiendo en ellos con sus sueños y su extremada cabezonería conformada en deseo. Pues es el deseo, cristalizado tras la pérdida de la esperanza, lo que define a los desarraigados personajes de Beckett, tal y como dejó claro Alain Badiou. Eso sí, resulta inútil buscarle referentes, modelos ni símiles a La Zaranda: la compañía jerezana representa más bien una síntesis proverbial de lo mejor que ha dado de sí la cultura (entiéndase el término en su acepción más noble: lo que hace crecer) en los últimos dos mil años, con su lenguaje, su música y su tono. Uno sale siempre de sus funciones sintiéndose más persona, más cerca de los otros, más parte de algo que merece la pena en cuanto nos supera. Por qué tendría que ser distinto esta vez.