El abrazo de la ciudad

El Fiscal | 17 de mayo de 2015 a las 5:00

PRESENTACION CARTEL CORPUS
Rezaba con los pinceles. Oraba con las acuarelas. Siempre esperaba al Señor en la esquina de su casa, cuando la Madrugada tiene ese cielo roto que quiebra los cuerpos y la espadaña del Museo recibe las primeras luces del Aljarafe. Allí estaba siempre Daniel Puch Rodríguez-Caso, en la encrucijada mágica de Bailén con Miguel de Carvajal, donde las hileras de naranjos van perfumando el camino del Señor hasta dejarlo a los pies de Murillo para que los angelotes curen sus heridas. Los pintores son seres especiales que sólo rinden cuentas a la inspiración. Daniel no derrochaba palabras, ni exhibía muchos sentimientos. Cuando mejor se comunicaba era a través de su obra. Y con algún comentario rotundo, a modo de sentencia, sobre algún asunto cotidiano, como si de una pincelada fugaz y espesa se tratara. Por sus lienzos y acuarelas lo conoceréis. Y por su mirada. Reservado como un sevillano frío, discreto como un nazareno de ruan, de corazón abierto en la intimidad de una amistad forjada con los años, que sólo el paso del tiempo puede certificar la existencia de una verdadera amistad; directo en su juicio como un censor que no regala elogios si algo no le ha convencido.

Los pintores tienen la eternidad garantizada a través de sus cuadros. A un pintor le suceden sus hijos tanto como sus cuadros. Siguen respirando en cada pincelada. Sus lienzos son el sobrero que tienen preparado cuando el festejo de la vida se acaba. Daniel dejó mucha obra inédita en su estudio, en esa planta baja en la que compartía luz con el Museo. El Gran Poder pintado por Daniel es como un retablo para recibir oraciones cuando la basílica está cerrada. Tenía cogida la medida del Señor. Por eso dicen que el Señor se lo llevó para siempre, para que ya no lo pintara más en su estudio de Bailén, sino cara a cara, con ese dibujo hecho filigrana, con esa precisión en el cíngulo, ese poderío al reflejar el patetismo de su rostro. Se fue a pintar al Señor despacio, creando azules de Murillo, morados de cuaresma y blancos de novicia. Veo a Daniel absorto en la faena, de pie, con el compás abierto, ajeno al coro de ángeles que contemplan la escena, mezclando óleos en la paleta que tiene cogida como si fuera un cirio tiniebla al cuadril, con el rostro algo contrariado porque no termina de afinar una espina de la corona, satisfecho en su interior por la precisión con la que ha reflejado cada vuelta de cuerda del cíngulo, y por el hiperrealismo del triángulo perfecto de su zancada. Veo a Daniel feliz porque ahora tiene toda la luz y todo el tiempo del mundo para pintar al Señor y enseñarle la ciudad a través de su obra.

Subió al cielo con el caballete y los pinceles, dispuesto a explicarle a Dios en varios trazos la ternura de los niños seises en sus danzas puntiagudas, la divinidad de Sor Ángela y Madre María de la Purísima, el imponente cartel de la Semana Santa, o los retratos de tantos sevillanos a los que captaba la expresión cuando miraba en silencio, torcía levemente la cabeza y dejaba hacer al pincel con la concentración con la que un pianista siente la música en cada golpe de tecla.

Se fue Daniel con el Señor y dejó sin saberlo un cartelazo para el Corpus de este año, con esos trazos finos, esa luz que baña la escena, ese detalle mariano al fondo, ese romero esparcido. Era el pintor del Señor. Era el pintor de los seises. Era el pintor del Santísimo Sacramento. Era el sevillano que cada año esperaba el paso de Dios por su casa, que yo creo que ha sido él quien ha mediado desde las alturas para que el GranPoder siga retornando por el Postigo, largo itinerario que permite que Sara siga contemplando cada Viernes Santo el mejor lienzo de Daniel.
PRESENTACION CARTEL CORPUS

  • sincero

    La verdad es que el cartel es una maravilla.

  • Maria Luisa Riera Moya

    Conocí a Daniel en la Casa de la Provincia, antes sede de la Diputación Provincial.
    Fué un compañero extraodinarío, atento. alegre y más buena persona. Siempre lo recordaré. Saludo a su esposa e hijos


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