Una simple mudá o todo un retablo itinerante

El Fiscal | 15 de abril de 2013 a las 13:09

D ICEN con razón que un paso sin imágenes sagradas y con una legión de aburridos tomando fotos y grabando las chicotás es la mejor muestra de eso que se conoce como la religión sin Dios, corriente que triunfa en una Semana Santa que enaltece trompeteros, ovaciona coreografías costaleriles y pita pasos de palio cual hinchada futbolera. Habiendo capataces, costaleritos y estruendo de tambores en el loro, ¡para qué queremos imágenes! Pero resulta que hay pasos que sin imágenes sagradas siguen cumpliendo una función catequética. ¿No se habla ahora de la función social de la vivienda? Pues eso: hay pasos que llevan a Dios en los canastos, como el de las Misericordias de Santa Cruz. Por eso el viandante agradece la mudá de pascua, la que se celebra en la intimidad, la que sorprende al viandante en la estrechez de Muñoz y Pabón, que aquí cuadra hasta el rótulo de la calle. Qué delicia de retablo itinerante, con esas pinturas del gran neorrealista trágico que fue el catedrático Francisco García Gómez. A García Gómez se lo encontraba uno en vida en El Rinconcillo de tertulia con Félix Pozo. Y ahora se le encuentra en los días más melancólicos del año, dando su lección teológica en esas tablas al óleo que plasman las escenas de la pasión cuyo estilo evoca a Van Eyck o al mismísimo Durero. Aquello no fue una mudá, fue la demostración de que un pintor sigue viviendo en sus lienzos y sigue rezando en los óleos, de que Dios está hasta en los canastos y clama hasta en una mudá sin público.


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