Archivos para el tag ‘Teatro del Velador’

Las partes y el todo

Pablo Bujalance | 11 de junio de 2015 a las 5:00

Una imagen promocional de 'La cárcel' de Teatro del Velador.

Una imagen promocional de ‘La cárcel’ de Teatro del Velador.

El estreno en 2003 de La cárcel de Sevilla, a partir del entremés anónimo, significó la consolidación del Teatro del Velador en distintos órdenes, por más que la agrupación que dirige Juan Dolores Caballero llevara ya tres lustros dando guerra sobre las tablas. En aquel montaje terminaban de confluir los distintos cauces estéticos con los que el director sevillano había venido investigando una dramática significativa para el presente desde fuentes abiertamente clásicas, en torno especialmente a lo grotesco como mecanismo escénico aplicado a la construcción de personajes, la puesta en escena, el movimiento y hasta la dicción; el camino abierto tendría que dar, irremediablemente, para mucho, en la medida en que alguien estuviese dispuesto a recorrerlo. En cuanto a la dimensión ética, hoy sorprende el modo en que aquella Cárcel de Sevilla resultó premonitoria respecto a la picaresca como código genético de una sociedad abocada a la corrupción y, más aún, la extinción del individuo en beneficio de los órdenes opresores y su perpetuidad. Por eso, no es de extrañar que Dolores Caballero y su Velador hayan recuperado la propuesta con un nuevo montaje, titulado esta vez de manera más sencilla La cárcel, que tendrá su estreno absoluto los próximos 9 y 10 de julio en el Corral de Comedias de Almagro, dentro del festival que acoge el municipio manchego. El reparto ha cambiado en gran parte respecto a la primera producción (algunos repiten, como el gran Benito Cordero, insustituible en la compañía, en su papel de, atención, Don Alonso Quijano) e incluye nombres como Alfonso Naranjo, Manuel Solano, Álex Peña y Belén Lario. Si algo caracteriza al buen hacer de Dolores Caballero es su capacidad para hacer resonar los clásicos en el presente con furia anclada en el minuto; pero, si ya La cárcel de Sevilla hacía estallar las costuras del entremés para cautivar al público del siglo XXI, es de esperar que La cárcel, renovada y a punto, sirva luces para delatar los envites de una actualidad que, como el primer montaje preveía, ha decidido prescindir de la cordura y, lo que es peor, de la justicia.

En cuanto a lo grotesco, ha tejido Dolores Caballero al respecto, tanto en su trabajo para el Teatro del Velador como para otras compañías (el caso de Histrión es el más evidente), un lenguaje que se nutre del esperpento de Valle-Inclán pero que va mucho más allá de la mera deformidad del espejo (también se podría poner a Kantor sobre la mesa, pero igualmente poco tendría que hacer su teatro de la muerte a la hora de explicar lo que aquí nos ocupa). Si lo grotesco es la conjunción de partes contrarias, de elementos insolubles, de naturalezas opuestas, de anatomías animales con secciones humanas y de fragmentos cuya unión la razón (o el escrúpulo) rechaza, Juan Dolores Caballero demuestra en su adscripción a esta tendencia algo que conviene decir bien alto: que, en el teatro, la suma de las partes nunca es igual al todo. Posiblemente sea la asunción de esta máxima la que distinga a los buenos directores de escena. Si desde el principio de los tiempos se considera al teatro el resultado de un equilibro de elementos, es necesario reivindicar el hecho de que la mera acumulación de los mismos no resulta, nunca, según lo previsto, ni siquiera en la consecución del equilibrio. El teatro se parece aquí un poco a la física cuántica: el comportamiento de sus materiales básicos ejecuta comportamientos imprevisibles e inexplicables (al menos en parte) cuando colisionan. Más allá de los aspectos sometidos a control, existe un algo que no obedece a los mismos. Pero de la conquista de ese algo depende, en gran medida, el éxito artístico. Al apelar a lo grotesco como suma de partes antagónicas, Dolores Caballero demuestra con mayor habilidad y determinación hasta qué punto el todo es siempre mucho más. Su histórico montaje de El deseo atrapado por la cola, la salvaje comedia de Pablo Picasso, estrenado en 2007, constituye, tal vez, el mayor hito en esta búsqueda a cargo del artista: tal vez porque el teatro, aun sin ser surrealista, sin pretender serlo en absoluto, no se distingue mucho de los cadáveres exquisitos con los que los viejos surrealistas mataban el tiempo; y Picasso, que renegó del surrealismo (digamos, oficialmente) en el arte, se mostró surrealista hasta las heces en la escritura. Ahora, La cárcel de Dolores Caballero, honesta y oportuna, añade más argumentos a tener en cuenta. Todo un lujo para Almagro y para el teatro andaluz.

Lenguas para la sal barroca

Pablo Bujalance | 16 de abril de 2015 a las 5:00

El 'Misterio del Cristo de los Gascones', de Nao d'Amores

El ‘Misterio del Cristo de los Gascones’, de Nao d’Amores.

Sólo unas líneas para recordar que las Jornadas del Siglo de Oro de Almería continúan después de su inauguración el pasado fin de semana con una programación repleta de hallazgos que se prolongará hasta el día 26. De entrada, quien se encuentre en Almería no debería perderse a Ron Lalá mañana viernes 17 en el Maestro Padilla con su divertido e ilustrativo En un lugar del Quijote, ni a la compañía Nao d’Amores el martes 21 en el mismo escenario con su hermosísimo Misterio del Cristo de los Gascones, un espectáculo que lleva ya varios años recorriendo las tablas de aquí y de allá y que une la esencia medieval del autosacramental con la índole más barroca en su puesta en escena, música en directo incluida (por no hablar de la humanización de la talla a través del títere, un verdadero órdago de significación poderosamente reveladora). También queda por ver, con garantías de sobra, al Teatro del Velador del gran Juan Dolores Caballero con El rey Perico y la dama tuerta el sábado 18, a Mephisto Teatro y su lectura caribeña de El burgués gentilhombre de Molière el mismo 18, a la compañía de José Maya con La mujer por fuerza de Tirso de Molina el domingo 19 y a Morfeo Teatro con El coloquio de los perros de Cervantes el día 24 y La escuela de los vicios de Quevedo el 26, en Roquetas de Mar. Añadan a todo esto el Off de Microteatro Almería, la oferta extendida a diversos municipios de la provincia, las exposiciones, la presentación de publicaciones, las actividades educativas, los conciertos y demás enjundia y tendrán, ciertamente, una ensalada barroca para no perdérsela. Las Jornadas almerienses continúan con su quijotesca batalla, ganada la visibilidad y algo de oxígeno a cuenta del Max, y es digno de reconocer lo que está bien hecho. Mucho se está sembrando aquí para la recolección de frutos que habrán de dar más alimento en el futuro.

Y una convicción: el Siglo de Oro contiene un repertorio que el teatro andaluz, como espacio vital para la creación de significados históricos y culturales, sigue mirando de reojo, sin terminar de fiarse, por más que pueda considerar este mismo repertorio como propio por derecho. Tal vez una orientación más barroca, más festiva, más dirigida al juego y a la triquiñuela, más empeñada en el asombro, culminada con la mojiganga y con el público como protagonista, contribuiría a solucionar la marginación social del teatro que reviste nuestro tiempo. Y esto atañe no sólo a los espectáculos, también a los programas, a la crítica, a los festivales, a la gestión y a la política. Es una lástima que en una región de vocación tan contrarreformista como Andalucía, siempre dispuesta a sacar a la calle sus Cristos y Vírgenes, aunque sea a destiempo, el teatro barroco y el Siglo de Oro parezcan demasiado ajenos y sean otros los que nos lleven ventaja. Hay aquí una sal que busca nuevas lenguas. Y sin sal el teatro tampoco merece la pena.

Un Picasso a escena

Pablo Bujalance | 25 de octubre de 2013 a las 5:00

Lectura de 'El deseo atrapado por la cola' en 1944.

Lectura de ‘El deseo atrapado por la cola’ en 1944.

 

Anda el ambiente especialmente picassiano, sobre todo en Málaga, con el décimo aniversario del Museo Picasso, el 25 cumpleaños de la Fundación Casa Natal y los pormenores del Octubre picassiano. De no haber pactado su reposo con las Parcas, el genio habría cumplido hoy 132 años. Y el mundo del arte lo celebra a su modo, como reivindicación de su propio patrimonio. Pero cabe recordar desde este humilde rincón que también existió un Picasso teatrero, escénico, más allá de la performance que encerraba su personal estilo en el ejercicio de la pintura, en calzoncillos en su estudio y con el sempiterno pitillo entre los labios. Y aunque fue un menester breve, no por ello resultó menos significativo; pero, sobre todo, permite preguntarse hoy qué habría sido del teatro del siglo XX si Picasso hubiese prolongado su affaire con las tablas.

 El vínculo más conocido de cuantos mantuvo el malagueño con las artes escénicas se formula en su condición de escenógrafo y de diseñador de vestuarios, actividad que asumió para dos ballets históricos: el Parade de Satie, con libreto de Jean Cocteau, estrenado en París en 1917; y El sombrero de tres picos de Falla, basado en la novela de Pedro Antonio de Alarcón y estrenado en Londres de 1919. Ambas producciones corrieron a cargo de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev. Si en el primer montaje el lenguaje escénico era plenamente cubista, con caballos imposibles y figurines conformados a base de collages, el segundo adoptaba un tono más costumbrista, deudor de los arlequines que Picasso había adoptado como seña de identidad ya desde su periodo rosa. Los dos fueron un éxito, y los dos abrieron las puertas al ballet contemporáneo como depositario de experiencias plásticas. Desde entonces, el género ha evolucionado ampliamente pero sin llegar a romper del todo con esta premisa estética, recurrente todavía un siglo después.

 Pero también hubo un Picasso dramaturgo: el que escribió en 1941 la pieza El deseo atrapado por la cola, una farsa surrealista en seis actos que tuvo su estreno el 19 de marzo de 1944 en el apartamento parisino de Michel y Louise Leiris, en la más absoluta clandestinidad mientras la ciudad continuaba a merced de la ocupación nazi. La velada consistió en una lectura dramatizada dirigida por Albert Camus en cuyo reparto figuraban Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Raymond Queneau, Dora Maar, el matrimonio Leiris, Zanie Campan y Jean Aubier. Cabe subrayar que la primera representación propiamente escénica de la obra no llegó hasta 2007, y lo hizo de manos de un creador andaluz: Juan Dolores Caballero, que se atrevió a montar con Teatro del Velador (y con la colaboración del CAT) una obra considerada hasta entonces irrepresentable, y entre cuyos excesos, más allá de la alocada escritura automática, destaca la micción de una de las protagonistas prolongada durante varios minutos. La propuesta de Dolores Caballero, estrenada con motivo del 125 aniversario de Picasso, era hermosísima, rabiosa, equilibrada en todos sus términos y guardiana del misterio. Picasso escribió otra obra más en 1947, Las cuatro niñas, que Jean Gillibert llevó a escena en 1981 con música de Pierre Boeswillwald; aunque de factura también surrealista, esta segunda pieza ofrecía sin embargo menos resistencia a su puesta en escena, dado su carácter bastante más amable.

 De vez en cuando reaparece la pregunta sobre lo que habría sido de la escena española si el Lorca dispuesto a revolucionar de una vez el teatro, de arriba a abajo, no hubiese terminado acribillado a tiros en Víznar. ¿Y si el Picasso dramaturgo y escenógrafo hubiese dejado una producción más abundante? ¿Hablaríamos hoy de una influencia similar a la de Brecht o Goldoni en el teatro actual por parte del malagueño? Resulta revelador al respecto que Picasso se resistiera a ser reconocido entre los surrealistas como pintor, mientras que no dudó en abrazar el surrealismo como dramaturgo. Sospecho que para intuir lo que habría dado de sí este hipotético Picasso teatrero basta con observar la trayectoria de un autor no menos genial: Fernando Arrabal, que se inspiró directamente en la obra del artista para su Guernica y que en otras piezas como El jardín de las delicias ha dado señales evidentes de que su mundo no está lejos de El Bosco ni de Picasso (su Jardín, de hecho, está más cerca del segundo que del primero, con aquellos hombres/caballos). Al final, claro, todo consiste en sembrar semillas y recoger cosechas. No hay mucha diferencia entre encajar un mundo en un escenario y hacerlo en un lienzo. Siempre quedará alguien dispuesto.

El arte (invisible) de hacer comedias

Pablo Bujalance | 9 de abril de 2013 a las 21:32

Teatro de la Legua, en un ensayo de ‘Coplas del Buen Amor’

Como ocurre demasiadas veces, el Premio Max de la Crítica ha venido a rescatar, casi in extremis, una tradición teatral a punto de desaparecer. Las Jornadas del Siglo de Oro de Almería celebran estos días nada menos que su trigésima edición, una ocasión redonda, que habla de mucho empeño y mucho trabajo detrás, por parte de muchas personas, en su mayoría anónimas; y que, paradoja, ha estado a punto de ser la última ante una drástica reducción de recursos. La Junta de Andalucía, la Diputación de Almería y los Ayuntamientos implicados han mantenido su colaboración pero con una inversión notablemente inferior, de modo que, como ocurre en estos casos, ha habido que llevar la imaginación a donde la financiación no alcanzaba. Aun así, el programa es amplio y suculento, con ganchos incontestables como La vida es sueño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Auditorio Maestro Padilla de la capital (pueden leer la crítica en la entrada anterior de este blog) y el Don Quijote de José Sacristán en el Auditorio de Roquetas de Mar; pero también hay otras propuestas muy atractivas como la divertida lectura de El libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita que la compañía Teatro de la Legua lleva a diversos pueblos de la provincia y La Dama Boba de Lope a cargo de Micomicón, así como espectáculos para niños y estudiantes, talleres diversos (Carmelo Gómez impartió recientemente uno sobre el teatro en verso), conciertos, pasacalles, exposiciones, encuentros de las compañías con el público y otras propuestas que hacen de las jornadas un verdadero festival. El nivel de participación es siempre excelente (hace ya mucho tiempo que Almería asume este proyecto como algo propio), pero ya se sabe que, por más que la gente se dé por enterada, sin apoyo público nada en este negocio escapa al peligro de extinción. De modo que el Max ha venido a dar visibilidad a una realidad que era bien visible pero que, muy a pesar de quienes la hacen, ha estado a punto de desaparecer.

Su lucha por la supervivencia y su adscripción a los criterios de calidad, con una especial sensibilidad divulgativa, hacen de las Jornadas del Siglo de Oro de Almería un ejemplo a imitar. Pero sorprende, todavía, la escasa atención que desde las instituciones capaces de organizar festivales competentes se presta en Andalucía al Barroco. El trabajo de agrupaciones como la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla y el Teatro del Velador de Juan Dolores Caballero (que en los últimos años ha emprendido una fabulosa aventura en la proyección de los autores andaluces de este periodo menos conocidos) tendría una resonancia mucho mayor si se articulara de un modo más eficaz a partir, precisamente, de su naturaleza clásica. Que el Siglo de Oro sea un apartado decididamente menor, casi anecdótico, en los programas de los teatros andaluces, desemboca en una situación aún más deplorable si se tiene en cuenta el papel fundamental que representó Andalucía en el Barroco, y muy especialmente en lo que a lo escénico se refiere: Sevilla tuvo los primeros corrales de comedias de España y si algún autor quería ser considerado como tal tenía que estrenar en ellos. Ya en el siglo XVI, Málaga se incorporó a este esplendor con aportaciones decisivas (la última edición de su Festival de Teatro recordó a su más insigne dramaturgo de este tiempo, Francisco Leiva, con la representación de No hay contra un padre razón) al igual que otras ciudades del sur de la Península. El Siglo de Oro supone para Andalucía un legado adormecido. Recuperarlo significaría una oportunidad única en un momento tan aniquilador como el presente para las compañías, los escenarios, los programadores y el público, que suele responder a las comedias de antaño con entusiasmo nada disimulado.
¿Alguien mencionó la palabra festival? Almagro presentará en su próxima edición 17 estrenos absolutos y 9 nacionales, además de 23 espectáculos familiares, con Alemania como país invitado para una mayor garantía de su alcance internacional. Hacer del Siglo de Oro moneda corriente en el teatro andaluz paliaría muchos de sus males más dolorosos, y ni siquiera habría que esperar, por más que la Junta haya mostrado su preferencia por el teatro grecolatino, a la rehabilitación de monumentos milenarios. Almería lleva treinta años señalando el camino: todo consiste en trabajo y más trabajo. Pero nada invita a pensar que no valdría la pena.