La mangá de la Catedral

El Fiscal | 22 de agosto de 2010 a las 8:55

catedral

Lo peor de la Catedral no es que se haya convertido en un parque temático a juicio de los finísimos observadores locales. En esos parques uno paga la entrada y tiene derecho a moverse por el recinto con comodidad y sin cortapisas. Lo más desagradable del templo metropolitano, primer monumento de la ciudad, es que usted no puede recorrer las naves ni admirar las capillas sin que un tío ande dándole la brasa al estilo de Florito, el eficaz cabestrero de la Plaza de la Ventas, tratando de conducir al rebaño por la senda correcta por orden de la autoridad, aún sin púrpura, pero siempre eclesiástica, por supuesto. Intenta usted entrar en la Catedral al filo de las 13.25 de un domingo tórrido, se encuentra admirando la lápida de Hernando Colón por cuya instalación tanto luchó el canónigo Juan Guillén, y cuando aún no ha terminado la misa de la una, ya están los Floritos de la Diócesis invitándole a acercarse al vomitorio en el que queda reducida la Puerta de San Miguel. Hay naves que son en esos momentos como una mangá de fieles. Ala, ala, vayan abandonando el local. ¿Y qué me dicen de lo ocurrido estos días de la novena a la Patrona? Entra usted en la Catedral, dirige sus pasos hacia la nave del crucero y está esperándole allí, a los pies de la tumba de Colón, el tío de la cinta, el que maneja la cintita a su antojo para dejarle o no pasar, el que se hará una idea de usted viéndole venir en esos cincuenta metros de recorrido. En minuto y medio a lo más, el tío de la cinta juzgará si es usted guiri, si viene a rezar, si viene a misa completa o a media misa, como la pensión de los hoteles de primera línea, si viene a buscar a alguien, si viene simplemente a mirar y paso atrás. Como sea usted una beata apergaminada, paso expedito. Como sea guiri de pantalón corto con muchos bolsillos y camiseta sudada al estilo del macho Camacho, pase por taquilla en horario de turistas. Como sea capillitón, huuuuuum. Depende. Como sea familiar de canónigo, ¡pista que va el artista! Como el cura haya dado la bendición y ya se haya entonado la Salve, ya no pasa ni Dios (que a veces parece que ni está en la Catedral, ni se le espera). Si el Salve Regina ha terminado, los tíos de la cinta (todos ipso facto) se convierten en Floritos y le despejan al deán el piso Catedral en dos minutos. Y lo hacen sin piedad ni mayores contemplaciones. ¡Aprendan, alguacilillos de la Maestranza! Y como haya una boda en la Capilla Real, el Florito de la Puerta de la Virgen de los Reyes determinará (toma ya) si usted tiene pinta de invitado, si venía sólo a cotillear el vestido de la novia o si había tenido la ocurrencia (Dios, qué ocurrencia) de rezarle simplemente un par de minutos a su Patrona. A ese Florito se le hincha el pecho: “No se puede pasar”. Le explica usted que ha empezado una boda a las ocho, que son las ocho y veinte, que va a ver a la Patrona, que los invitados con sus trajes atornasolados y chaquetas voladoras están venga a entrar y a salir camino del bar Gonzalo… Y el Florito, que está en plantilla de la Metropolitana y Patriarcal y que aún no tenido lo que hay que tener para llevar al Cabildo a la antigua Magistratura –como sí hizo cierta empleada con mando en plaza– le echa del templo en el mismo atrio como a aquellos mercaderes de la Biblia. ¡Ea, a escupir a la calle! ¡Qué eficacia, Virgen Santa! Así de inhóspita y antipática resulta esta Catedral llena de cintas para cortar el paso, cual acceso a una discoteca capitalina de esas que presumen de gorilas de color. Fíjese usted, sin ir más lejos, en el plano que el Arzobispado distribuye para organizar la mañana de la festividad de la Virgen de los Reyes. Figuran únicamente dos accesos para el público (Puerta de San Miguel y Campanillas) y hasta ¡¡¡26 controles de acceso!!! en el interior del templo para controlar a la grey. Vengan cintas, vengan vallas, vengan Floritos… Hagamos la Catedral más inaccesible del mundo tal que nos tomen por locos. Ahora que tanto se habla de la dichosa movilidad, encontrará usted más movilidad en cualquier otro sitio: en el Museo del Prado, en la Basílica de San Pedro de Roma, en la pulcra Catedral de León, en las catedrales de Barcelona, Zamora, Oviedo o Cáceres, en el monumental monasterio de Guadalupe, en el Pilar de Zaragoza o en tantos y tantos templos. Aquí, que somos tan noveleros, hemos inventado el Florito preguntón e indiscreto como los tíos que meten la alcachofa en la casquería televisiva. “¿Viene a usted a rezar, caballero?”. “Ah, ¿pero aquí se sigue rezando, oiga?”

  • Dani

    ABOGADO DEL DIABLO.

    Todas las guerras han sido contadas bien por los victoriosos bien por los poderosos, ¿o sabemos las opiniones de aquellos miembros de las legiones romanas, de los arcabuceros de los Tercios, de los soldados de raso de Napoleón? No, siempre hemos leído la de los miembros del orden ecuestre, la de los generales, la de los estrategas sentados en la colina viendo como sus peones caen uno tras otro por sus decisiones.
    ¿Y a que viene todo esto? Pues a qué en estos días, la Muy Mariana ciudad de Sevilla se convierte en un autentico campo de batalla, con su epicentro en la SMI Catedral. Una guerra donde se juega el prestigio, la fama, el honor, la cabeza altiva, la reputación de estar en la primera fila de los sevillanísimos (más que religiosos) actos de la Virgen de los Reyes.
    En estos días se critica la presencia y cometido de los “Floritos”, como los han llamado algunos. Me refiero a los vigilantes y azafatas de la Catedral.

    Cierto es que puede molestar al creyente (al que ora para hablar con Dios y no porque su ego pide ser mirado) que le pregunten una y otra vez si se viene a orar o se viene a deambular turísticamente. Pero precisamente, a quien hay que cuidar es al que sinceramente viene al encuentro espiritual. Por ello se hacen controles, porque el recogimiento no es compatible con los flashes de las cámaras ni con los grupos turísticos. Aunque tampoco es menos cierto que ese oriental portador de altas tecnologías, con su entrada y souvenirs, es el que hace posible que se mantenga económicamente este monumento para vanaglorio de la ciudad.

    Cierto es que siendo un edificio espiritual cuya única misión es adorar a Dios, haya medidas estrictas, cansinas y dignas de macrodiscotecas ibicencas. Pero hay que tener en cuenta que, como lugar de concentración de multitud de personas, se necesitan unas medidas de seguridad básicas, al igual que personas que hagan cumplir esas medidas. No es baladí que los pasillos estén libres al paso, que no haya personas subidas en uno u otro lugar o que no estén 10 dónde caben 6. Porque después es muy fácil decir “se veía venir” o “no era normal”. A ello hay que unir las normas protocolarias, ya que, aunque disguste a muchos, la eclesial institución es privada y como tal tiene sus normas, ritos y protocolos que deben ser respetados. Y alguien lo tiene que hacer valer.

    Cierto es que a todos nos irrita que nos tomen por extranjero en nuestra tierra. Pero, por sorprendente que sea, las personas no estamos marcados con hierro candente como los animales. Nuestro sello es la palabra y la conversación. Aún así, no es menos cierto que muchos autóctonos a la pregunta “¿a qué esto no lo haces en tu casa?” no sabrían que responder. Mientras, el foráneo, mira con ojos de incredulidad los gritos, la soberbia y la mala educación que produce la gomina y la laca.

    Cierto es que el encuentro con el Padre no debe de tener franja horaria como las tarifas telefónicas. Pero, Dios Mediante, el hombre y la mujer han de descansar. Y ante el agotamiento no hay excepciones. Pero nuestro ego nos incita a decir que falta aún un minuto, sin la consideración cristiana y caritativa hacia el trabajador. Porque…no lo recuerdo bien…pero ¿el mensaje de Cristo era la burra delante para que no se espante o no le hagas al prójimo lo que no quieras para ti?

    Es cierto que todo es mejorable y que muchas cosas se han de cambiar. Pero todo tiene un por qué. Y nuestro orgullo hispalense debería dejar paso, de sevillanas maneras, a la consideración hacia el trabajador. Nuestro engreimiento elitista debería de dejar paso, de sevillanas maneras, a la educación, por mucho que seamos familia del/los artistas (por cierto, ¿Quién canta? ¿Quién torea?). Nuestra vanidad capillita debería dejar paso, de sevillanas maneras, al autentico mensaje católico.

    Y concluyendo esta defensa del vil demonio vestido con tacones y coleta, recordar que esos irritantes, desconsiderados, herejes y maleducados peones son personas, con un trabajo digno (¿o es menos digno ser carpintero que banquero?), con un trabajo con el que intentan tener un sueldo mínimo, y que no hacen más que cumplir estricta y profesionalmente las órdenes de instancias superiores. Porque donde manda patrón no manda marinero, y en este caso el patrón viste sotana.

  • Henares 2º

    Para enmarcarlo, don Carlos. Un abrazo.

  • Rosa G. Perea

    Bien, Fiscal, muy bien…


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