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Juan Mayorga: teatro y pensamiento

Pablo Bujalance | 16 de junio de 2016 a las 5:00

'La lengua en pedazos', de Juan Mayorga.

‘La lengua en pedazos’, de Juan Mayorga.

Escribe Juan Mayorga: “Entiendo la filosofía como un plan de vida al que todos estamos llamados. Un frágil muro sobre el que se sostiene lo demás”. En esta fragilidad, la filosofía trae ya por tanto, para ser tal, su propia praxis. Y Mayorga, que es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía, entiende que el instrumento humano más eficaz para representar, escudriñar y volver a pensar ese plan de vida es el teatro. Que la obra del dramaturgo madrileño se sostiene en firmes andamios filosóficos, así en La paz perpetua como en Reikiavik, así en La lengua en pedazos como en Cartas de amor a Stalin, ya era evidente. Pero ahora, además, es posible conocer los vasos comunicantes que en uno de los legados intelectuales más importantes del último medio siglo en España conducen de la filosofía al teatro y viceversa. Después de marcarse un tanto de aúpa con la publicación de su Teatro 1989-2014, la editorial La Uña Rota acaba de lanzar Elipses, un volumen que reúne diversos artículos escritos desde 1990 a modo de fundamentación filosófica de la obra dramática de Mayorga. El propio autor apunta en el prólogo que buena parte de estos textos “están vinculados explícita o implícitamente al ensayo Revolución conservadora y conservación revolucionaria. Política y memoria en Walter Benjamin, cuya redacción coincidió con la de algunos de ellos y cuyos motivos reaparecen aquí una y otra vez”; lo que se traduce en un contexto altamente significativo y cargado de intenciones. Si las piezas de Mayorga son, siempre, una invitación al diálogo con esperanza mayéutica, aquí se brindan los argumentos precisos para que el diálogo prospere. Estas Elipses son, sí, un festín de ideas; pero de ideas tan claras, precisas y directas como el mismo teatro.

Se asoma Mayorga, claro, a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, a Brecht, Beckett, Benjamin y Adorno, a Kantor, a la posibilidad de una educación a través de la escena, a la relación entre teatro y verdad, a Ibsen, Chéjov y Kafka, a la idea de Europa a partir de Primo Levi, a Lope y Calderón, a Valle y Enzo Cormann. Pero también, y especialmente, a la evidencia de que teatro y pensamiento son ejercicios complementarios, tal vez mutuamente identificables, simétricos: “A primera vista, la distancia entre teatro y filosofía parece insalvable. La filosofía es el reino de lo abstracto, de las ideas; el teatro, reino de lo concreto, de los cuerpos en situación. Sin embargo, teatro y filosofía nacieron juntos y enseguida se miraron. Desde su origen, el teatro -su existencia misma- dio que pensar, al tiempo que se convirtió en un espacio de circulación y confrontación de ideas”. Y añade: “La filosofía no reside en los tratados que escriben los filósofos (…) El teatro en particular no puede ni ser interesante a quienes tengan una vocación reflexiva, y mucho menos a aquellos que tengan la memoria y el olvido entre sus objetos de meditación. Al menos desde que Esquilo escribió Los persas, una ficción sobre un acontecimiento histórico a la vez que un discurso moral sobre los límites del ser humano, el teatro ha sido un lugar para el pensamiento y la memoria”. Y así es, sigue siendo: en la medida en que el espectador incorpora a su memoria la experiencia escénica, también él queda incorporado como sujeto activo (ciudadano pensante) a la polis. Es posible (quién sabe) que en el teatro se encuentre el eslabón perdido entre el mito y el logos; más aún, ambos parecen convivir en su seno cuando el teatro es teatro, no como elementos contradictorios sino, seguramente, mutuamente necesitados.

Hay una clave esencial en este texto dedicado a Sanchis Sinisterra: “El teatro sucede en el espectador. No en el papel que escribe el autor. Tampoco en la escena que ocupan los intérpretes. El teatro sucede en la imaginación, en la memoria, en la experiencia del espectador. Aunque muchos autores conocen esa máxima, pocos son capaces de guardarle fidelidad. Pocos consiguen tejer el texto en el espectador y no ante él”. De esta manera apunta Mayorga el mayor reto al que el teatro puede aspirar hoy día. Como la filosofía, si el teatro no se convierte en experiencia incorporada, no sirve de nada; pues es en el teatro donde la idea que consagrara Platón se hace experiencia vivida, real y concreta, acotada en el tiempo y en el espacio: sucede. Algo (nos) sucede. Resulta sintomático que hasta en sus crisis la filosofía y el teatro vayan de la mano. En tal Jano bifronte se conserva todo lo que alguna vez, todavía hoy, nos define como seres humanos.