Baltimore: el final del sueño americano

Carlos Mármol | 16 de abril de 2012 a las 6:03

El célebre autor de The Wire fue periodista antes que guionista. En Homicidio nos explica cómo funciona la vida real en las urbes de los Estados Unidos.

Lo primero que hay que hacer, si se quiere sobrevir, es aprender a pisar el suelo que está bajo tus pies. Patear las calles. Mirar correctamente hacia determinadas esquinas oscuras. Todo lo demás viene solo: consiste en saber ver, escuchar, ser capaz de reproducir con cierto grado de verosimilitud la vida real –cazar al vuelo algunos diálogos, revivir ciertas puestas en escena, experimentar algunos desengaños– y esperar. Sobre todo esperar. Todo el rato. El tiempo y los detalles secundarios son los que dan solidez a los buenos relatos.

Si el periodismo, este oficio tan noble y tan en cuestión en estos momentos difíciles, tiene algún futuro no está ya –quizás– en los diarios impresos, ni siquiera en las tabletas tecnológicas que nos vende la empresa de Steve Jobs. Está en los libros. Un formato secular –los hijos de Gutenberg– que todavía es perfecto. Imbatible. El periódico se hace liviano, se llena de políticos y de compromisos. La televisión y la radio nos reproducen sin descanso el parte oficial con todas sus manipulaciones incluidas. Nadie, sin embargo, nos cuenta la vida más inmediata: esa inmensa espiral que nos pasa por encima casi sin darnos cuenta. Nos quejamos de que la gente ya no quiere pagar por leer las noticias. ¿Pagaríamos nosotros por lo que le damos? Lo dudo.

David Simon, lanzado a la fama por su trabajo como guionista en algunas míticas series de televisión –The Wire, Treme–, fue fraile antes que cura. Esto es: periodista de calle antes de convertirse en el nuevo Homero de las películas por cable. Y se nota: en los trece años que pasó en la redacción de The Baltimore Sun, el diario del que le despidieron en una de las habituales reducciones de plantilla que los ejecutivos norteamericanos perpetran cuando no saben ya cómo reducir los gastos ajenos, ignorando que el problema de los medios escritos no es financiero, sino que se trata de una profunda crisis identidad, aprendió algunas de las nociones básicas para desenvolverse en la tarea –apasionante– de contar historias de gente ordinaria que trascienden lo anécdótico para plantar ante nuestros ojos, atónitos, el cáncer en que se ha convertido la sociedad. Un género que los periódicos, extrañamente, han abandonado por completo para contar la endogamia de un mundo oficial que no le importa a (casi) nadie.

Parte de ese fondo de comercio periodístico lo volcó en Homicidio, un libro primerizo que escribió en el año 1991 y que no ha visto la luz en español hasta 2010, cuando la editorial Principal de Los Libros lo publicó. Un buen ejemplo de periodismo puro. Sin retoques. Sin carpintería. Directo y al cuello. Le duela a quien le duela. Algo que ya casi no se encuentra. Fue un éxito (en Estados Unidos, claro) y tuvo hasta su secuela: La Esquina, también publicado en español por la misma casa y firmado por Simon junto a Ed Burns, un viejo policía. Juntos relataban al detalle lo que ocurría en la esquina de las calles Fayette y Monroe, en Baltimore (Maryland). Dicho en pocas palabras: las transacciones tóxicas y vitales de un supermercado de la droga abierto las 24 horas del día que aporta los únicos ingresos reales a un barrio que se muere. Dólares ensangrentados; puro capitalismo a escala básica. La rueda del beneficio perpetuo, que no deja de girar sin importar las consecuencias y los daños colaterales. Una realidad pertinaz contra la que los discursos de los políticos y las buenas intenciones se derrumban. Siempre.

La novela Homicidio trasciende la historia concreta de La Esquina. En lugar de ceñirse a un barrio, nos cuenta cómo es la vida en una ciudad –Baltimore– que, además de ser cuna de Edgard Allen Poe, poeta asombroso, primer escritor de novela negra del mundo, es la urbe de Estados Unidos con mayor índice de criminalidad y violencia por metro cuadrado. Pura estadística. El reverso de un sueño que se tornó hace tiempo en pesadilla. Es una ciudad portuaria, claro. Una ciudad donde la mayoría de la población es de raza negra y donde los crímenes se suceden como la lluvia en los días de invierno.

Simon se empotró durante más de un año en la unidad de homicidios de la ciudad. Técnicamente, era como un policía más. Aunque en realidad su función era funcionar como una grabadora humana: registrar todo, jerarquizarlo, darle forma y plasmarlo después en un libro (en América estos trabajos todavía se becan) que cuenta el lado más oscuro del Imperio. Un mundo donde la vida no vale nada si de lo que se trata es de obtener algún tipo de beneficio de la necesidad de los demás.

El libro es pura literatura negra. Mejor dicho, periodismo negro. Aunque en realidad el adjetivo es innecesario: el periodismo blanco sencillamente no es periodismo, son efemérides. Está contado como una gran novela coral, pero el relato del Baltimore portuario, donde los huesos de Poe se pudren en un hermoso cementerio parroquial, es absolutamente fiel a la agria realidad. Los policías son héroes involuntarios e imperfectos –los únicos héroes posibles– y los delincuentes son víctimas que matan a otras víctimas. A esto se reduce todo. Una perfecta tragedia griega pero en los tiempos modernos.

Por supuesto, la trama está estructurada para cazar al lector: entre el sinfín de fiambres que pueblan las páginas de la novela destaca, como principal hilo conductor, el extraño asesinato de una niña de once años que, frente a otras desgracias violentas, parece despertar cierto grado de humanidad, si es que la compasión es realmente un sentimiento noble, tanto en los duros agentes de homicidios –acostumbrados a librar con la muerte a diario– como en muchos de los propios traficantes que te dispararían sin dudarlo por cualquier incidente del negocio de las drogas. Nobleza involuntaria, tácita. Lo dijo hace tiempo Dylan con otras palabras: “Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”.

Todos los personajes siguen sus particulares recetas para sobrevivir en mitad del caos. Todos tienen su propio decálogo para salvar el pellejo en un mundo en el que cada uno va a lo suyo. Los policías, los primeros. Su mayor sabiduría –saber leer lo que dice la calle– se resume en un fantástico catecismo cuyos mandamientos dan una idea de la titánica tarea a la que se enfrentan.

Dice así:

“1) Todo el mundo miente. Los asesinos mienten porque es lo que tienen que hacer; los testigos mienten porque es lo que creen que tienen que hacer, y los demás mienten por el mero gusto de hacerlo y para no desobedecer la norma general de que no hay que dar información a un policía.

2) La víctima es asesinada una vez; la escena del crimen puede ser asesinada miles de veces.

3) Las primeras 10 ó 12 horas después de un asesinado son vitales para el éxito de la investigación.

4) Si dejas a un hombre inocente en una sala de interrogatorios se quedará despierto, frotándose los ojos; si dejas a un hombre culpable en el mismo sitio, se dormirá.

5) Ser bueno es bueno; tener suerte es mejor”.

Y así hasta la décima regla. Afortunadamente, está llena de esperanza.

“10) No existe el crimen perfecto”.

Todo un consuelo.

Postales del ‘Hotel Suicidio’

Carlos Mármol | 9 de abril de 2012 a las 6:02

Bukowski resucita casi dos décadas después de muerto con una miscelánea de textos en los que el hedonismo y el lirismo permiten sobreponerse a las tragedias cotidianas de la existencia.

El tono es confesional. Y, por tanto, sincero. “Me resulta difícil encontrar héroes a estas alturas, así que tengo que crear mi propio héroe: yo mismo”. La escritura lírica y obstinadamente autobiográfica, desprovista de aderezos, de Charles Henry Bukowski Jr (Andernach; 1920-Los Ángeles; 1994) ha resistido el paso del tiempo –empezó a escribir en los lejanos años cuarenta;hace ya casi siete décadas– con una energía que sólo es comparable a la de los clásicos prematuros. Aquellos que lo son mucho antes de que casi nadie les otorgue dicha condición.

Esta fortaleza parece ser la mejor muestra de que, en la tarea autoimpuesta de configurar a su propio personaje, de crear un asidero particular al que poder agarrarse, el escritor norteamericano logró una enorme victoria:articular un alias –él mismo– suficientemente consistente para superar, al menos de forma aparente, el generoso alud de traumas con los que creció y se educó en los duros años de la depresión económica en la megápolis de Los Ángeles, donde tienen sede algunas de las numerosas embajadas del reverso del sueño americano, convertido hace tiempo en pesadilla.

La desnudez de la literatura de Bukowski es uno de los rasgos que explicarían que, casi veinte años después de su muerte, la mayoría de sus libros continúen siendo tan frescos como el primer día. Todos sus ingredientes no hacen sino mejorarlos: la destilación inteligente de lo que antaño se llamaba cierta actitud punk [No hay futuro, Viva la anarquía], un afán poético extremo y la inmensa seguridad que da la certeza –demasiado rotunda, por otra parte– de tener que escribir siempre desde la periferia, esa rara sensación que consiste en encontrarse en el fondo de un saco cerrado, atado con una cuerda sucia y encerrado en un almacén polvoriento.

Todo esto, en dosis distintas, es lo que puede encontrarse en su nueva antología, Ausencia de Héroe. Un volumen que la editorial Anagrama ha dado a la imprenta para seguir alimentando el corpus literario en español de Bukowski, iniciado hace varias décadas con sus libros más importantes –donde se forja el mito del maldito– y continuado mucho tiempo después con piezas menores (entre ellas, los dietarios) que, en muchos casos, son casi mejores que las mayores, sobre todo si de lo que se trata es de, dejando de lado los tópicos, profundizar en la carrera de un escritor total cuyo disfraz más conocido no es más que una de sus múltiples variantes.

Ausencia de Héroe viene así a ser una secuela de Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, la antología previa con la que en 2009 la editorial beat por excelencia –City Lights Books– comenzó a dar a la luz una nutrida galería de inéditos (en libro) que permitiera seguir alimentando a los lectores del poeta maldito de East Hollywood. El escritor que se hizo solo, a fuerza de codos, en un apartamento de 50 metros cuadrados lleno de colillas, latas de cerveza y la ordinaria locura que guiaba sus días y, sobre todo, sus noches.

El ciclo de estos inéditos –tóxicos, por supuesto– es amplio. Abarca desde los años cuarenta, cuando Bukowski era el vagabundo en el país de las oportunidades, al pequeño burgués al que en 1994 la leucemia vino a buscar a su casa con jardín de San Pedro, un suburbio de Los Ángeles que, como dijera en alguna parte él mismo, “técnicamente no es Los Ángeles” pero, en espíritu, en realidad no deja de serlo. Acaso porque la ciudad mayor de California, además de un lugar difuso, es también un estado de ánimo. Divergente y plural.

No todas las piezas de esta antología son sublimes. No importa demasiado: el libro se sostiene principalmente en unos cuantos relatos, magníficos; algún ensayo literario (Bukowski hablando sobre Bukowski, Bukowski hablando sobre los beats) y una selección de los maravillosos (por sinceros y desinhibidos) artículos que salieron en Open City y en LA Free Press bajo el epígrafe de Escritos de un Viejo Indecente. Es más que suficiente: en estos escritos aparece el mejor Bukowski, lo que relativiza el hecho de que dicha antología esté adobada con otras narraciones no tan brillantes, aunque siempre entretenidas e hilarantes, como la que dedica al canibalismo (Cristo en salsa barbacoa).

Las piezas mejores (La historia del violador; Es difícil vender paz, tío) versan sobre la dureza con la que la sociedad castiga –con o sin motivo– a los seres extraños, marginales, que no se adaptan a las normas, a los que se les considera culpables por el simple hecho de dormir en la calle. La verdad no importa mucho en estos casos: el simple hecho de no responder al patrón habitual de respetabilidad hace imposible asignar valores nobles a estos personajes cuyo pecado es no haber sido capaces de asumir los sacrificios del mundo ordinario: perder los días contados de su vida en un trabajo mecánico, pagar letras e hipotecas y asumir las toneladas de ideología con la que el sistema nos mantiene dormidos.

En el fondo de estas historias palpita un hedonismo que, más que escapista, es la única receta cierta para sobrellevar determinadas existencias. El sendero ya lo transitaron los románticos y, muchos años después, los poetas norteamericanos de los 50. Bukowski se sitúa en esta misma estirpe que consiste en relativizar el éxito (dado el peaje que implica) a cambio de abordar la vida con una sinceridad brutal. Una honestidad que, aunque no deja réditos, al menos permite dormir tranquilo.

La franqueza implica, cómo no, desengaños, aunque fundamentalmente ajenos. “La amabilidad es una mala motivación, sobre todo para el matrimonio y para la literatura”, escrite un Bukowski que fue inquilino durante muchos años del Hotel Suicidio, la sucesión de cuartos baratos donde los borrachos suelen esconder sus heridas hasta que llega la gran noche americana, cuando el sol es un neón y toda la suciedad del día –las afrentas, las provocaciones, las toneladas de mediocridad que se lanzan a la cara del prójimo– es diluida por una buena copa o un puro barato mientras suena, en el transitor, un cuarteto de cuerda de Haydn y uno se pone frente a la máquina de escribir (entonces) o ante el ordenador (ahora).

“El acto de escribir es el milagro, la salvación, la suerte, la música, el seguir adelante. Despeja el espacio, define la bazofia, te salva el cuello y de paso le salva el cuello a algún otro”. ¿Qué más puede pedirse?

Onetti: Nihilismo bajo el aguacero

Carlos Mármol | 29 de diciembre de 2011 a las 13:21

La editorial Galaxia Gutenberg reúne las obras completas del escritor uruguayo, padre ‘maldito’ de la literatura latinoamericana contemporánea y nacido hace un siglo.

Ahí lo tienen: quieto, seco de carnes, enjuto. Con un leve estrabismo antiguo, perceptible a través de las negras gafas de pasta. Los viejos anteojos de siempre. Con el sombrero ladeado, como el Sam Spade de las novelas negras de Dashiell Hammett, una de sus pasiones, junto al whisky. “Soy perezoso. Sólo aspiro a que me dejen en paz”, confesaba en una de esas encuestas apresuradas a las que, a veces, se someten los escritores para ser condescendientes con los periodistas.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), escribidor maldito y precursor -junto a Carpentier y Borges, acaso también Rulfo- del celebérrimo boom de la literatura hispanoamericana, y por eso mismo descolgado -dada su condición de pionero- del fenómeno editorial que marcó la segunda mitad del pasado siglo en español, habría cumplido 100 años el 1 de julio. Cien años de incertidumbres. Tal conmemoración tiene como gran hito, junto a otros actos, la reciente publicación por parte de la editorial Galaxia Gutenberg del tercer y último tomo de sus obras completas. Una colección en la que se resumen sus aportaciones -múltiples- al universo literario y se ponen al día algunos textos, ya inencontrables. Una joya mayor.

Seguidor de Faulkner en mundos, mitos y vicios, autor de un decálogo magistral para los nuevos escritores -”El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo”; “No intenten deslumbrar al burgués. Sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo”; “Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevanos dentro y no es posible engañar”; “Mientan siempre”-, este escritor uruguayo hizo honor a la frase de Heráclito -”Si no esperas, no te sobrevendrá lo inesperado”- y no ambicionó, al menos de forma aparente, el éxito de masas de otros compañeros de letras.

Él, como dejó dicho en una célebre anécdota, tenía con la literatura una relación furtiva, distinta a la de, por ejemplo, Vargas Llosa, que se ha sumado a su conmemoración con un magnífico ensayo sobre su mundo novelesco. “Tú estás casado con la literatura”, le dijo. Y agregó: “Para mí sólo es mi amante”. De ahí que no escribiera todos los días, ni siquiera todas las semanas, y que, en su fase final, lo hiciera incluso acostado. No corregía ni pulía los textos. No hacía falta: su prosa, más que argumental, es evocativa, lírica, perfecta. Tenía oficio: fue periodista, además de bibliotecario y vendedor de trigo, y sabía que el mundo puede meterse en dos folios. Con eso basta, si están bien escritos. Ninguno de sus libros es demasiado grueso. Las sugerencias no necesitan demasiado espacio. Sólo sensibilidad y percepción vital.

La experiencias, propias y ajenas, con las que armó sus narraciones son intercambiables: él las sitúa en un territorio ficticio -Santa María- y en un tiempo indefinido. Pero le basta y sobra para hacer en cada una de sus novelas una metáfora del universo. ¿Su mensaje? El desamparo. Lo que se siente al salir a la calle un día de lluvia con las ropas mojadas. “Yo creo, con Sartre, que el hombre es una pasión inútil. La vida no tiene ningún sentido. Pero también acepto, como Camus, que ya que incomprensiblemente estamos metidos en la vida, es necesario que nos fabriquemos morales personales y separemos en lo posible el bien y el mal”.

SUS OBRAS MAESTRAS

LA VIDA BREVE. Sudamericana. [Buenos Aires 1950]

En esta novela nace el territorio literario creado por Onetti : Santa María, ciudad inexistente situada entre las dos orillas del Río de la Plata. Mitad Montevideo, mitad Buenos Aires. Algo del Paraná. Versión latinoamericana del irreal condado de Yoknapatawpha creado por Faulkner. Una obra maestra que reflexiona sobre la identidad, el destino y la vigencia de los mundos oníricos como fórmula para escapar del fracaso.

EL ASTILLERO. Compañía Fabril Editora. [Buenos Aires, 1961]

Alegoría de la condición humana, siempre en estado de precariedad. Larsen, alias Juntacadáveres, vuelve a Santa María para administrar un astillero decrépito propiedad de `Jeremías Petrus y Cía’. Una empresa que se hunde. Es un relato lírico y minimalista. ”No se puede conseguir más con menos”, dijo de ella Francisco Umbral.

JUNTACADÁVERES. Alfa Sudamericana. [Montevideo 1964]

La odisea de Larsen en Santa María cinco años antes de El Astillero. Su misión: regentar un prostíbulo en la ciudad fluvial, proyecto al que se oponen las fuerzas vivas de la ciudad. Una reflexión sobre la hipocresía y las apariencias como normas de conducta y la angustia de saberse, como el protagonista, distinto a los demás.

Esquinas rotas y geografías tristes

Carlos Mármol | 28 de diciembre de 2011 a las 12:49

Benedetti, igual que hizo Joyce con Dublín, transformó Montevideo en un espacio gris y, al tiempo, mítico, donde ubicar los sueños y los desengaños del hombre común, al que, en lírica y prosa, dirigió su literatura.

Montevideo es una urbe extraña. Triste, brumosa, algo desvencijada. Con ese marcado e intenso olor a humedad que, en especial en el Río de la Plata, tiene todo aquello que está viejo no tanto por el mero paso del tiempo, sino porque acaso se haya usado en demasía. Montevideo sufre de a ratos, como diría Cortázar, los hondos males de la garúa (vocablo que viene del portugués, pero que desde hace décadas es término lunfardo; el código rotundo del tango) y padece cierta e injusta condición de periferia.

Garúa significa más o menos llovizna. La lluvia breve cayendo sobre la inmensa cabeza de ratón que parece la ciudad austral, universo que acoge en su geografía interior a más de la mitad de la población del Uruguay, país diminuto cuyo nombre logra transformar uno de los cuatro puntos cardinales en una categoría (casi) espiritual. República Oriental, se llama a sí misma.

Sus gentes, de origen dispar (Uruguay es un país de inmigrantes), unida casi siempre por la melancolía, acudieron en 2009 a dar el último adiós a Mario Benedetti, cuyo cadáver, amortajado como un infante senil, fue expuesto a la vista general en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Un escenario que se antonja extraño para un poeta tan humilde y sencillo.

Alguien que era como tu vecino (en Montevideo) y que acaso pudiera confesarte una duda íntima: “Me jode confesarlo/pero la vida es también como un bandoneón/hay quien sostiene que lo toca dios/pero yo estoy seguro de que es troilo/ya que dios apenas toca el arpa/y mal”. Alguien cuyo mayor atrevimiento fuera salir en una película -El lado oscuro del corazón- vestido de marinero, en un burdel, y recitando su poema Corazón, coraza, en un perfecto alemán.

A Benedetti muchos sólo lo conocen como escritor político e intelectual comprometido. Como perpetuo exilado. Incluso hay quienes censuran cierta poesía suya, panfletaria, fruto de unos años en los que aún se soñaban ciertos sueños. Nada que no cure el paso del tiempo, que desdibuja los falsos perfiles y esculpe lentamente el rostro verdadero. ¿Cuál es el de Benedetti?

Al regresar en 1985 se da cuenta de todo: si los rostros desaparecen y la calle cambia, nuestra vida se convierte en un sueño brumoso. Lo dejó dicho en Currículum, uno de sus mejores poemas: “Usted aprende/y usa lo aprendido/para volverse lentamente sabio/para saber que al fin el mundo es esto/en su mejor momento una nostalgia/en su peor momento un desamparo/y siempre siempre/un lío/entonces/usted muere”.

Estampas sobre el delirio

Carlos Mármol | 27 de diciembre de 2011 a las 13:20

Tomás Eloy Martínez, cronista de la trágica intrahistoria argentina, premio Ortega y Gasset de periodismo, novelista sagaz. Un escritor de Buenos Aires.

Se tienen que tener las cosas muy claras para mandar al diablo la teoría de la pirámide invertida. Cinco preguntas no sirven para contar la verdad. Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010) hizo este ejercicio con grata rebeldía. Pertinaz vocación. ¿Beneficiarios? Sus lectores, a los que nos deja buenas novelas y un soberbio corpus de artículos y crónicas de nuevo periodismo -el de siempre: andar y contar- donde los recursos literarios, las licencias, no tienen otra misión que decirte lo que pasa. Señores, el periodismo es cosa seria.

Como todos los gacetilleros que viven la profesión como una enfermedad de la sangre, aquellos que nunca ambicionaron una jefatura de negociado, los que aún persiguen el espejismo de crear una obra de arte en cada una de las páginas con las que envolvemos el pescado, Tomás Eloy Martínez aprendió los rudimentos del oficio como corrector en un humilde periódico -La Gaceta- de su urbe natal, San Miguel, en la periferia de la periférica Argentina.

Hablamos de una nación, el fin del mundo, partida en dos mitades: el deslumbrante universo porteño -Buenos Aires- y el resto. Él venía de la provincia más pequeña del país, en el Norte Grande. Paradojas. Hasta que el cáncer lo derribó el domingo en su pieza del barrio de San Telmo, no hizo otra cosa que contar, de una u otra manera, historias. Enseñó a hacerlo a los demás -en la célebre escuela de periodismo que fundó Gabriel García Márquez; en universidades norteamericanas- y disfrutó todo lo que pudo del inefable vértigo de la hoja en blanco.

Últimamente decía que era un periodista de fin de semana. Escribía artículos en La Nación -el ilustre diario de la burguesía bonaerense- y el servicio del New York Times Syndicate los colocaba en decenas periódicos del mundo. Lectores nunca le faltaron. Una de sus novelas, Santa Evita, donde explica la historia del cadáver trashumante de Eva Duarte de Perón, nómada después de muerta por culpa del exceso de intrigas y melancolías que siempre han gobernado la vida argentina, es la más traducida de toda la historia de la literatura en su país.

Sus novelas están dedicadas en buena parte a la reciente intrahistoria argentina: atroz, brutal, desasosegante, marcada por la dictadura militar (1976-1981), a la que había que llamar “proceso de reorganización nacional”. Eufemismo mortal. Mala cosa si se tiene en cuenta que la primera lección que aprendió Tomás Eloy Martínez del periodismo fue a llamar a las cosas por su nombre. Ejercicios de rigor. Respeto por la escritura: “Si cuidas el lenguaje, la ética viene sola porque la responsabilidad siempre empieza por la herramienta que manejas”, decía.

Más enseñanzas. Algunas amargas: “Escribí crónicas iconoclastas sobre cine en un diario. Las grandes productoras le quitaron la publicidad. El castigo consistió en desterrarme a la sección de movimiento marítimo, dedicada a los ahogados que aparecían en el Río de la Plata”. No doblegarse le condenó a ver los ojos de los suicidas durante mucho tiempo. No sería el único quebranto: su relato sobre el ajusticiamiento de un grupo de guerrilleros en una prisión militar de la Patagonia -La Pasión según Trelew- fue quemada en la plaza pública por los generales. La obra, a la que siguieron otras muchas donde se desnudan las neurosis patrias argentinas, le costó el exilio y la pobreza, alternativas preferibles a la muerte. Huyó sin recursos a Caracas y a México DF. En ambas ciudades terminó haciendo lo único que sabía: escribir y dirigir más diarios. “¿Qué se siente al poner un periódico en marcha?”, le preguntaron un día, ya retirado en Estados Unidos. “El delirio”, dijo. “Es la felicidad suprema”. Algunos no son capaces de entenderlo. Él, que durante la dictadura vio de todo, lo explicaba así: “La misión del periodista es no obedecer. El periodismo es un acto de transgresión y de servicio; nunca de servilismo”.

Ya lo decía su madre al ir a misa: “Hay que rezar por Tomasito, su alma está completamente perdida”.

Las edades sucesivas de MVM

Carlos Mármol | 26 de diciembre de 2011 a las 6:05

La editorial Debate salva del olvido de las hemerotecas la obra periodística de Manuel Vázquez Montalbán, uno de los cronistas más creativos, versátiles y brillantes de la España del tardofranquismo y la transición.

Los periodistas somos como los trapecistas: hijos de lo efímero, además de (según algunos) resultado directo de otras maternidades no siempre tan nobles. A decir verdad, en este oficio existen dos estirpes: la de quienes no dejan jamás de jugar sobre la fragilidad del alambre –el buen periodismo requiere una extraña mezcla de prudencia y riesgo, sobre todo en casa– y aquellos que antes de poner una letra delante de otra prefieren curarse en salud y caminar por el sendero convenido, que suele ser tan ajeno como inofensivo. Por si acaso.

Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona 1939-Bangkok 2003) era de los primeros. Y procuró a lo largo de su dilatada trayectoria –cuatro décadas estuvo escribiendo en prensa– no llegar nunca a parecerse a los segundos. A los que quizás otorgarles la condición de periodistas constituya en realidad un acto de benevolencia. Además de escribir, con mayor o menor fortuna, unos 10.000 artículos a lo largo de su carrera (era hombre de comunión diaria antelos diarios y las revistas, sus principales misales) MVM, como muchos le llamaban, experimentó en sus carnes, generosas, los sinsabores de esta manera de entender la profesión en la que mantener cierta independencia intelectual y de criterio –cosa que no implica ser neutral ante determinados hechos– se paga con la habitual venganza, casi siempre frustrante para quien la practica, de los mediocres: tratar de hacerle el vacío o expulsarle de las tribunas desde las escribía, que fueron muchas –mejores y peores–, diversas y en las que, en la medida de sus posibilidades, dejó dosis de su gran talento como articulista.

Vázquez Montalbán fue un periodista total. Completo. Versátil y polivalente. Algo que ni se encuentra ya en muchas redacciones –por falta de preparación y, sobre todo, de verdadera vocación– ni parece que vaya a encontrarse en el futuro inmediato;acaso porque las empresas no sepan valorarlo y no estén dispuestas a pagarlo. Sea como fuere, el suyo es un periodismo impar. De otros tiempos. No porque no esté vigente ni sea necesario –ahora precisamente lo sería más que nunca–, sino porque está sustentado en un valor en decadencia. Que es: la creencia de que este trabajo requiere correr una larga carrera de fondo donde lo importante para el atleta es la experiencia, cierto temperamento y una decidida voluntad de independencia frente al poder. Tanto ante los elogios como frente a las críticas.

En los tiempos que corren, cuando algunos consideran que esta profesión consiste en emular a los meteoritos fugaces –que al final se disuelven en el espacio– y repetir los argumentarios que vienen al caso, la voluntad de MVMde mantener en su trabajo altas dosis de impertinencia resulta casi un anacronismo. Y, sin embargo, es precisamente esto lo que lo ha hecho perdurar. Poder ser materia para armar un libro.

La editorial Debate, al menos, así lo ha creído. Y ha decidido hacer una selección de este recorrido periodístico en tres volúmenes distintos donde se recogen las edades sucesivas del Vázquez Montalbán cronista; antes, durante y después de alcanzar el éxito literario como autor de novela negra y padre del detective Pepe Carvalho, entre otras disidencias políticas, poéticas, viajeras y gastronómicas. Hedonismos múltiples de un periodista capaz, como Fernando Pessoa, de reinventarse con distintos heterónimos. Desde Sixto Cámara a Luis Dávila. Desde Jack El decorador a Manolo V El Empecinado. Nombres bajo los que siempre late, en dosis diferentes, la mixtura de información, placer, rebeldía y humor que caracterizaron el periodismo de MVM.

Los dos primeros compendios de artículos, crónicas y reportajes que Destino ha salvado del olvido de las hemerotecas están en la calle desde hace algunos meses. El tercero está previsto que aparezca a lo largo de 2012. Recoge la última etapa de MVM, cuando ya era uno de los santos laicos del articulismo político, capaz de darle la vuelta a la habitual percepción de la realidad con un artículo de sólo 350 palabras. La columna de la última de El País, donde escribió hasta que su corazón le falló en una extraña escala aeroportuaria en la ciudad de Bangkok. Curiosa despedida.

De la lectura de estos dos primeros tomos del periodismo inteligente y cívico de Vázquez Montalbán –lleno de contexto, reflexivo, analítico, con una evidente tendencia a la ironía y el sarcasmo– se obtienen dos sensaciones. Primera:no hay género malo, sino periodista torpe. Y segunda:forjarse un prestigio en este oficio, tan dado a los padrinos, es imposible si no se tiene claro que hay que empezar desde abajo y que la tarea del periodista no es manipular a la gente, sino lograr que aumente la perspicacia del lector frente a la realidad. El único vínculo real que hace sobrevivir a un periódico en el tiempo.

MVM trabajó en muchos periódicos, escribió en muchas revistas y hasta fundó publicaciones propias tan elogiadas como efímeras en un tiempo –el tardofranquismo, la transición– en el que en España se pasó de creer que todo era posible a caer en la cuenta de que “la vida nunca es como nos imaginábamos”. Un desencanto lírico que, lejos de convertirse en un sentimiento agrio, le permitió saber más de la vida. Ser más sabio: libre y escéptico, pero inteligente.

Vázquez Montalbán tuvo que navegar a lo largo de su vida entre las habituales desconfianzas cruzadas de aquellos que no te consideran de los suyos. En la presa falangista, donde comenzó a firmar en El Español y en Solidaridad Nacional, como le faltaba el entusiasmo por el régimen, fue relagado a tareas secundarias, cosa que no impidió que sus compañeros del PSUC –en el que militó– lo vieran también como sospechoso por trabajar en las publicaciones oficiales. Como si un periodista tuviera que renunciar a comer por la línea editorial del medio que lo acoge.

Su condena a tres años de cárcel –su delito: participó en una manifestación en favor de los mineros asturianos– le enseñó que en aquella España de los sesenta ejercer la libertad iba en contra del progreso profesional. Al final, cumplió sólo 18 meses de prisión gracias a un indulto por la muerte del Papa Juan XXIII, pero apenas pudo volver a trabajar en prensa hasta mucho tiempo después. Tuvo que sobrevivir escribiendo en enciclopedias (Larousse, Espasa) y en revistas de decoración [Hogares modernos].

La travesía del desierto fue muy larga y, a ratos, amarga, aunque logró encontrar a su público natural cuando se incorporó a Triunfo, donde publicó la columna política La Capilla Sixtina y contó el reverso de la transición en su extraordinaria Crónica sentimental, recogida como libro por Planeta en la colección Espejo de España, reformulación brillante del folletín decimonónico en una España que creyó en un cambio que jamás llegó por la coartada de una concordia que ni logró mayor participación política de los ciudadanos –los partidos se convirtieron pronto en el sistema– ni rozó la estructura económica heredada de la Dictadura.

Es natural que después de todo aquello el lirismo íntimo de MVM estuviera marcado por tan enorme estafa. Otros escritores, como Umbral, derivaron en un memorialismo egotista y deslumbrante. Eligieron contarse a sí mismos, dada la coyuntura, en lugar de contar a España. MVM hizo el camino inverso: a base de contar lo que pasaba en España terminó reflejándose a sí mismo. Porque el periodista nunca es noticia. Sino sólo quien la cuenta.

Fouché: la política como asesinato

Carlos Mármol | 25 de diciembre de 2011 a las 0:53

La editorial Acantilado recupera la obra maestra de Stefan Zweig, una reflexión sobre el poder sin escrúpulos.

Fue uno de los políticos más insultados. Y, quizás justo por eso, de los más hábiles a la hora de usar las cartas a su disposición en el juego, siempre voluble, del poder. Nadie neutro puede ser objeto de tan intensa crueldad ajena. En política, igual que en la vida, sólo se odia con verdadera dedicación a aquellos capaces de quebrar la imagen que uno ha construido sobre sí mismo, aunque el procedimiento consista en poner un espejo delante del propio rostro. Ante determinadas personalidades, no existe peor afrenta.

José Fouché (Nantes, 1754-Trieste, 1820) es considerado un personaje secundario de la historia. Se le recuerda como un mero prototipo sociológico: el ejemplo del político amoral, traidor, arribista, falso y deleznable que acostumbra a existir en casi todas las organizaciones humanas, sean partidos, congregaciones religiosas, periódicos o entidades vecinales. Igual da. Un trepa. Un relativista moral. Un verdadero criminal cuya concepción íntima sobre el poder sólo es comparable a la que dejó por escrito Maquiavelo. Extrañamente, nunca ha gozado de la misma relevancia: su memorias oficiales, publicadas en el año 1824, son dudosas. Callan más que cuentan. Nota constante de su existencia. Definitoria, en suma.

El escritor Stefan Zweig, que escribió una magnífica colección de biografías históricas antes de suicidarse -con veneno; el arma política más silenciosa- en Petrópolis (Brasil), le dedicó un excelente ensayo amoral que ha recuperado la editorial Acantilado [Fouché, Retrato de un hombre político]. El libro es deslumbrante: nos aclara bastante del hombre flemático, siniestro y metódico que latía debajo del mito del perfecto traidor, como le bautizó Napoleón, a cuyo servicio estuvo durante muchos años, en periodos alternos, sin dejar por eso de jugar con sus rivales a todas las bandas posibles.

“Tendría que mandar fusilarle, ministro”, le espetó un día el emperador Bonaparte, airado por la sospecha de la traición.

-”Pues yo no soy de la misma opinión, sire”, contestó Fouché sin inmutarse. Continuó con vida.

Zweig nos describe a un perfecto canalla. A una personalidad fascinante que desde las sombras, durante 25 años, condicionó la historia política de Europa para desaparecer después en el olvido melancólico de Trieste. No es un exceso verbal: Zweig lo considera el “más excepcional de los hombres políticos”, adjetivo que no tiene que corresponderse necesariamente con el mejor de los hombres. Es más: ambos conceptos, a tenor de lo que nos enseña la historia, suelen ir disociados.

La biografía de Fouché le sirve al escritor austriaco para hacer una hermosa reflexión sobre la política y sus demonios, sobre la llama que arde, consumiéndolos, en el interior de aquellos que desean el poder con independencia de cuál sea su utilidad. Sin otras convicciones ni principios, sino por el puro placer secreto de participar en un juego de exterminio.

A Borges le preguntaron un día por los políticos. “Son una secta de sinvergüenzas. Estos señores van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas; sobornando, en suma. Ser político para mí es uno de los oficios más tristes del ser humano. No lo digo en contra de ningún político en particular. Digo, en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece no tener vergüenza”. Amén.

El escritor argentino se refería a los políticos populistas -acaso la firme obstinación del peronismo argentino- que tan profusamente aparecen en los momentos de zozobra. Fouché era de otra estirpe: la del político silencioso, como una serpiente. Jamás ambicionó ser famoso -consciente de sus limitaciones, que comenzaban por su propia presencia- ni quiso atarse a principio moral alguno. Prefería manejar el poder absoluto desde la tramoya del escenario; sin abandonar nunca, fuera quien fuera, el partido de la mayoría. Lo hizo con éxito durante más de dos décadas, en las que protagonizó una carrera silenciosa, de consecuencias funestas para las vidas y haciendas ajenas, y perseguido por su propia sombra. El pasado es el gran problema de los traidores, obligados a matar para no llegar a ser descubiertos. Fouché, huyendo de todos los personajes que en algún momento él mismo fue encarnando durante su existencia, convirtió así el asesinato político en una de las bellas artes.

Zweig nos muestra en su libro las sucesivas etapas de esta carrera inútil. Empieza en el seminario, donde el futuro regicida gastaba tonsura, túnica y enseñaba matemáticas y latín, iniciando así una carrera religiosa de diez años que abandonaría por la política cuando se presentó como candidato del partido de los girondinos, defensor del comercio, las buenas costumbres y la propiedad privada. Moderado.

Cuñado de Robespierre, Fouché es quien le presta dinero para su primer viaje a París a este desconocido abogado puritano y orgulloso que, junto a Marat, controlaría la trágica etapa del terror y la guillotina, donde él mismo murió tras una conspiración política auspiciada por su propio padrino, que pasó de prometer a su iguales respetar la vida del rey Luis XVI -bautizado por los revolucionarios como Luis Capeto; la primera degradación casi siempre es nominativa- a sentenciarlo a muerte ante la asamblea nacional, consciente de que el radicalismo jacobino iba a hacerse el dueño de la revolución.

-”La mort”, musitó entonces.

Esta frase, pronunciada de forma gélida, hierática, terminaría siendo la causa de su caída en desgracia definitiva cuando, más de dos décadas después, devolvió el gobierno de Francia a Luis XVIII, tras traicionar por segunda vez a Bonaparte, a cambio de seguir maniobrando en las hondas penumbras de palacio. El rey prescindió de sus servicios tras usarlo en su beneficio. El antiguo regicida era entonces un monárquico.

Entre ambas escenas están contenidas todas sus múltiples mutaciones. Pruebas de una ambición sin límite: de religioso a mitralleur de Lyon, jinete apocalíptico contra la propia Iglesia en cuyo seno profesó. Autor -antes que Marx- del primer manifiesto comunista, en el que exigía la colectivización de la propiedad, apenas unos años más tarde se había convertido en el hombre más rico de Europa y disfrutaba del título de gran duque de Otranto. Ministro del Interior con Napoleón -la revuelta francesa culminó en una dictadura militar- su mayor obra política fue el gabinete negro: un sistema de espionaje infalible que le que permitía saber todo de todos y actuar en consecuencia. Pero no todo fueron éxitos: pasó los tres años del directorio escondido, criando cerdos en una pocilga y aterido por una pobreza horrenda.

Aquellos eran malos tiempos. Un periodo de desconcierto. Una etapa a la que podría que aplicarse lo que Henry Miller escribió en El tiempo de los asesinos, su libro sobre Rimbaud: “Los cimientos de la política, la economía y el arte se estremecen. El aire está saturado de profecías sobre el desastre que se avecina. ¿Hemos tocado fondo? Todavía no. La crisis moral del siglo XIX no ha hecho más que ceder su lugar a la bancarrota espiritual del siglo XX. Es el tiempo de los asesinos. La política se ha convertido en un negocio de pistoleros. Los pueblos marchan en el cielo pero no cantan hossanas, y los de abajo marchan hacia las colas de las sopas”. Igual que ahora.

El oficio de andar y contar

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:09

Existen, con variantes, dos estilos de periodistas. Dos, digamos, estirpes. Una: la de aquellos que hablan de sí mismos y, por extensión, de sus amigos, que es otra forma redundante de hablar de uno mismo. Gente que parece estar en el oficio de paso, aunque logren perdurar en el tiempo, con las miras siempre puestas en algún otro sitio, además de en su propio ombligo. A principios del pasado siglo, éstos eran los periodistas que ambicionaban dar el salto, vivir ese tránsito que consistía en ir desde el periódico a la política, entendida ésta como el ejercicio de un cargo. Igual que antaño se soñaba con ser gobernador civil, ahora hay quien aspira a ser dircom (director de comunicación) o pontificador de cuadrilla. Cuestión de sofisticación. Nombres diferentes para la misma conducta: ir por la vida haciendo lobby, soltanto la vieja frase aquella de “usted es que no sabe con quién está hablando” y mostrándose en los múltiples escenarios del lugar.

La segunda variante es mucho más pedestre y sencilla. Humilde. Es la del cronista, algo ingenuo, que no concibe mejor lugar en el mundo que la redacción de un periódico, ese espacio donde cada día se alza la arquitectura efímera que es el periodismo, esa catedral herida de papel. De esta segunda condición era Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897), cuya obra narrativa completa reedita la Diputación de Sevilla, que ha recuperado, en dos ediciones magníficas, los trabajos en prosa de un hombre que murió solo a los 46 años, en Londres, exiliado y acaso desengañado, pero haciendo justo aquello que le hacía más feliz: ejerciendo el periodismo.

Liberal y republicano (aunque algunos ni siquiera lo sospechen ambas condiciones son posibles), Chaves Nogales, hijo del periodista sevillano Chaves Rey, que llegó a ser Cronista Oficial de Sevilla, es la antítesis de cierta forma de ejercer la profesión que, aunque viene de atrás, parece haberse impuesto en el panorama dominante. Olvidado durante varias décadas (precisamente por no pertenecer a grupo alguno y no ver en la política más que un espectáculo más de la inagotable pasión humana), este sevillano, escritor discreto en una ciudad tan indiscreta como la nuestra, encarna los mejores valores de un oficio que consistía, entonces y ahora, en la tarea de “andar y contar”.

En sus propias palabras: “No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado; describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica periodística no es científica. Andar y contar es mi oficio”. Y eso hizo: describir su época (el mundo que se condensa en unas deteminadas coordenadas de espacio y tiempo) sin que su personalidad fagocitase su misión. Chaves Nogales, cuyo ensayo La Ciudad es uno de los más bellos libros escritos sobre Sevilla, pero al que nunca cegó el amor por su lugar de nacimiento (porque nacer en un sitio no se elige), aspiró a contar el universo circundante de la forma más precisa posible, sin eludir la crítica honesta. Logró incluso hacer un gran libro sobre la vida (su Juan Belmonte, matador de toros) sin gustarle la lidia. Y lo hizo todo de la misma forma: con la pasión de los discretos.

Barojiana del ogro

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:06

Nació, según confesión propia, en una casa oscura donde para ver la luz del día había que trepar hasta la azotea. Murió dejando 50.000 libros, acaso más, distribuidos por siete estancias diferentes y una legión de discípulos. También de lectores. Porque de las múltiples herencias que devienen de la actividad intelectual de Castilla del Pino -aquejado del complejo de Prometeo: la búsqueda del eterno conocimiento- sobresale su producción literaria, enfocada salvo obras puntuales (El discurso de San Onofre o La alacena tapiada) en busca de una suerte de memorialismo agrio (sus recuerdos dieron para dos magníficos volúmenes: Pretérito Imperfecto y Casa del Olivo, escritos con ocho años de diferencia) en el que hacía suya la frase de Ortega y Gasset: “Un espectador es aquel al que casi todo le mueve a reflexión”.

Académico de la Lengua (sillón Q) y premios Jovellanos y Comillas por sus escritos, Castilla del Pino tenía, en especial en sus últimos tiempos, fama de anacoreta. De ogro. Polemista feroz y estudioso severo y magnífico, no veía extraña la asociación, tan usual en la literatura, entre el supuesto mal carácter (leyendas que suelen lanzar los otros, como diría Rimbaud, para justificarse) y la brillantez intelectual. Al igual que a su admirado Baroja, ser agreste, personaje lleno de presuntuosa fobia social, libérrimo y altivo, casi temerario, Castilla del Pino acaso justificaría tal condición en ciertas experiencias de su existencia: la infancia solitaria, el afán de supervivencia en el duro internado de Ronda, una vida de disciplina y esfuerzo marcada por las injustas purgas universitarias y laborales del franquismo, las hieles del compromiso político de izquierdas, las confesiones, amontonadas en su retina y sus oídos, de sus miles de pacientes (a veces entre la locura y el delirio) y -es muy de suponer- la muerte prematura de cinco de sus vástagos. “No soy un padre dotado”, escribió. Sinceridad dolorida. La más cierta.

Decía no ser amante de las memorias, incluso de las de los mejores autores (franceses, por supuesto) porque “en todas se miente mucho”. Sin embargo, cuando decidió contar su vida buscó un estilo verosímil para, si al menos no decía toda la verdad, que pareciera lo contrario. Un estilo alejado de la convención y los fuegos de artificio verbales. No se engañaba: sabía que, pese a las proclamas, detrás de cada acto de la conducta subyace el narcisismo; en distintas dosis o con diferentes disfraces. También en el suyo: “Todos tenemos múltiples rostros; no soy ningún paradigma de bondad”, decía sin miedo a quebrar el dogma (tan manoseado) de la conciliación. “No es posible conciliarse con el otro si antes no se ponen las cosas en su sitio”. Una verdad como un catedral. Igual que su hallazgo esencial sobre la vida. “En realidad nadie sabe de verdad cómo es. Lo de conócete a tí mismo es una fantasía griega. Para hacerlo haría falta tener un punto de vista fijo, invariable y seguro”. Y eso, en la vida, no existe.

Crónica apresurada de cómo Max se convirtió en el periodista 1.176

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:02

Lección primera: “Un periodista no puede quedar a merced de la primera autoridad que se sienta agraviada por sus escritos”. Miguel Delibes dejó esculpido este principio, esencial en el oficio, en una carta que redactó en defensa de Manuel Fernández Areal, al que en 1964 le hicieron un consejo de guerra en Valladolid por proponer en un artículo la reducción del servicio militar.

Entonces estaba en la cima: había sido la cabeza visible de El Norte de Castilla, el periódico en el que entró como dibujante un día extraño de 1941 y que, con intervalos, dirigió en dos ocasiones (primero de forma interina; después con todos los honores) y donde hizo de todo. Entre otras cosas, cobijar y formar a periodistas que después hicieron época, como Manuel Leguineche, César Alonso de los Ríos o Francisco Umbral. Instituciones del periodismo español. Quisieron ficharlo como primer director de El País. Dijo que no. Su país era Castilla. Y se quedó en Valladolid.

Delibes desmiente el viejo tópico que añade el título de periodista a los escritores por el simple hecho de mandar a rotativas algún que otro artículo literario o de ocasión. En su caso el oficio fue una pasión duradera y constante, un vicio deslumbrante para un muchacho que iba para profesor de comercio, que -como se sabe- es una profesión de orden. Todo lo contrario a la idea que los padres -no digamos las madres- tienen del periodismo. Pisó por primera vez El Norte, que entonces iba ya para centenario, como ilustrador. Cien pesetas al mes. Tuvo suerte y enchufe: era sobrino del editor -Santiago Alba- y primo de un consejero de la empresa. Hilo directo. Acaso por eso el muchacho firmó sus primeros dibujos -que eran sobre fútbol; en realidad él inventó aquello del miedo del portero ante el penalti- con el seudónimo de Max. Un acróstico: M, de Miguel ; A, de Ángeles, su novia y la X, fruto de la incógnita que, entonces, suponía su relación.

España era un país miserable recién salido de una guerra atroz. El periódico, de provincias, ejemplo de tradición liberal, cultura agraria y vindicaciones castellanistas. Aún existía Castilla (no la habían dividido y añadido el acompañante autonómico) y la gente otorgaba valor a las palabras. Delibes hizo lo mismo: “En el periodismo provinciano haces de todo. Sueltas la pluma y aprendes a decir mucho en poco espacio”. La síntesis, que, como dijo Paul Valery, es una condición del alma.

El muchacho comenzó a hacer crítica de cine, de libros, a cubrir información local. Se fue haciendo con los rudimentos del oficio. Nadie tenía entonces el periodismo como profesión única. Era ocupación a tiempo parcial con un salario escueto que casi no daba para comer. Sí un falso prestigio añejo, aunque bajo supervisión gubernativa: a Delibes , que hizo los cursos de la Escuela de Periodismo, le dieron en 1944 el carné -número 1.176- que lo habilitaba como cronista. Cuatro años después, la noticia de que había ganado el segundo premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada le pilló en la sala de teletipos durante un día de Reyes. Sólo quien está a esa hora y ese día en un periódico puede llamarse de verdad periodista.