Nueva York: las huellas borradas

Carlos Mármol | 26 de agosto de 2012 a las 6:50

Las brújulas nos engañan. Los puntos cardinales pueden mudar de sitio y lugar. Depende de dónde estés exactamente y, sobre todo, del tiempo. De la relatividad. Por eso los espacios que hoy nos parecen el centro del orbe, el lugar donde se concentran las fuerzas telúricas del mundo moderno, pueden estar, o haber sido, apenas un sucio paraje lleno de rocas, agua y vegetación triste. Ante tal descubrimiento nos sucede como a Jorge Luis Borges con la ciudad de Buenos Aires:“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

A Nueva York le pasa algo parecido. Se nos figura que siempre estuvo ahí, en el Noreste del continente americano, rotunda y deslumbrante. Y sin embargo hubo un tiempo en el que aquella isla, donde después se han ido cruzado buena parte de las historias, grandes y pequeñas, que explican el pasado siglo XX, fue apenas un yermo paisaje azotado por un viento tosco, duro, sin perspectivas. De ese pasado trata el libro que el historiador Russell Shorto (Pensilvania, 1959) ha escrito sobre los inicios de la metrópoli norteamericana [Manhattan. La historia secreta de Nueva York. Duomo Ediciones]. Un texto deslumbrante que nos permite entender cómo el azar es capaz de sembrar en un terreno difícil una semilla capaz de perdurar y convertirse, con el tiempo, en un imperio.

Para entender Nueva York existen un sinfín de guías y libros. Narraciones más o menos canónicas o simples relatos en primera persona, como el magnífico soliloquio ebrio del irlandés Brendan Behan [Marbot Ediciones], donde se cuenta un Nueva York usado y gastado. Vivido. Impresionista. Después está el imprescindible –sobre todo para los arquitectos– Delirious Nueva York de Rem Koolhaas [Gustavo Gili Editorial], acaso el tratado (oficialmente se trata de una suerte de manifiesto sobre lo moderno) que mejor explique cómo los sucesivos cambios de piel de la megápolis norteamericana han ido configurando a lo largo del tiempo la múltiple suma de lecturas, unas disparatadas, otras excepcionales, que siempre es una urbe con cierta vocación de eternidad.

Aunque en el caso de Nueva York la arquitectura de finales del XIX y todo el siglo XX comenzase en un arrabal periférico, junto a una playa (Coney Island), y lo único perdurable sea la voluntad de cambio, el principio básico sobre el que se sustenta la modernidad. Nueva York se ha hecho a sí misma a costa de redibujar constantemente su pasado. Convirtiendo su presente en su futuro. Tirándolo todo abajo y volviéndolo a alzar sobre la base de la unidad básica de la disciplina especulativa: la cuadrícula. Los rascacielos no son más que eso: una cuadrícula perfecta multiplicada hacia el aire. Aprovechamiento máximo del espacio. Rentabilidad, dólares y, en ciertos casos, obras de arte.

Pero el pasado de Nueva York existe. No es el pretérito mítico de los padres peregrinos, ni de los puritanos ingleses, huidos de una Inglaterra dogmática hacia las costas de New England, donde fundaron una nueva nación que llegó a dominar el mundo –todavía lo hace– unos cientos de años después. No. Quizás la odisea de los puritanos explique al Estados Unidos interior, rural, profundamente cerrado y simple. Pero la América urbana –la de la Costa Este; la Oeste es más bien hija de la conquista, el ansia de riqueza y el sentido bíblico de peregrinación que desde el origen ha acompañado la historia del pueblo Norteamericano– tiene su alfa en una isla vacía que no fue fundada por los británicos, sino conquistada por ellos tras un breve periodo de autonomía que, a pesar de su naturaleza efímera, es el elemento más perdurable del mito americano:un país abierto a todas las influencia, razas, religiones y credos siempre y cuando todos éstos creyeran en el principio de la posterior fe capitalista: el comercio.

Fueron apenas cuatro décadas de vida, en general convulsa, pero suficientes para contagiar al resto mundo esta semilla liberal, flor extraña, hija apócrifa de una Europa dogmática y todavía mucho más rara en aquellas colonias de ultramar, donde la religión adquirió pronto un ropaje político que todavía perdura. De este pasado lejano, pero al mismo tiempo tan vivo, es del que nos habla Russell Shorto en su libro, que es casi un milagro. Literalmente:está escrito a partir de los olvidados, rotos, casi destruidos, archivos de la antigua colonia de Nieuw Amsterdam, el hogar que los holandeses fundaron sobre una isla que al principio compartieron y después compraron a los indios.

Toda la historia se desarrolla entre 1625 y 1664. Y su crónica, olvidada por todos, borrada por la fortaleza del mito de la posterior dominación británica, está escrita en un idioma imposible –el neerlandés del siglo XVIII– que un erudito, un loco, un ciego, Charles Gerhring, encontró en una biblioteca pública. Un tesoro que a otros les horrorizaría: 12.000 manuscritos, cartas, sentencias, escrituras de compraventa y diarios signados en una lengua marciana. Cuando Shorto lo conoció, este Sísifo llevaba 30 años en un pupitre, traduciendo lo que, hasta entonces, no le había interesado a casi nadie, insatisfecho con la historia oficial. La fuente del relato secreto de la metrópolis son los muertos: los primeros neoyorquinos. Su historia es como un canto del cisne: empezaron viviendo en un territorio controlado por una empresa mercantil –West Indies Limited– donde no había gobernante, sino un director general, y en el que no existía más ley que la del beneficio inmediato. La plusvalía.

Fueron trabajadores que se rebelaron contra su propia compañía para convertirse en ciudadanos libres, liderados por un abogado –Adriaen van der Donck– que peleó por una liberación que se frustró cuando el poblado, puerta de entrada al continente a través del río Hudson, se convirtió en objeto de deseo por parte de los imperios holandés y británico. Los ingleses ganaron la batalla y tomaron la isla, borrando aparentemente el pasado de los tulipanes que, como la herencia griega en Roma –los conquistadores conquistados– terminó dando fruto a través de una anomalía: un Estado regido por comerciantes con un notable sentido del autogobierno y abierto a cualquiera –sin apellidos incluso– que creyera en la libertad de culto y en el libre intercambio. El sueño americano era en realidad holandés. Empezó en el lejano siglo XVII gracias a una expedición de piratas, prostitutas, empresarios y pícaros hacia un lugar que parecía el fin del mundo.

La forja secreta del diablo

Carlos Mármol | 12 de agosto de 2012 a las 6:15

“No temo nada ni quiero nada”. Las renuncias nos convierten en seres indestructibles. Hunter S. Thomson (Louisville, Kentucky, 1937-Woody Creek, Colorado, 2005) escribió esto a una amiga en 1958. Empezaba a ser consciente de la dureza del oficio de escritor, que entonces se diferenciaba poco del periodismo. Ambos consisten en lo mismo: sentarse ante el folio y dejar que fluya el interior. Si tienes talento serás una referencia. Pero si sólo eres “un cagatintas” puedes ir y apuntarte al club de los rotarios, uno de los poderes fácticos que, según él, condicionan el periodismo norteamericano. La suya siempre fue una senda alternativa, tremendista. Nos lo explicó W. B. Lewis:“Es un individuo solitario, que confía en sí mismo y se motiva solo, dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa que le aguarde sin contar con más ayuda que sus propios recursos personales”. “Cuando tenga necesidad de escuchar juicios sobre mí, llamaré a un cura”, le contestaría Hunter, el gran cazador solitario.

Con el paso del tiempo, Thomson terminaría haciéndose célebre. Le ayudaron algunos episodios excéntricos, repetidos sin descanso en las películas y libros hechos sobre su singular método periodístico –el estilo gonzo–, y firmar en el año clave de la contracultura –1966– un libro-reportaje sobre la salvaje banda de motoristas de los Ángeles del Infierno, una versión extrema del nihilismo al modo de California. Hasta entonces fue un don nadie, un muerto de hambre, un poeta secreto sin dinero. Un cronista que hacía periodismo basura, preferentemente en deportes. Igual escribía de caballos que de un torneo de bolos.

Su cabalgada junto a Los Ángeles –que después lo molieron a palos, confirmando que hasta los más brutales outsiders no toleran verse desfavorecidos al asomarse al espejo– le permitió saltar de escala, cambiar con promiscuidad de periódicos y revistas y terminar como ácido cronista político –arbitrario, como debe ser– y un reportero total que cuenta la realidad por el singular procedimiento de inventársela.

Porque, como todos los grandes periodistas saben, y dejó dicho Faulkner, si te inventas bien la realidad ésta termina siendo perfecta. Thomson decía que los demás sólo se reían de él cuando decía la verdad con ironía. El mejor chiste era contar los hechos. Una disidencia propia de un maldito demonio. Porque lo que en realidad hace gracia no es la verdad propiamente dicha, que nunca tiene solución, sino este pavor frío, esa excitación, que genera que un hombre –loco– se atreva de pronto a decir las cosas como son. Sin anestesia.

El periodista terminó así convertido en su propio personaje. Era el tarado que fumaba dunhills con boquilla, extraña prevención cuando uno se ha puesto antes hasta el orto de ácidos lisérgicos y alcohol. Un tipo capaz de presentarse a sheriff de Aspen (Colorado) junto a una pandilla de hippies y raparse la cabeza sólo por el gusto de llamar “maldito melenudo” a su adversario sin faltar a la verdad, que es lo único sagrado, aunque la inventes.

Esta etapa de locura y neurosis está muy bien descrita en Miedo y Asco en Las Vegas o en Los diarios del Ron, la novela primeriza que no vio editada hasta muchas décadas después. Ambas obras son cimas de un nuevo periodismo impertinente, bastardo, aquel que sólo se respeta a sí mismo, alejado del savoir faire del Tom Wolfe vestido de blanco y azul que encarna la estampa canónica del new journalism.

El escritor gonzo [Cartas de aprendizaje y madurez], que es el volumen que ahora Anagrama ha dado a la imprenta, trata un registro diferente de Hunter. Está, por supuesto, una parte de este Thomson mítico, irredento y satánico, un salvaje que se esconde entre visillos, pero también aparece otro escritor: el verdadero Hunter, aterrorizado por la vida. Dada su condición epistolar, el libro puede leerse casi como si fuera una biografía directa e involuntaria, sin disquisiciones molestas. Pura primera persona. La única voz que sirve para mostrar la raíz interior, íntima, que explicaría todos los posteriores alaridos públicos del autor.

La antología de Anagrama recoge 250 cartas escritas durante tres décadas a amigos, magnates, editores de periódicos –desde las publicaciones de la prensa underground, convertidas después en referencias del mainstream, a algunas vacas sagradas del mundo editorial norteamericano, como los propietarios de The New York Times o The Washington Post–, amantes, admiradores, colgados, enemigos persistentes y todo aquel a quien Thomson deseara decirle algo por escrito. Podía ser mandarlo al infierno –gloriosas son sus misivas de ira– o expresar, con una ternura envidiable, la extraña solidaridad que vincula a los que se sienten solos entre la multitud.

Hunter escribía su correspondencia desde cualquier sitio, allá donde estuviera. Preferentemente lo hacía de noche, con un whisky en la mano y lleno de incertidumbre y miseria. Se agarraba a estas cartas –su conexión con el mundo exterior durante muchos de sus encierros creativos en Woody Creek, donde terminó quitándose la vida de un tiro– para superar sus miedos, explicar su titánica lucha con la prosa y confirmar que, pese a que el mundo hubiera admitido a su personaje público –un periodista excéntrico y sin remedio–, el lobo estepario en realidad seguía escaso de afecto, huérfano de abrazos y con carencias emocionales. Algo imposible de resolver en su gremio: “Los periodistas son una banda de cerdos rastreros, incluso los que quieren ayudarte y tratarte con simpatía (…) Es una vergüenza que un terreno tan potencialmente dinámico y vital como el periodismo norteamericano esté plagado de zoquetes, inútiles y cagatintas, dominado por la miopía, la apatía y la complacencia y, en términos generales, estancado en un lodazal de mediocridad inmovilista”.

Por momentos, este Thomson íntimo alcanza instantes de calidad literaria equiparables a los de Henry Miller, el padre de su estirpe. Estilo directo, sinceridad, una extraña habilidad para obtener poesía de la basura y un lirismo de metralleta que deslumbra porque conecta con el salvaje discurso interior que casi todos llevamos dentro algún que otro día. Quizás por eso sus textos han resistido tan bien el paso del tiempo: la contracultura ya es historia; ahora todo es indie. En ellos todavía late la honestidad brutal que tanto asusta a los hipócritas. Un ejemplo. Discurso para pedirle trabajo a un editor: “No soy muy simpático, detesto a la gente y sólo quiero que me dejen en paz. No hay como tener buenas referencias, pero prefiero ofenderle ahora a tener que hacerlo cuando ya trabaje para usted”.

A Thomson lo despidieron de un periódico de pueblo por destrozar una máquina de golosinas a patadas. “Es que se quedó un dólar”, dijo. Parecía un diablo salvaje. Pero en realidad no trataba más que de darle la razón a la cita de E.E. Cummings: “No ser más que uno mismo en un mundo que se esfuerza día y noche por hacer que seamos de otro modo significa librar la batalla más difícil que conocen los seres humanos. Una batalla que nunca dejamos de librar”. Aunque sea a patadas.

Elogio de las bibliotecas

Carlos Mármol | 14 de junio de 2012 a las 18:38

Ahora que se ha muerto hace unos días Ray Bradbuy, entre los obituarios de ocasión (casi el último género literario que todavía subsiste en los periódicos: la muerte es la única cosa imperecedera) leo uno, excelente, de Pablo Scarpelli que además de glosar la figura del escritor fantástico, marciano como sólo puede serlo un tipo de Los Ángeles (California), resalta entre los factores que contribuyeron a la forja del finado, el ejercicio de iniciación a la vida por el que pasamos, aunque de forma distinta, todos, su amor a las biblotecas públicas y, en concreto, al coliseo de libros (una monumentalidad espiritual, más que reflejada en piedra) del centro público de lectura de Los Ángeles, California.

“No creo en los colegios ni en las universidades. Creo en las bibliotecas, porque la mayoría de los estudiantes no tienen dinero”, dijo en alguna ocasión.

El autor de Fahrenheit 451 no pudo iniciar los estudios universitarios porque en su casa sencillamente no había dólares para permitirse ese lujo. Y ya se sabe: en California o en Birmania, sucede lo mismo. Sin dinero, no hay nada que hacer. Que Bradbury creyera, con todas sus fuerzas, en el poder de las bibliotecas no es sólo una hermosa declaración de amor por una vieja costumbre (acumular libros de papel en un edificio para que los desconocidos puedan leerlos prácticamente gratis), sino la evidencia de que, más allá de las academias y los departamentos universitarios, de los grados y los exámenes, la vida de aquellos que desean aprender y formarse encuentra vías alternativas para poder hacerlo. Al menos, así ha sido hasta ahora.

Quien no podía integrarse en el sistema de forma ortodoxa (y la educación es la única vía sólida para hacerlo) podía refugiarse, como hizo él, tres días en semana, en la biblioteca pública; entrar en los archivos, bucear, elegir un título al azar, pedirlo y empezar a leer sin mayor problema. Así lo hizo durante toda una década. Después, probablemente, ya empezó a tener dinero para poder formar su propia biblioteca: el mejor retrato de las pasiones, ambiciones y desengaños de cualquier persona.

No fue el único caso: otro angelino célebre, Charles Bukowski, cuenta en varios de sus libros (memorias ficticias o ciertas, igual da) cómo le salvaron el cuello en mitad de su propia vida de locura dos cosas: ir a la biblioteca pública de la segunda metrópolis norteamericana y, después, escribir en una máquina vieja y gastada. Son procesos gemelos, aunque diferentes. Los vasos comunicantes que unen a ambos vicios (la lectura y la escritura son tan adictivas y nocivas como las drogas más duras) no suelen visualizarse hasta que se ha producido el tránsito de los años. Casi nunca sucede de golpe. Hace falta tiempo, convicción y decisión.

En España, donde nunca hemos sido muy aficionados a la lectura, la red de bibliotecas es relativamente reciente. Los libros, antiguamente, eran objetos personales, valiosos. De lujo. No abundaban en demasiadas casas. Tampoco, hasta la transición, empezó a construirse la red de bibliotecas que existe ahora, cuya viabilidad, como tantas otras cosas, está en estos tiempos en serio peligro por culpa de la crisis económica. El proceso es siempre el mismo. Una muerte lenta, silenciosa: las instituciones, titulares de la bibliotecas, dejan de comprar ejemplares a los editores (para algunos se trata de su único ingreso), las salas dejan de llenarse de lectores y se colman con los eternos estudiantes (de cualquier materia) acompañados de su ordenador, los bibliotecarios se jubilan, las plazas se amortizan y los horarios se limitan. La única alternativa existente para los letraheridos se marchita. Una tragedia en cámara lenta.

Se argumenta que no es para tanto, que internet es ya la nueva biblioteca global. Podría serlo, pero todavía le queda bastante tiempo para suplir la función de los libros: en la red hay maravillas para bibliófilos, libros descatalogados, incunables, pero también demasiado ruido, mucha basura y una total ausencia de jerarquía, que es todo lo contrario a una biblioteca bien ordenada, con sus diccionarios de autoridades incluidos. Donde todo tiene un sentido y el caos es imposible.

La biblioteca que le salvó la vida (porque evitó que se convirtieran en otras personas) a Bradbuy y a Bukowski existe todavía pero ya no es la de aquellos años, cuando ambos no eran todavía nadie, siendo en realidad dos grandes escritores potenciales. Hace 24 años su depósito central, el tercero más grande de Estados Unidos, se incendió. El edificio estuvo en llamas, por falta de medidas de seguridad, durante siete horas seguidas. Igual que en la novela de Bradbury, donde los libros se destruían con un fuego que tenía bastante poco de purificador y mucho más de inquisitorial, asusta pensar el caudal de literatura, vida y pensamiento que se evaporaron para siempre durante aquella catástrofe llena de ceniza. La biblioteca se quedó sin 400.000 libros, el 20% de sus fondos. Los costes se midieron, como siempre, en dólares: 20 millones.

El quebranto, en realidad, fue mucho mayor. Infinito. Sobre todo fue una pérdida espiritual: el fuego impidió que otros muchos bradburies pudieran refugiarse, bajo el inmisericorde sol de Los Ángeles, en la sala de lectura central, tan borgiana como la de otras muchas bibliotecas, frente a las habituales inclemencias del exterior para iniciar el viaje más fascinante que existe: la búsqueda de ellos mismos.

Una experiencia que Buskowski resumió en un hermoso poema:

(…) Yo era un lector entonces/que iba de una sala a/otra: literatura, filosofía,/religión, incluso medicina/y geología./Muy pronto/decidí ser escritor,/pensaba que sería la salida/más fácil/y los grandes novelistas/no me parecían/demasiado difíciles./Tenía más problemas con/Hegel y con Kant./Lo que me/fastidiaba/de todos ellos/es que/les llevara tanto/lograr decir algo/lúcido y/ o interesante./Yo creía/que en eso/los sobrepasaba a todos/entonces./Descubrí dos cosas: a) que la mayoría de los editores creía que/ todo lo que era aburrido/era profundo. b) que yo pasaría décadas enteras/viviendo y escribiendo/antes de poder/plasmar/una frase que/se /aproximara un poco/a lo que quería/decir./Entretanto/mientras otros iban a la caza de/damas,/yo iba a/ la caza de viejos/libros,/era un bibliófilo, aunque/ desencantado,/y eso/y el mundo/configuraron mi carácter. (…)La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles/seguía siendo/mi hogar/y el hogar de muchos otros/vagabundos./Discretamente utilizábamos/ los/aseos/y a los únicos que/echaban de allí/era a los que/se quedaban dormidos en/ las/mesas/de la biblioteca; nadie ronca como un/vagabundo/a menos que sea/ alguien con quien estás/casado. Bueno, yo no era realmente un/vagabundo. Yo tenía tarjeta de la/ biblioteca/y sacaba y devolvía/libros,/montones de libros/ siempre hasta el/límite/de lo permitido: Aldous Huxley, D.H. Lawrence, E.E. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor Dostoievski, Dos Passos, Turguénev, Gorki, H.D. Freddie Nietzsche,Schopenhauer, Steinbeck,Hemingway…

Siempre esperaba que la bibliotecaria/me dijera: “que buen gusto tiene usted,/joven. pero la vieja/puta/ni siquiera sabía/quién era ella,/cómo iba a saber/quién era yo. Aquellos estantes contenían/un enorme/tesoro: me permitieron/descubrir/a los poetas chinos antiguos /como Tu Fu y Li Po/que son capaces de decir en un/verso más que la mayoría en/ treinta o/incluso en ciento./ Sherwood Anderson debe de haberlos/leído/también./También solía sacar y/ devolver/los Cantos/y Ezra me ayudó/a fortalecer los brazos si no/el cerebro./ Maravilloso lugar/la Biblioteca Pública de Los Ángeles/fue un hogar para alguien que había/tenido/un/hogar/infernal/(…). Probablemente evitó/que me convirtiera en un/suicida,/un ladrón/de bancos,/un tipo/que pega a su mujer,/un carnicero o/un motorista de la policía/y, aunque reconozco/que/puede que alguno sea estupendo, gracias a mi buena suerte/ y al camino que tenía que recorrer, aquella/biblioteca estaba/allí cuando yo era/joven y buscaba/algo/a lo que aferrarme/y no parecía que hubiera/mucho”.

 

Fuentes: el mural mexicano

Carlos Mármol | 21 de mayo de 2012 a las 19:04

Los obituarios se han convertido (casi) en el único género posible de la crónica literaria, redundancia expresiva y, en este caso, pertinente si hablamos de metaliteratura: aquella que trata de los demonios ocultos que se esconden debajo de los libros. En lugar de descubrirnos los aciertos de la narración, la singular visión del escritor, la técnica utilizada o el mensaje profundo de los libros, los periódicos, en los que ya no se escribe desde hace tiempo la prosa deslumbrante de hace algunas décadas, señal quizás de que por eso se van a ir muriendo poco a poco, se han llenado durante los últimos días de mayo con los réquiems de ocasión, unos magníficos, otros hechos para salir del trance, por el deceso (repentino, como casi todos) de Carlos Fuentes, uno de los escritores mexicanos canónicos. Un hombre de la estirpe de Alfonso Reyes (ensayista deslumbrante), Octavio Paz (el demiurgo tranquilo) o Mariano de Azuela, a cuyo nieto, Francisco, conocí brevemente (por suerte para ambos) en una memorable noche de parranda y alcohol, llena de mezcal y tequila servido desde los sillones de tercipelo de las boites de los hoteles de lujo a las cantinas más infectas de Guanajuato, trasunto de paraíso español en la Nueva España. Noche tenebrosa y memorable que pasamos hablando de la revolución. Mexicana, por supuesto.

Tras la experiencia nocturna con el nieto del gran novelista de la revolución agraria (Los de Abajo, su obra mayor, es un magnífico retablo sobre aquellos tiempos de desorden y anarquía) llegué a la conclusión de que México, la nación mayúscula del Nuevo Mundo colonial español, es totalmente inaprensible. No se abarca. Uno persigue la imagen histórica de aquel sitio, ansía contemplar la totalidad de sus múltiples caras, dibujar el círculo perfecto sobre los mitos del pasado y siempre se le escapa la víctima, igual que el tiempo entre los dedos. Poco después de llegar a esta intución leí, casi por azar, La región más transparente, de Fuentes, génesis de la novela urbana mexicana contemporánea. Un libro difícil y, precisamente por eso, deslumbrante.

Ahora que Fuentes ha pasado (es de suponer) a mejor estado, recuerdo lo que pensé cuando terminé aquel tomo del Fondo de Cultura Económica (FCE), edición de 1958, que encontré, también por casualidad, en una biblioteca pública (el templo del saber cotidiano) en el hermoso pueblo de San Miguel de Allende, a apenas unas pocas horas de distancia en coche de la sublime Guanajuato: ya no se escriben libros así. Ni de lejos. Es cierto. Hace décadas que no se hacen ni se publican obras con la extraordinaria voluntad de totalidad de la primera novela de Fuentes, que hizo su particular Rayuela (por otros senderos distintos a los de Cortázar) con apenas 30 años, edad leve pero suficiente para mostrar, por primera vez en la literatura americana del Sur (de Río Grande), que las urbes hispanoamericanas, previas incluso a la conquista, se habían convertido por completo, como casi todas las ciudades-universo, en un pergamino de múltiples e infinitas lecturas. Las ciudades agrarias, del maíz primero, de la colonia después, se habían hecho modernas. Contemporáneas.

Desde entonces hasta ahora, el DF –la capital federal de los Estados Unidos Mexicanos– no ha hecho sino mutar, extenderse, arrasar (como arrasa la vida a su paso) con todo lo que ha encontrado en su sendero. Ahora es una ciudad peligrosa, inquietante pero deslumbrante. En su interior habita una suerte de jungla contemporánea: un espacio donde la vida y la muerte se suceden sin problema alguno, de forma simultánea, constante, indiferente a los habituales sentimientos de pena, nostalgia, dolor o asombro.

Fuentes nos contó en su libro la historia de aquella región transparente (el mito original de la urbe azteca) a partir de la década de los 50 del pasado siglo, superponiendo historias, capas, cortes de tiempos, espacios, sucesos y tragedias. Fue, en cierto sentido, una obra hija de su época: experimentaba con el lenguaje (la variante mexicana del español), la temática, la estructura y con todo lo que podía. Así construyó un relato coral de la vida en un enclave mítico que, si todavía guarda tal condición, es sencillamente porque no ha dejado de reinventarse, incluso sin probablemente quererlo. La suya es una novela mural de una nación que construyó su imaginario independiente (a través del pincel de Diego Rivera) haciendo murales coloristas en los palacios construidos por Hernán Cortés. La semilla de la nación extraña que se hizo de la mezcla de lo indígena y lo europeo sigue fija en esas pinturas.

Quizás haya quienes piensen que esta forma de literatura con la que se estrenó Fuentes ahora no es viable, que ya no sirve para reflejar nuestro tiempo. No sé la razón, pero en estos tiempos de la novela histórica amable, de evasión y de ciertos mitos culturales escasamente trabajados, asusta a demasiados la dificultad que implica sumergirse en una obra tan colosal como aquella con la que Fuentes decidió salir a la luz y a la literatura. Los editores, sin duda alguna, la encontrarían hoy imposible; su viabilidad comercial sería cuestionada, y probablemente, incluso con algo de suerte, estaría destinada a un sello editorial diminuto, provinciano. Señal palpable de lo que nos hemos empobrecido culturalmente justo en las décadas en las que lo material nos sobraba. De lo pequeño que hemos hecho el mundo, que ya sólo concebimos con el tope de los 140 caracteres.

Y, sin embargo, experimentos como La región más transparente, puro neobarroco mestizo, un collage con vocación de rompecabezas, porque la realidad que pretendía enseñar era tan caótica que resultaba imposible de ordenar por medios ortodoxos, ha sobrevivido a los años (y a nosotros mismos; tan distintos de cuando entonces) por su magistral apuesta por jugar con el tiempo, el único vicio permanente que (desde su publicación) seguimos practicando. Todavía ahora, en cualquier sitio, en cualquier lugar, seguimos enredados con el hilo conductor que Fuentes utilizó en su novela: la reflexión sobre la propia realidad, el misterio más permanente, a partir de un pasado que nunca termina de morir, y que condiciona nuestros días, y un presente tan extraño y violento como el que vivimos en estos tiempos raros. Fuentes se nos ha ido hace unos días. Es cierto. Pero nos ha dejado su herencia: el DF como metáfora del universo. Un regalo agrio que nunca podremos agradecerle lo suficiente.

Baltimore: el final del sueño americano

Carlos Mármol | 16 de abril de 2012 a las 6:03

El célebre autor de The Wire fue periodista antes que guionista. En Homicidio nos explica cómo funciona la vida real en las urbes de los Estados Unidos.

Lo primero que hay que hacer, si se quiere sobrevir, es aprender a pisar el suelo que está bajo tus pies. Patear las calles. Mirar correctamente hacia determinadas esquinas oscuras. Todo lo demás viene solo: consiste en saber ver, escuchar, ser capaz de reproducir con cierto grado de verosimilitud la vida real –cazar al vuelo algunos diálogos, revivir ciertas puestas en escena, experimentar algunos desengaños– y esperar. Sobre todo esperar. Todo el rato. El tiempo y los detalles secundarios son los que dan solidez a los buenos relatos.

Si el periodismo, este oficio tan noble y tan en cuestión en estos momentos difíciles, tiene algún futuro no está ya –quizás– en los diarios impresos, ni siquiera en las tabletas tecnológicas que nos vende la empresa de Steve Jobs. Está en los libros. Un formato secular –los hijos de Gutenberg– que todavía es perfecto. Imbatible. El periódico se hace liviano, se llena de políticos y de compromisos. La televisión y la radio nos reproducen sin descanso el parte oficial con todas sus manipulaciones incluidas. Nadie, sin embargo, nos cuenta la vida más inmediata: esa inmensa espiral que nos pasa por encima casi sin darnos cuenta. Nos quejamos de que la gente ya no quiere pagar por leer las noticias. ¿Pagaríamos nosotros por lo que le damos? Lo dudo.

David Simon, lanzado a la fama por su trabajo como guionista en algunas míticas series de televisión –The Wire, Treme–, fue fraile antes que cura. Esto es: periodista de calle antes de convertirse en el nuevo Homero de las películas por cable. Y se nota: en los trece años que pasó en la redacción de The Baltimore Sun, el diario del que le despidieron en una de las habituales reducciones de plantilla que los ejecutivos norteamericanos perpetran cuando no saben ya cómo reducir los gastos ajenos, ignorando que el problema de los medios escritos no es financiero, sino que se trata de una profunda crisis identidad, aprendió algunas de las nociones básicas para desenvolverse en la tarea –apasionante– de contar historias de gente ordinaria que trascienden lo anécdótico para plantar ante nuestros ojos, atónitos, el cáncer en que se ha convertido la sociedad. Un género que los periódicos, extrañamente, han abandonado por completo para contar la endogamia de un mundo oficial que no le importa a (casi) nadie.

Parte de ese fondo de comercio periodístico lo volcó en Homicidio, un libro primerizo que escribió en el año 1991 y que no ha visto la luz en español hasta 2010, cuando la editorial Principal de Los Libros lo publicó. Un buen ejemplo de periodismo puro. Sin retoques. Sin carpintería. Directo y al cuello. Le duela a quien le duela. Algo que ya casi no se encuentra. Fue un éxito (en Estados Unidos, claro) y tuvo hasta su secuela: La Esquina, también publicado en español por la misma casa y firmado por Simon junto a Ed Burns, un viejo policía. Juntos relataban al detalle lo que ocurría en la esquina de las calles Fayette y Monroe, en Baltimore (Maryland). Dicho en pocas palabras: las transacciones tóxicas y vitales de un supermercado de la droga abierto las 24 horas del día que aporta los únicos ingresos reales a un barrio que se muere. Dólares ensangrentados; puro capitalismo a escala básica. La rueda del beneficio perpetuo, que no deja de girar sin importar las consecuencias y los daños colaterales. Una realidad pertinaz contra la que los discursos de los políticos y las buenas intenciones se derrumban. Siempre.

La novela Homicidio trasciende la historia concreta de La Esquina. En lugar de ceñirse a un barrio, nos cuenta cómo es la vida en una ciudad –Baltimore– que, además de ser cuna de Edgard Allen Poe, poeta asombroso, primer escritor de novela negra del mundo, es la urbe de Estados Unidos con mayor índice de criminalidad y violencia por metro cuadrado. Pura estadística. El reverso de un sueño que se tornó hace tiempo en pesadilla. Es una ciudad portuaria, claro. Una ciudad donde la mayoría de la población es de raza negra y donde los crímenes se suceden como la lluvia en los días de invierno.

Simon se empotró durante más de un año en la unidad de homicidios de la ciudad. Técnicamente, era como un policía más. Aunque en realidad su función era funcionar como una grabadora humana: registrar todo, jerarquizarlo, darle forma y plasmarlo después en un libro (en América estos trabajos todavía se becan) que cuenta el lado más oscuro del Imperio. Un mundo donde la vida no vale nada si de lo que se trata es de obtener algún tipo de beneficio de la necesidad de los demás.

El libro es pura literatura negra. Mejor dicho, periodismo negro. Aunque en realidad el adjetivo es innecesario: el periodismo blanco sencillamente no es periodismo, son efemérides. Está contado como una gran novela coral, pero el relato del Baltimore portuario, donde los huesos de Poe se pudren en un hermoso cementerio parroquial, es absolutamente fiel a la agria realidad. Los policías son héroes involuntarios e imperfectos –los únicos héroes posibles– y los delincuentes son víctimas que matan a otras víctimas. A esto se reduce todo. Una perfecta tragedia griega pero en los tiempos modernos.

Por supuesto, la trama está estructurada para cazar al lector: entre el sinfín de fiambres que pueblan las páginas de la novela destaca, como principal hilo conductor, el extraño asesinato de una niña de once años que, frente a otras desgracias violentas, parece despertar cierto grado de humanidad, si es que la compasión es realmente un sentimiento noble, tanto en los duros agentes de homicidios –acostumbrados a librar con la muerte a diario– como en muchos de los propios traficantes que te dispararían sin dudarlo por cualquier incidente del negocio de las drogas. Nobleza involuntaria, tácita. Lo dijo hace tiempo Dylan con otras palabras: “Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”.

Todos los personajes siguen sus particulares recetas para sobrevivir en mitad del caos. Todos tienen su propio decálogo para salvar el pellejo en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Los policías, los primeros. Su mayor sabiduría –saber leer lo que dice la calle– se resume en un fantástico catecismo cuyos mandamientos dan una idea de la titánica tarea a la que se enfrentan.

Dice así:

“1) Todo el mundo miente. Los asesinos mienten porque es lo que tienen que hacer; los testigos mienten porque es lo que creen que tienen que hacer, y los demás mienten por el mero gusto de hacerlo y para no desobedecer la norma general de que no hay que dar información a un policía.

2) La víctima es asesinada una vez; la escena del crimen puede ser asesinada miles de veces.

3) Las primeras 10 ó 12 horas después de un asesinado son vitales para el éxito de la investigación.

4) Si dejas a un hombre inocente en una sala de interrogatorios se quedará despierto, frotándose los ojos; si dejas a un hombre culpable en el mismo sitio, se dormirá.

5) Ser bueno es bueno; tener suerte es mejor”.

Y así hasta la décima regla. Afortunadamente, está llena de esperanza.

“10) No existe el crimen perfecto”.

Todo un consuelo.

Postales del ‘Hotel Suicidio’

Carlos Mármol | 9 de abril de 2012 a las 6:02

Bukowski resucita casi dos décadas después de muerto con una miscelánea de textos en los que el hedonismo y el lirismo permiten sobreponerse a las tragedias cotidianas de la existencia.

El tono es confesional. Y, por tanto, sincero. “Me resulta difícil encontrar héroes a estas alturas, así que tengo que crear mi propio héroe: yo mismo”. La escritura lírica y obstinadamente autobiográfica, desprovista de aderezos, de Charles Henry Bukowski Jr (Andernach; 1920-Los Ángeles; 1994) ha resistido el paso del tiempo –empezó a escribir en los lejanos años cuarenta;hace ya casi siete décadas– con una energía que sólo es comparable a la de los clásicos prematuros. Aquellos que lo son mucho antes de que casi nadie les otorgue dicha condición.

Esta fortaleza parece ser la mejor muestra de que, en la tarea autoimpuesta de configurar a su propio personaje, de crear un asidero particular al que poder agarrarse, el escritor norteamericano logró una enorme victoria:articular un alias –él mismo– suficientemente consistente para superar, al menos de forma aparente, el generoso alud de traumas con los que creció y se educó en los duros años de la depresión económica en la megápolis de Los Ángeles, donde tienen sede algunas de las numerosas embajadas del reverso del sueño americano, convertido hace tiempo en pesadilla.

La desnudez de la literatura de Bukowski es uno de los rasgos que explicarían que, casi veinte años después de su muerte, la mayoría de sus libros continúen siendo tan frescos como el primer día. Todos sus ingredientes no hacen sino mejorarlos: la destilación inteligente de lo que antaño se llamaba cierta actitud punk [No hay futuro, Viva la anarquía], un afán poético extremo y la inmensa seguridad que da la certeza –demasiado rotunda, por otra parte– de tener que escribir siempre desde la periferia, esa rara sensación que consiste en encontrarse en el fondo de un saco cerrado, atado con una cuerda sucia y encerrado en un almacén polvoriento.

Todo esto, en dosis distintas, es lo que puede encontrarse en su nueva antología, Ausencia de Héroe. Un volumen que la editorial Anagrama ha dado a la imprenta para seguir alimentando el corpus literario en español de Bukowski, iniciado hace varias décadas con sus libros más importantes –donde se forja el mito del maldito– y continuado mucho tiempo después con piezas menores (entre ellas, los dietarios) que, en muchos casos, son casi mejores que las mayores, sobre todo si de lo que se trata es de, dejando de lado los tópicos, profundizar en la carrera de un escritor total cuyo disfraz más conocido no es más que una de sus múltiples variantes.

Ausencia de Héroe viene así a ser una secuela de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, la antología previa con la que en 2009 la editorial beat por excelencia –City Lights Books– comenzó a dar a la luz una nutrida galería de inéditos (en libro) que permitiera seguir alimentando a los lectores del poeta maldito de East Hollywood. El escritor que se hizo solo, a fuerza de codos, en un apartamento de 50 metros cuadrados lleno de colillas, latas de cerveza y la ordinaria locura que guiaba sus días y, sobre todo, sus noches.

El ciclo de estos inéditos –tóxicos, por supuesto– es amplio. Abarca desde los años cuarenta, cuando Bukowski era el vagabundo en el país de las oportunidades, al pequeño burgués al que en 1994 la leucemia vino a buscar a su casa con jardín de San Pedro, un suburbio de Los Ángeles que, como dijera en alguna parte él mismo, “técnicamente no es Los Ángeles” pero, en espíritu, en realidad no deja de serlo. Acaso porque la ciudad mayor de California, además de un lugar difuso, es también un estado de ánimo. Divergente y plural.

No todas las piezas de esta antología son sublimes. No importa demasiado: el libro se sostiene principalmente en unos cuantos relatos, magníficos; algún ensayo literario (Bukowski hablando sobre Bukowski, Bukowski hablando sobre los beats) y una selección de los maravillosos (por sinceros y desinhibidos) artículos que salieron en Open City y en LA Free Press bajo el epígrafe de Escritos de un Viejo Indecente. Es más que suficiente: en estos escritos aparece el mejor Bukowski, lo que relativiza el hecho de que dicha antología esté adobada con otras narraciones no tan brillantes, aunque siempre entretenidas e hilarantes, como la que dedica al canibalismo (Cristo en salsa barbacoa).

Las piezas mejores (La historia del violador; Es difícil vender paz, tío) versan sobre la dureza con la que la sociedad castiga –con o sin motivo– a los seres extraños, marginales, que no se adaptan a las normas, a los que se les considera culpables por el simple hecho de dormir en la calle. La verdad no importa mucho en estos casos: el simple hecho de no responder al patrón habitual de respetabilidad hace imposible asignar valores nobles a estos personajes cuyo pecado es no haber sido capaces de asumir los sacrificios del mundo ordinario: perder los días contados de su vida en un trabajo mecánico, pagar letras e hipotecas y asumir las toneladas de ideología con la que el sistema nos mantiene dormidos.

En el fondo de estas historias palpita un hedonismo que, más que escapista, es la única receta cierta para sobrellevar determinadas existencias. El sendero ya lo transitaron los románticos y, muchos años después, los poetas norteamericanos de los 50. Bukowski se sitúa en esta misma estirpe que consiste en relativizar el éxito (dado el peaje que implica) a cambio de abordar la vida con una sinceridad brutal. Una honestidad que, aunque no deja réditos, al menos permite dormir tranquilo.

La franqueza implica, cómo no, desengaños, aunque fundamentalmente ajenos. “La amabilidad es una mala motivación, sobre todo para el matrimonio y para la literatura”, escrite un Bukowski que fue inquilino durante muchos años del Hotel Suicidio, la sucesión de cuartos baratos donde los borrachos suelen esconder sus heridas hasta que llega la gran noche americana, cuando el sol es un neón y toda la suciedad del día –las afrentas, las provocaciones, las toneladas de mediocridad que se lanzan a la cara del prójimo– es diluida por una buena copa o un puro barato mientras suena, en el transitor, un cuarteto de cuerda de Haydn y uno se pone frente a la máquina de escribir (entonces) o ante el ordenador (ahora).

“El acto de escribir es el milagro, la salvación, la suerte, la música, el seguir adelante. Despeja el espacio, define la bazofia, te salva el cuello y de paso le salva el cuello a algún otro”. ¿Qué más puede pedirse?

Onetti: Nihilismo bajo el aguacero

Carlos Mármol | 29 de diciembre de 2011 a las 13:21

La editorial Galaxia Gutenberg reúne las obras completas del escritor uruguayo, padre ‘maldito’ de la literatura latinoamericana contemporánea y nacido hace un siglo.

Ahí lo tienen: quieto, seco de carnes, enjuto. Con un leve estrabismo antiguo, perceptible a través de las negras gafas de pasta. Los viejos anteojos de siempre. Con el sombrero ladeado, como el Sam Spade de las novelas negras de Dashiell Hammett, una de sus pasiones, junto al whisky. “Soy perezoso. Sólo aspiro a que me dejen en paz”, confesaba en una de esas encuestas apresuradas a las que, a veces, se someten los escritores para ser condescendientes con los periodistas.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), escribidor maldito y precursor -junto a Carpentier y Borges, acaso también Rulfo- del celebérrimo boom de la literatura hispanoamericana, y por eso mismo descolgado -dada su condición de pionero- del fenómeno editorial que marcó la segunda mitad del pasado siglo en español, habría cumplido 100 años el 1 de julio. Cien años de incertidumbres. Tal conmemoración tiene como gran hito, junto a otros actos, la reciente publicación por parte de la editorial Galaxia Gutenberg del tercer y último tomo de sus obras completas. Una colección en la que se resumen sus aportaciones -múltiples- al universo literario y se ponen al día algunos textos, ya inencontrables. Una joya mayor.

Seguidor de Faulkner en mundos, mitos y vicios, autor de un decálogo magistral para los nuevos escritores -“El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo”; “No intenten deslumbrar al burgués. Sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo”; “Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevanos dentro y no es posible engañar”; “Mientan siempre”-, este escritor uruguayo hizo honor a la frase de Heráclito -“Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado”- y no ambicionó, al menos de forma aparente, el éxito de masas de otros compañeros de letras.

Él, como dejó dicho en una célebre anécdota, tenía con la literatura una relación furtiva, distinta a la de, por ejemplo, Vargas Llosa, que se ha sumado a su conmemoración con un magnífico ensayo sobre su mundo novelesco. “Tú estás casado con la literatura”, le dijo. Y agregó: “Para mí sólo es mi amante”. De ahí que no escribiera todos los días, ni siquiera todas las semanas, y que, en su fase final, lo hiciera incluso acostado. No corregía ni pulía los textos. No hacía falta: su prosa, más que argumental, es evocativa, lírica, perfecta. Tenía oficio: fue periodista, además de bibliotecario y vendedor de trigo, y sabía que el mundo puede meterse en dos folios. Con eso basta, si están bien escritos. Ninguno de sus libros es demasiado grueso. Las sugerencias no necesitan demasiado espacio. Sólo sensibilidad y percepción vital.

La experiencias, propias y ajenas, con las que armó sus narraciones son intercambiables: él las sitúa en un territorio ficticio -Santa María- y en un tiempo indefinido. Pero le basta y sobra para hacer en cada una de sus novelas una metáfora del universo. ¿Su mensaje? El desamparo. Lo que se siente al salir a la calle un día de lluvia con las ropas mojadas. “Yo creo, con Sartre, que el hombre es una pasión inútil. La vida no tiene ningún sentido. Pero también acepto, como Camus, que ya que incomprensiblemente estamos metidos en la vida, es necesario que nos fabriquemos morales personales y separemos en lo posible el bien y el mal”.

SUS OBRAS MAESTRAS

LA VIDA BREVE. Sudamericana. [Buenos Aires 1950]

En esta novela nace el territorio literario creado por Onetti : Santa María, ciudad inexistente situada entre las dos orillas del Río de la Plata. Mitad Montevideo, mitad Buenos Aires. Algo del Paraná. Versión latinoamericana del irreal condado de Yoknapatawpha creado por Faulkner. Una obra maestra que reflexiona sobre la identidad, el destino y la vigencia de los mundos oníricos como fórmula para escapar del fracaso.

EL ASTILLERO. Compañía Fabril Editora. [Buenos Aires, 1961]

Alegoría de la condición humana, siempre en estado de precariedad. Larsen, alias Juntacadáveres, vuelve a Santa María para administrar un astillero decrépito propiedad de `Jeremías Petrus y Cía’. Una empresa que se hunde. Es un relato lírico y minimalista. “No se puede conseguir más con menos”, dijo de ella Francisco Umbral.

JUNTACADÁVERES. Alfa Sudamericana. [Montevideo 1964]

La odisea de Larsen en Santa María cinco años antes de El Astillero. Su misión: regentar un prostíbulo en la ciudad fluvial, proyecto al que se oponen las fuerzas vivas de la ciudad. Una reflexión sobre la hipocresía y las apariencias como normas de conducta y la angustia de saberse, como el protagonista, distinto a los demás.

Esquinas rotas y geografías tristes

Carlos Mármol | 28 de diciembre de 2011 a las 12:49

Benedetti, igual que hizo Joyce con Dublín, transformó Montevideo en un espacio gris y, al tiempo, mítico, donde ubicar los sueños y los desengaños del hombre común, al que, en lírica y prosa, dirigió su literatura.

Montevideo es una urbe extraña. Triste, brumosa, algo desvencijada. Con ese marcado e intenso olor a humedad que, en especial en el Río de la Plata, tiene todo aquello que está viejo no tanto por el mero paso del tiempo, sino porque acaso se haya usado en demasía. Montevideo sufre de a ratos, como diría Cortázar, los hondos males de la garúa (vocablo que viene del portugués, pero que desde hace décadas es término lunfardo; el código rotundo del tango) y padece cierta e injusta condición de periferia.

Garúa significa más o menos llovizna. La lluvia breve cayendo sobre la inmensa cabeza de ratón que parece la ciudad austral, universo que acoge en su geografía interior a más de la mitad de la población del Uruguay, país diminuto cuyo nombre logra transformar uno de los cuatro puntos cardinales en una categoría (casi) espiritual. República Oriental, se llama a sí misma.

Sus gentes, de origen dispar (Uruguay es un país de inmigrantes), unida casi siempre por la melancolía, acudieron en 2009 a dar el último adiós a Mario Benedetti, cuyo cadáver, amortajado como un infante senil, fue expuesto a la vista general en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Un escenario que se antonja extraño para un poeta tan humilde y sencillo.

Alguien que era como tu vecino (en Montevideo) y que acaso pudiera confesarte una duda íntima: “Me jode confesarlo/pero la vida es también como un bandoneón/hay quien sostiene que lo toca dios/pero yo estoy seguro de que es troilo/ya que dios apenas toca el arpa/y mal”. Alguien cuyo mayor atrevimiento fuera salir en una película -El lado oscuro del corazón- vestido de marinero, en un burdel, y recitando su poema Corazón, coraza, en un perfecto alemán.

A Benedetti muchos sólo lo conocen como escritor político e intelectual comprometido. Como perpetuo exilado. Incluso hay quienes censuran cierta poesía suya, panfletaria, fruto de unos años en los que aún se soñaban ciertos sueños. Nada que no cure el paso del tiempo, que desdibuja los falsos perfiles y esculpe lentamente el rostro verdadero. ¿Cuál es el de Benedetti?

Al regresar en 1985 se da cuenta de todo: si los rostros desaparecen y la calle cambia, nuestra vida se convierte en un sueño brumoso. Lo dejó dicho en Currículum, uno de sus mejores poemas: “Usted aprende/y usa lo aprendido/para volverse lentamente sabio/para saber que al fin el mundo es esto/en su mejor momento una nostalgia/en su peor momento un desamparo/y siempre siempre/un lío/entonces/usted muere”.

Estampas sobre el delirio

Carlos Mármol | 27 de diciembre de 2011 a las 13:20

Tomás Eloy Martínez, cronista de la trágica intrahistoria argentina, premio Ortega y Gasset de periodismo, novelista sagaz. Un escritor de Buenos Aires.

Se tienen que tener las cosas muy claras para mandar al diablo la teoría de la pirámide invertida. Cinco preguntas no sirven para contar la verdad. Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010) hizo este ejercicio con grata rebeldía. Pertinaz vocación. ¿Beneficiarios? Sus lectores, a los que nos deja buenas novelas y un soberbio corpus de artículos y crónicas de nuevo periodismo -el de siempre: andar y contar- donde los recursos literarios, las licencias, no tienen otra misión que decirte lo que pasa. Señores, el periodismo es cosa seria.

Como todos los gacetilleros que viven la profesión como una enfermedad de la sangre, aquellos que nunca ambicionaron una jefatura de negociado, los que aún persiguen el espejismo de crear una obra de arte en cada una de las páginas con las que envolvemos el pescado, Tomás Eloy Martínez aprendió los rudimentos del oficio como corrector en un humilde periódico -La Gaceta- de su urbe natal, San Miguel, en la periferia de la periférica Argentina.

Hablamos de una nación, el fin del mundo, partida en dos mitades: el deslumbrante universo porteño -Buenos Aires- y el resto. Él venía de la provincia más pequeña del país, en el Norte Grande. Paradojas. Hasta que el cáncer lo derribó el domingo en su pieza del barrio de San Telmo, no hizo otra cosa que contar, de una u otra manera, historias. Enseñó a hacerlo a los demás -en la célebre escuela de periodismo que fundó Gabriel García Márquez; en universidades norteamericanas- y disfrutó todo lo que pudo del inefable vértigo de la hoja en blanco.

Últimamente decía que era un periodista de fin de semana. Escribía artículos en La Nación -el ilustre diario de la burguesía bonaerense- y el servicio del New York Times Syndicate los colocaba en decenas periódicos del mundo. Lectores nunca le faltaron. Una de sus novelas, Santa Evita, donde explica la historia del cadáver trashumante de Eva Duarte de Perón, nómada después de muerta por culpa del exceso de intrigas y melancolías que siempre han gobernado la vida argentina, es la más traducida de toda la historia de la literatura en su país.

Sus novelas están dedicadas en buena parte a la reciente intrahistoria argentina: atroz, brutal, desasosegante, marcada por la dictadura militar (1976-1981), a la que había que llamar “proceso de reorganización nacional”. Eufemismo mortal. Mala cosa si se tiene en cuenta que la primera lección que aprendió Tomás Eloy Martínez del periodismo fue a llamar a las cosas por su nombre. Ejercicios de rigor. Respeto por la escritura: “Si cuidas el lenguaje, la ética viene sola porque la responsabilidad siempre empieza por la herramienta que manejas”, decía.

Más enseñanzas. Algunas amargas: “Escribí crónicas iconoclastas sobre cine en un diario. Las grandes productoras le quitaron la publicidad. El castigo consistió en desterrarme a la sección de movimiento marítimo, dedicada a los ahogados que aparecían en el Río de la Plata”. No doblegarse le condenó a ver los ojos de los suicidas durante mucho tiempo. No sería el único quebranto: su relato sobre el ajusticiamiento de un grupo de guerrilleros en una prisión militar de la Patagonia -La Pasión según Trelew- fue quemada en la plaza pública por los generales. La obra, a la que siguieron otras muchas donde se desnudan las neurosis patrias argentinas, le costó el exilio y la pobreza, alternativas preferibles a la muerte. Huyó sin recursos a Caracas y a México DF. En ambas ciudades terminó haciendo lo único que sabía: escribir y dirigir más diarios. “¿Qué se siente al poner un periódico en marcha?”, le preguntaron un día, ya retirado en Estados Unidos. “El delirio”, dijo. “Es la felicidad suprema”. Algunos no son capaces de entenderlo. Él, que durante la dictadura vio de todo, lo explicaba así: “La misión del periodista es no obedecer. El periodismo es un acto de transgresión y de servicio; nunca de servilismo”.

Ya lo decía su madre al ir a misa: “Hay que rezar por Tomasito, su alma está completamente perdida”.

Las edades sucesivas de MVM

Carlos Mármol | 26 de diciembre de 2011 a las 6:05

La editorial Debate salva del olvido de las hemerotecas la obra periodística de Manuel Vázquez Montalbán, uno de los cronistas más creativos, versátiles y brillantes de la España del tardofranquismo y la transición.

Los periodistas somos como los trapecistas: hijos de lo efímero, además de (según algunos) resultado directo de otras maternidades no siempre tan nobles. A decir verdad, en este oficio existen dos estirpes: la de quienes no dejan jamás de jugar sobre la fragilidad del alambre –el buen periodismo requiere una extraña mezcla de prudencia y riesgo, sobre todo en casa– y aquellos que antes de poner una letra delante de otra prefieren curarse en salud y caminar por el sendero convenido, que suele ser tan ajeno como inofensivo. Por si acaso.

Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona 1939-Bangkok 2003) era de los primeros. Y procuró a lo largo de su dilatada trayectoria –cuatro décadas estuvo escribiendo en prensa– no llegar nunca a parecerse a los segundos. A los que quizás otorgarles la condición de periodistas constituya en realidad un acto de benevolencia. Además de escribir, con mayor o menor fortuna, unos 10.000 artículos a lo largo de su carrera (era hombre de comunión diaria antelos diarios y las revistas, sus principales misales) MVM, como muchos le llamaban, experimentó en sus carnes, generosas, los sinsabores de esta manera de entender la profesión en la que mantener cierta independencia intelectual y de criterio –cosa que no implica ser neutral ante determinados hechos– se paga con la habitual venganza, casi siempre frustrante para quien la practica, de los mediocres: tratar de hacerle el vacío o expulsarle de las tribunas desde las escribía, que fueron muchas –mejores y peores–, diversas y en las que, en la medida de sus posibilidades, dejó dosis de su gran talento como articulista.

Vázquez Montalbán fue un periodista total. Completo. Versátil y polivalente. Algo que ni se encuentra ya en muchas redacciones –por falta de preparación y, sobre todo, de verdadera vocación– ni parece que vaya a encontrarse en el futuro inmediato;acaso porque las empresas no sepan valorarlo y no estén dispuestas a pagarlo. Sea como fuere, el suyo es un periodismo impar. De otros tiempos. No porque no esté vigente ni sea necesario –ahora precisamente lo sería más que nunca–, sino porque está sustentado en un valor en decadencia. Que es: la creencia de que este trabajo requiere correr una larga carrera de fondo donde lo importante para el atleta es la experiencia, cierto temperamento y una decidida voluntad de independencia frente al poder. Tanto ante los elogios como frente a las críticas.

En los tiempos que corren, cuando algunos consideran que esta profesión consiste en emular a los meteoritos fugaces –que al final se disuelven en el espacio– y repetir los argumentarios que vienen al caso, la voluntad de MVMde mantener en su trabajo altas dosis de impertinencia resulta casi un anacronismo. Y, sin embargo, es precisamente esto lo que lo ha hecho perdurar. Poder ser materia para armar un libro.

La editorial Debate, al menos, así lo ha creído. Y ha decidido hacer una selección de este recorrido periodístico en tres volúmenes distintos donde se recogen las edades sucesivas del Vázquez Montalbán cronista; antes, durante y después de alcanzar el éxito literario como autor de novela negra y padre del detective Pepe Carvalho, entre otras disidencias políticas, poéticas, viajeras y gastronómicas. Hedonismos múltiples de un periodista capaz, como Fernando Pessoa, de reinventarse con distintos heterónimos. Desde Sixto Cámara a Luis Dávila. Desde Jack El decorador a Manolo V El Empecinado. Nombres bajo los que siempre late, en dosis diferentes, la mixtura de información, placer, rebeldía y humor que caracterizaron el periodismo de MVM.

Los dos primeros compendios de artículos, crónicas y reportajes que Destino ha salvado del olvido de las hemerotecas están en la calle desde hace algunos meses. El tercero está previsto que aparezca a lo largo de 2012. Recoge la última etapa de MVM, cuando ya era uno de los santos laicos del articulismo político, capaz de darle la vuelta a la habitual percepción de la realidad con un artículo de sólo 350 palabras. La columna de la última de El País, donde escribió hasta que su corazón le falló en una extraña escala aeroportuaria en la ciudad de Bangkok. Curiosa despedida.

De la lectura de estos dos primeros tomos del periodismo inteligente y cívico de Vázquez Montalbán –lleno de contexto, reflexivo, analítico, con una evidente tendencia a la ironía y el sarcasmo– se obtienen dos sensaciones. Primera:no hay género malo, sino periodista torpe. Y segunda:forjarse un prestigio en este oficio, tan dado a los padrinos, es imposible si no se tiene claro que hay que empezar desde abajo y que la tarea del periodista no es manipular a la gente, sino lograr que aumente la perspicacia del lector frente a la realidad. El único vínculo real que hace sobrevivir a un periódico en el tiempo.

MVM trabajó en muchos periódicos, escribió en muchas revistas y hasta fundó publicaciones propias tan elogiadas como efímeras en un tiempo –el tardofranquismo, la transición– en el que en España se pasó de creer que todo era posible a caer en la cuenta de que “la vida nunca es como nos imaginábamos”. Un desencanto lírico que, lejos de convertirse en un sentimiento agrio, le permitió saber más de la vida. Ser más sabio: libre y escéptico, pero inteligente.

Vázquez Montalbán tuvo que navegar a lo largo de su vida entre las habituales desconfianzas cruzadas de aquellos que no te consideran de los suyos. En la presa falangista, donde comenzó a firmar en El Español y en Solidaridad Nacional, como le faltaba el entusiasmo por el régimen, fue relagado a tareas secundarias, cosa que no impidió que sus compañeros del PSUC –en el que militó– lo vieran también como sospechoso por trabajar en las publicaciones oficiales. Como si un periodista tuviera que renunciar a comer por la línea editorial del medio que lo acoge.

Su condena a tres años de cárcel –su delito: participó en una manifestación en favor de los mineros asturianos– le enseñó que en aquella España de los sesenta ejercer la libertad iba en contra del progreso profesional. Al final, cumplió sólo 18 meses de prisión gracias a un indulto por la muerte del Papa Juan XXIII, pero apenas pudo volver a trabajar en prensa hasta mucho tiempo después. Tuvo que sobrevivir escribiendo en enciclopedias (Larousse, Espasa) y en revistas de decoración [Hogares modernos].

La travesía del desierto fue muy larga y, a ratos, amarga, aunque logró encontrar a su público natural cuando se incorporó a Triunfo, donde publicó la columna política La Capilla Sixtina y contó el reverso de la transición en su extraordinaria Crónica sentimental, recogida como libro por Planeta en la colección Espejo de España, reformulación brillante del folletín decimonónico en una España que creyó en un cambio que jamás llegó por la coartada de una concordia que ni logró mayor participación política de los ciudadanos –los partidos se convirtieron pronto en el sistema– ni rozó la estructura económica heredada de la Dictadura.

Es natural que después de todo aquello el lirismo íntimo de MVM estuviera marcado por tan enorme estafa. Otros escritores, como Umbral, derivaron en un memorialismo egotista y deslumbrante. Eligieron contarse a sí mismos, dada la coyuntura, en lugar de contar a España. MVM hizo el camino inverso: a base de contar lo que pasaba en España terminó reflejándose a sí mismo. Porque el periodista nunca es noticia. Sino sólo quien la cuenta.