Así nació la Corona

El Fiscal | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

Corona

AHORA que está a punto de arrancar la cuaresma que nos conducirá a una Semana Santa marcada por la seguridad. Ahora que estamos a punto de estrenar esas tardes en que nos fijaremos en el precio de la torrija, en la pancarta que anuncia capirotes en San Esteban y en la agenda de actos y cultos. Ahora que la sofisticación ahoga la naturalidad y la pantalla del teléfono inteligente sustituye la tertulia. Ahora, justo ahora, es cuando quizás conviene recordar cómo nació una hermandad en aquellos años noventa en que ni había internet ni correo electrónico. En la Parroquia del Sagrario se afanaban un cura comoDios manda, el recientemente fallecido José Gutiérrez Mora, y un grupo de jóvenes animosos. El fax era de papel térmico y la máquina de escribir era la única muestra de máxima tecnología que Juan, el oficinista de la parroquia, utilizaba para la expedición de certificados de matrimonio y volantes de bautismo. Don José estaba en su plenitud vital y pastoral como número tres (pro-vicario general) del arzobispo Amigo. Todavía quedaban muchos años para que fuera cardenal.  Gutiérrez Mora quería que el Sagrario fuera de verdad una parroquia y no un templo anexo o auxiliar de la Catedral, del que salieron bancos para la boda de la Infanta Elena. El bar  Gonzalo era el santuario  de los desayunos antes de ser tomado por los turistas. El Patio de los Naranjos no tenía  máquinas de agua mineral que ocultaran muros del templo catedralicio. En la cripta había huesos de cardenales antiguos. Y don Juan Castro Nocera  deambulaba feliz por su Archicofradía Sacramental en permanente organización y perfeccionamiento del Corpus. Paco Navarro organizaba la Catedral. Fernando Ysorna pastoreaba las hermandades. Antonio Ríos presidía el Consejo. Alberto Jiménez Becerril era el concejal de Hacienda… Y un grupo de jóvenes de Arenal frecuentaban la parroquia para recibir la catequesis de confirmación. Para afianzar su presencia, el párroco les ofreció dar culto a la imagen de un Cristo olvidado en una de las Capillas laterales. Estaba en mal estado pero tenía un halo de nobleza quizás venida menos… Desde su presencia en la Magna Hispalensis de 1992 había despertado interés. Los  jóvenes empezaron a reunirse tras las misa  de doce de los domingos. Llamaron a sus amigos. Fueron sumando apoyos. Como suele pasar en la cadencia de la vida, hubo hasta primeros amores.  Se consiguieron unas andas y surgió el diamante en bruto de un vía crucis por el Patio de los Naranjos en plena Cuaresma. La  fotografía que ilustra este artículo  corresponde al término de un culto dominical. Poco a poco parecía que los niños de  la Corona se hacían un hueco en el mundillo cofradiero en aquella mitad de los años noventa , sin pretensiones y generando cierta simpatía.… Don José les dejaba hacer y el arzobispo, ya se sabe, tenía las puertas abiertas a nuevas iniciativas. Fueron haciendo camino al andar. Juan Garrido Mesa ayudó a redactar las primeras reglas. Así nació la Corona. Sirvan estas líneas de homenaje al párroco que animó a aquellos jóvenes. Bien haría la cofradía en honrar la memoria de Gutiérrez Mora con algún memorial anual, una beca en el seminario o una iniciativa similar.

Otto

Casi 300 años de fidelidad baratillera

La Semana Santa es la familia. Las hermandades son apellidos, sagas, personas en el sentido más romántico y hermoso. El Baratillo es don Otto Moeckel, que el otro día cumplió 89 años. Número 3 de la cofradía de su vida, en la que fue inscrito a los ocho años. En la imagen aparece con sus hijos Enrique, Emilio, Otto y Joaquín, todos ellos con 50 o más años de antigüedad en la hermandad. Enrique, por cierto, celebrará sus bodas de oro baratilleras el próximo domingo. Sumen los años de fidelidad a una corporación que hay en la fotografía: casi 300.

Capilla del Baratillo Meditación de Alberto García Reyes ante el Cristo  Va del día en el Fiscal

La ofrenda de la palabra

La Capilla de la Piedad tiene las dimensiones perfectas para la meditación, para ese ambiente de recogimiento que se remata con ese olor a Baratillo que asciende hasta la cúpula y embriaga el gozo. Anoche olió a Baratillo, a perfume caro,  en estos días previos a la liturgia de la ceniza. Alberto García Reyes dejó a los pies del Cristo de la Misericordia la ofrenda de su sentimiento, la belleza de su oratoria. Cera azul, Virgen niña, la noche de febrero marceaba ya en el corazón del Arenal mientras el periodista rezaba en público con las oraciones cultivadas en la huerta de su palabra.

 


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