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Teatro es teatro

Pablo Bujalance | 1 de septiembre de 2016 a las 5:00

'Las ideas', de Federico León.

‘Las ideas’, de Federico León.

Hace ya un tiempo tuve una interesante conversación con un veterano programador español de amplio recorrido y abultada experiencia. En un momento dado, nuestra charla derivó hacia las compañías jóvenes de reciente formación, sobre las oportunidades con que cuentan para hacerse un hueco en los carteles (tanto públicos como privados, con sus correspondientes singularidades), la idoneidad (o no) de relegarlos a ciclos ex profeso y, especialmente, lo que las propuestas de estas formaciones dejan entrever respecto a la salud futura del teatro. Nuestro hombre se mostraba optimista respecto a la calidad prometedora de los directores y (especialmente) los intérpretes de las nuevas hornadas, pero me confesó que a veces se sentía un tanto contrariado cuando echaba un vistazo a los proyectos que llegaban a su mesa: “Es curioso, pero cada vez veo en sus propuestas menos teatro”, me contaba. “Las nuevas obras que llegan son en su mayoría episodios de una potencial serie de televisión. A menudo tienen ritmo, están bien estructuradas, incluso enganchan. Pero se limitan a ser eso, una sitcom que aspira a ser grabada en directo y que de paso pretende hacerse pasar por teatro”. Para este programador, el fenómeno obedecía no sólo al hecho de que el público ve cada vez más series en las muchas pantallas disponibles y menos teatro; también a la evidencia, significativa, de que los que hacen teatro ven igualmente cada vez más televisión y van cada vez menos al teatro. “El teatro tiene una narrativa propia, que en algunos momentos puede parecerse a la de la televisión y en otros no. Y da la impresión de que quienes empiezan ahora no están muy interesados en las mismas posibilidades del teatro para contar algo, o es que directamente las desconocen”. Entonces se me vino a la cabeza aquella legendaria cita sobre el fútbol de Boskov y se me ocurrió una versión propia: “Teatro es teatro”. ¿Es posible decir algo así? Y si es posible, ¿qué es teatro y qué no lo es? A estas alturas, con todo lo que ha llovido desde Esquilo, con todo lo ha llegado a meterse detrás de un telón (sólo pensarlo da vértigo), ¿estamos en condiciones de identificar una narratividad propia del teatro? ¿No es teatro todo lo que sube a escena? Y si no lo es, ¿qué le falta, o qué le sobra?

Poco después de aquella conversación le planteé la cuestión a un amigo experto en la materia. Y éste vino a decirme que, en el fondo, daba igual. Más aún, en su opinión, definir el teatro a base de límites respecto a otras cosas iba en detrimento de sus mismas posibilidades artísticas. Mi amigo sí identificaba en algunas propuestas de compañías jóvenes intentos de superar la “convención” del teatro tradicional, y para él aquí se encontraba su mayor valor. Lo cierto es que últimamente escucho y leo a menudo referencias sobre el teatro sustentadas en esta palabra: convención. Como si en el mero acto derivado de una interpretación ante un público se diese una losa, un conformarse, que impide expresiones más florecientes y oportunas. No hay que ser un lince para darse cuenta de que lo ha definido al teatro en los últimos años es precisamente la intención de romper la convención para albergar otras fórmulas, estableciendo nuevos modos de relación entre los actores y el público y proponiendo diferentes trasvases de la realidad a la ficción a través de la experiencia en directo; también habría que comprobar en qué medida estas tentaciones responden a una búsqueda de espectadores en momentos difíciles, pero que alberguen una intención comercial no las deslegitima. Un servidor cree que la convención no está agotada del todo, ni mucho menos. Nos quedan aún por presenciar espectáculos que se ajusten al universal aristotélico del teatro (de nuevo, ¿qué es esto?) y que resulten poderosamente actuales. La relación entre percepción y silencio (u oscuridad) presenta, por ejemplo, un territorio digno de explorar mucho más allá de la tiranía del dichoso teatro del absurdo. Sin embargo, por otra parte, el teatro, especialmente desde su refundación romántica, es un objeto capaz de asimilar con pasmosa naturalidad no sólo las más diversas disciplinas artísticas; también los lenguajes más dispares, todas las formas, más o menos capaces, del decir. De este modo, que elementos como la televisión, internet y las redes sociales entren a formar parte del juego, con sus particularidades narrativas, no constituye un signo revolucionario sino una incorporación previsible, como en su momento fueron la comedia nueva, la prosa textual o las proyecciones de imagen en movimiento. Es más, el teatro es un fenómeno tan laxo que, si acordamos su definición como convención, será rematadamente difícil salir de la misma. Otra cosa es que esto se haga con más o menos sabiduría teatral; y, más aún, con más o menos amor al teatro. Pero que al teatro nada le es ajeno, incluso (¿sobre todo?) si se trata de ganar adeptos a la causa, ya lo sabíamos desde hace tiempo.

Al hilo de todo esto recordé la representación en la edición del año pasado del FIT de Cádiz, en la Central Lechera, de Las ideas, el montaje del argentino Federico León. A través de un presunto episodio de lluvia de ideas para un hipotético espectáculo, León llevaba hasta el extremo la noción de teatro dentro del teatro, de la mano de dos personas / personajes que repetían una serie de acciones, convenientemente grabadas y reproducidas en soporte audiovisual, y que indagaban en los mecanismos que llevaban a estas acciones de ser reales a ser teatrales; de ser verdad a no serlo; de ser ficción a ser no ficción. Se trataba, en fin, de una exégesis profunda y valiente de la convención. De manera inevitable, el mensaje estaba en el medio: Las ideas podía ser una obra convencional y no serlo en absoluto. En todo caso, como apuntó algún crítico, se trataba de un triunfo sin paliativos de la imaginación. Y creo que ésta es la clave. Al final, independientemente de los lenguajes que incluya, de las convenciones que le atañan y de las muchas o pocas piezas que suban a un escenario, el teatro es el único medio de que disponemos para ir a otra parte. De hacer de la realidad presente y palpable otra cosa. Si de jugar se trata, por tanto, será teatro. Y seguirá siendo un placer, a pesar de todo.

A vueltas con el pantallario (III)

Pablo Bujalance | 3 de septiembre de 2015 a las 5:00

Si el 90% de los españoles (más o menos ) tienen sus motivos para no ir al teatro ni siquiera una vez al año, o acaso no los tienen para ir con más frecuencia, el 10% restante también tiene los suyos para cumplir con el sacramento, aunque sea con ocasión jubilar. Y aquí, sospecho, habrá tantas razones como espectadores, siempre bajo la premisa de que el teatro ya no le interesa prácticamente a nadie salvo como costumbre social (lo que tal vez no esté mal del todo). No resultaría descabellado pensar que el 50% de ese 10% de inconscientes asisten a alguna función que otra, exclusivamente, para cumplir con su función de acompañantes, que también los sherpas tienen derecho al arte. Y así, afilándose la cuestión, habrá quien vaya al teatro porque le guste, porque no tenga nada mejor que hacer, porque lo prefiera a las reuniones de vecinos o porque persiga ciertos propósitos respecto al acomodador de la sala. Pero es bien sabido que uno de los ganchos más eficaces para atraer al público consiste en poner al frente del elenco a algún actor o actriz de popularidad debida a la televisión: aquí el rendimiento en taquilla parece garantizado, especialmente si el productor logra ganar para la causa a alguna estrella del prime time. Esta circunstancia es tan vieja como la misma televisión: desde que los primeras pantallas, entonces mastodónticos electrodomésticos, empezaron a colarse en los hogares, la posibilidad de contemplar en el escenario, en vivo y en directo, a las figuras que aparecían de buenas a primeras en el salón se antojó capricho selecto, irrenunciable para la incipiente clase media que quería disfrutar también fuera de lo que tenía en casa. Y este extraño placer continúa álgido en gran medida: todavía constituye un plus en cualquier montaje la presencia de un presentador o de un actor de series de televisión a la hora de prever los saldos. A menudo, esta circunstancia ha permitido al público descubrir que bajo los grandes reclamos de las audiencias hay magníficos intérpretes cómicos y dramáticos, si bien, a veces, el hallazgo se torna en mal trago para más de uno. Recuerdo, en este sentido, una función de Almuerzo en la casa de los Wittgenstein, adaptación de Ritter, Dene, Voss de Thomas Bernhard que protagonizó Carmen Machi allá por 2010, cuando el fenómeno Aida se encontraba aún bien vigente. Gran parte del público que llenaba el teatro había acudido (los afectados no se esforzaron mucho en disimularlo) para ver al personaje televisivo, y lo que encontraron no podía ser más distinto, algo que muchos no toleraron. Cuando terminó la representación, alguien dijo a mis espaldas: “La obra está bien, pero habría que colgar al autor”. E imaginé al pobre Bernhard, en sus últimos años, vagamente distraído con su misantropía dorada bajo los baños de sol en Torremolinos, sentenciado a muerte por tan riguroso público. El pecado del austriaco era evidente: había incurrido en aburrimiento. Un actor veterano que ha gozado de gran éxito tanto en la pequeña pantalla como en el escenario (y cuyo nombre callo por respeto) me dijo una vez que siempre daba este consejo a los actores de televisión que se liaban a hacer teatro: es mejor, contaba, que los papeles que interpreten no sean muy distintos a los que hacen en televisión, porque de lo contrario la gente que vaya a verlos podrá sentirse frustrada y dejará de seguirlos. Afortunadamente, Carmen Machi no ha tenido en cuenta esta recomendación y le ha ido francamente bien. Pero esto se debe, sin duda, a que ella es una actriz extraordinaria.

No obstante, si a algún intrépido le diera por analizar los vínculos entre televisión y teatro, habría que tener en cuenta que los mecanismos por los que alguien puede llegar a alcanzar el estrellato en la primera son notablemente distintos de los que acontecían hace poco más de una década, y que esta distinción tendrá inevitables consecuencias en el segundo. Desde la eclosión de los reality shows, el principio de promoción en la televisión se dirige especialmente al anonimato: lo maravilloso es comprobar cómo alguien que ayer apenas era conocido en su barrio ahora cuenta a sus seguidores en las redes sociales por millones. De este modo, si antes la gracia consistía en comprobar cómo un actor de televisión se las componía sobre las tablas, el juego consiste ahora en ver ahí, en riguroso directo, a alguien que ni es actor (al menos actor dramático: quien más, quien menos, todo el mundo es actor, o lo pretende) ni pensaba serlo hace dos meses. Algunos géneros, como los musicales y los monólogos tipo club de la comedia, se han mostrado especialmente proclives a seguir esta corriente, pero el espectro se amplía: el próximo diciembre, por ejemplo, el Teatro Alameda de Málaga acogerá el estreno de Jardín de otoño, la comedia de Diana Raznovich, dirigida por Norberto Rizzo y protagonizada por Concha Goyanes, María Alfonsa Rosso y, atención, Nacho Vidal, actor porno con experiencia previa también en los monólogos de humor que debe su mayor fama, sin embargo, a los realities de televisión. En una línea similar, un episodio que me parece altamente significativo, y sin salir de Málaga (qué tendrá esta ciudad para atraer a tales fenómenos), es el estreno este viernes 4 de septiembre en el Teatro Cervantes de Iba en serio, la nueva producción escénica del presentador Jorge Javier Vázquez basada en su novela. Vázquez estrenó el año pasado también en Málaga su primera producción, Miguel de Molina al desnudo, una aproximación a la figura de la copla que me pareció honesta y solvente, gracias sobre todo al trabajo del actor Ángel Ruiz, también autor de la pieza. Ya en aquel montaje, sin embargo, compareció Vázquez en escena a través de una ridícula proyección audiovisual como premisa a lo que vendría después: en Iba en serio, que también es un musical, el presentador no se conforma con ejercer de productor y debuta además como actor. El equipo que le rodea, no crean, es para tomárselo muy en serio: Juan Carlos Rubio, que ya dirigió Miguel de Molina al desnudo, repite con esta nueva obra que el mismo Jorge Javier Vázquez lleva ya tiempo publicitando a diestro y a siniestro en todos los platós que pisa. Y el elenco incluye, además del presunto, a la gran Kiti Mánver y otros actores de contrastada valía. La expectación es tal que el Teatro Cervantes ha tenido que añadir una función a las tres inicialmente programadas. Así que a lo mejor los balances positivos de los depauperados teatros pasan por esto: por abrir sus puertas no ya a actores, sino a cualquier ejemplar que haga de las suyas removiendo la basura más atroz en televisión y esté dispuesto a subir a un escenario para demostrar que también dispone de sensibilidad e inspiración. No deja de resultar paradójico, además, que mientras las artes escénicas desaparecen al fin por completo de la parrilla, incluso de los horarios imposibles de la madrugada, sean ahora los popes del share los que no se contenten con producir, sino que además, ya que pagan ellos, se hagan pasar por actores. Por no hablar de la vergüenza por la que un autor como Fernando Arrabal debe su fama en este país acomplejado a una borrachera televisada. Lo más gracioso de todo esto es que sospecho que Iba en serio será un buen montaje. Ya les contaré cuando vaya a verlo. Maldita sea.

Asquerino y Sancho

Pablo Bujalance | 4 de marzo de 2013 a las 21:49

María Asquerino

Pepe Sancho

La muerte se ha llevado, casi a la vez, a María Asquerino y Pepe Sancho, y semejante coincidencia me inspira, al menos, dos reflexiones urgentes. La primera es sobre el hecho de que la desaparición de estos dos actores sean noticia. La primera llevaba demasiados años apartada del mundo, sola, olvidada de la profesión y de quienes alguna vez pudieron disfrutarla en escena. El segundo gozaba gracias a la televisión de una popularidad que, sospecho, nunca buscó con especial empeño, aunque precisamente en su funeral algunos lamentaban que en los últimos años hubiera decidido poco menos que enclaustrarse, por más que hubiese estrenado una obra hace algo más de un mes. Es cierto que la televisión, desde posiciones y posibilidades a menudo distintas, proyectó la imagen de estos intérpretes hasta añadirlos a ese imaginario sonante, compartido y afamado. Pero también lo es que Asquerino y Sancho pertenecieron a esa última generación de actores que pudo llegar a ser notoria gracias, principalmente, a su trabajo en el teatro. Claro, el segundo hizo ‘Curro Jiménez’ y ‘Cuéntame’. Pero ya había gustado la presencia del teatro en televisión y se había aprovechado de ello, una puerta que también se había abierto para Asquerino y que se mantuvo sin embargo cerrada desde el día en que decidió no volver a salir a escena (habría que evaluar en qué medida no se lo permitieron; en qué medida, ergo, no fue la mujer libre y artista de la que tanto se ha hablado desde su muerte). No me refiero (sólo) al Estudio 1. Digo que, si el clásico afirmaba que lo que no se nombra no se existe, el teatro dejó de ser hace ya mucho tiempo, al menos para el medio que tiene bien idiotizado al país. Por el contrario, parece que la única vía para la salvación del teatro exige que sean los comulgantes de la vanidad televisiva los que den la cara bajo los focos. Reclamar hoy un espacio propio para el teatro dentro de las parrillas al uso constituye el ejercicio propio de un estúpido. Así que no seré yo quien caiga en la tentación.

La segunda reflexión tiene que ver con el ‘decir’ el teatro. Aunque de escuelas distintas, Asquerino y Sancho eran de esos actores que trabajan con el estómago. Los dos fueron acusados indistintamente de sobreactuar. Confieso que me gusta ese registro, el que juega a escupir sangre con el mayor decoro que se podría esperar de un infectado, por más que parezca condenado a un dictamen de este tipo (los malos actores sobreactúan más cuando se esfuerzan en parecer comedidos, no lo contrario). He visto a actores jóvenes asomarse a estas maneras con notable fortuna, como a Asier Etxeandia. Pero Asquerino y Sancho pertenecían a otra generación al borde de la extinción: la de los últimos actores españoles que se han preocupado también por una interpretación fonética además de visceral. El día después de la muerte de la actriz, salió a la palestra una frase suya que había leído alguna vez pero que volvió a resultarme deslumbrante: “Proyecto la voz como debe hacer un actor: desde abajo. Por eso parezco una marimandona”. Esa marimandona la condenó al buen gusto de ciertos críticos: sobreactúa. Pero ¡cuánto la echo de menos! ¡Cuánto echo de menos eso que llamaban sobreactuación si por tal se entiende un teatro llevado al filo de la lengua y sin embargo bien dicho! Un teatro, pardiez, en el que, a la hora de pronunciar, el cómo signifique otra dimensión del qué. Qué raro es asistir a una función y encontrar a un actor que proyecte la voz como corresponde, más allá de un silbido dirigido al tedio. Por no hablar de eso que siguen llamando teatro clásico, la postrimería de una impostura en la que pretenden que la abulia ostentosa pase por acento barroco. Bien, pongamos a Calígula y a Cesonia sobreactuados pero bien dichos: resérvenme ese placer. Pueden quedarse sus comedias televisivas a cambio. Cada vez entiendo menos lo que dicen.