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El oficio de andar y contar

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 22:09

Existen, con variantes, dos estilos de periodistas. Dos, digamos, estirpes. Una: la de aquellos que hablan de sí mismos y, por extensión, de sus amigos, que es otra forma redundante de hablar de uno mismo. Gente que parece estar en el oficio de paso, aunque logren perdurar en el tiempo, con las miras siempre puestas en algún otro sitio, además de en su propio ombligo. A principios del pasado siglo, éstos eran los periodistas que ambicionaban dar el salto, vivir ese tránsito que consistía en ir desde el periódico a la política, entendida ésta como el ejercicio de un cargo. Igual que antaño se soñaba con ser gobernador civil, ahora hay quien aspira a ser dircom (director de comunicación) o pontificador de cuadrilla. Cuestión de sofisticación. Nombres diferentes para la misma conducta: ir por la vida haciendo lobby, soltanto la vieja frase aquella de “usted es que no sabe con quién está hablando” y mostrándose en los múltiples escenarios del lugar.

La segunda variante es mucho más pedestre y sencilla. Humilde. Es la del cronista, algo ingenuo, que no concibe mejor lugar en el mundo que la redacción de un periódico, ese espacio donde cada día se alza la arquitectura efímera que es el periodismo, esa catedral herida de papel. De esta segunda condición era Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897), cuya obra narrativa completa reedita la Diputación de Sevilla, que ha recuperado, en dos ediciones magníficas, los trabajos en prosa de un hombre que murió solo a los 46 años, en Londres, exiliado y acaso desengañado, pero haciendo justo aquello que le hacía más feliz: ejerciendo el periodismo.

Liberal y republicano (aunque algunos ni siquiera lo sospechen ambas condiciones son posibles), Chaves Nogales, hijo del periodista sevillano Chaves Rey, que llegó a ser Cronista Oficial de Sevilla, es la antítesis de cierta forma de ejercer la profesión que, aunque viene de atrás, parece haberse impuesto en el panorama dominante. Olvidado durante varias décadas (precisamente por no pertenecer a grupo alguno y no ver en la política más que un espectáculo más de la inagotable pasión humana), este sevillano, escritor discreto en una ciudad tan indiscreta como la nuestra, encarna los mejores valores de un oficio que consistía, entonces y ahora, en la tarea de “andar y contar”.

En sus propias palabras: “No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado; describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica periodística no es científica. Andar y contar es mi oficio”. Y eso hizo: describir su época (el mundo que se condensa en unas deteminadas coordenadas de espacio y tiempo) sin que su personalidad fagocitase su misión. Chaves Nogales, cuyo ensayo La Ciudad es uno de los más bellos libros escritos sobre Sevilla, pero al que nunca cegó el amor por su lugar de nacimiento (porque nacer en un sitio no se elige), aspiró a contar el universo circundante de la forma más precisa posible, sin eludir la crítica honesta. Logró incluso hacer un gran libro sobre la vida (su Juan Belmonte, matador de toros) sin gustarle la lidia. Y lo hizo todo de la misma forma: con la pasión de los discretos.

Gestas y naufragios de un periodista

Carlos Mármol | 23 de diciembre de 2011 a las 21:47

Chaves Nogales dignificó una profesión presa del servilismo político. La vida le pagó con el destierro y una tumba sin nombre.

Acabaremos en alguna buhardilla pobre de una callejuela de París. Las cosas pintan mal. Los conservadores y los reaccionarios van ganando terreno. Los comunistas, en cambio, están deseando dar un golpe al estilo ruso”.

-“Pues yo estaba en la higuera, sin enterarme”.

-“Amigo, no nos permitirán estar en la higuera. Tendremos que salir corriendo a meternos en algún rincón de París… si nos dejan”. [Memorias de Pío Baroja].

No fue en una callejuela húmeda de Francia, sino en Londres. De improviso: una inflamación en el estómago. Peritonitis. Sarcoma. Telón negro. Final. El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897) murió solo en la capital británica. Desde allí trataba de hacer lo que cualquier periodista hace cuando se queda sin su periódico, que en realidad nunca es suyo: intentar seguir escribiendo en cualquier otro. Aunque sea en una hoja volandera.

“Estoy bien: trabajo mucho y con poco fruto”, decía a su familia, enterrada en vida en El Ronquillo durante los años del hambre y la dictadura; una odisea -la de su mujer, sus hijos- que no pudo escribir y que amargó sus últimas horas. Repárese en la elección de la conjunción: copulativa, no adversativa. Tenía 47 años cuando la pálida dama fue en su busca. Ya era premio Mariano de Cavia. Había escrito en cuatro grandes periódicos. Había publicado libros magistrales. Había viajado en avión, cuando los aeroplanos no siempre llegaban, por Europa y la Unión Soviética.

Estuvo en Ifni. Buceó en los dos grandes totalitarismos de su época -fascismo y comunismo ruso; a ambos los sufrió por igual-, vio arder Asturias antes del inicio de la Guerra Civil y le tocó contar el derrumbe de la República liberal, burguesa y laica que soñó posible. Todos estos méritos no le sirvieron de nada. Cuando en noviembre de 1936 abandonó Madrid tras ser despedido por el comité obrero que entonces controlaba su periódico -enorme paradoja ésta: obreros despidiendo a periodistas, tan obreros como ellos- tuvo que empezar desde cero, como un becario. Escribiendo a la pieza. Redactando discursos para los cónsules hispanoamericanos a cambio de que, con magro éxito, éstos intercedieran ante los diarios ultramarinos para que pagaran a tiempo, antes de que el hambre convirtiera el estómago en un agujero, sus míseras colaboraciones. Oficio infame.

Los periodistas somos tipos raros. Molestos. No creemos casi en nada ni en nadie. Salvo en una cosa: el periodismo. Por tanto, cuando la noria interior que hace girar nuestra vida se quiebra, nos falta el aire. Nos quedamos sin oxígeno. Nos ahogamos. Morimos o nos dejamos morir. Igual da. Quizás por eso, como le pasó a Chaves Nogales, antes o después vivimos el día en el que el periódico se muere. Aunque siga publicándose.

A Chaves Nogales, cuyo avatar biográfico compendia en El oficio de contar (Fundación Lara) María Isabel Cintas, la gran especialista en su obra, a quien debemos la recuperación post mortem del mejor periodista sevillano que vieron los tiempos pasados y -de esto estoy seguro- esperan ver los venideros, lo expulsaron del periódico que fue su mayor gesta -el madrileño Ahora- por no querer ejercer su puesto de subdirector. ¿Un periodista abandonando el timón de la nave a la deriva que siempre es un diario? A la fuerza ahorcan. En el caso de Chaves Nogales existían indicios de que, de una u otra forma, estaba condenado de antemano. Su delito: ser ecuánime en un momento en el que esta actitud era, como es todavía, un pecado mortal. No es broma. Te mataban por “ser leal con el periódico sin dejar de serlo contigo mismo”.

Chaves Nogales comenzó a incordiar a muchos con lo que escribía de su ciudad, Sevilla, a la que retrató en las hermosísimas crónicas de La ciudad. No hizo otra cosa que andar y contar -así definía el periodismo- y dignificar una profesión que entonces, como ahora, suele caer presa del servilismo político. Hijo del cuerpo (Chaves Rey, su padre, fue miembro de El Liberal y hasta cronista municipal, aunque de tal título no obtuvo más que las ingratitudes de una ciudad ingrata), empezó colaborando con cándidas poesías juveniles. Desde abajo.

Se fue de Sevilla al reparar que la ciudad prefería ser una reliquia postrada sobre un pasado estéril en lugar de caminar al compás de Europa -algunos no le perdoraron su visión crítica: su esquela fue censurada en el diario Abc-, abandonando así cualquier posibilidad de dar voz a la Sevilla cosmopolita que todavía existe, aunque no se haga notar. Tras un tiempo en Córdoba -La Voz- terminó en Madrid. Primero en El Heraldo y después en la casa desaparecida: Ahora. En ambos diarios y en Estampa -una revista donde hacía nuevo periodismo casi un siglo antes de que Tom Wolfe y Norman Mailer enviaran sus crónicas a Rolling Stone- nacieron los pilares que sostienen su obra, donde habla de sí mismo dando la voz a otros -uno es periodista por su mirada: la mirada nace del temperamento- y aquilata un sistema propio de trabajo -el periodismo siempre es un método- que ha conseguido que sus artículos sobrevivan al paso del tiempo, el único señor.

Hoy es el mejor prosista español, junto a Baroja, Josep Pla y Julio Camba, de la primera mitad del pasado siglo. Una gesta. Sobre todo para un niño nacido en Dueñas, calle triste y silenciosa, cuya única recompensa fue una tumba sin nombre en el cementerio británico de Fulham, en Richmond Kew. Diez días después de su muerte, Franco lo condenaba “por masón y rojo”. Última broma macabra en contra de un hombre capaz de presentir su propio destino sin dejar por eso de caminar. Cuestión de estilo.

Chaves podía escribirle una carta a Unamuno sólo para pedirle permiso para alterar el adjetivo de un artículo con el fin de lograr que el periódico fuera coherente, perfecto. Demostró que Sevilla no está condenada al periodismo chusco del costumbrismo. “En su cabeza no había bajas pasiones, sólo análisis”, dice uno de sus hijos. Rara avis en la tierra donde Manuel Fal Conde, líder de los tradicionalistas, había gritado: “El que obedece no se equivoca nunca”.

Chaves erraba a diario, en cada línea. Le costó caro. Hizo lo mismo que Belmonte -la biografía que le escribió es colosal-: seguir su propio camino, solo, con su esfuerzo personal, en un mundo radicalizado, tan preso del sectarismo como de la endogamia de los linajes. Se entiende al leer su gran obra maestra: el prólogo de A sangre y fuego. “Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Quizás justo por esto, por no tener a nadie jamás contento, los periodistas, que debemos ser independientes pero no neutrales, porque la realidad nunca es neutral, siendo tan poca cosa, somos tan necesarios. O, al menos, lo éramos. Hasta ahora.